jueves, 31 de marzo de 2011

Taller del hechicero (2)


Para Isabel Román

Un par de mesillas viejas rescatadas del vertedero y el abandono que ahora tienen una segunda oportunidad, una Remington Portable made in U.S.A con las teclas blancas y circulares regalo de mi mujer, una gumía árabe con su hoja curva y oxidada, un pequeño tablero de corcho desde donde Lali, Sara, Alba y “Nana” me miran escribir o leer, dos tallas de madera policromada del Quijote y Sancho, unos prismáticos rusos comprados en Galicia hace ya treinta años, un atado de cartas de amigos y amores que fueron y se fueron, un globo terráqueo que se ilumina desde dentro, una brújula que no sé utilizar (¿hacia qué rumbo señala, qué posición establece en mi vida?), una pequeña colección de bestiarios, una torre de maletas y baúles variados repletos de libros y cuadernos por rellenar, un calendario de mesa en el que cada día es un poema, una escafandra de buzo de bronce, un pequeño tiovivo musical de madera con su melodía festiva, una vetusta horma de madera, pintada en dos colores, de zapato femenino del nº 36, una gavilla de lápices de propaganda, un tranvía de lata y cuerda con su traqueteo de mentira, un ventilador antiguo sobre un teléfono de manivela no menos añejo, un tocadiscos portátil dorado y gris añorando sus guateques, dos sillas de bar restauradas, un camastro de hierro para “reposo del guerrero”, una armónica Hohner que se queja, amarga y triste, cuando la toco, un microscopio barato de aficionado, mis primeras gafas de présbite, una desvencijada y decorativa caja de cartón con ampollas inyectables de cloruro mórfico seguramente ya caducadas, una lámpara fundida marca Phillips para radio, una latita redonda de ungüento Pallesqui, “remedio contra granos, diviesos, llagas, etc.”, una petaca de piel descolorida con restos de tabaco picado, un pulpo azul de peluche que vigila y abraza mis siestas con sus tentáculos de trapo, una eñe blanca y mayúscula tallada en madera recuerdo de una gran amiga.

Y algunos relatos y artículos que reposan en cajones y carpetas esperando ver la luz.

Si es que lo hacen.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Abjuración de Galileo (Eppur si muove)


"Yo, Galileo, hijo de Vicenzo Galilei de Florencia, teniendo setenta años de edad [...], juro que siempre he creído, creo ahora y, con la ayuda de Dios, en el futuro creeré, en todo lo que la Santa Iglesia Católica y Apostólica sostiene, predica y enseña. Después de haber sido amonestado por este Santo Oficio, enteramente abandono la opinión falsa de que el Sol es el centro del Universo y que es un astro inamovible, y que la Tierra no es el centro del mismo sino que es un astro en movimiento. Acepto que yo ni debía tener, ni debía defender, ni debía enseñar en ninguna manera, ni oralmente ni por escrito, todo lo que pregoné con la falsa creencia; luego de haber recibido una notificación que afirmaba que la doctrina que yo apoyaba es opuesta a la Santa Escritura, escribí y publiqué un libro en el que sigo apoyando mis herejías, propongo también argumentos persuasivos en su favor. Por esa causa he sido juzgado por el Santo Oficio, pues se tuvo la vehemente sospecha de mi herejía, que es haber sostenido y creído que el Sol está en el centro del Universo y que es inamovible, y que la Tierra no está en el centro y que se encuentra en movimiento. Por lo tanto, deseando remover de las mentes de sus Eminencias y de todos los cristianos fieles, esta vehemente sospecha razonablemente concebida contra mí, yo abjuro con una fe auténtica y un corazón sincero estos errores y herejías; maldigo y detesto estas infamias así como también cualquier otro error, herejía o secta contraria a la Santa Iglesia Católica. Y juro que para el futuro yo ni diré ni afirmaré oralmente, así como tampoco escribiré cosas tales que puedan traer sobre mí sospechas semejantes; y si conozco a cualquier hereje, o a alguno sospechoso de herejía, "yo lo denunciaré a este Santo Oficio, o al Inquisidor u Ordinario del lugar en el que pueda estar".

martes, 29 de marzo de 2011

Embarazo


Embarazo.
Estado temporal y caprichoso de la mujer en edad fértil -resultado factible de coyunda, ayuntamiento carnal, cópula... llámalo como quieras- durante el cual, ciertas partes curvas de su sabrosa anatomía (abdomen, pecho, nalgas, rostro, incluso) se empeñan en adquirir la condición de esfera a lo largo de nueve meses.
En ocasiones, asunto muy embarazoso para el marido o pareja reconocida de la susodicha -que nada ha tenido que ver en la consecución del evento-, y cuyo resultado gráfico, metafóricamente, suele ser la representación de un adorno habitual en la testuz de bóvidos y rumiantes para festejo y solaz de otros machos de la especie, sin sospechar éstos que el día menos pensado puede tocarles a ellos lucir el tan denostado y delator ornamento.

lunes, 28 de marzo de 2011

Retrato


Me miras desde un tiempo que no existe. Y ya no puedo sostenerte la mirada.
 

