miércoles, 24 de agosto de 2016

Ronquera, aspereza



La ronquera otorga a mis palabras la sensación de que tuvieran aristas, sílabas cojas  tropezando torpes con las raíces y guijarros de la lengua y la laringe, vocablos como eslabones del idioma trabados en el engranaje del pensamiento por el óxido y el polvo.
Permanecer en silencio suele ser la mejor medicina para aliviar estos síntomas; lo malo es que cuando estoy ronco me da por escribir.
Y en mucho de lo que escribo, quiera o no quiera, asoma también esa aspereza.

martes, 23 de agosto de 2016

Espinas, agallas



El cobarde, el traidor, el ruin… tienen espinas de sobra pero carecen de agallas.

lunes, 22 de agosto de 2016

"Lacrimosa"


Ayer, de madrugada, una suave brisa del oeste traía desde el Teatro Romano hasta mi terraza las notas y voces de una de las obras cumbres de la humanidad: el pasaje de la Lacrimosa del “Réquiem” de Mozart.
Con la vista en el firmamento, fumando en la oscuridad, desnudo de cuerpo y mente, unas furtivas lacrimas rodaron por mis mejillas pensando en el amigo ausente desde hace tanto que me descubrió esta música y me enriqueció la vida.

domingo, 21 de agosto de 2016

Festejos

 
No acabo de creerme demasiado esa alegría desbordante y unánime que prolifera en todo tipo de festejos; veo tantos rostros manchados de tedio, tantos cuerpos llenos de cansancio, que muchas de esas risas me parecen nada más una impostura, casi una especie de medicina que uno toma a la fuerza y que, a la postre, resulta nada más que un efímero placebo.

sábado, 20 de agosto de 2016

Pretexto


El socorrido pretexto de es que hay que leer entre líneas es la mejor explicación que se les ocurre a muchos autores para intentar justificar lo tedioso, cuando no lo plúmbeo, de su estilo.
Como excusa para su incapacidad de transmitir emociones y conocimientos hay que reconocer que está muy lograda: hace parecer, tanto al autor que la lanza convencido como al lector que la acepta entusiasmado más inteligentes de lo que en realidad son. Hace parecer, digo.
Pero a mí me gustaría leer de vez en cuando alguna de sus líneas y páginas sin que se me cayesen ni el libro al suelo ni el alma a los pies.

viernes, 19 de agosto de 2016

Remolonear


Me gusta el verbo remolonear, el adjetivo remolón, ese hacerse el sordo ante lo que no nos interesa tirándole los tejos sin recato alguno a la pereza.
Si me pagaran por ello, no me importaría dedicarle mi tiempo por completo. 

En la imagen, remoloneando, tres tíos grandes, grandes de verdad: de izquierda a derecha, Luis Felipe Comendador, Antonio Gómez García y Marino González Montero. 
Casi ná.