miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cartel


“Se prohíbe blasfemar”.

Reacción: “Me cago en la hostia. ¿Ya estamos otra vez con las prohibiciones?
¡Y encima te multan!”.

martes, 8 de noviembre de 2011

Cosecha del 59 (1)


LIMINAR
Hace un tiempo, en unos de esos días en que a uno se le vienen a la mano libros amados para hacérselo más luminoso, caí en la cuenta, gozosamente, de que tengo algunos y buenos amigos, magníficos escritores y personas, que, por esas casualidades de la vida, nacieron (nacimos) el mismo año.
Y esa casualidad me ha llevado a querer lanzar otra tirada de estas tabas y crear una nueva etiqueta que se me ha ocurrido titular Cosecha del 59.
Envié un correo a todos ellos dándoles cuenta de mi intención y todos -ya os he dicho que son buenos amigos- respondieron de buena gana a mi capricho que incluía el deseo de que en lo posible fueran textos inéditos.
Alguno, en su respuesta, ampliaba la cosecha con otros nombres que también se han sumado al proyecto con generosidad aun sin conocernos personalmente. Pero todo se andará.
Hoy doy comienzo a su publicación: los textos aparecerán en esta ventana por “orden estricto de llegada”; y no a mi buzón, sino al mundo, a este valle de lágrimas, que gente como ellos hacen más llevadero de recorrer.
Quiero decir que se irán publicando por fecha de nacimiento de los autores dentro de ese año 59.
Todas las entradas irán ilustradas por la mano sabia de Ignacio Fortún (también del 59, por supuesto), a quien agradezco especialmente su celo y rapidez en sumarse a la propuesta y en los envíos de las ilustraciones.
Las entregas de la cosecha serán a un ritmo semanal.
Permanezcan atentos a su pantalla.


Escena matritense

Había un japonés, quizá chino o coreano (ni el periódico ni la radio dijeron nada al respecto), mostrando un comportamiento reprobable en la calle de Hortaleza, junto a la entrada de un comercio de ropa para jóvenes. Desde la acera podía oírse la música que en aquellos momentos sonaba en el interior del comercio. Era una música ligera, con texto cantado en lengua inglesa y percusión machacona; una música del gusto de la juventud actual. No está claro que dicha música suscitara la vergonzosa conducta del japonés, chino o coreano; pero sin duda contribuía a imprimirle ritmo. Vale decir que el japonés, chino o coreano se comportaba mal, muy mal, en la acera de la calle de Hortaleza moviendo el cuerpo y haciendo muecas al compás de la música de aquel comercio, aun cuando probablemente sus intenciones no estuvieran directamente relacionadas con ella. El japonés, chino o coreano opuso resistencia a la autoridad cuando fue detenido. Decían unos que estaría borracho; otros, que estaría loco. A una mujer, que había tenido un acceso de pánico cuando el japonés, chino o coreano se sacó aquella cosa repugnante de un boquete que tenía en el cuello, la tuvieron que acostar junto al quiosco de prensa, donde, antes que llegara la ambulancia, sufrió un aborto.

Fernando Aramburu (4 de enero)



Ilustración: Ignacio Fortún

lunes, 7 de noviembre de 2011

Coches de choque



Cuando los feriantes llegaban al barrio los de la pandilla íbamos a echarles una mano para el montaje de las atracciones y las casetas. "Echar una mano" es una forma de hablar, claro, porque lo más complicado que hacíamos era acercarles alguna herramienta a los mecánicos o acarrear cubos de agua desde la fuente. Para adecentar a fondo los vehículos eléctricos, todavía con los asientos sucios y los volantes pringosos de la feria anterior. Para que se lavaran los currantes después de la agotadora y grasienta faena contra reloj. Para preparar el puchero de la comida de aquellos nómadas de la alegría que con su casa y su negocio a cuestas traían un poco de felicidad todos los meses de mayo a la grisura existente en nuestras vidas.

