lunes, 17 de mayo de 2010

Paisanaje (8) Pascual



Alto y enjuto, con unos intensos ojazos azules y una tez morena tirando a aceituna, como de galán antiguo, de la que se hacían lenguas las mozas de la comarca (y no tan mozas: alguna viuditas y solteronas sin catar, entradas ya en severa menopausia, rondaban a su alrededor como perras en celo comiéndole la oreja a base de bien con ricas promesas carnales y monetarias), Pascual basaba su éxito con el sexo opuesto en su acreditada habilidad en las artes de Terpsícore, modalidad latina: el pasodoble, la cumbia, la salsa, el tango incluso (danza ésta de extrema dificultad y espectaculares y sensuales resultados), eran ritmos que dominaba con una cierta soltura cuando no con maestría, por qué no decirlo, que lo que es, es, y no hay más que hablar.

En los bailes domingueros y de festivos señalados un simple gesto, una mirada dirigida con intención al banco de las casaderas, o las ya sacramentadas por el matrimonio, que no era el Pascual de hacer muchos distingos por tan nimio motivo, le aseguraba la pareja deseada para bailar la pieza que estuviera sonando en ese momento. Fémina que no se molestaba en ir a buscar a su asiento como asonsejan la cortesía y las buenas maneras, no, sino que él esperaba en el centro de la pista, altivo y condescendiente como un monarca dispensando audiencia a la plebe u otorgando un favor largamente implorado. Pero no todo era de color de rosa, no vayáis a creer que el asunto era miel sobre hojuelas: exceptuando un par de acólitos que no se comían una rosca por méritos propios y que no se despegaban de su vera por ver de aprovechar los restos tal que las rémoras con los tiburones, tal que las moscas con la porquería, tal que los buitres con los despojos, los demás mancebos del pueblo se la tenían jurada (¡pero qué mala es la envidia!) y sólo esperaban una oportunidad a propósito para hacérselo saber a su manera. Que ya te puedes figurar cuál era, que por aquí no nos andamos con sutilezas, ni indirectas, ni pollas en vinagre. Que si hay que dar una hostia, pues se da, y si no, y por si acaso, pues también. Y que el Pascual atesoraba motivos de sobra pa recibirlas a pares estaba más claro que el agua, anda que no.

Una coplilla anónima que circulaba por el pueblo (Pascual, bailón, / déjanos alguna, mamón, / que las quieres toas pa ti / y aquí somos un montón.) podría haberle dado una pista fiable de por dónde iban los tiros, pero él prefirió no darse por enterado de la rima y seguir a lo suyo como si nada, tal era su soberbia.
-La poesía no es lo mío -se burlaba el muy imbécil sin barruntar ni de lejos que la chanza y la altivez son antesalas ciertas del desastre. Ni las veladas alusiones que en los sermones dominicales le dedicaba don Senén hicieron mella en su arrogancia. Pero como él no iba a la iglesia ni entraba en sus planes hacerlo nunca, todos aquellos avisos y señales que hasta un ciego hubiera visto, los echaba uno tras otro en saco roto:

-A mí, plin -decía, mordaz y guasón, sin sospechar que Dios Nuestro Señor, en su infinita sabiduría, castiga sin piedra ni palo. Aunque en este caso, como ya se verá, utilizó las dos herramientas, no te vayas a creer que se cortó un pelo con la justicia divina el de allá arriba.
Grave error en todo caso, Pascual, ignorar el runrún de los pueblos.

La verdad es que se lo puso a huevo, como se dice vulgarmente. Ensoberbecido por su éxito en el baile y las facilidades otorgadas por algunas en el escarceo carnal, aunque sin pasar a mayores, o sea, culminar como es de ley, tú ya me entiendes, en no habiendo papeles de por medio, Pascual, en su simpleza de miras, se figuró que todo el monte era orégano y que aquí atamos a los perros con longaniza: así que sin encomendarse a dios ni al diablo pasó a la segunda fase (ésta era, en realidad, su secreta estrategia) y empezó a explorar con un cierto disimulo, eso sí, que tonto del culo no era, pero cada vez con más descaro y osadía, lo que a la larga fue su perdición: los más dulces y hermosos y tiernos y secretos rincones de la rica anatomía femenina. Y allí fue donde, como también se dice más vulgarmente todavía, “la cagó”.

En el baile que cerraba las fiestas de la Patrona (para más inri, la Virgen de las Virtudes) y en presencia de todo el pueblo reunido en romería festiva, la bofetada que le propinó Victoria, la garrida hija de don Alfredo el notario, y la subsiguiente y escandalosa denuncia de los sucios hechos: -Me ha magreao las tetas, el tío asqueroso -berreó la Vicky imponiendo su voz de cazallera por encima de la música-, sonó como un toque de clarín al que acudieron, prestos y en manada como cabestros resabiaos, cual arietes al asalto de fortaleza medieval, tal que Séptimo de Caballería contra pieles rojas en auxilio de colonos, los gañanes envidiosos.

Cuando Pascual se percató de su error y de la absurda encerrona en la que se había metido por su mala cabeza y una concupiscencia mal entendida, cuando quiso buscar una escapatoria para lo que se le venía encima (la frente perlada de un sudor frío, la tez cerúlea como velón de entierro...), ya era demasiado tarde para una retirada honrosa.

Se cebaron con él. Menuda escabechina: la tunda que le propinaron aquellos mozancones todavía se comenta y se celebra: una ensalada variopinta de puñetazos, guantás con la mano vuelta y patadas a los riñones, aliñada finamente con mordiscos orejeros, pedradas a tutiplén y algún estacazo que otro que le dejó medio lelo y severamente tullido para los restos (arrastra desde entonces una singular y antiéstetica cojera que le impide lucirse en las pistas y su rostro aceituno nunca ha vuelto a ser el mismo), amén de que tuvo que salir por patas (bueno, es una manera de hablar, porque lo de andar, y no digamos ya correr, ni pensarlo en una buena temporada), y escoltado por los civiles, de las lindes del pueblo. Como un desterrao indeseable.

Ahora se le puede ver, cabizbajo y ojeroso (“Como abrazao a un rencor”, que dice el tango), todos los viernes y sábados por la noche custodiando la entrada de la acreditada discoteca Dancings.

Con razón dice que la cabra tira al monte.


Imagen: Willy Ronis

6 comentarios:

  1. Como dice el dicho, "la confianza mata al hombre". Y es que hay que saber leer las señales, y más, cuando te dicen: "blanco y ensopao"... En fin, que lo de Pascual, estaba de pasar, no hay más que verlo. Y fue bueno que pasara, porque así nos lo cuentas tú y todos lo disfrutamos, como viene siendo norma.

    Gracias por compartir.

    Un abrazo.

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  2. ¡Ay, Pascual, Pascual! ¿Cómo se te ocurre, hombre? Mira que meterle mano a la hija del notario delante de "tol" pueblo.

    ¿Se puede saber qué coño estabas pensando?

    Un abrazo, Antonio.

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  3. Gracias, David, por tu visita.

    Lo mismo te deseo.

    Un saludo.

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  4. Este relato tiene de todo, es interesante, tiene un vocabulario rico, riquísimo, utiliza con maestría las expresiones de la calle, hace referencia al tango... no deja ni una tecla sin tocar. Ha sido un placer leerlo. Un abrazo
    Primitivo

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  5. Gracias, Primitivo. Este relatro pertenece a un libro en marcha, basado en estereoptipos de gente que todos conocemos.
    Intento hacerlo con humor y utilizando los recursos expresivos acordes con los tipos que describo.

    Un abrazo.

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