jueves, 31 de mayo de 2012

Los secretos de Perucho (1)


Secretos contra ratones

"Procurad coger un ratón que sea grandecito o mediano y haced una de dos cosas: o peladle la cabeza quitándole el cuero y poned en ella una poca de sal molida y dejadle ir vivo y en paz, que él se dará tal prisa a buscar guerra y ruido con su dolor y escocimiento, que todos los demás mudarán de asiento y posada. O haced otra cosa si os parece mejor y más fácil; y es, que atéis al cuello del ratón un cascabel prqueño que tenga el sonido vivo, con lo cual ahuyentará a los demás ratones, y así quedaréis libres de los sobredichos enemigos caseros, ahorrando de gastos y de molestias. Otro secreto, mejor y más fácil: tomad yeso que sea nuevo y pasado por cedazo, lo mezclaréis con queso sutilmente rallado, y todo bien mezclado lo pondréis en diversas partes de vuestra casa, y será un contento ver los ratones, que habrán comido de dicha mixtura, ir hinchados para casa, y si tuvieren que beber, más presto acabarán de morir, porque el yeso, en tocando agua o cosa húmeda luego se vuelve una masa; y es secreto sin peligro y de gran efecto."

Atribuido a Don Arnaldo de Puigcerver y Candasnos.

Juan Perucho (Rosas, diablos y sonrisas, Espasa Calpe, 1990)

miércoles, 30 de mayo de 2012

Serenata de insectos


Todos mis conocidos afirman que tengo un oído de mierda; será por eso que prefiero el sonido manso y tenaz del moscardón al más elegante y altivo del mosquito.


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Ni siquiera estamos a finales de mayo, y las chicharras ya han empezado a afinar sus élitros como si estuvieran preparando el examen final de curso en el conservatorio de los insectos.
Menuda serenata nos espera este verano con las que suspendan ahora y queden para septiembre.


martes, 29 de mayo de 2012

2 "me acuerdo" para Rocío


Para Rocío F. B.,
por su regalo del fin de semana.

Me acuerdo de todas las paradas de la línea 1 del Metro de Madrid cuando aún vivía allí: Portazgo, Nueva Numancia, Vallecas, Pacífico, Menéndez Pelayo, Atocha, Antón Martín, Tirso de Molina, Sol, José Antonio, Tribunal, Bilbao, Iglesias, Ríos Rosas, Cuatro Caminos, Tetuán, Alvarado, Estrecho, Valdeacederas y Plaza de Castilla.

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Me acuerdo del día del Domund; unas toscas huchas de cerámica recogían la escasa y casi obligatoria voluntad de los transeúntes.


lunes, 28 de mayo de 2012

El botín de la Feria (varios agradecimientos y una pena)

Con Emilio Torné

El pasado viernes estuve en la Feria del Libro de Madrid. Hacía alrededor de veinticinco años que no iba a ella. Gracias a la amistosa invitación de mi querido José María Cumbreño, a las 6.30 de la mañana me subía a un autobús con un numeroso grupo de alumnos de su instituto y partimos hacia la capital. Fue, en muchos sentidos, un día muy especial para mí. Pude abrazar a amigos muy queridos a los que hacía tiempo que no veía: Emilio Torné, Jordi Doce, Benito del Pliego y Andrés Neuman (el orden de los factores no altera el producto, léase el más profundo de los afectos por todos ellos).
Tuve el placer de conocer también a un grupo de jóvenes poetas de los que Chema me había hablado con su entusiasmo contagioso en varias ocasiones durante nuestros encuentros semanales al calor de los cáfes (el suyo, descafeinado): Laura Casielles, María Salgado, Marcela Parra, Hasier Larretxea…

Fue una intensa jornada con algunas sorpresas que me han dado que pensar acerca de esas teorías de los hilos invisibles, los vasos comunicantes, las afinidades electivas…
La primera fue conocer por casualidad -¡bella casualidad!- a Aloma Rodríguez, joven escritora e hija del gran Antón Castro, un poeta y periodista que ama las bicicletas y la fotografía y del que me precio de ser amigo. Me traje en la mochila su último libro, los cuentos de Jóvenes y guapos (Xordica, 2010) y dos besos de regalo.
Con Isabel “Casariego”, responsable de unos espléndidos libros en la editorial de ese apellido entrecomillado y que comparte caseta con Emilio “Calambur” (la 135), y con la excusa de mi “Me acuerdo”, pusimos en común nuestra pasión perequiana (de Pérec, naturellement). Con María Salgado, el fervor por la poesía de Aníbal Núñez, sobre la que escribió su tesina. Con mi querido Neuman, el recuerdo eterno del maestro José Viñals y Félix Romeo (-“Yo me hice amigo de Félix después de que muriera” -le dije a Andrés cuando me preguntó por él, si lo había conocido en vida). Y con Carlos, otro de los profesores (vino también Patricia, insultantemente joven y guapa) que nos acompañó en el viaje, la mutua admiración por Max Aub y sus Crímenes ejemplares.

