martes, 30 de noviembre de 2010

Perversiones



El próximo día 3 de diciembre, en la bella ciudad de Granada, en el lugar que dicen Librería Picasso, sito en el nº 5 de la calle Obispo Hurtado, y a la recatada hora de las 19,30, será presentado este precioso volumen -como todos los de la editorial Traspiés- que con el título de Perversiones (Breve Catálogo de Parafilias Ilustradas) está incluido en la colección Vagamundos de libros ilustrados.

El volumen es fruto y consecuencia de una convocatoria lanzada por el inquieto editor hace unos meses a través de un blog creado al efecto, para que cualquier interesado enviara un relato alusivo al tema propuesto.

He tenido la suerte de ser seleccionado con un relato titulado "Secretos", y el honor de estar acompañado por la siguiente nómina de autores:

Andrés Portillo, Rafael Linero, Raúlo Cáceres, Ángel Olgoso, Antonio Dafos, Isabel González González, Manuel Moyano, Quim Pérez, Jorge Fornés, Vicente Muñoz Álvarez, Hugo Rg [pobreartista], Joaquín Torres, U! a.k.a Uriel A. Durán, Ginés Cutillas, Miguel Sanfeliu, Fusa Díaz, Cristina de Cos, Fco. Javier Pérez, Pablo E. Soto, Hugo García, Marina Guiu, David González, Pablo Gallo, Carlos Vitale, Manuel Rebollar, Ana Ayuso Verde, Isabelle López, Francisco Naranjo, Alejandro Santos, Rubén Little Nemo, Marina Baizán, Hilario J. Rodríguez, Elvis Gato, Juan Jacinto Muñoz Rengel, José Ángel Barrueco, Isabel Wagemann, David Guirao, Joan Ripollès Iranzo, El Bute, Eva Díaz Riobello, Salvador Moreno Valencia, Popá, Elías Moro, Martín Pardo, Carlos Manzano, Kikus, Nacho Cagiga, Felisa Moreno Ortega, Andrés Neuman, Juan Gonzalo Lerma, Manu Espada, Joaquín López, M.A. Cáliz, Pepe Cervera, Rita Vicencio, María Simó, José Ángel Cilleruelo, José Abad, Amanda Manara, Miguel Ángel Zapata, Federico Villalobos, José Cruz Cabrerizo, Esteban Gutiérrez Gómez, Oscar Esquivias, Pablo Ruiz, Carola Aikin, Raúl Brasca.


Yo de vosotros, acudiría.
Vicio y diversión, garantizados.
El DRAE, escueto, casi puritano a fuerza de lacónico, como no queriendo pillarse los dedos ni entrar en más profundidades, se limita a definir el término parafilia como "Desviación sexual".

lunes, 29 de noviembre de 2010

Contrato de maestras (1923)



Este es un acuerdo entre la señorita………, maestra, y el Consejo de Educación de la Escuela…………… por el cual la señorita…………… acuerda impartir clases durante un periodo de ocho meses a partir del………….. de septiembre de 1923. El Consejo de Educación acuerda pagar a la señorita……………. la cantidad de (*75) mensuales.

La señorita………….. acuerda:

1-No casarse. Este contrato queda automáticamente anulado y sin efecto si la maestra se casa.

2-No andar en compañía de hombres.

3-Estar en su casa entre las 8:00 de la tarde y las 6:00 de la mañana, a menos que sea atender en función escolar.

4-No pasearse por heladerías del centro de la ciudad.

5-No abandonar la ciudad bajo ningún concepto sin permiso del presidente del Consejo de Delegados.

6-No fumar cigarrillos. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encontrara a la maestra fumando.

7-No beber cerveza, vino, ni whisky. Este contrato quedará automáticamente anulado y sin efecto si se encuentra a la maestra bebiendo cerveza, vino o whisky.

8-No viajar en coche o automóvil con ningún hombre excepto su hermano o su padre.

9-No vestir ropas de colores brillantes.

10-No teñirse el pelo.

11-Usar al menos dos enaguas.

12-No usar vestidos que queden a más de cinco centímetros por encima de los tobillos.

13-Mantener limpia el aula.
a) barrer el suelo al menos una vez al día.
b) fregar el suelo del aula al menos una vez por semana con agua caliente.
c) limpiar la pizarra al menos una vez al día.
d) encender el fuego a las 7:00, de modo que la habitación esté caliente a las 8:00, cuando lleguen los niños.

14-No usar polvos faciales, no maquillarse ni pintarse los labios.

sábado, 27 de noviembre de 2010

José Viñals (Aniversario-2)



En el breve plazo de un año y dos días, mis dos maestros literarios y vitales, Ángel Campos Pámpano y José Viñals, me fueron arrebatados por la muerte.