Imagen: Gertrude Käsebier

domingo, 27 de marzo de 2011

Balance semanal


Esta semana que acaba ha sido hermosamente intensa para mí, plena de amistad y alegrías:

He hablado con Jordi Doce, poeta, ensayista, traductor... quien me anuncia el envío de su último libro, Perros en la playa, editado magníficamente por La Oficina, y que ya espero con impaciencia y relamiéndome de antemano.

Con Olga Bernad, dándonos ánimos mutuamente, como buenos asténicos primaverales.

Con Antón Castro, con quien he velado fotografías y paseado en bicicleta por su espléndida literatura, y en cuyo magnífico blog he encontrado acomodo y calor en múltiples ocasiones.



Con Javier Sánchez Menéndez, que cada día que pasa me demuestra su amistad con gestos discretos que uno atesora en el alma. Está a punto de sacar, después de 15 años de silencio poético, Una aproximación al desconcierto en SimLibros. Le he prometido una carta manuscrita, al modo antiguo, porque sé que gusta mucho de ellas.

Con José Luis Melero, un espléndido bibliófilo, autor de un volumen, La vida de los libros (Ed. Xordica) que os recomiendo vivamente.

Con Chema Cumbreño, anhelante de recibir sus ejemplares de Genealogías, recién publicado por Luces de Gálibo, una estupenda editorial dirigida por Ferrán Fernández con un cuidado diseño en sus libros.

Con Antonio Rivero Taravillo, irlandés de Melilla, justo antes de marcharse a la tertulia sevillana de “Los Mercuriales”, y a quien he encargado algunos libros de su Parentésis: dos de José Manuel Benítez Ariza (Vacaciones de invierno y Vida nueva) y otro de Álvaro Cunqueiro (Las historias gallegas). Antonio acaba de publicar Afán de permanencia, una selección de entradas de su blog en la colección "Álogos" de La Isla de Siltolá.



Juan Antonio González Romano, como regalo añadido en su suculenta crónica, y ante su selecta y revoltosa concurrencia, lee un poema sobre sus hijas donde me cita con mucho cariño.

Como hermoso colofón a la semana, ayer estuve en Salamanca (después de casi veinte años), leyendo mis textos y poemas en un encuentro con el Club de Lectura de la Biblioteca “Torrente Ballester”, invitado por su directora, Isabel Sánchez, de peligrosa sonrisa, a quien ¡por fin!, después de tres años de llamadas telefónicas, correos electrónicos y envío de libros en ambas direcciones, pude conocer en persona. Estuve como en casa: los componentes del club (Paqui, Isabel, Sara, Jesús, Manolo…) así me hicieron sentir. Fue, más que una lectura al uso, una amable conversación -con inteligentes preguntas que en más de una ocasión me pusieron en un brete- en la que estoy seguro, yo aprendí bastante más que ellos. Me traje de regalo unos catálogos -"El placer de leer"- donde se aúnan de manera espléndida fotografías y textos alusivos al placer de la lectura.

Gracias a todos por vuestra magnífica acogida.
Gracias, Isabel, por tu confianza y cariño.

Para rematar esta semana feliz, llego a casa, abro el ordenador y me encuentro con esto de mi amigo Jesús Marchamalo.



Y hoy es domingo, y dudo que la semana que entra pueda superar a ésta en alegrías.

Soy un tipo con suerte.

sábado, 26 de marzo de 2011

La ciudad blanca


Lisboa es preciosa hasta en lo más inesperado.
O quizá precisamente por eso.
Ahí está, por ejemplo, la hermosura y la sorpresa de que su mayor camposanto se llame Cemitério dos Prazeres.


viernes, 25 de marzo de 2011

Oración (1)



Ten piedad de mí
porque hoy te amo como nunca lo hice,
más que en aquellos años
en que fuimos jóvenes y hermosos.

Ten piedad de mí
porque hoy siento la muerte
cercana en las cosas más nimias,
en el cielo cobrizo de la tarde,
en la penuria de estos días que no acaban.

Ten piedad de mí
ahora que me arrepiento de mis pecados
y acepto la muerte que me toca.

Y como en aquella canción
¿recuerdas?
bésame y dí adiós.

