Apenas recuerdo mis sueños cuando sueño. Quiero decir, que es muy raro que dejen poso en mi memoria alguno de esos sueños que dicen que todos tenemos. Pero esta tarde, al levantarme de la siesta, la letra de esta canción, este hermoso lamento sobre los cines caídos en el frente en nombre del progreso y la especulación, no se me caía de la mente y de los labios.
Uno de aquellos cines de sesión continua -por ejemplo, este Roxy al que se alude en la letra- donde alimentamos domingo a domingo nuestras fantasías de niño, donde nos educamos sentimentalmente, donde, amparados en su reconfortante oscuridad, nos iniciamos en los caminos del sexo -¡ah, la vieja y querida fila de los mancos!- toda una generación de gente que nunca supimos salir del todo de sus viejas paredes, sus sillones fatigados, su mágica pantalla blanca.
Hace apenas un par de días, llegó hasta mi buzón Aire de familia, el segundo libro de poemas de Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), publicado en la colección Tierra (nº 71) de La Isla de Siltolá.
Y el azar, que siempre anda enredando en nuestras cosas, quiso que fuera a abrirlo por este Calçada do Combro, poema en el que aparecen dos de mis pasiones: Lisboa y los tranvías.
Y hablo del azar, porque la portada de mi último libro (Morerías, Ediciones Liliputienses) lleva en su portada la fotografía, sí, de un tranvía lisboeta.
Así que no podía ser otro el poema, compuesto en endecasílabos, que dejara aquí como muestra del buen quehacer poético de Juan Ramón.
He aquí el botín cosechado en la magnífica tarde de ayer, pasada por agua, en la Librería-Café Psicopompo de Cáceres.
El Chaves Nogales me lo regaló Lupe Salguero (alma mater del lugar, que se negó en redondo a cobrármelo), el Gsús Bonilla y la revista Psicopompo, mi queridísimo Cumbreño (dale un beso a Chose, la eché de menos), el de los Aforismos contantes ysonantes, recién salido del horno, su editor Víctor Manuel Jiménez Andrada (ahí andan algunos de los míos en la mejor de las compañías gracias también a los buenos oficios de Manuel Neila) y el Twain y el Grasa, en fin, fueron adquiridos con mi escaso peculio.
¡Un magnífico botín, voto a bríos!
Pero el mejor regalo de todos fue el afecto y atención con que me obsequiaron todos los que asistieron a la lectura.
Y la bella presencia de mi querida Isabel Román, posiblemente mi más ferviente lectora y madrina de las Morerías que allí se leyeron.
Elías Moro (Madrid, "cosecha" del 59). Jugaba al baloncesto. Ahora quiere a sus mujeres (4) y a sus amigos, lee lo que le dejan, escribe como puede, baila salsa (aunque lo que le gusta de verdad es el tango). Algún enemigo tendrá también por ahí, no voy a decir que no. Estado actual: escéptico.
TESTIGOS DE CARGO
"Cuando escribes te manchas de ti mismo". Tomás Sánchez Santiago Foto de Guillermo Gallego