Lo que más nos gustaba de la feria eran los coches de choque. Los conducíamos en maniobras suicidas efectuando súbitos y espeluzmantes adelantamientos con el único objetivo de provocar aparatosos golpetazos con quien tuviera la mala idea de cruzársenos por delante. Y cuanto más espectaculares, mejor. A veces, con los colegas perpetrábamos maniobras envolventes en busca de alguna víctima propicia, de preferencia chicas solas. O en parejas, daba igual. Les dábamos unos sustos de muerte. Algunas, presas del pánico y en su afán por huir de los constantes golpetazos, empezaban a girar y girar el volante a lo loco y entraban en una especie de bucle con el coche dando vueltas en el mismo sitio como una peonza sin encontrar la vía de escape; acababan llorando como magdalenas por el frenético acoso y los constantes topetazos, no os digo más. Eso sí: en más de una ocasión, después de las feroces acometidas y en cuanto se paraban, teníamos que salir a escape de los coches para huir de los padres, hermanos o novios de las muchachas que habían presenciado el lance con un creciente cabreo y enfilaban hacia nosotros bufando como miuras y con arrestos de venganza. Menos mal que teníamos práctica de sobra en el regate, el repliegue y la evasión, que si no igual no estaba escribiendo esto ahora. Una vez aquellos parientes energúmenos atraparon al Anacleto, que no anduvo muy listo ni ágil, todo hay que decirlo, y cuando consiguieron arrancárselo de las manos hubo que llevarlo a la Casa de Socorro casi en parihuelas: decir que lo molieron a palos sería quedarme corto. No se andaron con pamplinas, no. Se formó una escandalera que ni te cuento, de las que hacen época. Aquel año se acabó la feria de manera abrupta para el Anacleto. Anda que no nos reímos luego de él ni nada. Gajes del oficio, colega, no nos lo tengas en cuenta.

Nos burlábamos cruelmente de la torpeza femenina manejando aquellos cacharros sin sospechar que no tardando mucho, a la vuelta de unos pocos años, aquellas chavalas nos las harían pagar todas juntas cuando las rondáramos con otras intenciones menos cerriles y más lúbricas y ellas se tomaran cumplida venganza de nuestra burricie por medio del desprecio o la indiferencia, cuando no de algún sonoro bofetón. Pero aquellos momentos con el volante en las manos en busca de una víctima, con la adrenalina producto de la excitación por el acoso y la caza de la pieza saliéndosenos por las orejas, no los cambiábamos por nada. Para que me entendáis: éramos como felinos hambrientos al acecho emboscados en la espesura prestos a saltar sobre la gacela distraída e indefensa para darse un buen atracón de carne fresca a la rica sombrita de alguna acacia. Y bastante cabrones también, por qué no decirlo.

Con una amplísima ventaja sobre el resto de los cacharros de la feria, aquella pista de chapas de hierro con su cielo metálico y electrificado donde se alineaban los coches como en la parrilla de salida de un Gran Premio Automovilístico, era un imán irresistible para nosotros. Si alguien quería encontrarnos de seguro durante los días de feria, no tenía más que acercarse por sus alrededores. Junto al carrusel de los caballitos, la nave vikinga y el tren de la bruja. Con sus musiquillas superpuestas. Frente a la pista de los coches, el resto de las atracciones (la ola, la noria, las tómbolas, los puestos de golosinas o frutos secos -¡ah, los dulces y refrescantes trozos de coco!-, los enormes autómatas mañicos simulando pisar la uva de Cariñena…) nos importaban un comino, un pimiento, una mierda. Excepto, quizás, las casetas de tiro con la escopetilla de balines, que también nos molaban un montón aunque nunca sacáramos premio. Los que jamás atinábamos a partir el palillo con el cigarrito pinchado sosteníamos con ardor ante quien fuera que las carabinas, unas antiguallas más viejas que el mear de pie, tenían que estar trucadas porque aquello no era normal. ¡Pero si los blancos estaban a menos de tres metros! Yo creo que solo atinaban los bizcos, que compensaban la variación del arma con la suya ocular. Recuerdo que había una variante de escopeta que en lugar de plomillos disparaba tapones de corcho con los que había que derribar diminutas botellas de licores. Inútiles todos los intentos, no recuerdo que  nunca nos lleváramos ninguna. Aunque ahora que lo pienso, casi mejor, porque vete a saber de qué brebaje infame, de qué maléfico compuesto, de qué veneno para el estómago y el hígado estarían rellenas aquellas miniaturas de cristal. Por supuesto, entre los malos tiradores era creencia general la de que aquellos otros rifles tenían el punto de mira torcido o el gatillo duro o la culata blanda o el ánima del cañón lleno de porquería, con "más mierda que el zancajo un húngaro", que decía mi abuela. Y así, claro, a ver quién era el búfalo bill que atinaba con el corchito de los cojones para tumbar la puñetera botellita. Problema de puntería seguro que no era porque con el tirachinas, rústico y ancestral artilugio que es mucho más difícil de manejar con tino, éramos unos hachas, unos figuras, unos campeones.