De La Tabla del 3

jueves, 24 de marzo de 2011

Poe según Sawa


Leo que los americanos se aprestan a conmemorar, con un monumento grande, grande, tanto, que puedan suplir sus proporciones lo que en él falte de artístico, el primer centenario del natalicio de Poe.
No dirán esos fundadores de trusts, esos adoradores del raíl y la línea recta, no podrán decir de Poe, a pesar de la seguridad de sus datos biográficos, que era americano: aunque nacido en Richmond, Poe no era, no, americano. Grosero error de miopía el de suponer que el hombre es natural del país en que las entrañas de la madre se desencajan para crear. Y no porque el industrialismo yanqui mate en flor, cierzo de viles prosas, los mejores naceres artísticos, sino porque el temperamento de Poe era extemporáneo y extranjero, una y otra calificación moral en el país-pólipo donde le tocó nacer.
Longfellow y Walt Whitman, el uno ungido con gracia apolina, el otro alimentado con médula de leones, son americanos; sin embargo, Poe, no. Aun nacido en París, la ciudad del arte por excelencia, hubiera pertenecido al pelotón sombrío de los poetas malditos. Echado a la vida en el país de los magazins y del reclamo, Poe fue un aurífice saturniano venido al mundo para sufrir.
A su muerte, ocurrida en una noche maldita, formada, ¡como tantas otras noches suyas!, por horas homicidas de aburrimiento y de aguardiente, la Prensa americana, todo el caut sajón, echó a vuelo las campanas para aventar a los cuatro puntos cardinales de la tierra las más estrictas intimidades del poeta, los episodios rojos de su vida errabunda salpicada de sangre propia, su pasión triste por el alcohol, su agonía solitaria sobre un banco público de un square en Baltimore, la muerte, su muerte luego, horrenda de vulgaridad, entre las sábanas anónimas de un establecimiento hospitalario... M. Rufus Griswold, a quien el poeta, en previsión de la inminencia de su muerte, había confiado la revisión de sus manuscritos, lo difamó en un largo artículo; los más vastos periódicos de la Unión arrastraron su memoria, descuartizada por las galerías de sus sendas publicaciones: Israel, la mala, lo lapidó en figuración; Beocia, la que en la historia del mundo significa el reverso de Atenas, lo crucificó en efigie, y apenas si de entre el coro de sayones, mejor que de críticos, convertidos en jaurías, se muestran de pie ante la posteridad, que somos nosotros y que serán nuestros hijos, como espíritus justos y amigos del genio vilipendiado, las nobles y austeras figuras de MM. Villis y Jorge Graham, dos nombres cuya combinación silábica mi pluma transcribe en estos instantes con emoción no exenta de agradecimiento.

Alejandro Sawa (Iluminaciones en la sombra)




miércoles, 23 de marzo de 2011

3 aforismos

Siempre que veo un kimono se me viene a la cabeza la palabra primavera.


Una desgracia -otra más- de nuestro tiempo: estar al alcance de cualquiera.


La traición, cualquier traición, es una tradición.

martes, 22 de marzo de 2011

Efeméride poética

Ayer, comienzo de la tan cacareada primavera (¡que se lo digan a los alérgicos y a los asténicos como yo!), se celebró el también muy cacareado "Día Mundial de la Poesía".
Bibliotecas, clubes de lectura, círculos obreros, plazas públicas, teatros, parques y jardines... se vieron asaltados por una legión de poetas que esgrimían sus versos cual sables o floretes, dispuestos a dar una estocada que otra a los sufridos oyentes (bueno, no tan sufridos, que habrán ido, supongo, motu proprio a las lecturas) de tanta rima ramplona, de tanto ripio repetido, de tanta cursi metáfora.

Algún magnífico poema, no me cabe duda, se habrá deslizado también por los pabellones auriculares del público y hará su sorda labor, callada y paciente, en el alma del letraherido espectador.
Conste que no me parece mal, antes al contrario, que la poesía se celebre. Es lo de que tenga que hacerse en un día preciso, y casi por decreto, lo que me chirría cada vez más. Sin embargo, ¿qué poeta que se precie de tal -lo sea de verdad o no lo sea, ahí no me meto- no ha cometido alguna vez el pecado, no ha caído en la tentación? Sin ir más lejos, yo, mea culpa, he incurrido en él en múltiples ocasiones. Y en verdad que han sido muchas. Que recuerde ahora mismo, la última, el año pasado. Y en un teatro, sí.
Con buenos poemas y malos poemas, propios y ajenos, sin pudor alguno, en todas esas ocasiones yo sacaba mis cuartillas sin empacho aparente, domeñaba los nervios propios del evento, y venga a recitar versos y estrofas, venga sonetos y romances, venga tirios y troyanos.

Pero este año no; este año, me dije, tan mentada efeméride la celebro a cubierto y en privado, a mi modo, en solitario, con la única y estricta compañía de algunos de los libros y autores de mi particular preferencia.

¿Con cuáles, con cuáles?, se estarán preguntando algunos curiosos impertinentes. ¿Acaso con Homero o Kavafis? ¿Keats, tal vez, o Whitman, o Ungaretti? ¿Fueron por ventura Pessoa, Montejo, Lorca, Pizarnik, E.E. Cummings, Margarit, Vallejo o Eliot quienes alumbraron ayer mis horas de lectura?
¿Fueron tal vez Li Po, Michaux, Milosz, Szymborska, Huidobro, Lêdo Ivo… quienes acompañaron mis horas?
Podrían haberlo sido perfectamente, como cualquiera medianamente avispado entenderá; con todos ellos, y muchos más, aprendo y disfruto siempre que los visito.

