En
lo que a mí respecta, aquella visita a que “me mirara” el médico no sería igual,
vamos, es que ni parecida, a las realizadas hasta entonces y que siempre
seguían un ritual inalterable: después de un cariñoso pescozón y el remoquete
“Vamos a ver cómo anda este machote”, el galeno se ponía a la tarea con todo su
empeño y sabiduría: palito de madera (Di
aaaaaaaa) para explorar a fondo la gruta de la garganta, linternita en las pupilas
y las orejas, martillito en las rodillas para la cosa de los reflejos, auscultación
con el fonendo (A ver, tose. Pero tose
más fuerte, hombre, que no te escucho bien los menudillos, decía el cachondo. Me encantaba aquel artilugio; hasta el punto de que una
vez estuve en un tris de robarle uno en un descuido), palpaciones de variada
intensidad por diferentes lugares de mi enclenque anatomía…Todo esto, claro, medio
desnudo, en calzoncillos y camiseta de tirantes, y pasando una vergüenza y
dando unos tiritones...
La
cosa empezó normal (gargante bien, oídos limpios, vista de lince...), pero la visita al final resultó nefasta se mire por
donde se mire. Algo debió de colegir el médico en aquella ocasión porque se
demoró más de la cuenta en toqueteos y exploraciones y, tras hacerme repetir las toses en una variada gama de registros e intensidad, acabó dictaminando casi
de urgencia una prueba accesoria y para mí ignota todavía: los Rayos X.
¡Hosti,
tú, Rayos X, cómo mola! ¡Se van a mear patas abajo de envidia los colegas cuando
se lo cuente!, pensé yo, alucinado y viéndome ya con algún extraño poder digno de
superhéroe: el quinto de los Cuatro
Fantásticos por lo menos. ¡Mas, ay, infeliz de mí, pobre iluso soñador! Nada más lejos de la realidad, por supuesto: los radiografías de rigor (aquel cuarto oscuro, aquella plancha metálica y helada contra el
pecho, aquella forzada inmovilidad…) me hicieron una faena de las gordas: los
entrañables retratos (de las entrañas, quiero decir) habían descubierto y captado con total nitidez, y en primer
plano como si dijéramos, una mancha redonda y blanquecina como emboscada entre los pulmones y
el corazón que no tenía por qué estar allí jodiendo la marrana, haciendo la
puñeta, dando por saco.
Si hubiera sido un superhéroe de verdad y me hubiera olido la tostada de lo que me esperaba gracias a la mierda de mancha aquélla, salgo de allí a toda pastilla atravesando las paredes y llevándome por delante lo que hiciera falta.
Si hubiera sido un superhéroe de verdad y me hubiera olido la tostada de lo que me esperaba gracias a la mierda de mancha aquélla, salgo de allí a toda pastilla atravesando las paredes y llevándome por delante lo que hiciera falta.
-Igualita -la describiría después mi madre comentando el suceso a amigas, vecinas y demás parentela- que una moneda de cinco duros. Pero igualita, eh. Coño, si hasta parecía tener la cara de Franco -recalcaba con una insistencia cercana a la fatiga y gustándose en los detalles para que no cupiese ninguna duda acerca del aspecto y el tamaño del cuerpo extraño detectado por los chivatos Rayos X en lo más recóndito de mis entresijos.
Dos
meses y medio después del descubrimiento, aquella sospechosa “moneda” de veinticinco pesetas que me había condenado al encierro hospitalario había mutado como un extraterreste de peli de serie "b" hasta
alcanzar un tamaño más que respetable y una forma completamente diferente.
Mi madre, que siempre buscaba similitudes para ilustrar y reforzar sus argumentos, diría después a las visitas (entonces se visitaba mucho a los enfermos): -Clavadito a un huevo de gallina. Pero clavadito, eh. Me lo sacaron del quirófano en una
taza de aluminio para que lo viera. Y entonces, aquélla que me amamantó soltó el único chiste, si así puede decirse, que le he escuchado en mi vida: "La lástima es que el huevo no tenía yema. Ya ves tú qué desperdicio".
Continuará...
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