Las afinidades electivas, los hilos invisibles del azar, los vasos comunicantes…

El botín

El botín libresco fue suculento: entre regalos y compras, casi me lesiono el hombro por el peso: el citado libro de Aloma y los siguientes títulos: de Julio Mas Alcaraz, El niño que bebió agua de brújula y Los idiomas comunes, de Laura Casielles, ambos de poesía; en Menoscuarto, el último de Francisco Ferrer Lerín, Gingival, una selección de entradas de su siempre soprendente y jugoso blog con epílogo de Fernando Valls; de Manuel Chaves Nogales, La vuelta a Europa en avión, crónicas viajeras por la Europa de entreguerras escritas por el periodista sevillano para Heraldo de Madrid; dos libros de aforismos publicados por Renacimiento en su colección A la mínima: El caracol dorado, de Dionisia García, y Pensamientos de intemperie, de Manuel Neila; una recomendación expresa de Jordi Doce (y su criterio para mi va a misa), Los ojos de Adán, un conjunto de prosas del escritor cubano Orlando González Esteva, en las siempre hermosas ediciones de Pre-Textos, y algunos números atrasados de la revista Clarín, que ha dejado de llegar a mi ciudad.
Esto en lo que respecta a las compras.
De regalo, Mediobiografía, de Blas de Otero, en una preciosa edición conmemorativa del 20 aniversario de Calambur Editorial (gracias, Emilio); Words are Witnesses/Las palabras son testigos, una selección de la poesía escrita en inglés por la cubana Isel Rivero, traducida por Benito del Pliego -no os perdáis su Fábula en Aristas Martínez Ediciones- y publicada en edición bilingüe por Verbum (gracias, Benito); y Hacerse el muerto, el último libro de cuentos breves de Andrés Neuman, publicado por Páginas de Espuma. Este último con una hermosa dedicatoria del autor y signado con un gran abrazo (gracias, Andrés).
He dejado para el final de la lista el último libro que compré: La bicicleta del panadero, de Juan Carlos Mestre, también en Calambur, que había salido esa misma mañana de imprenta, y estaba calentito, calentito, como quien dice; casi estoy por asegurar que he sido su primer comprador. Justo antes de Chema Cumbreño y Laura Casielles, que también lo cargaron en su mochila.

Me traje también una pena: la de no haber podido coincidir por escasos minutos con mi queridísimo Mestre y mostrarle mi cariño y admiración con un gran abrazo. Aunque esto él ya lo sabe de sobra.

Los chavales se portaron de fábula y yo creo que disfrutaron de lo lindo: en el viaje de vuelta dieron un poco la matraca a base de cánticos a viva voz y su querencia innata a despegar el culo del asiento, pero bueno, es que están en la edad. Gajes del oficio.

A la una de la madrugada, “cansao como un perrino chico” pero feliz, feliz, feliz, en casita.

¡Que se prepare el verano!

Con Benito del Pliego

Las fotos con los amigos son de Chema Cumbreño.


domingo, 27 de mayo de 2012

Dichos de Luder 9 (J.R.Ribeyro)


41 Nunca has expuesto tu vida, tu libertad, tu seguridad, tu comodidad, por una causa- critican a Luder-. En una palabra, nunca te has comprometido.
-¿Cómo? ¿Les parece poco que haya comprometido así mi reputación?

42 Lo maravilloso de este paisaje- dice Luder durante una excursión a los arenales de la costa- es que aquí no hay cabida para las expansiones sentimentales. Salicio y Nemoroso hubieran enmudecido en estos médanos y sus musas muerto de erisipela. ¡De cuantas malas églogas se hubiera librado nuestra literatura!

43 ¡Cómo me hubiera gustado conocer a Goethe, a Sthendal, a Hugo, a Joyce!- exclama un amigo entusiasta.
-¡Ah, no!- protesta Luder-. No los hubieras aguantado más de cinco minutos. Casi todos los grandes escritores son unos pesados. Sólo la muerte los vuelve frecuentables.

44 Encuentran a Luder abatido ante una revista abierta.
-¡Dicen aquí que mi estilo se acerca a la perfección!
-¿Y eso te molesta?
-¡Naturalmente! El gran arte consiste no el perfeccionamiento de un estilo, sino en la irrupción de un nuevo estilo.

45 Nunca alcanzarás a los ricos- le dice Luder a un amigo mundano y arribista-. Cuando te mandes hacer tus ternos en Londres, ellos ya se los hacen en Milán. Siempre te llevan un sastre de ventaja.

sábado, 26 de mayo de 2012

Una poética portuguesa


“Sirvo para que las cosas se vean”, decía Sophia de Mello acerca de su poesía.
Y en esas siete palabras, la poeta portuguesa condensa, de la mejor manera posible, tratados y tratados de retórica y poéticas.

Imagen: Eduardo Gageiro

viernes, 25 de mayo de 2012

Rayas


Sólo se me ocurre el término "majestuoso" para describir el vuelo silencioso de las rayas en lo profundo del océano.

