lunes, 30 de abril de 2012

Radiografías


Si radiografías a un gato, se atisba el tigre que fue.

Si a un perro, asoma feroz el lobo de antaño.

Si a un caballo, acaso puedas intuir la nobleza de alma que perdimos.

domingo, 29 de abril de 2012

Los seres de Maralva (3)


Cribán
Habita toda la ribera del Fangana, desde su origen hasta que vierte en la Mar Tranquila. No se aparta de las orillas de este río más que para dormir, cosa que hace en las ramas altas de los árboles más cercanos a la orilla. Su único alimento son los peces del río, que pesca con la mano, siempre certero. Cuando el temporal enturbia las aguas retuerce los brazos como ramas seca y aguarda que los peces vayan a buscar cobijo en ellos. No todos los que pesca así son de su agrado. Una larga melena azul adorna el cuello de los adultos y rara vez estará sucia o descuidada, pues se esmeran en su aseo. Esta melena amarillea con la edad, siendo en sus últimos años de una blancura de nieve, lo que le da apariencia de fantasma, porque con la edad va cubriéndole todo el cuerpo. El cribán sabe de cestería: trenza tallos que escoge por su flexibilidad y construye con ellos cestas a las que luego no sabe o no quiere dar utilidad. Se complace un instante en mirarlas y luego, dejándolas sobre el agua, las mira alejarse corriente abajo.
Texto e imagen: Javier Alcaíns

sábado, 28 de abril de 2012

Lágrimas


“En las lágrimas de una mujer, el tonto ve solamente agua”.
Proverbio ruso

viernes, 27 de abril de 2012

Cosecha del 59 (12)


Otoño
La cotidiana estampa de la vida sencilla
me cerciora del tiempo transcurrido y distancia
años de vino y rosas definitivamente
idos.

Pensé que debería decir a mis amigos
que ha llegado la hora de dar un golpe seco
en la mesa del mundo, donde se pasa lista
a las grandes razones y a las definitivas
hazañas de los hombres.
Y escribí este poema.

Decirles que nos queda poco tiempo y maltrecho
para dar las respuestas a todas las preguntas
que la edad nos escupe con obstinada furia.

No sé si mis amigos están para estos trotes
ni siquiera conozco mi propia resistencia.
Han pasado los años, granadas las cosechas,
y somos ya señores de respetada estampa
que protegen sus cosas como viejos felinos
sentados al ocaso.

Debiera de expresarles a mis buenos amigos
la duda metafísica que me congela el alma:
un hombre que descubre la clave del camino:
ver pasar a los otros desde la orilla quieta
sin saber si está ciego o la noche ha llegado
hasta el borde pasmado de sus ojos abiertos.

Mis amigos trabajan y en silencio transitan
por su vida ordenada, sin preguntas ni acechos
ni malos pensamientos ni deseos impuros.
Han puesto barandillas para cuidar turistas
que impúdicos se asomen al volcán de sus pechos.

Escriben, ganan pasta, pontifican y gozan
con calculado riesgo.

Apenas se vislumbra de pasión un adarme,
un diezmo de lujuria, escátimas al orden
en sus frentes marchitas.

Mis amigos lo saben y ejercen su derecho
de madurez oronda que mira la dorada
memoria del tesoro definitivamente ido.

Sus hijos espejean el vigor de sus sueños
y en sus malas palabras, sus gritos y sonrisas,
narran la pesadumbre desolada del tiempo.

Todo comienza y pasa con obstinada prisa;
son muchos los ejemplos que ilustran cada día
la medida fugaz de la dicha y el beso.

Mas no sirve de nada el escarmiento dulce
que la vida nos brinda al descontarnos horas.

