viernes 13 de enero de 2012

Mercurio


Una de las cosas que más nos gustaba hacer era romper termómetros. Para sacarles el mercurio. Metal líquido, un oxímoron surgido de la naturaleza pasada por la industria y la técnica. En el colegio aprendimos que el mercurio salía de una roca llamada cinabrio. Como si las piedras lo sudasen. También nos enseñaban que España era una potencia mundial en su minería. En aquella época, y según los libros de la escuela, España era lo mejor del mundo mundial y parte del extranjero. España era la hostia. Una “unidad de destino en lo universal”, no os digo más. Aunque vete a saber qué coño significaba eso.

Aquellas bolitas líquidas y metálicas, bellas como perlas de algún mar remoto, con un destello frío en su errático rodar, y que no había cristiano que pudiera cogerlas con los dedos, nos producían una extraña fascinación. Parecían tener vida propia, latir sordamente con su corazón de roca. Cuando ya las creías en tu poder, se te escabullían entre las yemas como demonios. Había que empujarlas con algo para meterlas en el bote. Jugábamos con aquello sin sospechar que era una bomba de relojería. Hacíamos carreras con ellas soplando a través de una pajita para que rodaran. El que ganaba se apropiaba de una bolita del contrario. Así que cuando te quedabas sin bolitas había que robar otro termómetro en la farmacia. O simular que tenías fiebre y joder el de casa como por accidente. Otras veces te las ponías en el cuenco de una mano, la rotabas levemente y te quedabas embobado mirando el movimiento. Era algo hipnótico. Podíamos pasar horas con aquella bagatela. Menos mal que no nos dio por tragárnoslas. Pudiera parecer un dislate eso de probar a qué sabían, pero no hubiera sido tan raro dada nuestra ignorancia y osadía suicida y su aspecto de golosina elegante. Imagino que algún atisbo de sentido común nos impedía hacerlo. Aunque cosas más extrañas se nos ocurrían otras veces y alguna llevamos a cabo sin pensar ni mucho ni poco en las consecuencias.

Hace poco vi una película de espías donde asesinaban a uno inyectándole unas gotas de mercurio en el cerebro. El detective y el forense se tuvieron que emplear a fondo para solventar el misterio y atrapar al culpable.
Parece ser que no deja apenas rastro en el cadáver.
Tomo nota.

5 comentarios:

  1. Esas bolitas de mercurio, pienso que son nocivas para la salud cuando se tocan.
    Un saludo

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  2. Delicioso relato en torno a aquella fascinación (efectivamente, compartida por muchos) que el líquido metal nos producía. Ahora, ese "tomo nota" del final, no puede ser más inquietante (dicho sea con guiño cómplice).

    Un abrazo.

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  3. El mercurio fue una de las razones por las que, inconscientemente, tomé la determinación de estudiar Químicas. Su apariencia pseudolíquida me seducía. Y lo sigue haciendo.

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  4. Confieso que también lo hacía, al menos hasta que una bolita cayó en un reloj que me habían regalado. Como estaba chapado en oro, se amalgamaron este y aquel. Las consecuencias mejor no recordarlas porque, hoy en día un reloj no vale nada, pero recordarás lo que valía antes.

    Un abrazo.

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  5. Mis padres me metían miedo y me decían que eran muy venenosas, pero a mí, me resultaban preciosas y me lo siguen pareciendo.

    Saludos.

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