domingo, 7 de julio de 2013

Perro y carro


Junto a la segunda fase de unifamiliares del Irvi hay un perro encadenado a un carro. Es un perro cabezón, con molde de bóxer y trazas de perro callejero. Tiene la piel marrón, un poco atigrada y una pechera blanca que le baja por las patas hasta ponerle calcetines. Resulta a la vez fiero y doméstico: fiero porque está encadenado al eje del carro, doméstico porque no hace nada. Pero lo que más me llama la atención es su mirada: tiene una mirada tan radicalmente triste que no asusta. Jamás me ladra, pero nunca me acerco demasiado. Y no por miedo, sino por lástima. A veces, cuando me ve pasar, se sube al carro, y otras ni tan siquiera levanta su enorme cabeza de las patas. Nunca hasta hoy he sentido ganas de liberarlo del carro y la cadena. Esta mañana, sin duda un poco blando por la desproporcionada caminata que me he metido, la lástima me ha invadido y esa idea se me ha cruzado por la cabeza. Afortunadamente me ha pillado en negativo: seguro que si me acerco a soltarlo me muerde la mano.

José Ignacio Foronda (Días bajo el sol, Pepitas de calabaza, 2011)

Imagen: Josep Bou

sábado, 6 de julio de 2013

En la enramada

 
Como gato oculto en la enramada en espera y acecho del torpe pajarillo, así yo hoy: aguardando paciente esa palabra que el poema me niega, avecilla volandera por otros más frondosos jardines hacia cielos amables, talentosos.

viernes, 5 de julio de 2013

Un Pessoa


Finjo versos de cuando en cuando para sentirme un Pessoa.
A veces.

miércoles, 3 de julio de 2013

Mis labores


Dicen que la luna llena, y si está aliada con el calor excesivo ya no digamos, favorece los instintos incívicos, violentos, y aun homicidas. Es posible que esto no sea más que una absurda leyenda urbana o alguna de esas supersticiones estúpidas que los necios convierten en hábitos de vida, pero lo que es a mí, la luna, llena o vacía, creciente o menguante, gorda o flaca, pálido o púrpura, no me afecta para nada; vamos, que me la sopla y me la refanfinfla, que diría un chulapo viejo. Por lo menos en este momento y hasta donde se me alcanza, que con la sandeces estas, tan en boga, de la astrología de pacotilla, la engañifa pirulera de las cartas astrales y la superchería estelar nunca se sabe. Pero el calor… ¡ay amigo!, el calor no lo llevo muy bien que se diga. Vamos, que me pone de una hostia que es mejor que os apartéis de mi vera, verita, vera, si el termómetro pasa de los treinta. Conque a lo mejor es por eso que hubo un verano en que yo creo que me volví medio loco. Por el tremendo calorazo azotando sin tregua día tras día y las noches en blanco dando vueltas en la cama, la almohada y las sábanas empapadas de tanto sudar la gota gorda y los nervios de punta por el pertinaz insomnio, con los ojos como platos bajeros e imaginando en esa vigilia forzosa vaya usted a saber qué infantiles atrocidades. O por el asedio inquebrantable de las siniestras avispas y de las moscardas, gordas y repulsivas con su brillo metálico y pavoroso que zumbaban incansables a nuestro alrededor como adivinando los cadáveres que seremos. Himenópteros y dípteros (¡toma ya dato científico!) que, y mira que han pasado años, nos siguen dando la matraca erre que erre a base de bien, que anda que no son pesados los putos bichejos voladores. Yo creo que piensan, es un decir, “ya falta menos para hincarle el diente a este imbécil”.