[de Tratado de ignorancia]

José Luis Bernal Salgado (25 de julio)



Ilustración: Ignacio Fortún

jueves, 26 de abril de 2012

Desinfectante


Habría que establecer alguna norma que obligara a lavarse las manos con un buen desinfectante antes de ponerse a escribir para los demás; para que a la falta de talento no se le sumasen también algunos gramos de impurezas, de impudicia, de inmadurez.

miércoles, 25 de abril de 2012

Arte moderno


-Así que trabajas a menudo en una galería. Interesante. Entonces... ¿podría decirse sin temor a equivocarnos que eres un artista? -preguntó, sarcástico.
¿Y de qué estilo concreto, si puede saberse? ¿Figurativo, realista, conceptual, abstracto…? -se recochineaba desde la altura de su doctorado en Bellas Artes, hurgando en la herida.
-Nada de artista: minero de pico y pala -le aclaré brevemente, mientras le atizaba con la una y le remataba con el otro.
Claro que, en lo mío, quizá lo de artista no sea un término inapropiado.
Y respondiendo a la pregunta… Realista, diría yo, ¿no?

martes, 24 de abril de 2012

Verde



Verde

en el bronce turbio de las campanas,
en las guaridas de los cobardes,
en el filo de las tardes de emboscada,
en el cobre oxidado y tibio de las cúpulas catedralicias,
en las canciones de los niños que juegan,
en la esfera irregular de los relojes,
en el semen del unicornio y el centauro,
sobre la antigüedad sin tiempo de las secuoyas.

lunes, 23 de abril de 2012

Segunda etapa de "El Cuaderno"


A los noventa años de su nacimiento, una histórica cabecera periodística, La Voz de Asturias, echa el cierre a sus prensas. Estos tiempos impíos, en los que la cultura y el conocimiento parecen ser los patitos de la caseta de feria, sacrifican otra víctima más en el altar del beneficio capitalista.
Con ella desaparece también en su edición tradicional en papel, El Cuaderno, un suplemento cultural que en sus apenas seis meses de vida se había convertido en todo un referente para muchos de sus lectores.
Afortunadamente, podremos seguir leyendo sus páginas en formato virtual.
Jordi Doce, uno de los miembros de su consejo de redacción, lo explica de la mejor manera posible.


domingo, 22 de abril de 2012

2 de banqueros


“Si alguna vez ve saltar a un banquero por una ventana, salte detrás; seguro que hay algo que ganar”.
Voltaire


“El banquero es un señor que nos presta el paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover”.
Mark Twain

Imagen: El Roto

sábado, 21 de abril de 2012

Otra ternura


A medida que envejezco descubro que en las manos de mis hijas, tras sus cálidas caricias, existe una ternura y suavidad desconocidas hasta ahora.

viernes, 20 de abril de 2012

Oído atento


Siempre aguzo el oído, procurando enterarme del título, cuando oigo decir a alguien “ese es un libro incómodo de leer”. Porque mira por dónde, ésos son precisamente los libros que más me gusta leer, los que requieren de un cierto suplemento por mi parte en esfuerzo y atención, no los evidentes y acomodaticios.
La lectura no es comodidad: cómoda es la cama, la oscilante hamaca de las siestas bajo el susurro de los árboles, ese sillón, hermano ya de tu cuerpo a fuerza de años y calor en común donde te sientas todos los días, sí, a leer.
Cuando por fin oigo el título del libro, si ya lo he leído asiento o discrepo en silencio, a veces con un leve cabeceo en un sentido u otro que delata mi interés o falta de él.
Si no, me lo apunto para el futuro.

Imagen: Winslow Homer

jueves, 19 de abril de 2012

miércoles, 18 de abril de 2012

Dichos de Luder 8 (J.R.Ribeyro)


36 Dile que no estoy- susurra Luder a su criada que le muestra una tarjeta de visita-. Es un semiólogo que anda en busca de una estructura.

37 Si me quejo a menudo de mis males no es para que me compadezcan- dice Luder-, sino por el infinito amor que les tengo a mis semejantes. Me he dado cuenta que la gente duerme más tranquila arrullada por la música de una desgracia ajena.