Me fueron arrebatados sus abrazos, sus conversaciones, el fumarnos un cigarrillo, el tomarnos un café o un coñac, su voz a lo lejos o de cerca, sus enseñanzas directas...
Tantas cosas.

El sentimiento de orfandad sigue de estreno, presente como el primer día, terco como una mula con su carga de espanto y desdicha.

Me consuelo con su poesía, con su voz escrita, con esa caricia intemporal que siento cuando acaricio sus páginas y sus palabras -sabias, cómplices, cercanas- me miran, y me hablan, y me dan consuelo.

No se me ocurre ahora mismo mejor forma de celebrar su recuerdo que con su poesía.


Reloj de arena

Prodigioso mecano del olvido, mides las horas del silencio. Te acuso, lento artefacto, de hipocresía sagrada. Te pareces al alma, pero no eres el alma. Te pareces a la saliva, pero no eres la saliva, ni el llanto, ni la agonía de la que va a morir, ni el crecimiento de las uñas del muerto. En verdad no eres nada, y ni siquiera una clepsidra con agua del Jordán o del Éufrates. Estabas en la mesa del mago de Bruselas, el Michaux de las luces alucinógenas, aprendiz de Ecuador y otras especies enigmáticas. Estabas casualmente en el prostíbulo de madame Pepita, dejado por Baudelaire con su pipa de opio y su infectada gabardina. Y estabas conmigo, cuando yo era un tonto que quería descifrar los misterios del cosmos en la respiración de los suicidas, mis amigos, cadáveres tempranos. Cauto reloj de arena, no tengo prisa: igualmente a tu sombra habremos de morir.

José Viñals
(Del libro inédito Los prodigios)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Veintiocho (Noviazgo, boda, divorcio)



Noviazgo. Circunstancia transitoria y al unísono entre dos personas que están deseando perderse de vista.
Para conseguir ese objetivo sin demasiado escándalo ni remordimiento de conciencia por el tiempo perdido, el esfuerzo empleado y los cuantiosos gastos originados por el empeño, suelen cometer el desatino de contraer matrimonio como paso previo a la consecución de dicho anhelo.



Boda. Espectáculo, civil o religioso, en el que los invitados han de rascarse el bolsillo y pagar por asistir, lo que no deja de resultar un evidente contrasentido.
Consiste el festivo entretenimiento en que dos sujetos -habría que discutir muy mucho si en su sano juicio-, por regla general tras un caprichoso paréntesis temporal de relaciones previas, juran sin pestañear ante el respetable que sólo la muerte conseguirá separarlos.
Algunos lo creen sincera y apasionadamente.
Tras esta fantasía, los actores principales del vodevil se besan con entusiasmo de cara a la galería, los espectadores aplauden el juramento y el ósculo, se tiran unas fotos, se les arroja -con saña, y procurando atinar de lleno- arroz en dirección a los ojos, y venga, al restaurante, a ver qué nos dan de comer estos dos tortolitos.
La indumentaria de los asistentes, y particularmente los complementos femeninos -pamelas, peinados, joyería, zapatos...-, podría calificarse cuando menos de estrafalaria y merecería un capítulo aparte en el museo de los horrores.


Divorcio.
Libertad que se otorgan entre sí dos individuos tras el reconocimiento por parte de ambos, o al menos de uno de ellos, de un error garrafal del pasado común.
El oneroso trámite para conseguir el fin perseguido requiere el paso previo e ineludible por algún juzgado de familia -con el consiguiente y penoso trato con abogados, pasantes, procuradores, secretarios... gente así, ya me entendéis-.
Lo que, dicho sea de paso, no deja de ser una crueldad añadida en el proceso citado.


Gracias, Lali, por todos estos años.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Ángel Campos Pámpano (Aniversario)



Hoy, 25 de noviembre, se cumplen dos años de la temprana e injusta muerte de uno de los mejores poetas extremeños: Ángel Campos Pámpano.

En su pueblo natal, San Vicente de Alcántara, y a través de la Asociación Cultural “Vicente Rollano”, se han organizado unas jornadas culturales alrededor de su figura.
Hoy habrá una lectura de sus poemas (la mejor manera de celebrar su memoria) realizada por un numeroso grupo de sus paisanos en un lugar precioso: la Ermita de Santa Ana, un espacio antaño religioso y recuperado ahora como centro cultural.

El pasado día 19 me llamaron para compartir con ellos el recuerdo del amigo, del maestro, del poeta.

