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viernes, 4 de noviembre de 2022

Canto XXII (Tonino Guerra)

 


Cuando en otoño estaban 
los árboles desnudos,
llegó una tarde  una nube
de pájaros cansadísimos.
Se posaron en las ramas
y parecía que hubiesen
regresado las hojas
a temblar con el viento.

(La miel, 1981)

viernes, 22 de abril de 2022

Canto XXI (Tonino Guerra)

 


Las hojas del albaricoquero comenzaron a caer
en julio y siguieron cayendo en agosto y en septiembre.
Nos divertíamos recogiéndolas una por una
y contándolas en voz alta;
uno decía: mil, mil una, mil dos y mil tres
y el otro continuaba: mil cuatro, mil cinco y mil seis.
Era una cantinela que duraba de la mañana a la noche.
Y así llenamos tres sacos.

Pero una mañana mi hermano dejó de trabajar 
por razones que no quiso confesarme;
después supe que se había enfadado conmigo
porque yo, bromeando, le había dicho cretino
por una hoja que no había contado.
Yo había dicho: dos mil dos, y él: dos mil cuatro;
¿dónde había ido a parar la dos mil tres?
Conque, nada, estuvimos diez días sin hablarnos. 
Nos levantábamos dándonos la espalda 
y comíamos con la cabeza agachada;
mientras tanto, las primares nieblas y la llovizna
iban tejiendo un velo de agua fina sobre los abrigos.
Por la noche echábamos en la lumbre aquellas hojas,
un puñado cada uno, y nos quedábamos mirando las llamas.

(La miel, 1981)


domingo, 24 de enero de 2021

Canto XX (Tonino Guerra)




Al principio las gotas hacían temblar las ramas
y nosotros, detrás de la ventana, esperábamos
a que el agua lavara las hojas más ocultas.
Luego estalló la tormenta y llovió a mares
y nosotros habíamos puesto un vaso en el alféizar
para medir el agua de la lluvia.

A las cuatro salió el sol
y en la ventana brillaba el vaso
lleno hasta rebosar.

Mi hermano y yo nos lo bebimos a medias
y luego nos pusimos a comparar el agua
del pozo con la del cielo, que es más resbaladiza
pero tiene el olor de los relámpagos.

(La miel, 1981)

sábado, 19 de diciembre de 2020

Canto XIX (Tonino Guerra)

 


Una mañana de verano me quedé parado al sol

y vi cómo las calles

se iban llenando, como en otros tiempos,

de gente que acudía al mercado de la seda.

También se iban llenando de capullos los sacos

y los delantales de las mujeres.

Pero, de pronto, todo se esfumó

y yo era un clavo solo en medio de la plaza

mirando mi sombra cálida.


(La miel, 1981)



miércoles, 4 de noviembre de 2020

Canto XVIII (Tonino Guerra)



Aquella vez que a Pidio el zapatero
se le escapó el mirlo de la jaula, lo esperábamos
en el patio y cada sombra que pasaba 
nos parecía él. Pero no era.

Hasta que una tarde vimos en el cañizal
algo negro que se movía
y nos miraba con unos ojillos que eran puntas de navaja.
Entonces, nos apartamos de la ventana
y nos pusimos a disimular,
a hacer como que cambiábamos las sillas de sitio.

(La miel, 1981)

miércoles, 29 de abril de 2020

Canto XVII (Tonino Guerra)


Mi hermano camina con las manos detrás de la espalda,
cuando come separa bien los codos sobre la mesa,
se ata los zapatos apoyando los pies en una silla,
cuando se lava la cara refunfuña,
resopla, tiembla de frío;
con su bigote tieso y su sombrero
que no se lo quita ni para dormir,
si lo llaman se da la vuelta entero, de una pieza,
como si estuviera empalado.
Se le han quedado las cosas de la gente de antes:
enciende las cerillas en la suela del zapato
y coge la cuchara con el puño.

A veces se queda parado, de pie, mirando
un rincón de la casa, con los ojos entornados,
y se tira unos pedos cantarines
como los de nuestro padre.

(La miel, 1981)




viernes, 18 de octubre de 2019

Canto XVI (Tonino Guerra)


En otros tiempos iba mucha gente de promesa
al puente de las candelas a implorar gracia divina
para soldados que estaban en la guerra, para historias de amor,
enfermedades, para obtener dinero, juventud, deseos inconfesables.
Por ejemplo, muchos no se entendían con su pajarito,
si le decían: ¿listo?, el respondía: ¡no!
Había entonces que cruzar el puente hasta la cruz del molino
con una candela encendida y cuidado de que no se apagara.
Pero venía viento, un airecillo fino que bajaba
de las montañas y a las manos les costaba lo suyo
cubrir la llama y ¡hala!, vuelta a empezar,
y así una y otra vez, un mes, un año...
A una vieja que estaba llegando a la cruz
se le prendió fuego la ropa y ardió todo:
la ropa, la fe y el tiempo.
Desde aquella desgracia la gente fue abandonando
aquella devoción y ahora ya no va nadie.