jueves, 24 de mayo de 2012

Moscatel



Una vez cogí una cogorza de órdago. Que yo recuerde, la primera. Verano. Mediados de los setenta. Había ido con mi grupo de amigos de entonces a un pueblo de la sierra donde se celebraba un concierto en la plaza de toros. Una portátil, de esas de quita y pon que se alquilaban para la suelta de vaquillas y novillada sin picadores en la fiesta de la patrona o en la del sorteo de los quintos. A las once era el asunto. Fuimos siete, amontonados pero felices y más que dispuestos al cachondeo y la jarana, en el Dyane 6 amarillo de Juan Carlos.
¡Qué juego nos dio aquel coche! Si sus asientos traseros hablaran a buen seguro recordarían melancólicos conciertos de amortiguadores entre gozosos gemidos. Más de una damisela, y más de dos, tras un intenso y a veces torpón asedio, nos rindieron en ellos sus más ocultos encantos. Con alguna bronca y bofetada de por medio, que no todo era miel sobre hojuelas ni un aquí te pillo aquí te mato, las cosas como son: Zamora, como es bien sabido, no se conquistó en una hora. Y las chicas de mi barrio eran bravas y aguerridas como pocas.
Madrugamos para llegar con tiempo de coger un buen sitio en algún tendido. Una barrera, a ser posible. Lo único que no tuvimos en cuenta (¡y eso que éramos siete, que tiene bemoles la cosa!)- es que el concierto era a las once, sí, pero de la noche. Y si en la cuestión carnal nos defendíamos mal que bien con sus naturales altibajos, en otros asuntos más prosaicos muy espabilados no éramos, ya se ve. Para matar las horas de espera, nos tiramos toda la mañana haciéndonos los machitos por las calles del pueblo, armando escándalo, persiguiendo sin tregua a las mozas del lugar, que huían aterradas de aquellos descerebrados de la capital, y dándole al moscatel sin medida ni conocimiento. Fresquito. Rico. Entraba que daba gusto. Una botella. Y otra. Y otra. Y otra más. Venga alegría. Que no falte de ná.
Los paisanos, viéndonos acosar a las muchachas como verracos en celo y trasegar el líquido dulzón a tal velocidad, nos miraban como si estuviéramos locos. Acaso decidiendo entre si echarnos a hostias o a garrotazos del término municipal. Al final lo dejaron estar y, para contento de nuestras carnes y osamentas, no hubo que lamentar ninguna desgracia digna de mención. Menos mal, porque teniendo en cuenta el conocimiento del terreno y la abrumadora mayoría de efectivos de los lugareños, no hubiéramos tenido ninguna posibilidad de escapar con bien de la refriega. Seguramente pensaron, con esa sabiduría antigua que tiene la gente de pueblo, que dábamos más pena que otra cosa, que no valía la pena desperdiciar más fuerzas de las necesarias con semejantes tarugos y que el vinillo cabrón ya se encargaría por sí solo de bajarnos los humos y darnos nuestro merecido no tardando mucho. Como tal sucedió. Sabiduría popular, ya digo.
Hacia las tres o así yo había agarrado ya aquella maldita cogorza con el puto moscatel y me tumbé a dormirla en las gradas de la plaza. Sobre las tablas desnudas y bajo un sol de justicia. Aunque más que tumbarme de manera consciente, más acorde con lo que en realidad sucedió sería decir que me derrumbé de golpe, que perdí el conocimiento de un modo lamentable y patético. Y desde luego, sospecho que no con la elegancia y distinción innatas de una damisela finisecular, que casi daba gusto ver con qué estilo se desmayaban las tías. Los cabrones de mis amigos, que tampoco andaban muy allá que se diga en lo que a razonar con provecho se refiere, aprovechando mi casi catalepsia me metieron cubitos de hielo en los calzoncillos mientras dormía la mona. Y a saber qué más cosas infames no me harían aquellos rufianes que se decían mis colegas durante la manifiesta indefensión. Preferí no preguntar. Más que nada para ahorrarme disgustos. Como sería la borrachera de gorda que sólo me enteré de la vil faena cuando me desperté con el pantalón empapado desde la bragueta hasta casi los tobillos y rojo como un tomate gazpachero y un pimiento del piquillo juntos. Igual que si me hubiera meado en la cama y tal que a punto de explotar por la vergüenza y la insolación. Por este orden. Mis colegas, y los vecinos de tendido, que se sumaron al jolgorio a mi costa por su cuenta y riesgo con un entusiasmo que a mí, para ser sincero, se me antojó fuera de lugar y absolutamente desconsiderado para con mi persona porque la verdad es que yo no le veía maldita la gracia por ningún lado al asunto, se descojonaban de la risa ante mi lamentable aspecto. Y mientras pensaba que me iba a dar un síncope de un momento a otro, (veía doble, tartamudeaba sin control, mis piernas tenían la consistencia del peluche, el esfínter pugnaba duramente por independizarse de mi voluntad y aliviar de golpe la presión que lo fatigaba con sus feroces embates en mis adentros…), mi dignidad, la poca que me quedaba después de los sucesos de aquella jornada nefasta, se había ido a tomar por culo de la mano del brebaje demoniaco y por obra y gracia de la jugarreta traidora de mis compinches de farra.
En tales condiciones, tan solo me queda añadir que la tarde fue un suplicio inacabable y el concierto una mierda como el sombrero de un picador. Y la vuelta a casa, ya de madrugada, una pesadilla atroz. Nos perdimos lo menos cuatro veces por aquellas carreteras fantasmales, como ni pintadas para ser abducidos por alguna nave extraterrestre. Si nos llegan a parar los picoletos y nos hacen soplar en el globito, acabamos presos en Carabanchel, fijo. No sé ni cómo llegamos al barrio de una pieza.
Me tiré unos cuantos días con la boca como un estropajo, respondiendo con monosílabos, los testículos arrugados igual que garbanzos en remojo desde la antevíspera y un dolor de cabeza persistente y espantoso. Como si con las botellas de la pócima nefasta que habíamos vaciado tan alegremente en aquel lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme alguien tocara las maracas dentro de mi cráneo en un concierto sin fin. O como si la tamborrada de Calanda estuviera teniendo lugar en mi cabezota fuera de fecha pero en todo su esplendor. Todavía me estremezco al recordarlo. Se me ponen los pelos como escarpias para colgar sartenes.
Nunca he acertado a explicarme cómo mis padres no se dieron cuenta del zombi que tuvieron de huésped en casa esa semana.
Odio el moscatel desde entonces con todas mis fuerzas.
Me dan arcadas sólo de pensar en tomarme una copita.