Este es el texto que leí:

ÁNGEL

Me sorprende un poco y me emociona un mucho -a qué negarlo, si seguro que se me va a notar-, que hayáis pensado en mí para estar hoy aquí con vosotros, algo que os agradezco profundamente. Y digo que me sorprende porque Ángel tenía muchos amigos, también míos en muchos casos, con méritos más que sobrados para estar aquí en mi lugar hablándoos del amigo, del poeta, del traductor, del activista cultural en tantos frentes, del enorme ser humano que era Ángel Campos Pámpano. Y digo que me emociona porque para mí la amistad, la lealtad, son tesoros intangibles que uno debe compartir con los demás a la menor ocasión. Y Ángel, o Pámpano, como también le gustaba que le llamasen -siempre recalcaba y exigía en sus publicaciones el apellido materno con orgullo, algo fácil de entender si se conocía a la señora Paula-, ha sido sobre todo un amigo, mi maestro y mi amigo, con todo lo que de hermoso o conflictivo conlleva esta palabra, este sentimiento, este latido el alma.
Por eso hago mías -y sé que a él no le importará que las tome prestadas- las hermosas palabras que otro grandísimo amigo suyo, Luis Arroyo, publicó a propósito del homenaje que, un año después de que nos dejara, se le tributó en las páginas de Espacio/Espaço Escrito, que Ángel fundó y sostuvo con tanto entusiasmo como acierto hasta convertirla en la mejor revista hispano-lusa que haya existido: “A estas alturas de la vida, creo en la amistad, en el arte y en muy poco más”.

Cuando yo me encontré con Ángel por primera vez, apenas un año o año y medio después de llegar a Extremadura, a mí me faltaba, en distintos órdenes de la vida, lo que suele decirse, llanamente, “un hervor”. O dos, no nos quedemos cortos. Yo tenía una afición, digamos difusa, por la literatura: era sobre todo un lector; constante, sí, pero sin criterio definido, y también apasionado, pero, me temo, poco atento o capacitado para sacar el provecho que encerraban las maravillas que caían en mis manos casi por casualidad. Y esto hacía que no apreciara debidamente su valor. También, con esa osadía que otorga la juventud acerca de la bondad de sus empresas, emborronaba cuartillas con unos versos sacados de no se sabe dónde, y que en verdad no tenían, como poco después se encargó de dejarme claro Ángel, dónde caerse muertos, como también se suele decir.

A este respecto, quiero decir que en relación a mi conocimiento de Ángel, me gusta utilizar un símil donde yo me veo como ese minero que baja todos los días a las entrañas de la tierra y empieza a picar, lleno de sudor y polvo, sabiendo que sólo va sacar ganga, escorias, carbón de baja calidad y cansancio, pero que un día, pleno de suerte, oye un sonido distinto al de costumbre cuando golpea porque ha descubierto, con ese preciso golpe de pico y casi por casualidad, algo que va a cambiar su vida para siempre, la veta oculta de algún metal noble, el brillo de una gema en la oscuridad.
O como ese buscador de oro que lleva años a la intemperie, acuclillado o de rodillas bajo el frío o el calor, filtrando arena y agua con su cedazo, buscando un mínimo fulgor en los restos atrapados por la malla y que nunca encuentra. Hasta que lo encuentra.

Así Ángel para mí: ese hallazgo inesperado y feliz que te cambia la vida en un instante, y que al pronto a lo mejor no reconoces. Mi primer acercamiento a él fue, -como no podía ser de otra manera- en unas lecturas poéticas que se celebraban en Mérida hace ya demasiados años y a las que asistíamos ambos, sin conocernos aún, en calidad de oyentes. Alguna que otra vez estuvimos sentados juntos, atentos a la lectura de turno, pero sin saber quiénes éramos uno u otro, ni dirigirnos la palabra.
Palabra que él tomaba en cuanto acababa la lectura para someter al autor a una especie de interrogatorio acerca de lo que había estado escuchando. Claro, uno veía a aquel tipo grandón, hosco en apariencia, como un oso amable en busca de miel, someter al ponente a sus preguntas directas, requiriendo respuestas precisas y claras, y se preguntaba quién podía ser aquel tipo incordiante que casi nunca faltaba a esta clase de citas. Había veces, lo confieso aquí como se lo dije a él cuando ya teníamos una cierta confianza, en que me caía hasta mal.
Luego empecé a comprender el alcance de sus preguntas, la verdadera intención con que estaban formuladas: la de enriquecer ese momento con sus asertos, con sus pullas irónicas -la ironía es un arma que hay que saber utilizar muy bien y no siempre es bien recibida-, con sus preguntas y repreguntas que el poeta de turno se veía obligado a contestar estableciendo con ello un didáctico diálogo con los oyentes, que salíamos de aquellas lecturas sabiendo más de lo que sabíamos al entrar en ellas.

