domingo, 8 de mayo de 2016

"Historia de una chapa" (carta a Luis Landero)

 

Hoy, revolviendo entre mis papeles en busca de uno que no he podido localizar -¡pero dónde se habrá metido el puñetero!-, me he topado con este antiguo texto que, a modo de presentación, escribí hace ya veinte años en honor a Luis Landero durante su presencia en el primer curso del Aula Literaria "Jesús Delgado Valhondo", que entonces dirigía en Mérida con mi amigo Antonio Gómez.

Y me ha podido, perdonadme, el impulso y la nostalgia.

Querido Luis:

Yo no nací en Alburquerque sino en Madrid, exactamente en un barrio formado por un aluvión de emigrantes andaluces y extremeños: El Pozo del Tío Raimundo. Con este origen y unos progenitores de Fuente del Maestre y La Albuera, comprenderás que sienta un cierto orgullo y cariño por esta tierra, de la que al fin y al cabo provengo y tantas cosas hermosas me ha dado.
Dirás que a qué viene esto y no te faltará razón, pues lo que yo quería en realidad era hablarte de fútbol. Verás: sé que eres del Madrid y que uno de tus mayores deseos hubiera sido escribir la crónica deportiva todos los domingos. Y quería decirte también que yo "me hice" -provisionalmente, uno es de verdad y para siempre del equipo de su barrio, esto es, del Rayo Vallecano- del Madrid en 1966 cuando ganó, ay, su última Copa de Europa. Tenía siete años, aquel invierno estrené pantalones largos, mi padre dejó de fumar por primera vez...
A mi casa, igual que a la tuya unos años antes, en aquella época de no hace tanto tiempo aunque a veces parezca que sí, también llegaban paisanos del pueblo a buscarse la vida en la capital. En mi barrio, Luis, de albañil, sobre todo de albañil. Algunos traían como presente para corresponder a la hospitalidad pasajera paquetes informes envueltos en un papel de periódico sucio y grasiento -el Pueblo, el Ya- atados con una cuerda de pita que, una vez abiertos, mostaban su contenido sangriento: chorizos, tocino, morcilla... Otras veces eran unos kilos de garbanzos, o miel, o café portugués de contrabando empaquetado en unos cilindros de cartón multicolor con un camello pintado en el centro. Creo que me estoy yendo por las ramas otra vez.
El fútbol, Luis, en aquellos años invadidos de miseria y esperanza, era nuestro juego predilecto, nuestro afán más inmediato. Y como raramente teníamos no ya un balón, sino ni siquiera una pelota -que no es lo mismo aunque parezca igual- jugábamos con vulgares chapas de cerveza o refrescos en las que pegábamos la imagen de algún futbolista de postín previamente recortada de los cromos que venían con las tabletas de chocolate. Los que por ventura poseían alguna chapa de Cinzano o Canada Dry se pavoneaban como presidentes de club que hubieran fichado a un talento extranjero y solían ponerlas a jugar en la delantera. Pintábamos el campo con tiza, sorteábamos el saque echándolo a pies y poníamos algunas piedrecitas para marcar las porterías. El esférico podía ser una canica de barro, una bola de miga de pan, un chicle masticado mil veces y endurecido a la intemperie...
Yo jugaba de chapa-portero. El ídolo entonces era Iríbar, apodado El Chopo, que era el guardameta del Atlhétic de Bilbao y de la Selección Española, pero a mí el que me gustaba de verdad, aún sin haberlo visto jugar, nada más que por el sobrenombre, era el de Rusia: Lev Yashine, La Araña Negra, un magnífico arquero que años después murió con una pierna de menos. De un viejo periódico del 64 que glosaba hasta la náusea el haber derrotado al equipo rojo en la final de la Eurocopa con un legendario gol de Marcelino, recorté su rostro y lo pegué con mimo en la mejor de mis chapas. Y no era fácil, no, marcarme un tanto: se me rifaban los equipos, aunque me esté mal el decirlo.
El lujo era el futbolín de Casa Manola: un soberbio mueble de madera y bronce, con ceniceros de cobre, los jugadores del Madrid y el Barça y el campo pintado de verde simulando el césped, que a nosotros se nos figuraba el mismísimo Maracaná. Y no te digo nada, Luis, si por ventura caía en nuestras manos unos de aquellos balones llamados de reglamento, queriendo significar con ello que era auténtico, de cuero, y no de la goma triste, como de suela de alpargata, habitual en los que rifaban las tómbolas en la feria de mayo.
Poco acostumbrados a la dureza y reciedumbre de aquel material, al acabar los partidos -que solían durar varias horas, toda la mañana o la tarde, mientras nuestras madres se desgañitaban llamándonos a la mesa-, terminábamos con la cabeza dolorida de tanto remate y los pies llenos de ampollas. Al llegar a casa, maltrechos y sudorosos, podía suceder que encima nos zurrasen la badana por la tardanza y desobediencia, amén de castigarnos a no tocar otra pelota hasta vaya usted a saber cuándo. Aunque, en honor a la verdad y en defensa de las madres, he de decirte, Luis, que este último castigo casi nunca se cumplía: un beso a tiempo, hacer un recado, obraban el milagro.
Lo peor era perder; perder contra el equipo de la otra calle -entre nosotros no contaban las derrotas, eran como un entrenamiento-, perder, digo, suponía una humillación insoportable que traía consigo una retahila de burlas y desprecios que había que reparar lo antes posible. Nuestro orgullo de niños era sagrado y, como tú bien has dicho en alguna ocasión, "no hay nada más serio que un niño cuando juega".
Y así, Luis, entre partido y partido, entre derrota y victoria, establecimos vínculos y actitudes que aún perviven en algunos casos y adquirimos un legado feliz que activamos con la memoria. Después crecimos. Y llegó el amor, la torpe desesperación ante unos ojos que te miran y te sacuden por dentro sin que sepas por qué, el alzar el vuelo y pelear por la vida con armas que desconoces. Y aprendes la lealtad y la ternura, la tolerancia y la amistad, y descubres esa otra pasión que es la lectura, y un amigo que un día te regala un libro de Luis Landero. "Un libro estupendo", te dice. "Un tipo magnífico", te dice.
Por eso, después de leer tus libros y artículos con la pasión febril que se pone en lo que amamos y saber lo del Madrid y lo de la crónica deportiva, se me ha ocurrido escribirte estas líneas.
No me preguntes cómo pasa el tiempo, Luis. Sospecho que nunca transcurre enteramente a la medida de nuestros deseos y que va a su aire y que le importamos un pimiento. No lo sé. Pero lo que sí sé es que entonces, cuando lo de las chapas, el futbolín y los cromos del chocolate era feliz y que ahora, mientras te leo esta carta sentado a tu lado también lo soy y por eso te doy las gracias.
Un abrazo, Luis.










1 comentario:

  1. Hermosísimo, Elías. Bien recuperado. Gracias por compartirlo. Seguro que a Landero le encantó. Un abrazo.

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