Pero ayer -os saco ya de dudas- el libro que se me vino a las manos, casi llamándome a gritos, fue Milagro a milagro de José Viñals Correas, mi querido y llorado maestro.
Y éste el poema que me alumbró el día:


O tinta o sangre
Sol en rodajas, laurel, mirto y retama. Paisaje inconsistente, sin encanto, y dolorosamente fugaz. Te meces sobre el asiento de esterilla. Abigarradas cosas a tus pies indiscernibles que quizá vuelan o volarán. El molinillo de regar tritura el agua. El perro corretea bobo, y procura atrapar la mariposa del naranjo, escandalosamente negra y amarilla.

Yo, como siempre, leo libros abstrusos que me perturban el corazón y me atavían la frente. Tras la escueta ventana hago ademanes inútiles, no sé si hacia tu imagen o hacia tu persona, y ya ni estoy seguro de no estar siendo el perro que pretende atrapar a la mariposa.

Saltos, cabriolas, y el ladrido absurdo. Los zarpazos certeros del vocablo rasguñan las rodajas de sol. Como colonia picante de medusas, flota, viscoso, el tiempo. ¿Cómo encontrar la veta para que el verso no se astille ni sufran sus aristas? ¿Cómo construir la casa breve del poema? Delito es verte, abandonada al aire, mientras mantengo un duelo frustrante con las sílabas.

Te meces en el centro inestable de la armonía. Vuela lo que debía volar. El sol se vuelve opaco por acumulación de transparencias. He escrito una palabra que encerraba promesas de clave temperado. Juan Sebastián estaba cerca, pero lejos de Dios. A Dios yo le ajustaba cuentas como si se tratara de un padre que abandona o de una araña que se aplasta, no con el pie sino con el zapato.

A la hora inefable de la bruma te pusiste en pie, indolentes los brazos, suelto el pelo, húmedo el labio, el cuerpo elástico, la mirada plena. Fracasaba el poema.

¿Cómo no me di cuenta que allí estaba el sentido, en la penumbra de tus pliegues de delicada artesanía biológica y secreta? Absurdos libros, libros delincuentes, muelles artificiales en las corrientes navegables que ascienden a las fuentes.

¿Cómo no me di cuenta? Sabio, en mi auxilio, vino el perro y me lamió las manos que despertaron para la caricia. Menos mal: no era tarde. Menos mal: no era inútil. Despojos deslucidos del poema flotaban en las aguas cloacales del río.
 

José Viñals Correas (1930-2009)

lunes, 21 de marzo de 2011

Reinserción


Una y otra vez, aquel tío no paraba de interrumpir mi conferencia (Reinserción de un psicópata en la sociedad civil) pidiendo detalles escabrosos de los crímenes, descripción del estado de las víctimas cuando fueron encontradas por la policía, resultados exhaustivos del examen forense…

Y me llaman psicópata a mí.

Lo esperé en el callejón a la salida y le hice una demostración en vivo con pelos y señales.


Imagen: Weegee

domingo, 20 de marzo de 2011

Perro y chimenea


El perro

Con este tiempo, a "Picudo" no se le puede sacar afuera y el agrio silbido del viento bajo la puerta le obliga incluso a abandonar su felpudo. Busca mejor acomodo y desliza su cabeza entre nuestros asientos. Pero nosotros nos inclinamos, apretados, codo a codo, hacia el fuego, y le doy un guantazo a "Picudo". Mi padre lo aparta con el pie. Mamá lo insulta. Mi hermana le tiende un vaso vacío.
"Picudo" estornuda y se va a la cocina en busca de compañía.
Regresa, atraviesa a la fuerza nuestro círculo arriesgándose a ser estrangulado por las rodillas y se instala en un rincón del hogar.
Tras dar varias vueltas sobre sí mismo, acaba por acomodarse junto al morillo y ya no se mueve. Observa a sus dueños con tan dulce mirada que no hay quien puede hacerle reproche alguno. Sin embargo, el morillo casi incandescente y las cenizas apartadas le queman el trasero.
Y a pesar de ello, ahí se queda.
Le abrimos paso.
-¡Venga, lárgate! ¡Serás tonto!
Pero se obstina. Cuando los dientes de los perros abandonados rechinan de frío, "Picudo", calentito, con el pelo chamuscado y los muslos asados, reprime su aullido y ríe de dientes afuera, con los ojos llenos de lágrimas.

Jules Renard (Historias naturales)


sábado, 19 de marzo de 2011

Mastroianni / Ranas


Me acuerdo de que Marcello Mastroianni, aquel simpático y guapo truhán, escribió un libro donde recordaba el olor de la madera en la carpintería de su abuelo.


Me acuerdo del juego de la rana; había que tener mucho tino para acertar con los discos de plomo en la boca del batracio.
Una ronda de chatos de vino era el pago del perdedor.