Y una vez, en virtud de una sustitución de última hora -entonces yo estaba en el banquillo de la poesía y todavía hoy, tantos años después, no me considero titular de nada- me tocó intervenir a mí, mira tú por dónde, en aquel ciclo de lecturas. Cuando me lo anunciaron con un par de semanas de antelación, mi mayor preocupación no era qué leer -en aquel entonces apenas guardaba una gavilla de textos dispersos, sin mucha relación entre sí, y que sólo con muchas dosis de buena fe podrían catalogarse de poemas-, o cómo hacerlo, sino si aquel tipo grandón, hosco, con bigote, iba a estar allí el día de mi lectura, y qué podría contestar yo a sus siempre inquisidoras -en el mejor sentido de la palabra- preguntas sin causar espanto entre quienes escucharan mis torpes respuestas.
Ya no recuerdo bien cómo salí del apuro, si gallardo o derrotado. Y además, no importa, qué más da. Pero sí recuerdo que aquella lectura fue el inicio de todo: veinticinco años de amistad y sabiduría que la muerte, injusta y torpe, nos arrebató tan a destiempo, tan a traición.

Otro amigo, Luis Felipe Comendador expresó su dolor con una sola y certera frase: ¿No le pesa a la muerte tanto daño?

Desde aquel momento, y de alguna imprecisa manera que él nunca explicitó -su elegancia le impedía la vanidad- me tomó bajo su implícito tutelaje. Y yo bien que me aproveché: durante sus años en Mérida, se podría decir que yo estaba casi como medio pensionista en sus casas: primero en la Travesía de la Rambla; después, en la calle Morerías donde, por cierto, vive ahora alguien que era para él casi un hermano: Javier Fernández de Molina, un extraordinario pintor con quien realizó alguno de los libros más hermosos que uno haya tenido nunca en sus manos.
Allí, en esas casas romanas, le vi escribir el que sería su primer libro, La ciudad blanca, y con el que me enamoré para siempre, sin conocerla, de la ciudad de Lisboa: sólo a través de sus versos, de sus palabras, de las cosas que me contaba sobre ella.

O Cais

La tarde enciende las luces del puerto.
Huele a tierra mojada en la raíz del muelle.
Levemente hacia el mar,
La estela de un barco rasga el agua:
territorio desnudo que en las sombras
pierde el nombre, el día, los colores…

Escribir es recuperar su ausencia:
esta sabia costumbre de los ríos
de morir en el agua o en el aire.

De allí, de aquellas casas, salía hacia la mía cargado siempre de algún libro de su biblioteca, ante la que yo deambulaba embobado, sacando un libro, hojeando otro, sorprendido siempre de la belleza que encerraban aquellas baldas, casi combadas por el peso de los volúmenes. Casi todos, claro, de poesía.

De la de la Travesía de la Rambla saldría también, creo recordar que una tarde primaveral, y después de barajar y desechar muchos de ellos, el título de mi primer librito de poemas: Contrabando, un pequeño puñado de poemas que de alguna manera obtuvieron su beneplácito para ser publicados en la colección de “La Centena”.
Por cierto, en ese librito están -me lo dijo muchas veces, y todavía no sé si en serio, como un escueto elogio, o en broma, para picarme- los que para Ángel eran mis mejores versos de siempre, un dístico sin metro ni rima:

frente al mar, sobre una duna / el mágico milagro de un junco sólo.

Y allí está también el primer poema que le dediqué, surgido de una anécdota de mi primer viaje a Lisboa y donde íbamos a coincidir:

Escrito en Lusitania

amo el mar que sacude Lisboa,
el puente veinticinco de abril
y aquel felino rabicorto
que acechaba a las gaviotas
enredado entre las algas

y la Praça do Rossio,
donde no acudiste a la cita

Me descubrió infinidad de autores y libros, formas poéticas desconocidas para mí hasta entonces (haikus, tankas -que a él tanto le gustaban, y que tanto reflejo encontraron en su poesía…), me recalcó lo importante del esmero y el rigor y el reposo necesario para que los textos maduren, a no dar -al menos a intentarlo- gato por liebre.
Me enseñó a tener confianza en mí mismo, a no dar más importancia de la necesaria a mi falta de estudios o titulación a la hora de escribir.

La palabra que intento haceros llegar y que resume todo esto, es maestro: porque eso es lo que Ángel fue, y sigue siendo, para mí. Ese maestro -y qué hermosa palabra es ésta- que tantos y tantos no tienen la suerte de encontrar en toda su vida.
Me apropio de sus versos para condensar de mejor manera a cómo yo lo haría, mi relación con él: Siquiera este refugio / esta orilla secreta / donde todo es más fácil.

Como así era todo en su compañía.

Yo, debo confesarlo, siento una debilidad especial por dos de sus libros: ese primero que antes citaba de La ciudad blanca, cuyos poemas -yo lo entiendo así- no dejan de ser una declaración de amor, y el último de La semilla en la nieve, esa estremecedora elegía escrita a la muerte de su madre.
Quien lea este hermosísimo libro y no sienta que el corazón se le encoge, es que lo tiene de piedra.