38 Estoy arruinado- le dice un amigo que acaba de perder su modesto trabajo de profesor de colegio.
Exageras- lo consuela Luder-. Los pobres siempre han estado arruinados. Sólo los ricos tienen el privilegio de arruinarse. Aunque también es verdad que un rico arruinado será siempre menos pobre que un pobre rico.

39 Luder espera pacientemente que su amiga termine los reproches crueles y cáusticos que le hace por un asunto nimio.
-Las mujeres serían más bellas- suspira- si se dieran cuenta hasta qué punto la maldad las afea.

40 Déjenme tranquilo- dice Luder a sus amigos, que lo sorprenden tendido de espaldas en la azotea mirando el cielo estrellado-. Este es uno de los pocos recursos que me quedan para entrar en tratos con el infinito.

martes, 17 de abril de 2012

Gol regañao



Para Jorge Sanmartín y Jorge Melero, forofos mañicos.

Después de la siesta obligatoria, todavía con los bocadillos de la merienda en la mano (pan con chocolate, pan con salchichón, pan con plátano, pan con mortadela…), en cuanto nos juntábamos ocho o diez en el erial junto a la tapia de las vías, nos faltaba tiempo para echar los equipos a pies. Lo de “echar a pies” tenía su ciencia, no vayáis a creer que era un asunto baladí. Se sorteaba quien empezaba y el que ganaba escogía el sitio y calculaba la distancia a recorrer buscando ser el primero en elegir. Los jugadores se iban pidiendo de manera alternativa (este para mí, este para ti) y en función de su acreditada, o no, destreza futbolística. Si quedaba alguno de pico por ser impares, jugaba un tiempo en cada equipo. El gordinflas y el gafitas (que nunca podían faltar en cualquier pandilla que se preciara de tal, eran como las mascotas) ya sabían de sobra que iban a ser los últimos de la lista y que solamente jugarían de porteros. Lo tenían asumido de antemano. O eso, o nada, ellos verían. Bueno, siempre y cuando uno de los dos no fuera el que ponía el balón; entonces la cosa podía complicarse hasta extremos insospechados, en ocasiones con cruce de golpes e insultos incluidos.

Si no había riñas ni interferencias y todo discurría por cauces normales, con un par de piedras gordas o unos jerséis hechos un gurruño señalábamos las porterías y venga, a dar patadas al balón que para luego es tarde. Sacaban de centro los que habían perdido a pies. El larguero, claro, era imaginario y motivo muchas veces de enconadas disputas. Al final, los remates altos eran dictaminados como buenos o malos por el dueño del balón que siempre barría, lógico, para casa. Y si éste era “de reglamento” convenía (ya que el feliz propietario, que solía ser un paquete de cuidado, ejercía de facto el papel de árbitro), además de no porfiar demasiado acerca de sus peregrinas decisiones (faltas que no eran o sí; penaltis que sí o que no; saques de puerta o de banda a favor o en contra…), pasárselo de vez en cuando para que no se mosqueara más de la cuenta y se fuera para su casa con la pelota bajo el brazo dejándonos a mitad de partido con un palmo de narices y con un cabreo de no te menees. Pero esto también estaba asumido tácitamente por todos.
Todo esto, claro, si antes, y por obra y gracia de un patadón sin rumbo cierto, el balón no se había colado en el patio de algún vecino cabrón (o vecina cabrona, porque había algunas con una mala leche...), lo que suponía que el encuentro acabara de manera abrupta, algunas veces recién comenzado. Pero si todo transcurría por cauces normales los partidos podían durar tres o cuatro horas hasta que la oscuridad, implacable reloj, definitivo juez, pitaba el final. Porque las pocas farolas de la calle, que parecían tiesas solteronas de guardia en algún baile de posguerra para impedir lascivias y toqueteos no autorizados, contrarios a la moral imperante, alumbraban menos que una linterna de petaca. Las que alumbraban, porque lo normal es que la mayoría estuvieran fundidas, víctimas inocentes de la puntería de alguno con el tirachinas. En ese entretiempo entre la luz y las sombras, en ese declinar de las tardes en cualquier estación del año, así cayesen chuzos de punta o nos asáramos de calor, un frenesí de cuerpos en ebullición como búfalos en estampida, como sementales en celo en pos de hembra recelosa, como huestes medievales al asalto de un fortín, corríamos desaforados detrás de la esfera de cuero o goma. Sin descanso, sin desmayo, sudando a chorros con el torso desnudo o empapados bajo la lluvia y con el moco colgando. 


