domingo, 13 de enero de 2013

Precepto del Fuero....


...para tomar juramento a los reyes de Aragón.

“Nos, que cada uno valemos tanto como vos y que juntos podemos más que vos, os hacemos nuestro rey y señor, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades.
Y si no, no”.
José Luis Melero
(Leer para contarlo) Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2003, pag. 105


sábado, 12 de enero de 2013

Cuervo de dos caras


Es ya proverbial la desmedida pasión que las gentes de Anad sienten por los cuervos. Baste decir, como ejemplo, que el mayor poeta de la región, un tal Teodoro Higueras, escribió un libro de poemas sobre este ave que es ya lectura obligada de cualquier ciudadano de Anad y uno de sus más preciados tesoros. En este libro, la imaginación de Higueras transformaba todo tipo de cuervos -reales e imaginarios- en trasuntos de los personajes de su universo. Y a la vez creaba un espacio donde el cuervo era testigo, víctima y protagonista de unos actos de consecuencias funestas para todos. Pero hay un cuervo del que Higueras no habló y que una noche, sin yo esperarlo, vino a mí en sueños: se trataba de un cuervo cuya negrura -densa, violenta- le impedía tener sombra, pues él era su propia sombra, su negativo. De este modo, los dos rostros de la existencia tenían morada en él, y de esta conjunción extraía el cuervo su fuerza, su poder, pues era variable e imprevisible, de humor cambiante e intenciones equívocas, y tan pronto era el ave torpe que sorprendía en la nieve de invierno como era el monstruo horrísono que invadía los campos y agostaba los surcos; amable o cruel, jugaba sus cartas sin previo aviso. Vino a mí bajo apariencias contrarias mas luego, al despertar en la mañana, supe -o adiviné, no estoy seguro- que el mismo pájaro me había visitado dos veces, y que no tenía máscara.

Jordi Doce

viernes, 11 de enero de 2013

Sospechoso


Aquel tipo tenía una cara de sospechoso que tiraba para atrás. No sé de qué delito, si atroz o apenas doloso, pero seguro que lo era de alguno. Siempre que le era posible caminaba pegado a la pared, el cuello del abrigo subido hasta las orejas, gafas oscuras a cualquier hora, una peluca penosa, la bufanda tapándole media cara; como si temiera que lo reconocieran o fuera a, o volviera de, cometer algún atraco o asesinato a deshora.
Ante semejante actitud, yo empecé a sospechar del sospechoso. Y el averiguar de qué lo era o podía serlo se convirtió en una obsesión. De modo que una noche lo acorralé en un callejón oscuro y apartado, dispuesto a sacarle una confesión a toda costa. Sin importarme los métodos, legales o no.
No colaboró en lo más mínimo, no soltó prenda, no dijo ni mu: se agarraba como un poseso a su derecho a no declarar en su contra y a la presunción de inocencia con una tenacidad irritante. Resultó ser un legalista tozudo de esos que no colaboran para nada. 
Sea; estaba en su derecho, sí, de acuerdo. Pero yo le opuse a su argumento que aquel no me parecía ni el momento ni el lugar oportunos para formulismos burocráticos o legales y que tampoco están las cosas como para andar perdiendo el tiempo a lo tonto con cabezonerías estúpidas que, ya verás, le dije, no conducen a nada bueno.
Así que allí lo dejé, inmóvil para siempre en el callejón con su presunta inocencia a cuestas, callado como un muerto.
Y ahora el sospechoso soy yo.

jueves, 10 de enero de 2013

Dichos de Luder 13 (J.R.Ribeyro)


61 -Nada, absolutamente nada compensa el sacrificio de la vida de un adolescente- dice Luder-. Por eso aborrezco a esos profetas endemoniados que conducen a toda una generación de jóvenes al martirio. Para ellos, sólo para ellos, habría que rescatar los castigos crueles que inventaron los antiguos: ahorcarlos con sus propias barbas y entregar sus restos a la voracidad de los cuervos.

62 -¿No te preocupa escribir desde hace treinta años para haber alcanzado tan minúscula celebridad?- le preguntan a Luder.
-Por supuesto. Me gustaría escribir treinta años más para llegar a ser completamente desconocido.

63 -Dije una vez que nuestro cuerpo, nuestra vida, eran como una casa alquilada- recuerda Luder-. Peor todavía: somos carromato de saltimbanqui, un pobre caparazón ambulante que sólo sirve para trasladar unos cuantos cachivaches de una época a otra de la historia.