Su recuerdo como persona, el valor de su obra poética, permanecen indelebles. Un ejemplo: dos años después de su muerte, en Mérida, Suso Díaz, un chico gallego que ni siquiera lo conoció personalmente, le rinde homenaje todas las semanas en un programa de radio dedicado a la poesía y la cultura; programa al que le ha puesto como nombre el título de uno de los libros de Ángel: La voz en espiral, y que inauguramos un grupo de sus amigos.

Esa espiral sin fin del trabajo bien hecho con la que nos envolvió para siempre, esos hilos invisibles que nos unen en la distancia y el afecto a tantos y tantos que tuvimos la suerte de caminar junto a él.

Ahora, veintisiete años después, creo tener la madurez para suponer que hubiera cometido uno de los mayores errores de mi vida si no me hubiera atrevido a acercarme a Ángel Campos Pámpano, que de lo único que presumía de verdad era de ser sanvicenteño.

Hasta aquí el texto leído.

Pero quiero acabar esta entrada con un poema de su gran amigo (y otro de mis maestros) José Viñals, que lo cedió para ese nº de homenaje en Espacio/Espaço Escrito ya citado antes.

V

En el tiempo lejano de la pobreza, en el tiempo cercano de la miseria, en las vísperas del silencio, junto al río negro, sonríe la cabecita del ruiseñor viendo que nosotros sonreímos apenados al cielo opaco de la aldea.

En las vísperas del silencio, sí, del silencio sin tretas, extenuada la fuente del orgullo, viendo cómo claudican las normas altas de la vida.

En la casa del hermano cuyo joven hijo acaba de morir de leucemia. En lo incomprensible, en lo terrible. En el doble fondo de los poemas de Gamoneda. En las ruinas de la casa antigua. En la ciudad vacía. En el alma atestada de visiones oscuras. En la sencillez de la pradera raquítica de bienes, torva sencillez de la orilla del mundo en donde estamos solos.

En tus brazos amables, en el beneplácito leve de tu mirada sin asombro. En las naranjas amargas que cocinas a fuego lento. En el perrillo tendido en la sala. En los hijos dormidos. En el barco que va a llevarnos de Lisboa a Barcelona con Sebastián jugando al caballito blanco. Haciendo el amor en el camarote que nos regalaron. En la Aduana donde se perdieron aquellos tapices dorados.

En las estrellas taciturnas que iluminaron la vejez y las escasas certidumbres del ciclo de la vida. En la maravillosa bandada de pájaros que nos dejan sin aliento a estas horas de la tarde.

En los caminos que hemos hecho o que aún nos quedan sin hacer. En el fuego de leña que no hemos encendido. En la austeridad de la sobremesa con los amigos de la noche, con Guillermo, con Andrés, con Benito. En la copa de brandy español que beberemos a cuenta de la muerte.

Y ya no más. La noche.

José Viñals
(Del libro inédito Antes del silencio)

martes, 23 de noviembre de 2010

Pisando a fondo



Arranqué el motor de mi Volkswagen, metí primera, segunda, tercera, cuarta…

Pisando a fondo, con el coche lanzado cuesta abajo a todo lo que daba de sí, lo empotré en la puerta de su garaje.

Él estaba detrás, como siempre.

El “escarabajo” ha quedado siniestro total y yo me he roto las piernas y me he luxado tres vértebras, pero él no va coger más la sierra de calar o el puto taladro, ni en la siesta, ni a las tres de la mañana.


Lo van a tener que despegar de la pared con espátula.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Sentencia



Sentencia de la Inquisición (y cumplimiento de la misma) contra Giordano Bruno*

[…] Por lo que, visto y considerado el proceso formado contra ti y las confesiones de tus errores y herejías con pertinacia y obstinación, aunque tú niegues que lo sean, y todo lo que se tenía que ver y considerar: propuesta primero tu causa en nuestra congregación general, celebrada ante la Santidad de Nuestro Señor el día XX de enero pasado, y votada y resuelta, hemos llegado a la siguiente sentencia.

Invocado pues el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su gloriosa Madre siempre virgen María, en la causa y causas anteriores al presente que vierten en este Santo Oficio entre el reverendo Giulio Monterenzi, doctor en leyes, procurador fiscal de dicho Santo Oficio, por una parte, y, por otra parte tú, Giordano Bruno mencionado, encontrado reo inquirido, procesado, culpable, impenitente, obstinado y pertinaz; por esta definitiva sentencia nuestra, de consejo y parecer de los reverendos padres maestros en sacra teología y doctores en una y en otra ley, nuestros consultores, proferimos en estos escritos, decimos y pronunciamos, sentenciamos y declaramos, a ti fray Giordano Bruno, que eres hereje impenitente pertinaz y obstinado, y que por eso has incurrido en todas las censuras eclesiásticas y penas de los Cánones sagrados, leyes y constituciones tanto particulares como generales, que a tales herejes confesos, impenitentes, pertinaces y obstinados se imponen; y como tal te degradamos verbalmente y declaramos que debes ser degradado, así como ordenamos y mandamos que seas degradado de todos los órdenes eclesiásticos mayores y menores en los cuales te habías constituido, según la orden de los Cánones sagrados; y debes ser arrojado, como te arrojamos, de nuestro foro eclesiástico y de nuestra santa e inmaculada Iglesia, de cuya misericordia has sido indigno; y ser entregado a la Corte secular, así como te entregamos a la corte de vos monseñor Gobernador de Roma aquí presente, para punirte con las debidas penas, rogándole por ello que eficazmente quiera mitigar el rigor de las leyes sobre la pena de tu persona, que sea sin peligro de muerte o mutilación de miembro.

