jueves, 14 de enero de 2021

Ajedrez



Ajedrez. Milenario juego de mesa que consiste en que un tipo sentado con gesto pensativo mira de cuando en cuando la cara de un rival que tiene enfrente el cual, a su vez, de soslayo le mira. Alternativamente, y como atacados por un impulso irrefrenable, cada uno de los contrincantes mueve una de las piezas del juego sobre un tablero bicolor, cuadriculado y, acto seguido, golpea un reloj que parece haberles mentado a la madre, tal es la saña del aporreo.

Ambos contendientes pueden estar así horas y horas, dale que te pego y erre que erre, pero a raíz de reiteradas protestas de grupos de derechos humanos ante tan atroz espectáculo y los sufrimientos que ocasiona en los incautos espectadores, se va imponiendo una modalidad del juego llamada “partidas rápidas”.

En el fondo, y a pesar del eufemismo, el mismo aburrimiento, pero a más velocidad.

Aunque parezca mentira (la estulticia humana no conoce límites), es actividad muy lucrativa: aquellos orates que destacan en esta insulsa pantomima pueden llegar a acumular en sus cuentas corrientes suculentas cantidades en alguna moneda de curso legal.

Y no me creáis si no queréis, pero sé de buena tinta que hay quien se rasca gustoso el bolsillo para contemplar semejante majadería.

Ítem más: los asistentes al esperpento, que en otros pasatiempos igualmente deleznables, y por el solo hecho de haber pagado una entrada se creen con el derecho a cometer los mayores dislates, deben permanecer en sus asientos callados y quietos cual estatuas so pena de incurrir en la ira caprichosa y tiránica de uno o ambos jugadores que pueden exigir al juez árbitro incluso la deshonrosa expulsión de la sala del o los revoltosos. 


Imagen: Fischer&Spassky, Campeonato del Mundo, Reikiavik, 1972

miércoles, 13 de enero de 2021

Hablar con extraños (25)

 


68. Tengo una amiga chilena que se llama Alexandra Domínguez. Es poeta y pintora. A lo mejor usted la conoce. Bueno, ella me contó que una vez, camino de León y cerca de Astorga, vio cuatro unicornios. Cuatro, imagínese; no uno, que ya es mucho, sino cuatro. Dice que ella no estaba sola y que sus compañeros de viaje los vieron también. Me dijo que para ella y su marido esos unicornios provenían de los sueños de un poeta malagueño, Rafael Pérez Estrada, recién fallecido.

(Otra chilena que resultó ser la madre de Lucía Fisher, en Madrid) 


69. ¡Relámpagos, uf! Las tormentas eléctricas son las peores. Arruinan las flores polo positivo. A las de polo negativo no, pero se secan antes de tiempo.

(Un taxista, en el tramo del camino entre Moguer y Huelva)

lunes, 11 de enero de 2021

Sombreros de fieltro y de seda

 


4887. Conservación. Se vierten en un trapo de seda algunas gotas de aceite de olivas y con él se frota circularmente el sombrero viejo, incluso la cinta. Se repite la operación dos ó tres veces á la semana. Se puede substituir el aceite de olivas por el petróleo desodorizado. El sombrero adquiere un hermoso lustre y no parece tan deteriorado.

4888. Cuando un sombrero de copa haya quedado desplanchado por la acción de la lluvia, se le cepilla con cuidado y después se frota enérgicamente con un trozo de franela ó de piel muy flexible, previamente caldeada, pasándola en el sentido del pelo. El sombrero queda como nuevo

4889. Para conservar como nuevos los sombreros de copa, se vierte una gota de aceite de almendras dulces sobre un cepillo suave y se reparte bien el aceite sobre el cepillo frotando sobre una hoja de papel blanco. Se cepilla entonces el sombrero y después se le pasa un lienzo suave, un pañuelo de seda ó cosa parecida.