Los partidos solían acabar con marcadores que quitaban el hipo y más propios de balonmano y hasta, si me apuras, de baloncesto: 29 a 25, 38 a 32, 57 a 48… Normal, ya me dirás; porque con un gordo y un cegato de porteros, también llamados arqueros y/o guardametas, los tíos no paraban ni una: cada vez que el esférico (¡tomay cultismo futbolero1) rondaba su área se echaban a temblar como flanes y se venían abajo cual suflés mal hechos. La portería se les figuraba el arcoíris: no hubieran despejado un balón de playa en una portería de futbolín. Y como el remate viniera un poco fuerte, alguno hasta se apartaba corriendo de la trayectoria, no fuera a ser que el balonazo lo sentase de culo o le rompiera las gafas y encima cobrase al llegar a casa. 
Me río yo ahora cuando veo algún partido por la tele y los comentaristas, a los que les cuesta un mundo rectificar cuando la cagan (y la cagan bastante, que hay veces que parece que estén viendo una obra de teatro del absurdo o una función de ballet contemporáneo), se lanzan a desgranar las tácticas y los sistemas utilizados por los equipos como si estuvieran explicando un sesudo ensayo sobre matemáticas aplicadas a las dimensiones del campo o un manual de biomecánica experimental para mejorar la estrategia y el rendimiento deportivo de los sujetos en calzón corto: que si el 4-4-2; que si el dibujo táctico parece un falso 4-3-3 convertible en un 4-5-1 según convenga; que si el medio centro no bascula a tiempo en su labor de contención o el carrilero izquierdo no pisa la línea de cal; que si el enganche del interior con la delantera es escaso e intermitente por no decir nulo; que si el rombo o la ausencia de extremos o la escasa pericia en la salida del balón por parte de los centrales van a acabar penalizando el resultado… ¡Joder con los pitonisos del área, la madre que los parió a todos, qué a gustito se quedó la buena señora! Por cierto, tanta labia insulsa como tienen para dar la matraca y ya nunca dicen aquello tan poético y bonito del “defensa escoba” o “la línea imaginaria de medios” o "el trencilla señaló sin asomo de duda el punto de castigo". 
Yo es que me descojono cuando los entrenadores y los jugadores se lamentan como plañideras menopáusicas porque tienen que jugar un par de veces a la semana y la hierba está un poquito alta o seca, o corta o húmeda, o hace frío o calor. O todo lo contrario. El caso es quejarse de lo que sea, venga o no a cuento. Valientes mataos: dos partiditos a la semana en una alfombra verde y no hacen más poner pegas. Por no hablar del dineral que cobran unos y otros. Vergüenza debería darles a todos. Un pico y una pala les daba yo para que supieran lo que es bueno. Nenazas, eso es lo que son esta panda de figurones y maniquíes: unos nenazas y unos cantamañanas. Los jugadores, los entrenadores, los comentaristas, los directivos, y hasta los utilleros, si me apuras. Es que se me calienta la boca con estos minudundis y me pongo de una leche...
Nuestra liga se jugaba a diario sin tantas pamplinas ni mariconadas. Y en un pedregal más seco que el ojo de un tuerto. Aquel descampado triturador de meniscos y tobillos, de tibias y peronés, aquel terruño asesino lleno de trampas y socavones, aquel barbecho infame coto de ratones y lagartijas que sólo con grandes dosis de buena voluntad podría denominarse terreno de juego, parecía la luna después de un buen terremoto. Y los sábados, domingos y fiestas de guardar, o cuando se terciara, hasta jornada doble jugábamos. Y aquí estamos. Sin tácticas ni entrenamientos. Sin pizarras ni vídeos. Sin masajitos ni agua milagrosa ni hostias que te crió: patada hacia adelante y a lo que saliera. Desde luego, finos estilistas, como también se dice ahora de manera pomposa, no éramos, para qué nos vamos a engañar a estas alturas. Nosotros éramos más de "A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo", como dijo aquel en un arranque de testosterona. Cuando no pillabas el balón y regateabas hasta al lucero del alba esquivando por el camino hacia la meta tarascadas criminales. Algunas veces el ofuscamiento con la pelota era de tal calibre que marcabas gol en tu propia portería y lo celebrabas como si fuera la final del Mundial en el último minuto de la prórroga y jugando con nueve. La bronca de los colegas era morrocotuda: chupón de mierda y tarao de los cojones era de lo más suave que podía caerte encima. Y con razón. Pero ese momento de gloria íntima no te lo quitaba nadie. Y ojito al parche, que aquello no era ninguna broma, eh: ya dijo alguien con pleno acierto que no hay nada más serio que un niño cuando juega.