Además condenamos, reprobamos y prohibimos todos los libros mencionados anteriormente y los otros libros escritos, como heréticos, erróneos porque contienen muchas herejías y errores, ordenando que todos los que han llegado a manos del Santo Oficio, o podrán llegar en el futuro, que sean destruidos públicamente y quemados en la plaza de san Pedro, ante las escaleras, y como tales sean considerados en el Índice de los libros prohibidos, como ordenamos que así se haga.

Así decimos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, ordenamos y mandamos, arrojamos y entregamos y rogamos con este y con otro mejor modo y forma que de razón podemos y debemos.


Así lo declaramos los Cardenales Generales Inquisidores suscritos:

Card. Ludovico Madruzzo
Card. Giulio Antonio di Santa Severina
Card. Pietro Deza
Card. Domenico Pinelli
Card. Fra Giordano (Bernerio) d’Ascoli
Card. Ludovico Sasso
Card. Camilo Borghese
Card. Pompeo Arrigoni
Card. Roberto Bellarmino

Roma, 8 de enero de 1600


Jueves, día 16 del corriente (febrero de 1600)


A las 2 de la noche fue comunicado a la Compañía que por la mañana se debía hacer justicia a un impenitente; y por eso a las 6 horas de la mañana, reunidos los frailes confortantes y el capellán de Santa Úrsula, y dirigiéndose a la cárcel de Torre de Nona, entraron en nuestra capilla y después de rezar, nos entregaron al suscrito condenado a muerte, es decir: Giordano del quondam Giovanno Bruni, fraile apóstata de Nola di Regno, hereje impenitente. El cual fue exhortado con toda caridad por nuestros hermanos, y mandados llamar dos padres de Santo Domingo, dos jesuitas, uno de la Chiesa Nuova y uno de San Jerónimo, quienes con mucho afecto y doctrina le mostraron su error, estuvo hasta el fin en su maldita obstinación, dando vueltas con su intelecto y su cerebro con mil errores y vanidades. Y tanto perseveró en su obstinación, que fue conducido por los ministros de justicia a Campo di Fiori, y allí se le desnudó y fue atado a un palo y quemado vivo, acompañado siempre por nuestra compañía que cantaba letanías, y los confortantes lo atendían hasta el último momento para que abandonara su obstinación, con la que al final acabó su miserable e infeliz vida.


* Fragmento de la copia de la sentencia emitida contra fray Giordano de Nola, entregada al Ilustrísimo Gobernador de Roma.

domingo, 21 de noviembre de 2010

El algodón no engaña (10)

Hoy me siento Flex




Ven a Pilé 43

sábado, 20 de noviembre de 2010

Marengo


Para Paloma Corrales,
que tanto gusta de estos poemas.


Marengo


en la palabrería insulsa de los predicadores,
en la imposible levedad de la galena,
en la certidumbre amarga del laurel y la albahaca,
en la injuria del pordiosero que lo ha perdido todo,
en el pesaroso retorno de las grullas,
en la cobardía de las murmuraciones,
en la premura de los mensajeros,
desde la tortura amorosa de los impúberes.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Cementerio Alemán (11)



JARDÍN PARA SOLDADO ALEMÁN

“There was a silence safe for the chanting chorus of the trees.”
(Stephen Crane: The Red Badge of Courage)

Después de recoger su cuerpo yerto,
extinto en el fragor de la batalla,
sacaron del bolsillo de su oscura chaqueta
una nota muy breve, tal vez un epitafio:

“Perdonad mis errores -decía -
tanta muerte cruel,
tanta sucia condena de los hombres.
Conoced que luché en el duro frente,
que lo hice por honor y por mi patria,
que fui poco feliz, acaso nada,
y no probé en mis labios
el pétalo caliente de otros labios.
No dejéis que si caigo
mis huesos y la carne que los cubre
descansen torpemente a la intemperie
comidos por la luz y por las larvas.
Llevadme al huerto aquel de los valientes,
haced un hueco grande como el alma
y dejadme reposar bajo la tierra fértil,
donde alcanzan los héroes
su comunión con Dios
y con los hombres”.

