martes, 17 de julio de 2012

Niño y perro


Niño y perro suelen ir juntos a todas partes donde ambos son aceptados. No al colegio, no al mercado, pero sí al parque, al campo, a los juegos. Niño y perro acuden el domingo a la romería en la ermita enclavada en terrenos militares. Es el único día del año en que se puede entrar allí desde que el entorno del pequeño santuario se convirtió en polígono de maniobras. Niño y perro deambulan entre la gente que come, canta y se divierte. También se alejan un rato. Corretean entre los pinos enanos, se esconden, juguetean con guijarros de ida y vuelta. De repente, entre las piedras, encuentran un objeto metálico que el chaval recoge y guarda como si fuera el gran tesoro de la mañana. Lo echa en la mochila y emprenden el camino de regreso a casa. Y allí dentro, en su habitación, niño y perro mueren juntos en la explosión de la granada que se han traído del campo. En los días siguientes, en el luto, las autoridades civiles, religiosas y militares aunarán esfuerzos en un mismo sentido: decir que ellos no han sido, que son inocentes, que niño y perro se lo buscaron.
Miguel Mena (Piedad, Xordica, 2008, pág. 110)

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