miércoles, 23 de mayo de 2012

Imbéciles


Cada vez que muere un gran hombre, los imbéciles deberían preguntarse qué hacen ellos aquí todavía. Claro, que esto no deja de ser una contradicción manifiesta: su propia imbecilidad les niega tan simple interrogación, tan sucinto planteamiento. Lo que acaso sea lo mejor que pueda suceder, porque me echo a temblar si me paro a pensar un poco en la respuesta que se y nos darían.


* * * * * * * * * *

"Cada minuto nace un imbécil."
Dan Millman

martes, 22 de mayo de 2012

Inéditos en DVD (2)

...y dos poemas breves


Bodegón

Sobre el alféizar,
un cuenco de barro,
membrillos leves.
Y una luz
-oblicua, tenue-
que acaricia el cristal
buscando refugio en los frutos,
dulcificándose.


* * * * * * * * * *

Lienzo

En la pared encalada
-lienzo de piedra y luz-
el trampantojo en sombra
de unas hojas de parra
cayendo suavemente
hacia la tarde
y el silencio.


Estos dos breves poemas
están inspirados en las fotografías
que ilustran esta entrada,
originales de Rafael Trapiello,
publicadas en el libro
Capricho extremeño (ERE, 2011),
de Andrés Trapiello.

lunes, 21 de mayo de 2012

Inéditos en DVD (1)


Hará unos tres o cuatro meses, el poeta Juan Manuel Macías me pidió algunos textos inéditos para la sección de Firmas invitadas que él coordina en la página de la editorial DVD.
Como os podéis figurar recibí su propuesta con entusiasmo y gratitud. La posibilidad de aparecer en compañía de tal listado de escritores me llenó de gozo.

Estos fueron los textos que le envié y que Juan Manuel tuvo a bien publicar en dicha sección:

17 fragmentos...

Algunas decisiones, como las sopas en invierno, es mejor tomarlas "en caliente", antes de que se enfríen y no haya forma, sí, de tomarlas.

*
Cada paso que das te lleva a atravesar una nueva frontera.
Cada palabra que no pronuncias va cerrando la burbuja en la que flotas.
Cada abrazo que te guardas te va pudriendo por dentro.

*
La pomposa e inútil vanidad de los panteones. Cuánto mejor me parecen -ya muertos, qué más da- la camaradería eterna de la fosa común, el nicho anónimo, las cenizas aventadas.

*
Regresar a casa todos los días con una indefinible sensación de derrota y abandono.

*
En el entretiempo de la primavera y el otoño, el abanico y el paraguas, al igual que boxeadores al principio del combate, se estudian a distancia y en detalle, se tantean a fondo buscando el sitio exacto donde asestar el golpe definitivo en un silencioso y, no obstante, elocuente baile de intenciones.

*
Cuando no eres capaz de explicarte la fascinación que sientes hacia alguien, hacia algo; esa es la clave de la existencia: un amor, un amigo, esos libros, aquella música...

*
He vencido en la batalla, me curo las heridas, me retiro a mis cuarteles... ¿Pero cuál es el botín, cuál la recompensa a este esfuerzo de sangre y privaciones?

*
El cuchillo de lo leído abre la herida de lo escrito.

*
Hubiera querido ser escritor por encima de todo. Ponía en ello todo su esfuerzo, dedicaba al asunto las mejores horas de su tiempo. Vano empeño, inútil afán.
Porque las palabras, visto cómo y con qué saña las maltrataba en sus conversaciones diarias, se la tenían jurada.

*
La agonía, no la muerte.
La pérdida repentina o paulatina de dignidad, no la muerte.
El dolor inmenso y pertinaz, malvado, royéndote por dentro, no la muerte.
Y no acabar de morirse de una vez por todas llegados a este punto.
Eso es lo terrible, no la muerte.

*
Hay un momento en la vida en que- igual que cuando accionamos un interruptor para apagar la luz- da inicio, irremisiblemente, eso que hemos convenido en llamar declive. Un momento en el que de nada nos vale mirar hacia atrás desde la cima a la que hemos llegado -no importa cómo, ni a costa de quién, ni con qué despreciables métodos-, y desde la que solo vemos, temblando de miedo aunque no lo admitamos, la cuesta abajo que tenemos frente a los ojos, a nuestros pies, esa pendiente ineludible que acabará por precipitarnos a la muerte en cuanto pongamos esos mismos pies en ella.

*
Me gustaría volver a tropezar de nuevo con "aquella" piedra.

*
A la hora de evitar futuros errores y traspiés, uno suele acordarse de las lecciones impartidas por la vida -que nunca se cansa de darlas- poco, tarde y mal.
Por lo que es casi imposible no volver a cometerlos de nuevo con su inevitable secuela de desastres y desgracias.