Mario Lourtau (Inédito)

jueves, 18 de noviembre de 2010

Autobombo (con perdón)



Ayer por la tarde, en la librería PuntoAparte, de Mérida, que María gestiona -a veces con un caos enternecedor, pero siempre preocupada y eficaz-, de manera amable y familiar -allí la mayoría de los clientes son algo más-, recogí el primer ejemplar de mi último libro: El juego de la taba, publicado con un gusto tan exquisito como habitual por Editorial Calambur en su colección de narrativa.

Me lo dejó en la librería -que un grupo de amigos que la utilizamos como buzón para intercambiar cosas cuando no podemos vernos, denominamos El correo del Zar-, con esa generosidad consustancial a su persona, Luis Sáez, director de la Editora Regional de Extremadura, un excelente ensayista (Animales melancólicos, Un duelo privado…) y mejor amigo.
(Te debo un té con limón, Luis).

No, el libro no se llama así por este blog, sino todo lo contrario. Imagino que en un brevísimo espacio de tiempo estará a disposición de los lectores en las librerías.
Yo, claro, os lo recomiendo (“¿Qué tiene mi niño feo que yo no se lo veo?”) con ese cariño paternal que se siente por lo que uno ha creado y visto crecer durante años.

Tomás Sánchez Santiago, con excesivo cariño, ha redactado la nota de contraportada que, en justicia por su generosidad, reproduzco a continuación y donde da, a su parecer, las claves del libro.

“He aquí el compendio de un alma que se nos entrega a la vez sin pudor y sin ruido. Perteneciente a ese tipo de libros deliciosos, marcados por la soberanía del apunte y llenos de engañosa cercanía y de cuidadosa espontaneidad, lo transparente y lo meramente insinuado se quitan la vez en El juego de la taba para dejar sobre el lector un empañamiento amistoso que poco a poco lo va ganando, lo va llevando de la esquina de las confidencias compartidas al solar crudo de las proclamaciones incontestables.
Y es que en los distintos estratos de El juego de la taba se impone un estilo de vida: el del poeta, fundado en la capacidad de inaugurar cada vez todo aquello que le sucede. Todo ello conducido por la franqueza decisiva de Elías Moro, que sabe -como Canetti, como Handke, como Walser- que hay más lucidez en la escritura rebañada de lo consabido que en la búsqueda de lo inaudito. Extraordinaria escritura, propone un modo de confiar en la vida que convierte a Elías Moro en cómplice capaz de poner sentido y sensibilidad en ese rumor desatinado que es vivir”.

Excesivo y cariñoso, como os digo. Gracias, Tomás.

Ahí está ya, feliz y dispuesto a batirse con los lectores.

Con todos ustedes, El juego de la taba.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

País

País. Una de las partes, de variada extensión y orografía en que, por razones incomprensibles al más elemental sentido común, se divide el territorio del planeta. Sitio en el que nacemos de casualidad, donde crecemos sin saber muy bien cómo y en el que morimos la mayor parte de las veces, de hastío y sufrimiento sin saber, tampoco muy bien, por qué.

martes, 16 de noviembre de 2010

Araña suicida



Desde el origen de los tiempos han suscitado las arañas emociones encontradas: miedo y asco -nunca lo uno sin lo otro- en la mayoría; en los menos -entre quienes me cuento-, la fascinación que acompaña desde siempre a todo animal mítico: no en vano la araña utiliza la sangre de sus víctimas para hilar con ella su tela, prodigio de blancura y belleza que es también una trampa, un laberinto mortal del que ningún insecto puede escapar. Así, corre entre algunos la fantasiosa idea de que, contra lo pensado comúnmente, la araña no es sino una creación de la tela, su sirviente más fiel, cazador o intermediario sin otra tarea que dejar pasar el tiempo y limpiar de impurezas su sangre.
Curiosamente, la existencia de la araña suicida parece corroborar esta idea; tan es así que esta variedad de araña, en su afán por terminar su tela, tiene por costumbre alimentarse de sí misma: durante días, con cuidado y esmero infinitos, la araña se devora sin dejar rastro, buscando una belleza que sólo logra con la muerte o es inalcanzable. Pero no desaparece: su presencia es visible desde entonces en cada nudo y cada cuerda de la tela como las ropas o el lecho que deja a su paso un moribundo.
(Ediciones Eneida, 2001)

lunes, 15 de noviembre de 2010

Déborah Vukušić en Mérida


Coincidiendo con el inicio del curso escolar, y como todos los años desde la fundación de la pionera de Badajoz en 1992, se ponen en marcha, organizadas por la Asociación de Escritores de Extremadura (AEEX), las Aulas Literarias: Badajoz, Mérida, Cáceres, Plasencia, Zafra, Don Benito-Villanueva y Almendralejo, disfrutarán hasta el mes de mayo de la presencia de escritores de primera fila dentro del panorama nacional.