No me preguntéis cómo ni a cuento de qué, porque os juro que de seguro no lo sé, pero puede que producto de aquella locura ese verano que digo me dio por aprender a bordar. Tal como os lo cuento, lo juro por encima de la campana gorda. Así que en vez de salir a la calle a sacudirme el pellejo con alguien, causar estragos de variada catadura en farolas o ventanas afinando puntería (el cristal ajeno se presta que ni pintado para estos menesteres), desinflar neumáticos a destajo, moler a palos a algún mamífero de cuatro patas despistado o buscarle las cosquillas a alguna vieja puñetera (cosa de escamotearle el bastón y la toquilla para hacerla rabiar un rato) en vistas a aplacarme los nervios, yo me convertí en un loco pacífico que se conformaba con pasar las tardes a la sombra como un bendito, ver para creer, practicando “mis labores” en el minúsculo patio de casa sentado en una sillita de enea. Con las tablas del respaldo pintadas de azul plomo y florecitas blancas y amarillas muy castigadas ya por el roce, así como marchitas y medio fantasmales. Una silla tan enana que me obligaba a encoger las piernas casi hasta el mentón. La misma que llevé algunos años atrás, arrastrándola por el polvo con desgana y a la fuerza, hasta “la escuela de los cagones”, una especie de almacén veraniego de chiquillos para el descanso materno donde aprender, lo que se dice aprender, pues como que no. La comadre que regentaba "la academia", una viuda renga de un ojo, el derecho creo recordar, y pelillos tercos en la sotabarba, era para verla: aquella mujer (iba a decir buena, pero como que no le pega), castigada con encono por la obesidad, el estrabismo, la incuria y estoy por asegurar que hasta el furor uterino, que nos acogía en su casa con humos de maestra, y aun catedrática si estaba con lo suyo de la menopausia (cosa de repentinos sofocos y extraños cambios de humor), y de la que acaso por un extraño mecanismo de compensación de la memoria he olvidado el nombre, no estaba dotada precisamente para la pedagogía; aunque sí, y con una eficacia garantizada, para la disciplina más espartana, rigor que ejercía sobre nosotros con entusiasmo desmedido sirviéndose para ello del elemento disuasorio que tuviera más a mano: guantazo, zapatilla, palo de escoba… Y ya desde el primer día “de clase” con el beneplácito, cuando no el mandato expreso, que tiene bemoles la cosa, manda carallo, de nuestras progenitoras:

-Sacúdele sin miedo, fulanita, que algo hará, seguro. Y ná bueno ni de provecho, tenlo por cuenta, que este descastao ha salío al modorro y al gandul de su padre, si lo sabré yo de sobra, que me van a quitar la vida entre los dos -aleccionaban a la cancerbera mientras te soltaban un coscorrón a modo de ejemplo y se despedían entre suspiros, quejosas y mártires, con alguno de sus lamentos favoritos: “¡Ay, Virgencita de mi alma!”. O bien, “¡Ay, Señor, Señor, qué cruz!”.

De modo y manera que mientras mi madre y alguna vecina que siempre se arrimaba cosían o hacían punto o le daban al ganchillo como hormiguitas laboriosas arrejuntando grano (siempre tejían la ropa -normalmente bufandas y jerséis- para el invierno durante el verano; y verlas enredando con las madejas de lana en plenos julio o agosto me daba más agobio todavía), yo me afanaba con la aguja, el dedal y los hilos como si estuviera descubriendo la pólvora con música o la vacuna contra el cáncer. Lo más difícil, con diferencia, enhebrar la puñetera agujita: nunca se me ha dado bien, nunca me ha salido al primer intento. Ni al segundo. Ni al tercero. Una pesadez, vamos. Conque ponte a meter un camello por su ojo como quiere la parábola bíblica; no te arriendo las ganancias.

Ante aquella inusual y enternecedora estampa de su Elías batallando fieramente con los enseres propios de la costura, mordiéndose la lengua con atento afán como si eso fuera a ayudarme en algo y prestos todos los sentidos al asunto que nos incumbe, que diría un cursi, mi madre, dada mi rebeldía contrastada de sobra en múltiples ámbitos y ocasiones (“El de la Cloti, el de la Cloti, seguro que ha sío el de la Cloti, como siempre”, condenaban las cotillas sin paliativos cuando ocurría algún percance desagradable en el barrio mandando a freír espárragos la presunción de inocencia y, de paso, quitarse de encima algún marrón que pudiera salpicarlas a ellas o a sus retoños), estaba atónita. Disimulaba, claro, pero era evidente que no cabía en sí de gozo, se le notaba el contento y el relajo a la legua: así me tenía más controlado que de costumbre y sus periódicos quebraderos de cabeza conmigo se tomaban un necesario respiro.

De fondo, como banda sonora de las pacíficas labores textiles, el murmullo un punto adormecedor de la radio emitiendo aquellos tremendos dramones de amoríos y desgracias (Simplemente María, Lucecita, Ama Rosa…) o ligeramente cómicos y carpetovetónicos (Matilde, Perico y Periquín, La saga de los Porretas…) de los que la mayoría de las mujeres del barrio no se perdían un capítulo así las mataran. Mientras el cuadro de actores (ojo al parche: he dicho actores y no locutores) radiofónicos (Juana Ginzo, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, José Fernando Dicenta, Matilde Vilariño…) largaba el texto del día a través de las ondas con sus voces prodigiosas que lo mismo hacían un viejo que un niño, una enamorada que un canalla, un soldado que una monja… impostando o engolando la voz lo que hiciera falta para darle verosimilitud al personaje de turno, el aire de la tarde podía cortarse como la mantequilla con un cuchillo caliente. Cualquiera piaba: te jugabas un sopapo con estrambote (“Cállate, niño”.), pero al momento.