Foto Mastroianni: Bert Stern 

viernes, 18 de marzo de 2011

Librerías de viejo


Para José Luis Melero

Pocos negocios conozco con el nombre tan bien puesto como ésos -ya cada vez más escasos e infrecuentes en nuestras ciudades- que ostentan en su fachada el rótulo de “Librería de viejo”; la frase describe con total exactitud, sin ambages ni subterfugios, a las bravas, como si dijéramos, lo que a buen seguro te vas a encontrar allí dentro: desde el reumático propietario y sus finiseculares saludos y despedidas -Cuánto bueno por aquí o Vaya usted con Dios serían buenos ejemplos de ello, aunque a veces sea el silencio más absoluto lo que te recibe al entrar- hasta los muebles, ruidosos e inquietos de carcoma; desde la luz que en ellos penetra, siempre exigua, como de farol de gas o velón de iglesia, hasta la vetusta y enorme máquina registradora a la que siempre le falla, o le falta, alguna tecla cuando no varias de ellas; desde los suelos y estantes -tal si fueran de madera triste- que crujen su ancianidad y sus achaques de manera parecida hasta esos libros que son el fundamento del negocio y parecen todos convalecientes de algún doloroso percance, llenos de mataduras y con una pátina triste, con un algo de ictérica, como si estuvieran recién salidos de vaya usted a saber de dónde, si de una guerra o de un desahucio, si de un derrumbe o de un hospital, si de incendio o inundación.

Durante mis demoradas pesquisas por sus anaqueles y recovecos -toda una aventura de la que no es fácil salir incólume, quiero decir, limpio-, pocas veces he encontrado en ellos algo de fundamento o provecho y, al mismo tiempo, bien avenido con mi maltrecha economía: mucho resto de edición, mucho folletín trasnochado, mucho libro de texto de materias olvidadas hace años en los planes de estudios, rimeros de revistas de vario pelaje y escaso interés, marchitas y angustiosas postales sicalípticas que producen más pena que otra cosa…

Eso sí, en las raras ocasiones en que ambas circunstancias coinciden -encontrar algo interesante y que pueda pagarlo con mis posibles de ese momento sin mucho cargo de conciencia- y cobro pieza saliendo con bien del lance -que así se las llama también entre los habituales del gremio del guardapolvo, "librerías de lance"-, lo primero que hago en cuanto salgo del local es sacarlos de su precaria envoltura, soplar el polvo insano que acumulan en los cantos y en el lomo y comprobarles las costuras sacudiéndolos abiertos con las páginas hacia el suelo para ver si cae algo de adentro, algún recordatorio olvidado durmiendo el sueño de los justos en su tumba de papel, algún añejo y cotidiano documento: una vieja entrada de cine de sesión doble, una carcomida foto de grupo en alguna excursión campestre, tal vez una factura amarillenta de tintorería o de reparación de calzado, una estampita religiosa, una esquela luctuosa...

Y en esos días en que mi fortuna y buen ojo no discuten entre sí y consiguen llevar a buen puerto sus esfuerzos en pos de la pieza deseada, me vuelvo a casa especialmente feliz, con una sonrisa boba en el rostro que delata sin rodeos mi contento y satisfacción.

jueves, 17 de marzo de 2011

Cementerio Alemán (y 14)



REGRESO AL CEMENTERIO ALEMÁN

La lápida de bronce de la entrada
advierte al paseante que ahora llega
respeto y humildad para los muertos.

No así para la muerte que truncara
la vida de estos jóvenes que duermen
el sueño de otra edad bajo las tumbas
que marcan cruces grises en la tierra.

Ciento ochenta soldados alemanes
que cayeron al mar cuando volaban
por el cielo sublime de los héroes,
o cuyos submarinos naufragaron
en las aguas sin fondo de los himnos,
o que fueron vencidos bajo el fuego
que arde en cualquier campo de batalla.

No hay pena ni perdón para muchachos
que a destiempo cruzaron la frontera
que separa la vida de la muerte.

Les gustará, sin duda, de saberlo,
que sus cuerpos descansan en un sitio
tan acorde a los dioses y a los hombres.

Un lugar rodeado de paredes de piedra,
a la sombra liviana de los recios olivos,
con túmulos dispuestos en un bancal con vistas
a un paisaje que evoca el infinito.

Respeto y humildad para los muertos,
mas, no, nunca jamás, para la muerte.

Álvaro Valverde (Desde fuera)

Imagen: Salvador Retana

Coda:
Con este magnífico poema, llega a su término la serie dedicada al Cementerio Alemán de Yuste.
Gracias a todos los poetas y fotógrafos que han cedido sus obras para que esta serie sobre tan emblemático lugar tuviera cabida en esta bitácora.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Taller del hechicero