Cuando el montaje de la pista acababa, con todo a punto para la inauguración oficial y las preceptivas autoridades presentes para efectuar el disparo de salida (el cura de la parroquia, el director del colegio, algún oscuro concejal de distrito, el siempre siniestro representante de las fuerzas del orden -algún inspector de segunda con cara de mala hostia por el marrón que se estaba chupando-...), los feriantes metían la mano en un sucio cajón de lata o un maltrecho cubo de plástico y, como si fuera un pobretón salario en especie, nos entregaban un puñado de fichas a cada uno en pago por la ayuda prestada. Y sería pobretón a ojos de alguno, no digo que no, no vamos a discutir ahora por eso, pero ese manojo de discos de plástico a buen recaudo en nuestros bolsillos era también un tesoro para nosotros, un botín que, al menos durante unos días, nos garantizaba diversión segura antes de enfilar el fin de curso con su inevitable ristra de exámenes y sus más que probables suspensos junto a pescozones paternos con deberes veraniegos de propina. Por vagos. Pero hasta entonces, carpe diem, viva la Pepa, venga juerga gitana, tócala de nuevo Sam y, ya metidos en jarana, ancha es Castilla y que salga el sol por Antequera. Estirábamos al máximo aquellas fichas, simplonas y sin embargo efectivas llaves de contacto, para que nos durasen durante toda la feria, día tras día y hasta el último momento.

Después de la clausura y el desmontaje de los baqueteados cachivaches entre restos de confeti y serpentinas, botellas vacías o rotas de vino, cerveza y refrescos, extensos manchurrones de grasa y pi, cuando no algo más gordo y malkoliente en el suelo, o mutilados y ya inútiles boletos de rifas y tómbolas, nos tirábamos (como sabuesos en persecución de reo a la fuga, igual a entomólogos en pos de exótico escarabajo esquivo, tal que agrimensores enamorados hasta las cachas de lo suyo) unos cuantos días explorando a fondo el solar en busca y captura de fichas extraviadas o monedas perdidas por el personal en el trajín festivo. Con escaso éxito en la mayor parte de las ocasiones y gran pesar por nuestra parte, todo hay que decirlo.

Luego esperábamos impacientes todo un año a que aquellos ambulantes de la diversión barata regresaran al barrio con sus eléctricos coches de casi imposibles y metalizados colores.

Se nos hacían muy largos los doce meses.

domingo, 6 de noviembre de 2011

"Alba de América"


Mi padre fue albañil durante prácticamente toda su vida. Con él trabajé en ese oficio por espacio de unos dos años tras regresar de la mili, aquel secuestro legal, hoy felizmente desaparecido, en el que durante al menos un año y con penosas excepciones (casi cegatos, patizambos, estrechos de pecho, huérfanos de padre...) padecíamos como galeotes el elemento masculino de la población patria. Y a pesar de que era un magnífico oficial al que no se le ponía reforma por delante (MAESTRO ALBAÑIL Reformas en General, rezaba tal cual, mayúsculas y negritas incluidas, en las tarjetas que se hizo imprimir años después de que yo me emancipara de su tutela), la verdad es que aprendí poco a su lado, apenas lo justo para defenderme en minúsculas chapuzas en casa, en apaños urgentes para salir del paso mal que bien: sustituir algún azulejo roto, enfoscar de manera torpe algún murete, extender un poco de yeso para disimular un desconchón… En buena medida, lo reconozco, culpa mía, porque lo cierto y verdad es que tampoco le puse mucho empeño al asunto, no era un oficio que me gustase. Vamos, que me escaqueaba todo lo que podía porque mi labor habitual a su lado era la que realizan de común los sufridos peones de obra: acarrear material, picar paredes, retirar escombro, preparar las masas… Mi viejo era muy quisquilloso para esto último, a sus ojos las mezclas nunca estaban en su punto óptimo: como no las hiciera él, siempre, mire usted por dónde, les faltaba, o  tenían de más, arena o cemento o yeso o agua. Y si por un aquel los porcentajes del material a emplear habían sido los correctos resultaba, vaya por dios, que o no los había removido lo suficiente o me había pasado de rosca; lo que quiero decir es que si alguna vez, y aunque fuese más por casualidad que por maña, me salía una mezcla como para enlucir con ella los muros del Vaticano o las cúpulas del Kremlin, no creáis que se molestaba ni un poco en que yo lo supiera: calibraba en un vistazo la calidad del producto, agarraba la espuerta, gastaba la masa en un voleo sin decir ni pío y "venga -ordenaba escueto y cortante-, espabila y prepárame otra igual.Y rapidito, que tenemos que acabar esta pared para hoy y a este paso nos coge el toro, que pareces atontao". 
  