En los descansos publicitarios de la emisión, las comadres, sin quitar mano de la labor, incrementaban aún más si cabe la tensión radiofónica a base de darle a la húmeda comentando las peripecias de los protagonistas como si les fuera la vida en ello, tomando partido por unos u otros con un ardor insólito. Más de una amistad he visto yo romperse para los restos por esas discusiones sin sustancia. Y si ese día, por lo que fuere, no había radionovelas, pues las canciones dedicadas, coplas y baladas mayormente, pero sin desatender tampoco tangos, boleros o pasodobles, interpretaciones éstas a las que ellas les hacían el coro en los estribillos soltando unos penosos gorgoritos, por no decir unos “gallos” que tiraban para atrás la mayor parte de las veces. O seguían la melodía acorde tras acorde, estrofa tras estrofa, de pe a pa, pero a su estilo y manera, cambiando la letra cuando les venía en gana y como dios les daba a entender. Otras veces el motivo de silencio a la fuerza era el Consultorio Sentimental de Elena Francis, un delirante programa de consejos y recomendaciones dirigido sobre todo al género femenino que, escuchado hoy día, con total seguridad nos induciría a llorar desconsoladamente por la sarta de estupideces que salían de aquella boquita con ínfulas moralizantes y carcas.

Volviendo al tema: a pesar de que estuve ensayando de firme previamente en un viejo bastidor que mi madre tuvo que pedirle prestado a una vecina, mal que me pese no tengo más remedio que admitir que bordando era un desastre, un inepto, una calamidad. Lo que tampoco era nada nuevo; lo de calamidad, digo. Si la aguja hubiera estado impregnada en tinta, a buen seguro que ahora luciría un bonito tatuaje abstracto, o surrealista, o vagamente étnico en las yemas de los dedos. Quiero decir, que me pinchaba más veces de las que atinaba con la dirección correcta de la puntada. Para sastre no hubiera valido, eso lo tengo claro. Y a cada pinchazo, me cagaba en todo lo que se remenea, lo que me reportaba de inmediato una ristra de pescozones por deslenguado. De mi madre o de la vecina que estuviera más cerca, que allí todas ellas gozaban de venia a la hora de sacudir a capricho al infante díscolo y malhablado.

Con mucho sufrimiento y dolor gracias a los citados pinchazos y sus consecuencias “educativas”, y tras múltiples intentos infructuosos, conseguí bordar, por decir algo, un espantoso palo de hockey (fijaos bien qué gilipollez, hockey, que ya es raro de cojones el jueguecito, pegarle a un cacho de goma con un palo para meterlo en una portería raquítica) en el frontal de una gorra blanca de visera. No hubo bobina que se salvara: metí en él todos los hilos de colores que encontré en la caja de la costura, por lo que ya os podéis imaginar el estrafalario resultado: un horror cromático de no te menees, de mátame camión, de toma pan y moja que se acaba la salsa. Ahora que lo pienso, a lo mejor sí que estaba un poco loco.

El primer día que me la puse (casi un mes eché en rematar la faena, lo que puede daros una pista concluyente sobre mi irrisoria destreza con hilos y aguja, con dedal y tijeras, con tela y bastidor...) y salí a la calle con ella encasquetada en la cocorota, todo orgulloso de mi labor y, según exageración materna, “más bonito que un san Luis y más contento que unas castañuelas de olivo”, lo más suave que me dijeron los compinches de la panda en cuanto me echaron la vista encima fue “mariquita”. Pero se inclinaron rápidamente por el aumentativo grosero del término mientras me corrían calle abajo gritándome el epíteto con un entusiasmo que no venía a cuento, la verdad, e intenciones que sospecho poco edificantes y pacíficas si llegaban a atraparme. Y digo sospechar por decir algo, porque lo que berreaban aquellos felones desharrapados a la caza y captura de mi persona no era lo que se dice el paradigma de la sutileza, ya que la amenaza que anunciaban a voz en grito no podía ser más gráfica ni explícita:

-¡Maricón, trae p´acá esa gorra de mierda que te vamos a meter los güevecillos en ella pa hacernos un revuelto con papas! -fue uno de los poco sutiles y contundentes argumentos que manejaron aquellos medio delincuentes con mocos con los que compartía casi a diario bocadillos y pedreas para ponerme al corriente de su bárbaro propósito. (Ahora, pensando esto mientras lo escribo, caigo en la cuenta de que lo que más me molestó de aquella ridícula peripecia fue el diminutivo que emplearon los colegas para referirse a mis atributos. ¡Serían cabrones!).