64 Un amigo irrumpe en su casa para anunciarle que ya se firmó el armisticio.
-¡Bah!- comenta Luder. Ya te darás cuenta que la paz sólo consiste en cambiar la guerra de lugar.

65 -Leí en alguna parte esta frase- dice Luder-: "Nuestro primer deber es sobrevivir, ya luego nos ocuparemos de la victoria". Pero también podría decirse "Nuestro primer deber es la victoria, qué importa si no sobrevivimos". Todos los aforismos son reversibles.

miércoles, 9 de enero de 2013

Escupir (2)


Me acuerdo de la asquerosa costumbre de escupir en cualquier lugar.
Y de las escupideras de metal esmaltado, claro.

lunes, 7 de enero de 2013

Escupir (1)


Hablar mal de los demás es como escupir hacia arriba; siempre te acabas manchando con la porquería que sueltas.

sábado, 5 de enero de 2013

2 sobre la lectura


La mejor lente correctora para los ojos de la ignorancia es la lectura.

* * * * * * *

No puedo evitarlo: me pone de mala leche toda esa gente que, mirando descarada a la cámara, presume alegremente de no leer.
¡Qué pena!

viernes, 4 de enero de 2013

Liliputienses y luneros (2 presentaciones)


Para que los buenos lectores de poesía vayan abriendo boca en la antevíspera de los Reyes, hoy, a las 20:30h., y en la Casa de Cultura de Torrejoncillo (Cáceres), presentación de La mirada del cóndor, un bestiario poético de Mario Lourtau publicado por de la luna libros en su colección “Luna de Poniente” .
Y exactamente a la misma hora, pero en Plasencia, José María Cumbreño y Víctor Peña presentan en La Puerta de Tannhäuser las últimas novedades de “La biblioteca de Gulliver”, colección de poesía latinoamericana contemporánea de Ediciones Liliputienses.
Entre estas novedades cabe citar al ecuatoriano Edwin Madrid o los argentinos Mario Arteca o Sergio Raimondi.

jueves, 3 de enero de 2013

Supersticiones


“Me duele la pierna; parece que va llover”.
“Abrígate, que el hombro me está dando la lata”.
Yo nunca había creído en estas cosas, esta suerte de adivinación meteorológica a través de las lesiones antiguas en el cuerpo, referida casi siempre acerca del mal tiempo.
No, nunca había creído en estas cosas. Hasta que empezó a picarme la cicatriz (muchos años después) a finales de noviembre, y siempre justo unos días antes del aniversario de la operación que me hicieron cuando niño.

miércoles, 2 de enero de 2013

Los tres suicidios de Maupassant


Me acuerdo de que Guy de Maupassant se suicidó tres veces, ante el pasmo de su criado, porque se creía inmortal.
No lo era.
A la tercera, con un abrecartas (los dos primeros intentos fueron disparos a la sien) se seccionó la garganta.
Y fue la vencida.