Y todo esto sin árbitros propiamente dichos, ni jueces de línea (siempre me ha gustado esta expresión mucho más que la foránea de linier, al igual que prefiero saque de esquina a córner, fuera de juego a orsay), ni delegados de equipo, ni ruedas de prensa…

En aquellas épicas contiendas, porque recordadas desde la distancia épicas me parecen, el árbitro brillaba por su ausencia. Normal por otra parte, porque a la vista de nuestras acreditadas burricie y falta de remordimientos, ¿quién coño iba a ser tan descerebrado como para querer arbitrar partidos así?


Imagen: Narcis Darder 

lunes, 16 de abril de 2012

Callejero


Siempre me han llamado la atención los nombres de algunas calles y lugares que pueblan nuestras ciudades. En Mérida, donde vivo, hay algunos muy bellos: Parque de los Enamorados, Manos Albas, Concordia, Naumaquias, Rincón de los Poetas…

domingo, 15 de abril de 2012

Cumpleaños de un poeta




Hoy es el cumpleaños de un poeta de quien me precio de ser amigo desde hace años: Juan Carlos Mestre. Siempre me ha demostrado su cariño y lealtad, siempre ha sido generoso conmigo.
Hoy brindaré por él con la copa de la amistad.
Va por ti, amigo.

Y sin pedirle permiso ni nada, dejo aquí un poema suyo que hasta donde yo sé (puedo estar equivocado) no está publicado en libro.


La tumba del ápostol

Esta no es la sabiduría que desciende de arriba
sino la tierra de los bautizados en su propia sangre,
los arrancados del tiempo de los vivos según el Libro de los Hechos:
Santiago el de Zebedeo, hermano del Evangelista,
asesinado hacia el 44 por Herodes Agripa,
Pilar Martínez, soltera, 31 años, costurera, vecina de Luou.
Eduardo Puente, panadero,
encontrado muerto en el lugar llamado La Amanecida.
Jesús Regueiro Bueno, Presidente
del Sindicato de Constructores de Calzado.
En aquellos días, como ovejas llevadas al matadero,
como corderos mudos delante de los trasquiladores,
Juan Jesús González Fernández, 40 años, poeta,
natural de Cuntis, fundador de la Unión Socialista Gallega,
Julio Silva, barbero, y Maximino Martínez, trabajador ferroviario,
un muchacho de Tordola llamado Juan Varela, de 16,
muertos de peritonitis por perforación,
hemorragia interna producida por arma de fuego,
destrucción orgánica del cerebro.
Ciertamente no era esa la sabiduría que desciende de arriba
sobre los testigos de la Transfiguración,
David Mariño, Elías, jornalero, Paulino, mecanógrafo,
Angel Dapena Rozado, viudo, 66 años,
José Pérez, hojalatero, Emilia Sende Monteiro, sirvienta, a los 48.
Ramón el de La Fraternidad y Vicente el fotógrafo,
Jesús, Rodrigo, Manuel del Río, albañil, maestro, barbero,
Amador Prieto de 32 y María Castro, de 27, ambos solteros,
fusilados por decisión del Tribunal Militar de Santiago de Compostela
en julio del 36. En aquel tiempo dijo Santiago, pescador
de Galilea, primogénito de Salomé, llamado por Cristo
hijo del trueno: Podéis atar mis manos
pero no mi bendición y mi lengua.