Una lámpara de cristal llena de canicas de colores. Una pesa de hierro de medio kilo. Dos ceniceros de piedra pulida. Una lapicera de cerámica suiza de mitad del siglo XX. Una imprentilla móvil de madera. Un antiguo bote de tabaco con bolígrafos y rotuladores. Una lupa de aumento contra la presbicia que me acecha. Dos raíces de paloduz como sabor de la infancia. Una peonza. Un silbato de plástico negro. Un sacapuntas metálico para lápices de dos tamaños. Un cartucho de fogueo del calibre 38. Un despertador de latón con los números en romano parado en las ocho y dieciséis. Un fósil de conchas y arena. Un abrecartas de alpaca con cabeza de caballo. Una bellota tallada en madera de encina. Una roca de sal para el ganado. Un fragmento de lapislázuli de las minas de Chile. Un viejo mechero de chispa y mecha. Una bandeja médica de porcelana esmaltada llena de plumas estilográficas. Un pez azul de cerámica de Portugal. Una cachimba de brezo y asperón de las Hurdes extremeñas. Algunas libretas de apuntes de variada procedencia. Un pájaro carpintero de cuerda y lata. Un extraño y minúsculo extintor de bronce. Un bolígrafo recuerdo de Praga con un tranvía que se desliza cuando se inclina. Un sifón de cristal labrado. Una foto de músicos callejeros en Londres a principios de los ochenta. Otra de un jardinero francés montado en su bicicleta. Algunos diccionarios de y por si las dudas. Un reloj de bolsillo con un tren humeante labrado en la tapa. Un cubo de zinc y latón que me hace de papelera. Un arquero samurái de plomo. Varios tinteros de distintos colores y formas diferentes.

Y algunos poemas a medio hacer que ya veremos cómo acaban.

Si es que lo hacen.



martes, 15 de marzo de 2011

"Familias como la mía"


Va para tres meses, durante su estancia en Badajoz para intervenir en el Aula “Díez-Canedo”, en que estuve a punto de cumplir una vieja aspiración: la de conocer a Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), uno de esos autores por los que uno siente una rara devoción, un fervor inconcreto, sin saber muy bien por qué.
Muchos de sus textos son como ese objeto extraño que miras y manoseas sin reconocerlo del todo en sus aristas, preguntándote indeciso para qué pueda servir exactamente, pero dejándote atrapar para siempre por su belleza sin nombre.
Hablo de textos como los de "Cónsul" (¡ah, aquél poema de Descenso al mar!), que me sedujeron de golpe como esa mujer sensual con la que un día cruzas una mirada por la calle y a la que ya nunca puedes olvidar; ahí supe que estaba ante un escritor distinto, con un mundo particular, alguien que no transitaba caminos trillados. De inmediato, lo catalogué como uno de mis “raros” preferidos junto a otros como Cristóbal Serra, Álvaro Cunqueiro, Juan Perucho o Aníbal Núñez, aunque en rigor nada tuviera que ver con ellos. O acaso sí, quién sabe.
O los de su personal "Bestiario", con cuyas fantásticas criaturas estuve durmiendo durante una buena temporada y al que regreso de cuando en cuando buscando a medias, pavor y misterio, magia y temblor.

Ahora, en “Familias como la mía”, título tomado de un verso de “Fámulo”, su último libro de poemas, Ferrer Lerín, a través de su alter ego Pablo Amatller, nos ofrece un recorrido por su biografía (publicada en parte en "Níquel" en 2005) que se puede calificar de todo menos de lo que entendemos por normal (pero qué biografía lo es): estudiante renegado de Medicina para convertirse en jugador de póquer, espía, ornitólogo especializado en aves carroñeras de gran tamaño, lector insaciable, seductor y bon vivant cuando se tercia… Y lo hace, gracias a su talento de escritor, de manera exquisita, fluida, para que la historia discurra con naturalidad, sin atascos ni complicaciones innecesarias, algo que siempre es de agradecer.
No es, sin embargo, y a pesar de esto que digo, su prosa una escritura al uso, de planteamiento, nudo y desenlace, ni es "Familias…" un texto complaciente con el lector; éste debe poner también toda la atención de su parte, sus recursos y experiencia lectora, para saborear como se merecen las más que cumplidas trescientas páginas de buena literatura que este libro nos brinda. Pero hará bien el lector en emplearse a fondo porque este libro dejará en su boca el poso que dejan los buenos vinos.

Sus páginas están surcadas por episodios truculentos, escarceos sexuales, lances de tapete verde y naipes con ganancias a comisión, pero también de aburrimiento y rutina, dos estadios de la vida donde suelen darse toda clase de situaciones extrañas: véase, por ejemplo, que es en la mili -periodo inútil y rutinario a priori donde los haya, doy fe- donde a Pablo Amatller se le cruzan de golpe algunos tipos que determinarán su existencia futura: Baltasar Sistella (a) Balta, el amigo que le transmite la pasión por los grandes necrófagos alados, y el chusquero capitán Susana, trasnochado fascista que le inicia en los secretos del espionaje.
Y en lo que podría considerarse una segunda parte, la titulada "Nora Peb", nos regala, como de propina, una galería de personajes a cual más inquietante y seductor: la propia señora Peb, Morna, Tufo, Galalit, o Dux, personajes que me da a mí que podrían contarnos muchas más cosas. Yo, al menos, querría saber más cosas de ellos.

Una vida, como veréis, digna de ser contada (pero qué vida no lo es), y que el autor no duda en poner -descarnada, sincera- ante nuestros ojos ávidos y escrutadores.

“Familias como la mía”, es un libro que os invito a compartir, un libro de todo menos complaciente, una historia de todo menos aburrida.