martes, 1 de enero de 2013

Rituales de año nuevo


Al igual que los últimos días del año viejo, el que estrenaba el nuevo también llegaba cargado de rituales: después de las uvas y el champán (o más bien la sidra, que por lo menos en mi casa nunca estuvo la cosa para tirar cohetes ni descorchar espumosos de marca; los pequeños de la casa apenas un sorbito de vino dulce con algún mantecado de postre, y a la cama) tras las campanadas televisivas, la primera noche del recién nacido año se presentaba a priori pródiga en alegrías: cotillón y guateque con la pandilla salpimentado con gamberradas varias tales como explosión de petardos o bombas fétidas entre los pies de los bailarines amartelados, ingestión a toda mecha de disparatados cócteles que nunca hubieran ganado un concurso ni de pueblo en fiestas (y mira que son burros los de los pueblos cuando están de juerga), antifaces y sombreros horrorosos, chaparrón de harina y confeti, aquelarre de trompetillas y matasuegras, pirotecnia de andar por casa…
Pero ese uno de enero en pañales se caracterizaba también por tres rutinas invariables y casi obligatorias establecidas de manera tácita entre los colegas de farra y que cada cual cumplía en la medida de sus fuerzas: a la amanecida, y pagado a escote con los ya exiguos restos del fondo común, un tentempié de churros con chocolate (yo prefería las porras a los churros; y si la gorda del centro de la espiral, glotón que era uno, mejor que mejor) en el primer local que viéramos abierto camino de la cama con los ojos como cristales rotos, muertos de frío y cansancio; al mediodía, cada uno en su casa dando cabezadas en la mesa camilla frente a la tele con el brasero de picón a los pies, el concierto de valses de Strauss a cargo de la Filarmónica de Viena con el cierre sincopado de aplausos por parte de los asistentes a los alegres sones de la Marcha Radetzky, y a continuación, y casi sin respiro, ¡señoras y señores, mesdames et messieurs, ladys and gentlemans, damen und herren, tachaaaaaán!, los fabulosos saltos de esquí (una mariconada, según los padres, y una locura, según las madres) desde Garmisch-Partenkirchen, Deutschland, prueba valedera para el Torneo de los Cuatro Trampolines. ¡Cómo se tiraban los tíos a toda pastilla cuesta abajo con el rostro cortando el gélido viento, los brazos estirados y rectos hacia atrás por la cosa de la aerodinámica y, en el momento justo, el impulso último y poderoso con las piernas para llegar lo más lejos posible en su vuelo intentando establecer un nuevo récord! ¡Joder, aquello sí que era cojonudo! Sobre todo cuando a alguno de los saltadores (que siempre, mira tú por dónde, eran noruegos, suizos, yugoslavos, alemanes, canadienses… nunca vimos a ningún compatriota en la rampa de salida) se le cruzaban los esquíes en el aire, perdía el equilibrio y la compostura en el trayecto y se pegaba un costalazo morrocotudo al aterrizar sobre la nieve, a punto de romperse la crisma o partirse las piernas igual que un muñeco descoyuntado a conciencia. ¡Hostias, cómo molaba aquéllo! Ahí sí que aplaudíamos como locos y berreábamos con entusiasmo propio de hooligans borrachos. No como con esas antiguallas del Danubio azul o el Vals del Emperador, con las pollitas casaderas vestidas de pastel de merengue temblón y los tíos encajados como con calzador en el traje de pingüino dando vueltas y vueltas y más vueltas por la pista, tiesos igual que si llevaran un tronco de rosal sin pelar en el culo. Tanto ellos como ellas, por supuesto, que la gilipollez no entiende de sexos. ¡Copón, qué mareo el vals, vaya un baile insulso y aburrido!
Ya por la tarde, y para rematar el jolgorio de la mejor y más barata manera posible, asistencia con los compinches a la primera sesión doble del cine que nos cayera más a mano por las cercanías del barrio: el París, el San Diego, el Río, el Bristol, el Excelsior… La verdad es que con el cansancio y, por qué no decirlo, la feroz resaca que arrastrábamos, nos la sudaban bastante tanto el cine como las películas, normalmente algún dramón de tomo y lomo a dúo con una comedia cursi y anodina. Ese día no se calentaban mucho la cabeza con la programación de la cartelera, no. Pero eso era lo de menos, lo cierto es que nos importaban una mierda las pelis que pusieran o dejaran de poner. Porque después de la agitada noche, el reparador ratito al amor del brasero arropados hasta el cuello con el faldón de la camilla y la ingesta, si se terciaba y había ganas, de las sobras de la cena festiva, nosotros íbamos al cine a dormir tranquilos un rato. Era hacerse la oscuridad, empezar el tostón en technicolor en la pantalla y, al momento, era casi automático, los párpados se nos desplomaban con voluntad irreductible a la velocidad de un alud. en cuanto las pestañas de cada cual se tocaban entre sí, caíamos sin remedio en una especie de catalepsia pasajera de la que sólo nos sacaba a duras penas la musiquilla de los títulos de crédito de la segunda peli o las voces del acomodador. El uno de enero, y durante unos cuantos años, la oscura sala del séptimo arte, el templo laico del celuloide a veinticuatro imágenes por segundo fue para nosotros el equivalente al séptimo cielo de las siestas, una elegante cura de reposo, como una necesaria convalecencia contra la fatiga o la tuberculosis en algún balneario de postín y de entreguerras: Budapest, Baden-Baden, Karlovy.Vary... Algo así.
Durante una buena temporada después de Reyes todavía aparecían por los rincones más insospechados de las casas trozos de turrón pegajosos y muertos de tristeza, algún polvorón más indigesto y rocoso que de costumbre, mazapanes varios coronados de moho y bacterias varias, solitarias peladillas o garrapiñadas más arrugadas de lo normal… Dulces suculencias que parecían suplicarnos “comednos, por favor, comednos, tened compasión, no nos dejéis aquí tiradas todo el año”, y de las que no atendíamos el ruego, sino que las almacenábamos como golosina de urgencia para cuando no hubiera otro remedio; o con el alevoso fin de utilizarlas como munición suplementaria en las pedreas contra las bandas de las otras calles en un triste y contra natura destino bélico de las afamadas especialidades confiteras navideñas.
Había también un rito, digamos negativo, que consistía en no comerse nunca, jamás, bajo ninguna amenaza o circunstancia, los trozos de fruta escarchada que humillaban el roscón de Reyes con su dañina presencia. Si alguno de nosotros, en un momento de debilidad producto sin duda de algún rapto de locura hubiera confesado que le gustaba siquiera un poco la fruta escarchada, su fin como miembro de la pandilla hubiera estado sellado de manera irremediable: expulsión de la manera más ignominiosa.
Y es que con las cosas de comer no se juega, ya lo decían nuestras madres.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Tango dominical