Foto de Mestre junto al mar: Daniel Mordzinski

sábado, 14 de abril de 2012

14 de abril (Homenaje a Robert Capa)


Me acuerdo de un miliciano que muere en una fotografía de Robert Capa. Y de que la novia del fotógrafo, Gerda Taro, murió aplastada por un tanque durante la batalla de Brunete.

viernes, 13 de abril de 2012

Peluquería Casado



Hasta no hace mucho existía en la calle principal de mi ciudad una peluquería de caballeros a la antigua, como Dios manda: un par de sillones, parientes lejanos y como rústicos de los usados por los dentistas, lacados en un blanco sucio y con la badana malherida por tanto roce de culo y espalda; la maquinilla mecánica y cromada para el desbroce efectivo del pelo; la navaja barbera y el asentador de cuero para suavizar el filo... En las baldas de cristal, perfectamente alineados, frascos de colonia y polvos de talco en sus pulverizadores de goma esperando entrar en acción, peines desparejos y con algún diente de menos de variada catadura y funciones… 
Aunque ahora que lo pienso, lo del parentesco del par de sillones de la barbería con los de la consulta de los odontólogos a lo mejor es bastante más cercano: acabo de caer en la cuenta de que durante mucho, mucho tiempo, el barbero y el dentista oficiaban de manera indistinta ambas labores, que eran, como si dijéramos, uno y el mismo, solo que con otra denominación de origen: el sacamuelas.
El maestro barbero era un figurín de otra época, un hombre educado en la ética del trabajo y en aquello tan antiguo y mentado de “el cliente siempre lleva la razón”.
80 años, y ahí estaba, al pie del cañón, entrañable y elegante con su pelo blanco blanquísimo y su bigotillo recortado al milímetro y como con tiralíneas, su impoluta camisa blanca y su corbata de nudo estrecho pasada de moda, dando palique a los parroquianos al ritmo sostenido de la tijera con su constante soniquete.
Jamás le oí alzar la voz ni discutir hasta el punto de dejar sin argumentos a los clientes, Siempre, claro está, que alguno de éstos no empezara a disparatar de mala manera con el asunto de la política o a perder las formas: entonces, suspendía la labor que tuviera entre manos, se daba la vuelta despacio para encararse con el maleducado y le soltaba alguna sentencia que ponía punto final de inmediato a la majadería. Una vez lo vi expulsar del negocio a uno particularmente cerril y recalcitrante en su estulticia.
En un rincón del local, junto al ventanal que permitía contemplar cómodamente el deambular de los viandantes y al pie de una escalera que ni pintada para admirar a las mujeres que subian hacia o bajaban de la peluquería de señoras instalada en el piso de arriba y regentada por su media naranja (como se ve, el arreglo capilar en sus dos ramas era el firme sostén de esta familia), un rimero de periódicos atrasados para que los que esperaban su turno se solazaran con noticias pretéritas: las del día, las actuales, ya te las contaba él, pues parecía estar al tanto de todo cuanto aconteciera en la ciudad; tal vez por eso, la radio ponía la banda sonora durante todo el horario laboral en su más clásica emisora.
Los parroquianos, auqnue con alguna manzana pocha de vez en cuando como se ha dicho, eran en su gran mayoría similares al maestro en edad y maneras, jubilados ociosos que allí mataban la mañana después del cafecito y antes del aperitivo, también aportaban cada uno su chisme con el loable fin de que la tertulia no decayera por falta de temas de interés.
A mí me gustaba ir por allí cuando tocaba el rapado; quizá poco estilo en el corte, pero eficacia probada, que al fin y al cabo es lo que realmente interesa en este negocio.
La última vez que traspasé su umbral después de una buena temporada de serle infiel con una amiga peluquera, los periódicos añejos habían desaparecido sustituidos por esa morralla que tiraniza en estos tiempos ramplones los estantes del quiosco y las bocas de los buzones (revistas de decoración y chismorreo, catálogos de herramientas y jardinería, propaganda de supermercados y tiendas de muebles, volúmenes de sopas de letras descansando placenteros sobre mesillas de plástico…). Un horror.
Lo peor, con todo, fue el silencio: un silencio nada reconfortante, de mal agüero, roto bruscamente de cuando en cuando por las conversaciones fuera de lugar que sostenían los clientes y ociosos a través del teléfono móvil a voz en grito, obligando a los demás feligreses a enterarnos de asuntos sin sustancia y que no nos importaban un pimiento.