Mañana, martes 16, el Aula "Delgado Valhondo" de Mérida empieza su andadura anual con la presencia de Déborah Vukušić, que hará una lectura comentada de su obra, abierta al público en general, en el Parador "Vía de la Plata" a las 20,30 h.

Al día siguiente, la autora mostrará su obra a estudiantes de Educación Secundaria de los diferentes institutos de la ciudad.




Déborah Vukušić, mitad gallega, mitad croata, nace en Ourense en 1979. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Alcalá de Henares y en Arte Dramático por la R.E.S.A.D., completa su formación en Francia y EE.UU.

Tiene publicados los poemarios Guerra de identidad (Tenerife, 2008 - 2ª edición, revisada y ampliada, Tenerife, 2009); bajo su título anterior, Me llamo Déborah Vukušić se publicó en CdP (Circo de Pulgas / Centro de difusión Poética), y Perversiones y Ternuras [2006-2008] (Tenerife, 2009).
Participa en la antología 23 Pandoras. Poesía alternativa española (Tenerife, 2009).
Como narradora participa en la antología de relatos Mujeres cuentistas (Tenerife, 2009).

En su faceta de actriz, ha trabajado tanto en teatro y televisión, así como en radio y doblaje. Ha sido también correctora, traductora y guionista. Ha participado en múltiples festivales y sus textos han sido recogidos en diversas antologías y en revistas nacionales e internacionales y traducidos al inglés, francés, portugués y griego.



domingo, 14 de noviembre de 2010

Domingos y poetas



De unos años a esta parte, y según he ido envejeciendo, alimento la firme sospecha -por no decir que tengo la certeza, que es una expresión tan rotunda que casi da miedo el escribirla- de que las tardes de los domingos son como ese trozo de la tarta que al final nadie se come. Acabamos la semana tan saturados de tragar y tragar tantas cosas que no nos gustan que el último resto ya es superior a nuestras fuerzas.


¿He dicho nadie? La excepción a la regla serían los convictos -que no confesos- del funesto pecado de la gula, esos adictos al azúcar y las grasas saturadas -cabe decir de trabajos y obligaciones sin cuento- que suelen arramblar con disimulo, mas sin pudor alguno y pellizcándolas con los dedos, con las últimas migajas del bizcocho, y que suelen acabar la fiesta con las comisuras de los labios y la pechera de la camisa pringosas de crema y merengue. Dan un poco de asco, la verdad.
Quiero decir que para los que no somos en exceso amantes de las tardes de los domingos, ni del trabajo, ni de las tartas -en las tardes dominicales la palabra “amante” toma otro significado mucho más placentero, tal es el poder de las preposiciones-, ese tiempo lento, insulso y feo como un suflé mal calibrado en sus proporciones e ingredientes y que se hubiera venido abajo de repente, esas horas aburridamente televisivas o radiofónicas, pueden ser el caldo de cultivo que nos lleve a imaginar y aun cometer las más absurdas barbaridades: patear perros por las calles, disparar al buen tuntún por la ventana contra viandantes y automóviles con la escopeta de balines, arrojar basura y otras pestilencias por el balcón ("¡Agua vaaaaa!"), poner a todo volumen el Carrusel Deportivo… Yo confieso haber perpetrado alguna de éstas, pero no pienso decir cuáles así me maten. Por si acaso alguien trama venganza, que hay gente muy rencorosa por ahí. Y comprenderéis que no voy a ir dando pistas para facilitarles la labor.

Ahora mismo, que es domingo por la tarde, que encima llueve y hace frío, estoy pensando muy seriamente en volver a poner en práctica cualquiera de esas opciones u otras igualmente similares y dañinas. Pero entre mis dudas eternas -¿qué hago: pateo, disparo, arrojo…?- y mi pereza congénita, creo que lo voy a dejar para el próximo domingo a ver si mientras tanto mejora el tiempo y el ánimo. Claro, que teclear estas líneas también puede parecerle a alguien una barbaridad semejante a las citadas. Si no peor, que el personal puede ser muy retorcido cuando se aburre. Sobre todo, los domingos por la tarde.

Los poetas, esos cursis, dicen, lánguidos y ojerosos, que en la tarde del domingo germina la melancolía para toda la semana. Menuda ocurrencia.
Conque del próximo domingo por la tarde no pasa: melancólico y todo, después de rebañar los últimos restos de la tarta que pienso meterme entre pecho y espalda mientras escucho el Carrusel y llueva o no, haga el tiempo que haga, poeta que vea desde mi ventana, poeta que se lleva un perdigonazo.

Por cursi y por redicho.

A ver si después sigue opinando lo mismo.