Era raro y poco dado a las efusiones cariñosas, qué puedo decir. Pero en su extensa vida laboral (agricultura y construcción sobre todo) tambn tuvo tiempo, y esto me parecía entonces una cosa de lo más extraña, para trabajar durante alguna que otra temporada en una fábrica de pasta y fideos cuando yo era todavía un infante sin apenas memoria mas sobrado de mocos. Desde que lo supe, cada vez que tocaban macarrones o sopa para comer o cenar aunque fueran estrellitas o puntitos o letras y no necesariamente fideos, entre cucharada va y viene no podía evitar la imagen de mi padre vestido de blanco de pies a cabeza y enredando, pringoso de harina y levadura, entre los hilos de pasta con sus manazas callosas. Claro, que peor hubiera sido imaginármelo trabajando de matarife y goteando sangre por el pasillo de casa. Tampoco sé si sería así su faena en aquella ignota fábrica, cuál su cometido concreto en la cadena productiva de la industria alimentaria, ramo cereales y féculas, subsector hidratos de carbono. Así que no creo faltar a la verdad si os digo que aquello de los fideos me parecía lo más insólito y extravagante que sabía hasta entonces con respecto a él. Hasta que una tarde de invierno, sentados todos a la mesa camilla, el brasero de picón crepitando y repartiendo su calorcillo bajo el faldón, nos confesó de sopetón que una vez, cuando tenía veintiuno o veintidós años, hizo de figurante en la película "Alba de América". Aunque él no utilizó esa palabra. Ni, por supuesto, meritorio o extra. No sé mis hermanos, pero yo desde luego me quedé con la boca abierta ante la inesperada revelación. ¡Mi padre en el mundo de la farándula y los titiriteros, codo con codo entre donjuanes y vicetiples, hombro con hombro junto a amazonas y espadachines, ten con ten con alcahuetas y pícaros! No sabía si creerle. 
-En esa película salgo yo -comentó de pasada un día que la pusieron en la televisión. Pero el muy cuco se calló el momento exacto de su aparición en la pantalla. -Estoy por ahí, con el resto de la tropa -dijo, lacónico y desinteresado, después de ponernos los dientes largos con la imprevista confesión. 
Esas dos escuetas frases fueron las únicas que pudimos sacarle entre los tres hermanos a nuestras insistentes preguntas. Y mira que le dimos la matraca a base de bien para que al menos nos facilitara alguna pista acerca de su momento de gloria en el arte del celuloide. Pero no hubo caso ni por esas, el hombre no era lo que se dice dado a las confidencias, qué le vamos a hacer, cada uno es como es; de modo que, o el comentario se le escapó sin querer o nos vaciló de lo lindo porque se aburría como una ostra con la peli de marras. Y si aquello ya fue extraño de por sí, otra cosa rara de aquella tarde es que mi viejo no se fuera pitando a la taberna a echar la partida, visto lo visto.
Mi madre, por cierto, que también estaba sentada a la misma mesa con nosotros y digo yo que algo tendría que saber del asunto, ni quitó los ojos de la tele ni abrió la boca en todo el rato: parecía una esfinge con voto de silencio perpetuo. Por ese lado tampoco hubo nada que hacer ni entonces ni nunca porque jamás nos dijo ni mu al respecto. Y también le dimos la tabarra a modo. Porque otra cosa no, pero cuando algo se nos metía en la mollera pesados éramos un rato.
Desde entonces he visto la película tres o cuatro veces casi fotograma por fotograma. Una forma como otra cualquiera de perder el tiempo miserablemente porque la peli, se mire por donde se mire, es una castaña de tomo y lomo, un pestiño indigesto como bocadillo de polvorones, un infumable pastiche de cartón piedra y autobombo patrio. Desde luego, no os la recomiendo.
Con profunda desazón he de confesar que a pesar de mis obstinados esfuerzos visuales en su búsqueda por todos los rincones de la pantalla no he conseguido reconocerle en ninguna de las escenas.