Y el maestro, callado como un muerto, con una tristeza en los ojos mientras recargaba la batería de la maquinilla eléctrica que no auguraba nada bueno, sin fuerzas ya para seguir combatiendo tanta estupidez y vulgaridad. Parecía un general derrotado a punto de firmar una capitulación sin honra.

El negocio ha cerrado.


Creo que él ya ha muerto.

jueves, 12 de abril de 2012

El libro


Observo a alguien que lee un volumen del que no distingo el título. Su rostro expresa, acaso sin él notarlo, todo un rastro de emociones.
Cierra el libro y abre una sonrisa. Debe de ser un buen libro.
Y yo, tímido y cobarde, no me atrevo a levantarme de mi asiento y preguntarle el título de esas páginas que le han hecho tan feliz.

miércoles, 11 de abril de 2012

Puente levadizo


Entre nuestros deseos y la realidad siempre hay una barrera o impedimento, a modo de foso en el castillo, que hay que atravesar afrontando sus peligros, su agua turbia y profunda, los cocodrilos hambrientos que la pueblan.
El puente levadizo, que nos permitiría acceder a esos deseos de un modo fácil, ilesos y a salvo de todo percance, casi nunca está tendido cuando queremos cruzarlo, ya sea para entrar, ya para salir.

martes, 10 de abril de 2012

Ópticas


Hay qué ver lo que pueden hacer juntos, actuando al unísono y en armonía, un dedo índice, una buena vista, un pulso firme, un aparato de óptica bien calibrado…

¿Una fotografía, dice?

Usted se confunde, señorita: yo hablo más bien de, en un día regular, cuatro o cinco cadáveres.

Yo trabajo de francotirador.

lunes, 9 de abril de 2012

Perro encadenado


A la entrada de la finca hay un perro encadenado. Ya nadie recuerda cuánto tiempo lleva así y por supuesto nadie tiene memoria de cuándo fue la última vez que lo vio suelto. El perro encadenado cumple la función de avisador, es la sirena que anuncia la llegada de alguien. Es una alarma siempre conectada. Sin cables. Sin baterías. Sólo necesita las sobras de la comida y la cena. Nadie tiene nada en contra de él, sólo que la vida de perro es así. En la finca está la perrita de la casa, pequeña, manejable, con la que juegan los niños; están los perros de caza, con su espacio aparte, muy movidos, como si estuvieran siempre dispuestos a salir tras la pieza; y luego está el perro encadenado, el más grande, el de ladrido más fiero, al que no conviene acercarse porque nadie sabe bien cómo reacciona después de tantos años encadenado. No es muy larga la cadena, unos cuatro o cinco metros desde la puerta de la caseta de madera donde está anclada. Ese es el radio del acción del perro encadenado: un semicírculo en el que no crece hierba alguna, por donde el perro encadenado va y viene una y otra vez, una y otra vez, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. El roce de sus patas erosiona el terreno de forma lenta pero persistente. Para comprender la profundidad de su desesperación, sólo hay que medir los centímetros que el suelo se ha hundido allí, en ese semicírculo pelado, de tanto ir y venir, una y otra vez, una y otra vez, desde hace tantos años que muchos piensan que el perro nació así, encadenado.

