viernes, 8 de abril de 2016

Repostería



Habrá otras que tal vez, pero estas, desde luego, no se merecían en absoluto la fama de que gozaban como grandes reposteras.

Les había dado infinidad de oportunidades con sus pestiños, magdalenas, huesos de santo, rosquillas, mojicones, yemitas… El recetario conventual al completo era el complemento perfecto a mi pecado de gula, lo confieso.

Pero no había manera: pesadez de estómago, vómitos, y algún que otro cólico miserere eran las frecuentes y desagradables secuelas de la ingestión de los, a todas luces, exageradamente famosos dulces de su obrador.

La hermana tornera, una cancerbera implacable, abusando por demás de sus humildes prerrogativas, me negaba en redondo la entrada al interior del convento siempre que yo quería plantear alguna queja a la madre superiora para que tomara cartas en el asunto. 
Hasta hoy: cuando la sor de la puerta, faltando a su sagrado deber de ayudar al necesitado, ha intentado impedirme el paso por enésima vez ignorando todas mis súplicas, me ha sacado por última vez de mis casillas: martirizado hasta el delirio por esta úlcera sangrante que me está royendo por dentro en un particular via crucis, con la tensión por las nubes a causa diabetes galopante por obra y gracia de los criminales excesos de su orden con el azúcar, la he cristianado para toda la eternidad con el crucifijo de hierro de la pared.

 

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