No sé. Hablaba tan poco con nosotros. Sé tan pocas cosas de mi padre.
Conque imagino que aquello sería otra mentira de las suyas. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

Nada es lo que parece


El agua
en
que

te hundes
es
el cielo
para
el pez

viernes, 4 de noviembre de 2011

Triste


Triste como la última hoja
agonizando en el árbol,
como farola apedreada y ciega,
como esa esquina,
macilenta y fría,
a la que acuden a orinar
todos los perros.


Imagen: Fotograma de Mon oncle, de Jacques Tati

jueves, 3 de noviembre de 2011

Soltar lastre


Soltar lastre. Me gusta esta expresión que indica ese oculto deseo de muchos de nosotros de desprendernos para siempre de bultos innecesarios e inútiles y viajar, como quería Machado, “ligero de equipaje”, dejando caer al vacío que queda a nuestras espaldas, a nuestros pies, todo aquello que tira de nosotros hacia atrás, hacia abajo.
Pero, bien por desidia, bien por cobardía, nunca nos atrevemos a hacerlo del todo y la carga se va volviendo cada vez más pesada e infértil.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Frutas


Me ocurre a veces con algunos tipos de frutas: uvas, membrillos, granadas, chirimoyas…
Las veo en la tienda y no puedo resistirme a comprarlas.
Y no para comérmelas sin más, que también si viene al caso, sino para contemplar cómo maduran bajo mi mirada diaria en el frutero de barro de la mesa de la cocina, cómo envejecen conmigo al ritmo cansino de los días del otoño.


Imagen: Juan Francisco González (1853-1933)

martes, 1 de noviembre de 2011

Diagnóstico, últimas palabras, esquela, epitafios


Diagnóstico
La paciente se encontraba tan mal por la noche que se levantó ya cadáver.


Últimas palabras
En el lecho de moribundo de Buster Keaton, alguien sugirió tocarle los pies para saber si ya había muerto; explicó que los difuntos tienen los pies fríos.
El Gran Cara de Palo replicó: “Juana de Arco no”.
Y murió.


"Ocho horas con fiebre. ¡Me habría dado tiempo a escribir un libro!".
Honoré de Balzac

Esquela
De un tacaño a la muerte de su mujer:
“María muerta. Vendo Opel Corsa.”


Epitafios con reconvención
“Ya os dije que estaba enferma.”


“¡Marianita! Nos dejaste a los cinco meses.
¡Qué pronto empezaste a darnos disgustos.”

Cementerio de Badajoz.
Recogido por Luis Carandell.
Tus amigos no te olvidan, Ed. Maeva, 1995


domingo, 30 de octubre de 2011

Montaña rusa


Con la absurda idea de que así les daba una sustancia que nunca tendrían (“De donde no hay no se puede sacar”, sentencia la máxima popular con acierto), adornaba su pensamiento y su discurso con toda clase de piruetas y tirabuzones verbales.
Igual que las montañas rusas en los parques de atracciones: mucha velocidad y estruendo para terminar, al cabo, exhausto y sudoroso en el lugar de siempre sin haber avanzado ni un ápice hacia ningún sitio, condenado a repetir inútilmente un trayecto en espiral que no lleva a ninguna otra parte que no sea el punto de partida. Una vez tras otra.
Y para más inri, aburriendo a los pasajeros, sin ninguna gana ya de repetir el viaje.

sábado, 29 de octubre de 2011

Barquillos


Me acuerdo de que el hombre de los barquillos -con sabor a canela y limón- guardaba sus obleas en un bidón niquelado, o rojo, o verde.
En la parte superior, una especie de ruleta repartía, previo pago, la suerte entre el corro de hambrientos y pedigüeños.