Miguel Mena (Piedad, Xordica, 2008)

domingo, 8 de abril de 2012

Twain y el tabaco


Me acuerdo de Mark Twain fumándose un veguero en su balancín de mimbre, mecido por el viento solano en el porche de madera.

sábado, 7 de abril de 2012

Estampas de ultramar (3)



El viaje llega a feliz término
 

Salimos con mar llana
y horizontes lejanos
de la ciudad que en tiempos
de Augusto con el doble
de esclavos que hombres libres
contaba

Sin embargo
no entra en nuestro propósito
descubrir las reliquias
ni visitar tampoco la gruta de Calipso

El humo del vapor
me indica mis deberes
a bordo

No están lejos
las costas europeas y no acierto
a explicar mi emoción.

viernes, 6 de abril de 2012

Resfriado


El elefante, incapaz de controlar la agitación de sus orejotas y alargando la trompa al máximo, estornudó con un bramido que estremeció la sabana.
-Ya están aquí de nuevo las lluvias -dijeron, inquietas, las hormigas a sus pies.

jueves, 5 de abril de 2012

Estatua y sombreros


A la estatua le gustaría cambiar de postura de vez en cuando.


Tenía tan mala cabeza que hasta los sombreros le huían.


miércoles, 4 de abril de 2012

Fajas, bragas, calcetines y sostenes


Sin entender muy bien por qué, siempre me ha producido una extraña desazón y tristeza la elástica ortopedia de las fajas para domar el abdomen, esas bragas color carne, los sujetadores puestos a secar en la cuerda o el alambre, prendidos por la pinza.
O esos calcetines de mujer, casi transparentes de tan finos, tan parecidos a medias cortadas por la mitad que acaban justo por debajo de las rodillas y de ese mismo color carne.
Elementos todos ellos acreditados de sobra como algunos de los antídotos más eficaces contra la más acreditada de las lujurias.



martes, 3 de abril de 2012

Habilidades


Puedo bajar completamente a oscuras -sin apoyarme en las paredes, sin tropezar ni una vez, sin vacilación alguna- los cuarenta y cinco escalones que hay en mi casa desde el sótano hasta la buhardilla.
(Bueno, acaso mejor, viceversa, desde la buhardilla al sótano, ya que hablamos de bajar).
Puedo cocinar, fumar, oír música y beber cerveza, todo al tiempo, sin que se me queme el guiso, se consuma el cigarrillo por el olvido, se termine el disco de repente o se caliente la cerveza, que entonces sí que no hay forma de beberla.
(Y rebatir, de paso, esa absurda teoría, tan festejada por algunas féminas, de que los hombres somos incapaces de hacer dos cosas al mismo tiempo).
¿Cómo que no podemos? Ahí va un ejemplo: dormir y roncar.
A ver qué mujer que haya compartido lecho con varón no lo suscribe.
Me apaño bastante bien, como veis, en diferentes ocupaciones y quehaceres.
Pero cuando sí me siento un inútil, cuando de verdad me tildo sin empacho de torpe e incapaz, cuando no sé qué hacer ni qué decirte, es si me miras de esa manera.

domingo, 1 de abril de 2012

Coros


Los que cantan en los coros son los galeotes del canto polifónico.