Desde hace un par de años, los domingos por la tarde los dedico con mi mujer a intentar aprender a bailar el tango porteño, para mí el auténtico tango.

Este que podéis ver en el enlace de abajo es uno de los que más nos gusta bailar: A la gran muñeca, en la versión del gran director Carlos Di Sarli.
Nosotros, es evidente, no lo bailamos aún con la soltura de esta pareja del vídeo que podéis ver pinchando en el enlace del final, pero ya nos defendemos con cierta fluidez y me gusta pensar que alguna elegancia.

Con un poco de suerte, esta Nochevieja lo bailaremos en la fiesta a la que asistiremos con otros tangueros, salseros, bachateros...

Feliz año para todos.
Y si no, que al menos nos pille bailando.



domingo, 30 de diciembre de 2012

Un poema de Ángel Campos Pámpano


No se me ocurre mejor manera de ir despidiendo este año nefasto que con un poema de mi maestro y amigo. Cualquiera de los suyos enriquecería sin dudar este cuaderno, esta ventana, pero hoy ha sido este el que se me ha venido a la memoria y las manos.
Gracias, querido Ángel, por tu presencia generosa en mi vida.

IV
Anochece. Tu voz o tu silencio
-escrito a la intemperie contra el viento-
no es una comprensión
sino una misteriosa disciplina,
una necesidad tal vez, un balbuceo
que se pierde en la dureza del aire,
calcinada labor contra la muerte.
(De La vida de otro modo, Calambur, 2008)
Imagen: El paisaje inicial de la mirada LIV
 

sábado, 29 de diciembre de 2012

Economista



Economista. Licenciado en una rama de las Ciencias Exactas con tal cúmulo de desaciertos a cuestas en sus cotidianos vaticinios, que dicha exactitud brilla por su ausencia para mayor desgracia de nuestros ahorros, ya magros y sufridos de por sí.
Oráculo venido a menos, en franca decadencia de fiabilidad.
En algunos países, firme candidato a la horca o el desmembramiento. Los demás países, con la boca pequeña, condenan de manera taxativa estas punitivas y tajantes prácticas penales pero no dejan de tener en cuenta el resultado por si, en una situación concreta, y en algún momento dado, tan ejemplar escarmeinto fuera de posible aplicación dentro de sus fronteras para contento y despiste del populacho.
 
Imagen: Eneko

viernes, 28 de diciembre de 2012

Hablar con extraños (8)


23 Ahí donde la ve mi hija es tonta. Ya le han hecho tres abortos aquí, en el barrio. El barrio está bien en servicios sanitarios. Tenemos un centro de salud y todo. Yo soy la comadrona de El Palo pero no soy abortista, aunque comprendo a las que se quedan preñadas sin querer. El caso de mi hija es distinto porque ella no tiene cabeza; es inocentona para todo menos para mover el culo.

(Tomando chocolate con churros en un bar de Málaga)


24 Si el pan no es dorado no tiene gracia. Es como una paloma negra.

(Una anciana en el mercado de Vallecas, Madrid)


25 Voy a la feria de Río Tercero a comprarme un caballo. No una yegua, por muy linda que sea. Quiero ir a visitar a mi novia montado a caballo. Y le pienso poner al caballo un nombre bonito; se llamará Pleonasmo, como le decíamos a la maestra de quinto. ¡Qué risa, la señorita Pleonasmo!

(En el andén de la estación de Corralito, antes del tren de las ocho)

Imagen: Estación de Corralito, Córdoba, Argentina, encontrada en www.alepolvorines.com.ar