*
Tengo una identidad anónima que todo el mundo conoce. Sospecho que algo falla.

*
Que tu mano derecha no sepa nunca lo que hace tu mano izquierda. Y viceversa. Porque corres el riesgo de que en cuanto lo supieran, se mataran la una a la otra y no te quedaras más que con dos hermosos e inútiles muñones.

*
El poema es un fulgor que antes no existía.

*
Escribo porque no siempre estoy de acuerdo. ¿Con qué, con quién, por qué? No lo sé exactamente. Por eso escribo, para ver si me entero de una vez y me aclaro con mis desacuerdos e incertidumbres.

domingo, 20 de mayo de 2012

Diálogo


En Mogambo, aquella mítica cinta de John Ford ambientada en un safari y donde los actores, a pesar de estar en plena sabana africana bajo un sol de justicia, parecen siempre como recién salidos de la ducha o la peluquería (el star system hollywoodiense dictaba sus reglas), se produce un diálogo que a uno no se le ha podido ir de la cabeza desde la primera vez que lo escuchó. En un momento determinado de la película, Víctor (Clark Gable) pregunta a Kelly (Ava Gardner):
-Kelly -¿quieres un whisky?
-Sí.
-¿Con agua?
-No: el agua se me sube a la cabeza.

Siempre he pensado que es así como debían de hablar esas femmes fatales, típicas del género negro, que la industria del cine nos metía por los ojos una semana sí y la otra también para la perdición de nuestras almas y alegría de los sueños más concupiscentes.

sábado, 19 de mayo de 2012

La isla del tesoro


Y no estoy hablando del famoso y homónimo título del escocés Stevenson, no. En unas cuantas ocasiones desde hace unos días, mi buzón, que llevaba una temporada algo alicaído como su dueño, luce una sonrisa de oreja a oreja cuando llego hasta él. Mi buzón y yo solemos hacer buenas migas, aunque a veces parece enfadarse conmigo y cuando abre su boca tan solo me sirve facturas, reclamaciones, apremios… Bueno está, que de todo tiene que haber en la viña del Señor.
Pero de un tiempo a esta parte, como digo, está como unas castañuelas: en su interior no paran de aparecer sobres enormes -como cofres del tesoro en una playa desierta- con remite desde esa isla del tesoro del título, una isla con nombre propio que ya va tomando resonancias míticas entre quienes apreciamos los libros bien editados: Siltolá. Los paquetes que encuentro en su interior más tienen hechuras de cofre que de sobres; cofres que, una vez abiertos, van mostrando sus tesoros ante el asombro de quien los contempla y los ha de disfrutar: aquí una daga florentina, allí un topacio engastado en un anillo, más allá, un collar de perlas como palabras de fuego ecuatorial…
En tres entregas diferentes, poesía, novela, fotografía, ensayo, artículos, más poesía… han ido llegando desde esa isla en el Guadalquivir hasta este lugar alejado de todo mar.
Para que veáis que no miento, el listado completo del contenido de los cofres:






En otra casa, un bellísimo libro de prosas de Antonio Moreno, y las novelas Hobo, de Juan Vico, y Por un puñado de sal, de Jorge Duarte. Los tres volúmenes en la colección Levante.
La música del aire y Será genealogía, de Juan María Calles y Elena Román respectivamente, ganador y accésit del IV Premio de Poesía Fundación Ecoem, además de Lo único que importa, de Raúl Pizarro. Los tres, en Siltolá Poesía.
Palabras con alas, de Luis Alberto de Cuenca, 5ª entrega de los Inklings de Siltolá.
De la nueva colección URBIETORBI, llega hasta los lectores Cocktails, único libro publicado por Luis Aranha, un escritor brasileño de la época de las vanguardias. Publicado en 1984, ahora es felizmente recuperado para los lectores.
En la hermosa Vela de Gavia, Poetas de la emoción [20 poetas ecuatorianos vivos].
En Anejos de Siltolá, colección especializada en libros ilustrados, Cierto ciervo que vi, de Vicente Valero (poemas) y José del Río Mons (fotografías).
En edición preparada por José Luis García Martín, e inaugurando una nueva colección dirigida por Abel Feu, las Poesías Completas de Víctor Botas.
Chaves Nogales, un volumen monográfico donde han colaborado, entre otros,  autores como Andrés Trapiello, Eva Díaz Pérez, Fernando Iwasaki, Juan Bonilla, Daniel Gascón o María Isabel Cintas, seguramente la mayor especialista en la obra del periodista y repórter andaluz. La presente edición de la Feria del Libro de Sevilla está dedicada a su figura. Altamente recomendable, por lo demás. (Allí, en la Feria, y hasta este próximo domingo, podéis encontrar el fondo editorial de Siltolá en su caseta). 
Y en Arrecifes, en fin, y entre tanta joya, un libro largamente anhelado desde que supe de él: Un centro fugitivo (Antología Poética 1985-2010) de Álvaro Valverde (“cosecha del 59”). Preparado por Jordi Doce, en este volumen se recogen 25 años de poesía del autor placentino. Un libro perfecto tanto para acercarse a su obra por primera vez como para disfrutar con su relectura quienes ya conocíamos la obra de Álvaro.