Me salvé de chiripa del escarmiento gracias a que natura, ya que no de demasiado intelecto ni habilidad manual, me dotó a cambio de buenas piernas y los dejé atrás visto y no visto gracias a la amplitud, rapidez y, ya puestos por qué no decirlo también, varonil elegancia de mi zancada, digna, acaso, de un mediofondista olímpico. La cordura se impuso al cabo y no llegó la sangre al río: mis testículos, mis amados recolgones, mis gemelos predilectos, al menos de momento, estaban a salvo. Fatigados y sudando como pollos (¿los pollos sudan?) por la tenaz persecución, acabamos alcanzando un acuerdo satisfactorio para todos y quemamos la gorra en una fogata junto a las vías. Como si se tratara de purificar en una especie de auto de fe profano un pecado nefando. Ante toda la cofradía, y al arrimo de una lumbrecilla redentora, juré por mis muertos pasados, presentes y futuros no volver a reincidir en las artes de la costura y el bordado, la aguja y el hilo, el bodoque y las puñetas. Con los últimos y humeantes rescoldos de la hoguera que, a modo de rúbrica del acuerdo, tuve que apagar meando ante todos ellos en un gesto postrero de buena voluntad, los de la pandilla se dieron por satisfechos y las revueltas aguas volvieron a su cauce.

Lo malo es que cuando mi madre se enteró del ritual con la gorra y su fin de hereje (y se enteró esa misma tarde, al ratito como quien dice, que allí no había manera de guardar un secreto: las noticias, sobre todo si eran malas, corrían de boca en boca por las calles del barrio que daba gusto) me dio lo que no está en los escritos en cuanto mis pies traspasaron el umbral de casa. Puestos a elegir hubiera preferido de todas, todas, que me atraparan los colegas, qué queréis que os diga. A buen seguro, su correctivo no hubiera llegado ni a la barbaridad que cacareaban en la persecución (Perro ladrador…) ni a la somanta de concurso que me propinó mi madre, tenaz y experta atizadora como ya se ha comentado en otras ocasiones. Y al menos de esos gañanes que se decían mis amigos (que tiene miga la cosa, menudos amigos) hubiera podido vengarme tarde o temprano con cualquier pretexto al menor desliz similar por su parte.

De todo aquello me quedó una cierta maña (tampoco mucha, no vayáis a creer que soy el Balenciaga ese) a la hora de pegarme algún botón rebelde, algún remiendo de urgencia en el bajo del pantalón, algún apaño en el puño de la camisa…

Y un profundo resquemor por las gorras con visera.




martes, 2 de julio de 2013

Carteros

 Enemigos íntimos

 De París

 La ruta del patinete

 Sísifos

¡Qué frío!

Puede no parecerlo, pero el de cartero es un oficio más arduo, entretenido y laborioso de lo que aparenta.
Este es mi pequeño homenaje a quienes nos traen las noticias -terribles o gozosas, financieras o amorosas, municipales o familiares- de las que ellos no son culpables.

lunes, 1 de julio de 2013

Erotismo y poesía en "Las razones del aviador"

 
Hace un  tiempo, José María Castrillón y Jordi Doce hicieron una llamada desde la cabina de mandos de Las Razones del Aviador. Una llamada erótico-literaria a la que nos fuimos sumando algunos pasajeros que ya hemos volado en esa misma "aerolínea". 

Ya ha aparecido la primera entrega donde acompaño en el pasaje a Ana Gorría, Eduardo Moga, el propio José María Castrillón y Larry Cool (con un poema traducido por Mario Domínguez Parra) con el siguiente microrrelato.


Onanismo doble

Mi mujer y yo somos la mar de felices: el sexo, ese regalo de los dioses, es nuestra razón de ser como pareja, nuestro nexo de unión más fuerte y perdurable, un anclaje cotidiano -y gozoso en grado sumo- al que no estamos dispuestos a renunciar bajo ninguna circunstancia. Llevamos años practicándolo casi a diario y, aunque os parezca mentira, no ha habido entre nosotros ni un roce, ni una mala palabra, ni un reproche al respecto. Y mira que este es un asunto propicio como ninguno para arruinar una relación a poco que te descuides.
Para evitar el riesgo de una tormentosa y siempre desagradable ruptura, hace tiempo nos pusimos de acuerdo en una puesta en escena que hasta ahora se ha demostrado infalible para apuntalar la convivencia: sentados en los sillones de oreja, frente a frente, ponemos nuestros sexos al aire, y hala, a darle cada uno al suyo con fantasía y aplicación.
Con tal cotidiana práctica, hemos desarrollado métodos que os costaría creer; aparte de placenteros al máximo, cómodos, limpios y eficaces como pocos.
Y hemos alcanzado tal grado de pericia y compenetración que los orgasmos, en la mayoría de las ocasiones, se producen casi al unísono, lo que, quieras que no, acrecienta el goce.
-Te quiero, cariño -nos decimos al acabar, todavía acalorados y con la satisfacción de lo bien hecho en el rostro, a flor de piel.
Eso de que el roce hace el cariño no tiene porqué ser verdad. ¿Verdad?
En breve cumpliremos nuestras bodas de plata. 

Feliz viaje a los lectores.