Coda: como dato añadido a su biografía, y según propia confesión, el escritor y ornitólogo Francisco Ferrer Lerín no está dotado para el submarinismo, qué le vamos a hacer.


Elías Moro Cuéllar

Reseña publicada en el nº 330 de "Artes&Letras", suplemento cultural de Heraldo de Aragón, el pasado día 10.


lunes, 14 de marzo de 2011

Refrán


Para Antón Castro ,"sus mujeres y sus bicis".


“Tiran más dos tetas que dos carretas”.

Poco sutil, es cierto. Chabacano, incluso. Pero no seré yo, Dios me libre me meterme en ese charco, quien discuta el fondo del asunto.




Coda: Antón Castro -poeta, escritor, periodista...- acaba de publicar en la Editorial Olifante su nuevo libro de poemas, "El paseo en bicicleta".




Imagen con bici: Cartier Bresson

domingo, 13 de marzo de 2011

¿Qué es una vaca?


Ejercicio de redacción escrito por un niño y que se conserva en el Museo Pedagógico de París. El tema propuesto era: describir un mamífero o un ave.

"El pájaro del que voy a hablar es el búho. El búho no ve de día y de noche es más ciego que un topo. No sé gran cosa del búho, así que continuaré con otro animal que voy a elegir: la vaca.

La vaca es un mamífero. Tiene seis lados: el de la derecha, el de la izquierda, el de arriba, el de abajo. El de la parte de atrás tiene un rabo, del que cuelga la brocha. Con esta brocha se espantan las moscas para que no caigan a la leche. La cabeza sirve para que le salgan los cuernos y, además, porque la boca tiene que estar en alguna parte.

Los cuernos son para combatir con ellos. Por la parte de abajo tiene la leche. Está equipada para que se la pueda ordeñar. Cuando se la ordeña, la leche viene y ya no para nunca. ¿Cómo se las arregla la vaca? Nunca he podido comprenderlo, pero cada vez sale con más abundancia.

El marido de la vaca es el buey. El buey no es mamífero. La vaca no come mucho, pero lo que come, lo come dos veces, así que ya es bastante. Cuando tiene hambre, muge, y cuando no dice nada, es que está llena de hierba por dentro. Sus patas le llegan hasta el suelo. Las vacas tienen el olfato muy desarrollado, por lo que se las puede oler desde muy lejos. Por eso es por lo que el aire del campo es tan puro".

sábado, 12 de marzo de 2011

Climas


Mientras en las islas Hawai
muchachas de bronce se fríen en aceite de coco
y en las costas de California se practica el surf
el Mar de Bering es un páramo helado
los trenes se rinden a la ventisca centroeuropea
la tumba de Kafka yace bajo metros de nieve

Mientras un rompehielos soviético
trata de abrirse camino a la sombra de icebergs
y los bateleros del Volga enmudecen de frío
en las colinas de San Francisco se beben daiquiris
y en las faldas del Mauna-Loa
(curiosamente inactivo en temporada alta)
nativos domesticados tocan el ukelele
-y danzan-
para solaz de ricos turistas


Imagen: Ilya Repin

viernes, 11 de marzo de 2011

El crítico


Después de destrozar aquel libro en su artículo semanal, el crítico tuvo que cepillarse los dientes a conciencia y pasarse el hilo dental en repetidas ocasiones; algunas palabras tercas, como hebras de carne aún sangrante, se le habían quedado enredadas en las encías, entre los dientes, resistiéndose fieramente a ser derrotadas, deglutidas, digeridas.

Luego eructó satisfecho, y se echó la siesta para una buena digestión.

Y se levantó con hambre de nuevo.

jueves, 10 de marzo de 2011

Campanero


Dudé, dudé mucho.

No sabía si colgarlo de la cuerda del badajo o tirarlo desde el campanario, como a las cabras en las fiestas.

Al final me decidí a colgarlo.


Mucho más limpio, dónde va a parar.
 

Luego le di unos empujoncitos para que la campana tocara a duelo.

Sonó durante un buen rato con un repique grave a la par que armonioso.

Imagen: Eustasio Villanueva

miércoles, 9 de marzo de 2011

La culpa


Todos los hombres somos un Sísifo; estamos condenados de por vida a llevar sobre los hombros alguna culpa, algún error que habremos de pagar a plazo fijo, algún remordimiento que nos carcomerá sin pausa.