No puedo, ni quiero, ni sería de justicia acabar esta nota sin mencionar con todas sus letras a quien con su esfuerzo y entusiasmo está haciendo posible todo esto: el incansable editor y poeta Javier Sánchez Menéndez, paradigma de la generosidad.

La siltoliana isla del tesoro, ya digo.



Ronquido


Ronquido. En lo profundo de la noche, en el mutismo extenso de la madrugada, en la tranquilidad más oscura y absoluta (Silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa... que dice el tango), aterrador retumbo, espantoso estertor que surge de improviso cual Leviatán del océano, cual trueno ensordecedor, cual fuelle monstruoso atizando las llamas del infierno, de las profundidades del sueño.
Si de varón, motivo de escarnio y vergüenza que su compañera de cama hace patente en público con regocijo indecente en cuanto se le presenta ocasión.
Sin embargo, la hembra roncadora -que haberlas, haylas, anda que no- se dejaría matar lentamente antes de admitir que semejante sonido haya podido profanar, siquiera de modo somero, sus dulces labios.
Puede manifestarse con babilla por las comisuras de la boca abierta e ir acompañado por la emisión intermitente de vocablos contadores de secretos, algo nefasto de común si hay un cónyuge insomne en el otro lado de la cama con el oído presto y antiguas cuentas que saldar. Si se da el caso citado, vete preparando.

jueves, 17 de mayo de 2012

Fertilidad


En Portugal, los perros aplastados o reventados no son enterrados como en nuestro país, sino que se descomponen y secan al aire libre. En el Alentejo, por ejemplo, yacen, si es que los sacan siquiera arrastrando de la carretera, a derecha e izquierda de las carreteras, con las patas abiertas y la cola rígida. Hemos encontrado campesinos previsores que arrojan esos perros muertos bajo sus naranjos, cuyo rendimiento es entonces el doble al menos que el de los otros.
Thomas Bernhard (El imitador de voces, Alfaguara, 1999)


miércoles, 16 de mayo de 2012

De la tolerancia


Tolerancia sí, siempre; mas no con todos ni, por supuesto, con todo. Porque cuando asentimos, toleramos o nos mostramos indiferentes ante ciertas bárbaras actitudes, ante hechos execrables, ante sujetos infames, nos volvemos, mal que nos pese reconocerlo, sospechosos, cómplices, culpables.

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"La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad".
Thomas Mann



martes, 15 de mayo de 2012

San Isidro (coplilla idiota)


San Isidro Labrador,
pájaro que nunca anida;
no le pegues al muchacho
porque ha roto la petaca.

La verdad


La verdad siempre está sola, expulsa de su lado a toda esa camarilla de embusteros que la rodean ansiosos. 
La verdad es como el óvulo que sólo admite dentro de sí al más rápido y certero de sus pretendientes.




lunes, 14 de mayo de 2012

2 "morerías" de animales


El pelícano lleva bajo su pico la bolsa del supermercado.

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La liebre duerme la mitad.

 

domingo, 13 de mayo de 2012

El algodón no engaña (16)

Gorila, el calzado de la duración.



Está como nunca, está como nunca,
está como nunca… Fundador.

sábado, 12 de mayo de 2012

N


N. Letra absolutamente necesaria en nuestro idoma para poder proferir con propiedad expresiones negativas: no, nada, nunca, me niego, de ninguna manera, he dicho que no, nanay...
Y para presumir de políglota de pacotilla: niet, nein, não, never, ne, rien de rien... 

viernes, 11 de mayo de 2012

Insomnios


Insomnio (1)
He aquí el dolor que la palabra evita, el terco aguijón del espanto horadando el instante, la férrea caricia de un puñetazo en la boca del estómago, el estupor como hermano del miedo y la torva asechanza del silencio.
Es de noche de nuevo y de nuevo estoy solo, inerme y atado de pies y manos ante la lenta tortura de estas horas que no acaban.

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Insomnio (2)
Si me supiera algún cuento, me lo contaría para dormirme.

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Insomnio (3) 
El malvado no sabe de insomnios. Duerme -el muy cabrón- como un bendito.




jueves, 10 de mayo de 2012

Los tranvías de Kafka


Contemplo una vieja fotografía de Praga: los toldos abiertos del mediodía, la placidez de los transeúntes, algunas farolas que quizá ya no existen.
Casi puedo oír el ritmo acompasado de un carruaje sobre el empedrado del cruce, el estrépito metálico de un trío de tranvías. Detrás de alguna ventana, un oficinista rellena formularios mientras piensa El Proceso, o la Carta al padre o, metáfora terrible, La Metamorfosis.
Gregorio Samsa sueña que es Joseph K. que sueña que es Franz Kafka.
Y viceversa.


miércoles, 9 de mayo de 2012

Ángel cercano a lo que importa


Mañana, 10 de mayo, mi maestro y mentor, mi querido y añorado Ángel Campos Pámpano hubiera cumplido los 55. Va camino de cuatro años que su ausencia nos pesa todos los días, que su poesía nos acompaña a cada momento. Para quienes tanto le quisimos, mañana será un día muy especial: tres de sus mejores amigos, Álvaro Valverde, Miguel Ángel Lama y Tomás Sánchez Santiago -tanto monta- presentarán al alimón, Cercano a lo que importa, una antología poética publicada hace unos meses por la Diputación de Salamanca, ciudad ésta tan ligada a su vida. Para completar un cuarteto cordial, un póker de ases, no podía faltar a la cita, Javier Fernández de Molina, autor de la delicada ilustración de la portada.