El domingo pasado fui a dar una vuelta
y vi, en mitad del puente, al hijo tonto de la Filomena
que llevaba en la mano su candela encendida.
Vi la llama bien derecha, no la movía ni la brisa
que bajaba por el río. ¿Qué gracia pediría?
¿Una vida normal o seguir tirando con su cabeza loca?
Antes de llegar a la cruz del molino,
cuando estaba a dos pasos, se detuvo
y sopló la llama.

(La miel, 1981)

lunes, 22 de abril de 2019

Canto XV (Tonino Guerra)


Hacia finales de marzo
vimos una nube negra sobre el valle y las montañas.
Una nube que estaba allí parada
y no iba hacia adelante ni hacia atrás.
A veces era redonda, pero después se estiraba
hacia arriba y parecía un tonel o un almiar
o una culebra que no acababa nunca.
Luego se abría como un abanico
y el aire parecía estar lleno de moscas.
Mi hermano y yo y los demás pensamos
si no serían estorninos que venían de Rusia.
De repente formó una esfera oscura,
densa, color de plomo, que daba un sombra larga
sobre el valle. Empezó a rozar la tierra
pero luego volvía a subir y allá donde tocaba
dejaba una mancha clara, igual que las cenizas 
de un incendio.
Y poco a poco el valle,
antes verde de hierba y de sembrados,
se fue quedando blanco como las caras 
cuando tienen miedo,
hasta que por fin la nube saltó los montes
y desapareció.

¿No serían langostas?

(La miel, 1981)

lunes, 7 de enero de 2019

Canto XIV (Tonino Guerra)



La primavera ha llegado
como un abeja llamando a la ventana.
La Bina se ha quitado las botas y camina
descalza detrás de su  cabra.
El sol se enhebra en la aguja
que tiene entre los dedos la Filomena.
Pinela el campesino ha dicho basta
y ha enterrado la azada.
También mi hermano ha dejado de trabajar
pero, de vez en cuando, se levanta
porque cree escuchar los pálpitos del telégrafo.
Una hierba nueva ha asomado la cabeza 
por entre las costras del patio
para que yo me sienta aún más viejo.
Y yo la he aplastado con el pie
como si fuera una cucaracha.

(La miel, 1981)

domingo, 12 de marzo de 2017

Canto XIII (Tonino Guerra)


Ya de pequeño me gustaban las cañas
y las robaba en el río
cuando aún estaban verdes.
Las dejaba extendidas al sol todo el verano
y después las recogía, ligeras
como el murmullo de los mosquitos.

Cuando en invierno
los huesos rechinaban de frío
y los gatos tosían sobre el albaricoquero
yo subía corriendo al desván
y metía las manos en medio de las cañas,
que aún estaban calientes, con todo el sol encima.

(La miel, 1981)

lunes, 23 de mayo de 2016

Canto XII (Tonino Guerra)


Si llueve es como si el agua te lavara los huesos,
si graniza te salta sobre los hombros
un enjambre de langostas.
La niebla lo borra todo, hasta los pensamientos,
pero quedan candelas encendidas
ardiendo en el cerebro.

Hace dos o tres noches la nieve cubrió
las calles y los campos
y a la mañana siguiente mi hermano y yo
vimos unas huellas grandes,
de un animal extraño. ¿Un oso?
Comenzaban en las primeras casas del pueblo
y llegaban hasta el centro de la plaza y allí desaparecían,
como si hubieran echado a volar.

(La miel, 1981)

miércoles, 6 de enero de 2016

Canto XI (Tonino Guerra)


Hace dos días, era el primer domingo de noviembre,
había una niebla que se podía cortar con el cuchillo.
Los árboles estaban blancos de escarcha y las calles y los campos
parecían cubiertos de sábanas. Pero luego salió el sol
y secó el universo y solamente las sombras
permanecieron mojadas.

Pinela el campesino estaba atando las parras
con espartos que llevaba sujetos en la oreja.
Mientras él trabajaba yo le hablaba de la ciudad,
de mi vida que ha durado un parpadeo
y del miedo que me da la muerte.

Entonces, de repente, cesaron los ruidos que hacía con las manos
y oímos un gorrioncillo que cantaba a lo lejos.
Y me dijo: miedo ¿por qué? La muerte no es aburrida,
viene sólo una vez. 

(La miel, 1981)

viernes, 23 de octubre de 2015

Canto X (Tonino Guerra)


Ahora ya no vive nadie
en esa casa rosa que hay delante del prado
donde hacían las ferias de caballos.
Las persianas rechinan y se caen a pedazos
y dentro ha ido creciendo un melocotonero,
tal vez de un hueso que alguien tiró sin darse cuenta.