Los breves momentos en que no los cargamos encima es lo que nos queda de vida.

martes, 8 de marzo de 2011

Automatismos


Del mismo modo en que Charlot, en esa conocida escena de la película “Tiempos Modernos, no puede evitar, en su turno de descanso en la fábrica, seguir realizando mecánicamente los movimientos de apretar tuercas que realiza todos los días durante horas en la cadena de montaje, así yo, después de varias horas de lectura, y durante un tiempo impreciso, tampoco puedo impedir esa especie de acto reflejo de continuar leyendo en mi cabeza después de haber cerrado el libro un buen rato antes.


lunes, 7 de marzo de 2011

Bricolaje


Bricolaje. Con múltiples y, en muchos casos, aterradoras herramientas y utensilios de por medio, penosa actividad manual concebida por una mente criminal, a consecuencia de la cual sus practicantes suelen caer en el más espantoso de los ridículos con respecto a variadas profesiones u oficios manuales.
Locura transitoria y recurrente que afecta principalmente a varones de edad intermedia que adquieren un adosado, con la consiguiente hipoteca cuasi vitalicia, cuando no hereditaria para los deudos, en una urbanización de las afueras.

domingo, 6 de marzo de 2011

Nueces y castañas



Recién levantado, todavía legañoso y soñoliento entre las brumas del sueño que se resiste a morir, el calor de las sábanas y el tacto de la almohada aún en la piel, he asomado la nariz por la ventana y la niebla me ha dicho hola con sus manos de nube, con su aliento de agua en suspenso, con su mirada de plata derretida.

Tomo mi café, disfruto el tiempo de esta mañana de domingo en no hacer nada (sigo el tan acertado y recomendable axioma del gran Pessoa: “No hagas hoy lo que no puedas dejar de hacer también mañana.”), y, tras comer lo más opíparamente posible, que el buen condumio es el mejor contento, me vuelvo a la cama a dormir la siesta a pierna suelta satisfecho de mi resistencia, al menos por hoy y un día más, a lo útil, a lo previsible, a lo convencional.

Este preámbulo, que ya acabo, es solamente para deciros que si la mañana no estuvo mal, lo mejor del día ha sido pasar la tarde mirando el fuego de la chimenea con sus lengüetazos cálidos y cambiantes, plenos de colores -nunca los mismos, siempre distintos-, mientras engullía de cuando en cuando (para los suspicaces del idioma, que ya los veo venir con sus memeces, aclaro que previamente peladas y masticadas) algunas nueces y castañas que iba cogiendo, indolente y feliz, de un cestillo de mimbre a la mano.

Sobre las brasas, ya la hoguera sin llamas, he ido echando mondas de mandarina -que también he comido halagüeño al amor de la lumbre- porque gusto mucho del olor que desprenden al quemarse lentamente.

Creo que no voy a cenar. 


No vaya a ser que me empache.

sábado, 5 de marzo de 2011

Azul



Azul

en los lunes de sudor y versos,
en la frialdad del ópalo,
en el estrépito infantil de los juguetes,
en las bibliotecas de poesía,
en la savia que alimenta las caléndulas,
en el baile nupcial del guacamayo,
en el agua del manantial que transcurre
hacia los puentes de piedra.

viernes, 4 de marzo de 2011

El crepúsculo de los búfalos


Los búfalos se han ido.
Se han ido quienes vieron a los búfalos.
Quienes los vieron por millares avanzando en la hierba de la pradera hasta pulverizarla con sus pezuñas, con sus grandes cabezas inclinadas, avanzando en un gran desfile de polvo.
Quienes vieron los búfalos se han ido.
También los búfalos se han ido.


Carl Sandburg
(Versión de J. E. Pacheco)


jueves, 3 de marzo de 2011

"Vela de Gavia"



Desde los astilleros de La Isla de Siltolá parte una nueva escuadra, dispuesta a la navegación por las siempre procelosas aguas de la poesía, con el sugerente nombre de "Vela de Gavia".

Dos son las naves que encabezan la formación: Nostalgia armada, de Olga Bernad, y La parte por el todo, una antología de José María Cumbreño.

A ambos les auguro, por la calidad literaria de la que ya han dado sobradas muestras, una espléndida navegación a poco que el viento sea favorable.

La lista de su tripulación está abierta para todos aquellos lectores que desen embarcarse en esta singladura.

Enhorabuena, amigos.


martes, 1 de marzo de 2011

Un calendario (Marzo)

Marzo
El que tenga buenas piernas, que vaya descalzo y quien tenga zapatos, que se los ponga, decía la tía Emma. Ella no tenía buenas piernas y su herencia se ha transmitido. Pienso en las piedras de Volterra, en los anarquistas y en los locos. Todos en la antigua prisión del Maschio. Y entre tanto el viento de marzo llega hacia el atardecer, enfriando los limones y el corazón. Le haría falta un color a esta tarde de marzo, un amarillo combinado con violeta. ¡Campanas de mi aldea, si me lo pudierais traer! Pero vosotras, por desgracia, tal vez no seáis más que un lugar común tomado de un escritor feroz.





Marzo
Chi ha la buona gamba vada scalzo, e chi ha le scarpe se le metta, diceva la zia Emma. Lei non aveva le gambe buone, e l´eredità è rimasta. Penso alle pietre di Volterra, agli anarchici e ai matti. Tutti nel Maschio. E intanto il vento marzolino arriba sulla sera, raffredda il limone e il cuore. Ci vorrebbe un colore, per questa sera di marzo, un giallo abbinato al violetto. Campane del mio villaggio, se me lo poteste portare! Ma voi, purtroppo, forse siete solo un´opinione chic tratta da uno scrittore feroce.


Antonio Tabucchi