Con prólogo del profesor Lama -y "mejorando lo presente", como suele decirse-, el mejor especialista en su obra, este volumen que mañana se presenta en Badajoz es un completo recorrido que va desde los poemas en prosa de su primer libro, La ciudad blanca, hasta los tankas -forma poética que él tanto amaba- del último publicado en vida, Por aprender del aire, con el feliz añadido de algunos poemas de juventud fechados en Salamanca mientras cursaba sus estudios de Filología y algunos inéditos sólo recogidos hasta ahora en su obra completa, La vida de otro modo, editada por Calambur a finales de 2008. 

A las 20,30 horas, y en el Aula de Cultura "Esteban Sánchez", Avda. Antonio Masa Campos, 26, es la cita.

No se me ocurre mejor manera de celebrar su memoria.

martes, 8 de mayo de 2012

lunes, 7 de mayo de 2012

Parque móvil


En aquel entonces del que ahora me acuerdo, y como la mayoría de sus dueños y conductores, los autobuses y camiones eran feos y ruidosos. Sobre todo, los camiones. Pegaso. Mercedes. Barreiros. O unos Man, que eran suecos, creo, con un morro rectangular y exagerado. Con su buena pila de años a cuestas en la carrocería y las ruedas, algunos incluso supervivientes de la guerra, material militar de desecho adquirido por cuatro perras en subastas amañadas por oscuros mafiosos del transporte, gran parte de ellos tenían la caja y el piso de la carga (melones, ganado, cemento, manufacturas varias…) hechos con bastos tablones de madera o roñosas chapas de hierro sospecho que en gran parte de los casos rescatadas de la chatarra.
A mí lo que más me gustaba de aquellos “ingenios de la mecánica”, como los llamaba pomposamente un amigo mío que acabó poniendo un taller, se veía venir, aparte de los faros y retrovisores que sobresalían de la carrocería que sobresalían saltones como ojos de batracio, perfectos para romperlos a pedradas practicando la puntería unas veces a mano y otras con el tirachinas, eran los emblemas de las marcas. Bien gallitos en el frontal de los vehículos, parecían decirnos con suficiencia “aquí estoy yo, miradme bien”. El caballo airoso y mitológico del Pegaso; el pentágono amarillo o rojo o verde con la estrella del Barreiros; el círculo plateado con las tres puntas del Mercedes; el león cubista y como desafiante del Man con una especie de orgullo nórdico en su gélido y sordo rugido de metal.
Podría jurar sin miedo a faltar a la verdad que alguno de aquellos cacharros no había visto  una llave de contacto en su vida ni por el forro: una manivela de hierro con forma de zeta, pringosa y herida las más de las veces de óxido y grasaza, era casi siempre el burdo instrumento destinado a espabilar a las bravas el armatoste perezoso, agónico, casi antediluviano. Dicho artilugio se encajaba en un agujero a propósito en el frontal del vehículo y a base de girarlo y girarlo mediante una buena ración de sudor y músculo, los conductores, como organilleros locos en un festival de chotis, conseguían hacer sonar la melodía del motor en marcha. Aunque no siempre, no siempre: igual que burros tercos a los que ya puedes moler a palos sin que se dignen a dar una zancada, cuando se negaban a arrancar ya te podías aplicar a darle al manubrio hasta que se te cayera el brazo que ni por esas. Cuando esto sucedía era todo un espectáculo ver al camionero sudando como un gorrino por san Martín y atizándole patadas al trasto aquel mientras se cagaba con profusión diarreica, y desde la primera raíz hasta la última rama, en el árbol genealógico del fulano que inventó el motor diesel. Todo esto, claro, que si no no tiene gracia, bajo la atenta y chusca mirada de un corrillo de gandules que no paraban de comentar el suceso y dirigir la maniobra a la par que emitían sin freno sesudos y contradictorios diagnósticos acerca de la mejor manera de solucionar el entuerto. Aquellos tipos, siempre a resguardo de las inclemencias meteorológicas en lugar a propósito a tal fin, se lo pasaban de lo lindo con el gratuito espectáculo. Es lo que tiene el ocio gustoso, que con cualquier cosa te entretienes buenamente y matas la tarde. Aunque no tuvieran ni pajolera idea de mecánica (que ya os digo yo que no la tenían), se podían formar animadas tertulias donde vocablos y expresiones como cigüeñal, árbol de levas, inyectores, tapa del delco, bujía, trócola o suspensión adquirían de repente un rango venerable, medio filosófico, casi sagrado, si me apuras, en una especie de esgrima de dialéctica sustentada malamente en una sarta de disparatadas opiniones. Cada uno la suya, que además era siempre la buena, faltaría más. 
-¡Qué digo yo que de algo me valdrá tener un primo mecánico, me cagüen tó, cojones ya!, -bramaba alguno particularmente ardoroso para apuntalar a las bravas su análisis y diagnóstico del problema y acabar la trifulca con el rostro congestionado.
Pero esto último no era lo habitual: la porfía, por supuesto, solía realizarse con el culo bien pegado a un asiento a la fresca, las manos en resposo dentro de los bolsillos y el eterno cigarrito en la comisura o pinzado en la oreja, que tampoco era cuestión de herniarse ni perder las amistades por tan nimio motivo. ¡Anda y que le den al puto camionero!, parecían pensar mientras como por arte de magia aparecía un juego de dominó o una baraja resobada para echar un tute, un mus, un julepe, un cinquillo.