Era la casa de las tres hermanas americanas
hijas de aquel Fafín el loco que había estado en Brasil
y que volvió desde Génova en calesa
y le costó tres días
y llegó sin un céntimo.

La mayor de las tres hermanas apareció una mañana
ahogada en el lavadero, desnuda,
con el pelo cubriéndole la cara;
a la mediana la encontraron en un burdel de Ferrara;
la pequeña, la que me gustaba a mí,
un día que hicimos baile con gramófono
bailaba con mi hermano que la apretaba
por debajo de los hombros y yo, cabizbajo, miraba
las baldosas, que eran blancas y amarillas.

(La miel, 1981)


jueves, 2 de abril de 2015

Canto IX (Tonino Guerra)


Canto noveno

Estaría lloviendo unos cien días y el agua acabó calando
más allá de las raíces de la hierba,
entró en la biblioteca y empapó las palabras santas
guardadas en el convento.

Cuando se aclaró el tiempo
Sajat-Novà, que era el fraile más joven,
cogió la escalea y subió los libros al tejado
y allí los puso al sol para que el aire cálido
secara el papel mojado.

Pasó un mes de buen tiempo
y el fraile estaba arrodillado en el patio
esperando a que los libros dieran señales de vida.
Y por fin una mañana las páginascomenzaron
a susurrar ligeras con la brisa.
Parecía que hubiera un enjambre de abejas encima del tejado
y el fraile se echó a llorar porque los libros hablaban.

(La miel, 1981)

miércoles, 29 de octubre de 2014

Canto VIII (Tonino Guerra)




Canto octavo

Este año las hojas secas se quedaron en las ramas
porque no soplaba ni una brizna de viento
y los árboles parecían antorchas encendidas.
Más allá de Montebello, en el Marecchia,
hay un convento cerrado desde hace más de cien años
y un claustro lleno de viejos nogales.

Mi hermano y yo entramos por un agujero
para pasear bajo aquellos árboles que sostenían
con sus brazos una gran nube roja.
Cuando, después, tocamos las campanas,
los repiques sacudieron el aire
y todos los nogales se quedaron desnudos de repente.

(La miel, 1981)

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Canto VII (Tonino Guerra)


Canto séptimo

Pidio tenía una mujer
que todos los sábados lavaba ropa en el lavadero
y él, a mediodía, le ayudaba
a escurrir las sábanas
en mitad de la calle hasta dejarlas
como culebrones blancos, goteando.

Ahora que ya no tiene a su mujer 
le hace compañía un mirlo
y toma el fresco en la plaza
con Gepi y Nano, los otros dos zapateros,
y cada noche les canta en voz baja
"amor ti vieta" de la Fedora de Giordano.

(La miel, 1981)

lunes, 17 de febrero de 2014

Canto VI (Tonino Guerra)



Canto sexto

La Bina vivía en una cabaña
en el camino malo y paseaba
con su cabra por el río.
Nadie sabía si era hombre o mujer:
tetas tenía, sí, pero también bigote
y unas botas enormes de montaña.
Nosotros, los chavales, queríamos saber
si debajo de las faldas había algo y qué era,
pero ella tenía siempre las piernas bien cerradas
envueltas en las enaguas.

Nunca se supo que hubiera estado con un hombre,
o con un animal, pero se sabe
que a la mayor de las tres hermanas americanas
le hacía ordeñar la cabra.
Le decía en voz baja: “Agárralo bien fuerte,
no lo sueltes”. Y a veces cubría con su mano
la de la muchacha y los últimos tirones
los hacía con ella para demostrarle que siempre quedaba
en el fondo del pezón una última gota de leche.

Ahora la Bina tiene casi cien años. Va
detrás de su cabra y no mira a la cara a nadie.

(La miel, 1981)

lunes, 8 de abril de 2013

Canto V (Tonino Guerra)


Canto quinto

Pierino de la Abejas se llama como su padre
que, a su vez, se llama como su abuelo,
así que los Pierinos de las Abejas parecen no tener fin
y hacían una miel que olía a menta.
La casa, en la ladera,
está lejos del pueblo y del valle.

Vosotros no sabéis que en América, en primavera,
hay trenes que atraviesan los campos de manzanos
y melocotoneros llevando las colmenas
que hacen de alcahuetas entre flor y flor
porque las ramas no se mueven para hacer el amor
y no consiguen gotear dentro de las corolas.

Esta es la faena que hace Pierino en primavera:
lleva las colmenas por el campo
y luego espera, a la sombra, que los cultivos 
de las abejas golosas e impacientes, 
dejen preñadas a las flores.
Y es así como nacen los frutos, que si no,
no habría melocotones, ni manzanas, ni nada.

(La miel, 1981)