jueves, 1 de marzo de 2012

El telero


Galerías Preciados, Sederías Carretas, Almacenes Arias, Sepu… “Quien calcula, compra en Sepu”, recuerdo que rezaba la propaganda de la época, tanto impresa como radiada.

Cuando yo era niño existía la costumbre, o más bien la necesidad, y no solamente en mi casa sino también en la de muchas de las familias con escasos ingresos de comprar la ropa a crédito. El día señalado para ello, toda la familia arreaba camino del establecimiento que más confianza les inspirara a los padres, se adquiría lo necesario para la temporada o el año y luego podía pagarse poco a poco en cómodos plazos; bien entendido que hasta que no fuera satisfecho en su totalidad el monto de la mercancía en el plazo acordado, ni hablar del peluquín el fiarte la próxima remesa textil.


Todos los domingos venía al barrio a cobrar el pago semanal uno de aquellos personajes que las tiendas empleaban para cobrar las facturas. Teleros, los llamaban nuestras madres. El nuestro respondía por Mauricio y era ya como de la familia, como ese tío carnal y lejano que aparecía a veces los domingos y fiestas de guardar y te daba unas pesetas para cromos o golosinas y un coscorrón cariñoso como despedida.

-¡Mamaaaaa, que ya está aquí otra vez el señor Mauricio! -nos desgañitábamos desde la puerta para advertir de su presencia. Emitido el mensaje, salíamos pitando de allí, nos nos fueran a entallar para algún mandado. Mi madre, al oír el aviso (como para no escucharlo con los berridos que pegábamos) se secaba las manos en el delantal o dejaba el mocho de la fregona o apartaba la perola del fuego y salía a recibirlo con una ambigua sonrisa de bienvenida que, así de entrada, no comprometía a nada. El Mauricio, carpetilla de cartón con gomas y el taco de los recibos bajo el sobaco, la veía acercarse impasible, sin mover un músculo de la cara, aunque imagino que preguntándose si esa semana tendría la suerte de cobrar o no. 


-¿Cómo está usté, señá Cloti? ¿Y los chicos y el Elías? Mi mujer le manda muchos recuerdos -saludaba amable de entrada intentando de esta manera abrirse paso hasta el bolsillo o el monedero de la deudora. 
Una táctica un tanto empalagosa con un fallo garrafal porque entre otras cosas, mi madre no conocía a su mujer más que por la foto de carné de la parienta que el Mauricio llevaba en la cartera y que un día se le cayó al suelo cuando intentaba devolver el cambio. 

Creo recordar que era ferroviario (en invierno se presentaba siempre con una pelliza de cuero marrón con el cuello de piel de borrego, me parece que de su trabajo, y que a mí me gustaba mucho, toda llena de bolsillos y cremalleras y una vuelta con botón de lata en el puño de las mangas) y que con aquella actividad dominical se ganaba un magro sobresueldo. 
Pobre; la mitad de las veces, y me quedo corto, las visitas eran en balde pues, con las más peregrinas excusas por parte de los morosos, se las veía y se las deseaba, cuando no era incapaz del todo, de cobrar los facturas. Al final de la mañana le veíamos salir del barrio casi siempre apesadumbrado, con la gorrilla desmayada en las manos y cargado de hombros sujetando la carpeta contra las costillas: la viva imagen de la derrota. A los chavales había veces que nos daba hasta pena. Pero no desesperaba: tenaz como pájaro carpintero pica que te pica que te pica en el tronco para abrir su nido, como abeja laboriosa reconstruyendo panales, como termita que roe y roe y dale que te roe la rica madera, ya podías apostar a que el próximo domingo se presentaría de nuevo con sus educados modales y los ánimos renovados para ver si los vecinos se ponían al corriente con la deuda de una puñetera vez:

-Señá Cloti (o María o Paca o Juana o Lola, daba igual, todas las vecinas de la calle habían caído en la misma trampa), que ya van tres semanas de retraso -decía suavemente, apretando lo justo. Mi madre y las demás vecinas en igual trance la mayor parte de las veces le escuchaban como quien oye llover: que no le hacían ni puñetero caso, vamos. Le soltaban cualquier milonga sensiblera y hala, Mauricio, hasta el domingo que viene si dios quiere, dele recuerdos a su señora de nuestra parte. De que era un estoico no tengo ninguna duda porque lo ciertos es que jamás vi que se molestara en exceso por los reiterados y, en ocasiones, fantasiosos pretextos para no "aflojar la tela", nunca mejor dicho. O por lo menos no lo dejaba traslucir a las claras: como perro viejo que huele a distancia las piezas a cobrar, bien sabía que los pobres (él también lo era, y seguro que también tendría lo suyo), quieras que no, y de una u otra manera, siempre acaban pagando.

Hubo un año en que nosotros pagamos parte de la vestimenta adeudada en especie. Cuando yo andaba por los trece o catorce, un fin de semana de invierno con un frío atroz, mi padre me llevó con él para arreglar unas goteras pertinaces en el tejado de su casa. Al final, mira tú por dónde, resultó que conocí a su mujer en persona (alta, rubia, guapetona, un punto cargada de carnes aunque sin pasarse tampoco... de buen ver, en todo caso) algo que mi madre no logró jamás. La anfitriona, que por cierto no recuerdo cómo se llamaba aunque tampoco hace al caso, nos puso un cafelito con galletas (se conoce que su media naranja ya habría desayunado) se esfumó discretamente por donde había llegado y venga, al asunto, que amenaza lluvia.


Cuando volvimos a casa despúes del trabajo mi madre nos dio la tabarra a base de bien preguntando acerca de ella con insistencia: que cómo era la mujer del Mauricio; que qué llevaba puesto; que cómo era la casa; que si estaba limpia (la casa, no ella); que si esto, y lo otro, y lo de más allá; hay que ver lo pesadita que se puso la vieja con la media naranja del Mauricio. En cuanto abrió el pico y empezó con la murga, mi padre se hizo el loco (esto se le daba fetén), se calló como un muerto, y en lo que tardó en guardar las herramientas se largó con viento fresco a la taberna del Sebas a tomarse unos quintos y echar la partida con sus compinches de fatigas. Por lo que a mí respecta, lamento decir que no tuve fácil escapatoria del inquisitorial y absurdo interrogatorio (que si el peinado, que si los zapatos, que si estaba pintada -ella, no la casa-...). Sospecho que no le hizo ni pizca de gracia la entusiasta descripción que realicé de la señora, porque a puntito estuve de ganarme un mojicón de los buenos sin tener culpa de nada si no llego a andar vivo de piernas y reflejos. Pues que no hubiera preguntado, no te digo.

No sé cuántas tejas cambiaríamos en aquel tejado lleno de carámbanos, nidos pochos de gorrión, cagadas de paloma y algún cadáver que otro de rata, pero seguro que dieron para pagar un abrigo. 
O para saldar parte de la deuda.

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