Una vez conseguida la hazaña de la puesta en marcha por la, diríamos, eficacia de la tracción animal, aquellos cascajos llenos de mataduras y propensos a la avería canalla expelían un bramido infernal al tiempo que soltaban humazo insalubre, ceniciento y casi sólido por el tubo de escape: algo similar a un repentino y dañino nubarrón (tal que tormenta cabrona de granizo en descampado) que quedaba flotando y meciéndose en el aire un buen rato antes de desaparecer por completo. Como tuvieras la desgracia de que te atinara de lleno la primera descarga de apestosa humareda no te quitabas el tufo de encima ni con piedra pómez y salfumán. Subiendo las cuestas pegaban unos petardazos terroríficos, rezongando y jadeando como viejos achacosos en pijama y alpargatas por el pasillo en busca del jarabe para la tos o la pomada para el alivio tajante de las almorranas o los juanetes.
Era raro ver alguno que no llevara un muñeco de trapo o plástico colgando en el retrovisor interior. Parecían ahorcados de pega. Casi siempre junto a un calendario picante de mozas de caderas rotundas y seno generoso aparte de bien ligeritas de ropa y los morritos pintados e insinuantes. Con los colores desvaídos por el sol y los muchos kilómetros a cuestas. Si el del volante era beatón, lo suyo era más de estampitas de vírgenes y santos de su devoción en estrecha comunión con los banderines de trapo del escudo de las provincias por las que hubieran pasado en sus rutas o fotos futboleras y taurinas. Otros, más descreídos y prácticos, se inclinaban por una cuerda de guita o un alambre tenso de lado a lado por el interior del parabrisas de donde colgaban, como en temblón tenderete de feria pobre, navajas, cortaúñas, llaveros, abrebotellas, algún destornillador roñoso… quincallas menudas y medio oxidadas de origen incierto que tintineaban cantarinas con cada bache del camino, con cada frenazo imprevisto, con cada brusca arrancada.
No desmerecían tampoco en aquellos escaparates móviles de lo hortera las fotografías de la parienta y los vástagos insertas en el recordatorio empalagoso del “Papá, no corras” pegado en el salpicadero. Algunos llevaban en el lote hasta la foto de la suegra, que ya son ganas de llevar. Cualquier camionero que se preciara de tal no podía prescindir en su cabina de semejante objeto. Una gilipollez como otra cualquiera porque alguna de esas fotografías familiares, vistas en detalle, lo que daban era más miedo que otra cosa: la mujer en bata y rulos con la escoba o el mocho de la fregona en la mano, los niños mocosos y lloricas, las niñas con el lacito lacio en el pelo y la dentadura con mellas, la suegra con cara de mala hostia perpetua Después de horas y horas al volante con el culo y los riñones hechos fosfatina por el criminal traqueteo con la única compañía del espanto fotográfico, estoy por asegurar que más de uno pensó seriamente en despeñar el camión por el primer barranco que se cruzara en su camino y librarse de una vez por todas de la pesadilla de tal parentela.
No pocos de estos vehículos se adornaban también en el exterior de la cabina con una especie de visera de plástico traslúcido pintado de color morado o negro o verde botella que llevaban inscritas leyendas como Te quiero mucho Loli; A mí la Legión; Marcial eres el más grande; El Señor es mi faro y mi guía; Viva er Beti manque pierda… Cosas así. No poesía lírica precisamente.
Como la mayoría de camiones y autobuses, sus conductores también eran ruidosos y feos. En verano, camiseta de tirantes estilo “imperio” con los hombros al aire enseñando mollas y pelambrera, y masacrando con saña homicida coplillas y fandangos de Valderrama, de Pepe Pinto, de Farina o Caracol a voz en grito; en invierno, pelliza de cuero o paño grueso con cuello borrego, guantes o mitones de lana contra el frío, barba de tres o cuatro días, uñas siempre de luto, y asesinando a conciencia tangos, boleros, romanzas zarzueleras… No eran lo que se dice un paradigma de la elegancia y la higiene. Ni tampoco del bel canto. 
Y siempre, en toda estación y circunstancia en el desempeño de su fatigosa labor al volante, que incluía la mecánica de urgencia y muchas veces la carga y descarga a destajo del producto transportado antes de dar una cabezada en la litera (los que la tenían) y vuelta a empezar, boina o gorrilla cubriendo la testa y un farias perenne en la boca soltando una humareda pestífera y dañina, prima hermana, o por lo menos segunda, de la del tubo de escape.
Su particular himno de batalla: Amigo conductor, pegadiza melodía coplera interpretada por Perlita de Huelva, una morenaza de rompe y rasga que hacía estragos entre el personal masculino más patriotero y rijoso.
Su patrón: san Cristóbal, faro y guía protector en sus trayectos. 

Su más ferviente deseo: acertar los catorce en la quiniela del domingo y que le dieran por saco al cabronazo del jefe.
El Simca1000 también lo fabricaba la Barreiros.
Cuadrado. Cuatro puertas. Feo también.