¡Al rico barquillo de canela para el nene y la nena, son de coco y valen poco, son de menta y alimentan, de vainilla ¡que maravilla!, y de limón qué ricos, qué ricos, qué ricos que son!

viernes, 28 de octubre de 2011

Más de Siltolá


Al igual que en la Marina de Guerra hay una clasificación de las naves que la componen (acorazados, destructores, cruceros, portaaviones, dragaminas, fragatas…), La Isla de Siltolá tiene su propia flotilla poética y literaria con sus nombres airosos y marineros: Levante, Arrecifes, Vela de Gavia…

Al mando y por orden de su almirante, Javier Sánchez Menéndez, ayer arribaron varias de esas naves librescas al puerto de mi buzón, que las acogió alborozado y feliz: en el registro del puerto quedaron anotados sus nombres: el "drama teológico" Caín, de Lord Byron, en versión de José Luis Piquero; el ensayo Tan bella, tan cerca, de José Manuel Mora Fandos; la novela epistolar Inma la estrecha no quiere mi amor, de Diego Vaya; Las noches de verano, segunda entrega de los Inklings, de José Luis García Martín, y los libros de poemas Arrojar piedras, de Javier Pérez Walias; Quietud, de Sergio Fernández Salvador; La ciudad gris, de Toni Montesinos Gilbert, y Cantigas y cárceles, de Juan Manuel Macías, este último en la bellísima colección Siltolá Poesía.

Y hay más naves surcando venturosas las aguas de la isla: a modo de ejemplos, y en la colección Álogos, dedicada a publicar selecciones de entradas de blogs, Escribir la lectura, de Tomás Rodríguez Reyes, o Cúpulas y capiteles, de José María Jurado, dos jóvenes y rigurosos escritores muy a tener en cuenta.
O Dimensión de la frontera, la segunda entrega poética del aún más joven Álex Chico, placentino en Barcelona.

Ya se ha comentado aquí el celo y buen gusto con que estos libros están hechos: a la vista de este generoso lote no puedo más que reafirmarme en mi opinión: Siltolá es una de las editoriales que con mejor gusto y criterio -un criterio abierto y plural, tan necesario como enriquecedor- publica.
Esto, que tan obvio parece, tan de sentido común, se da con menos frecuencia de la que debería en el mundo editorial.
Y esa es la buena labor de un editor que se precie. Como es el caso.

jueves, 27 de octubre de 2011

Nunca nos atrevimos



Excepto fines de semana, festivos y vacaciones, nos veíamos todos los días, a la misma hora, en el mismo sitio.
Permanecíamos sin hablarnos nunca, a veces casi codo con codo, a veces a distancia.
Tiritando de frío o sudando la gota gorda cruzábamos fugaces miradas, leves roces con las yemas de los dedos, guiños minúsculos que sólo nosotros entendíamos y éramos capaces de descifrar, complicidades que procurábamos ocultar a la suspicacia y maledicencia de los demás.
Una extraña sensación a la que nos sentíamos incapaces de ponerle nombre.
Y así día tras día, mes tras mes, año tras año.
Tuve la certeza de que me había enamorado de ella cuando la cambiaron de ruta como conductora de mi autobús.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Negro


Negro


en el anciano que fuma a sabiendas el último pitillo,
en la resignación de las bestias de tiro,
en el pecho del náufrago suplicante,
en las uñas del carbonero y el impresor,
en el equipaje de quien camina hacia el destierro,
en el niño atropellado con su bicicleta,
en la corola de la flor del pensamiento,
según el destello de la hulla.

martes, 25 de octubre de 2011

Mi otro yo


El otro día, por la calle, me vi envuelto en una de esas escenas bufas en las que a uno, actor involuntario y sufrido de la misma, se le pone cara de tonto sin remedio: alguien a quien apenas conozco, y que tampoco debe de conocerle muy bien a él, se empeñó, y aun se emperró, en confundirme con mi peor enemigo.
A pesar de mis amagos e intentos por demostrarle que yo no era quien él pretendía, el tipo no me dejaba meter baza en su verborrea y se obstinaba en el error con una cerrazón digna de mejor causa.
Me quedé perplejo, sin saber con exactitud qué decir ni cómo reaccionar ante la situación, una situación absolutamente chocante para mí hasta ese momento.
Con cara de tonto, ya digo.
Pero lo cierto es que desde entonces no dejo de pensar en el equívoco, de darle vueltas al asunto, de preguntarme a cuento de qué la confusión, cuáles serán las similitudes o actitudes que, a ojos de otros, guardo con él, el innombrable.
Y tengo un poco de miedo, lo confieso, de que el citado equívoco tenga visos de ser cierto, de que yo sea, mal que me pese, si no igual, semejante a mi enemigo.
Y de que a partir de ahora tenga otro motivo más para detestarme.