domingo, 18 de noviembre de 2012

Pavo


Pavo. De envoltura y estética francamente mejorables, clásico volátil en espera del horno o la olla. Véanse a este respecto las hecatombes de la especie en el tan mentado día de Acción de Gracias yanqui y en las celebraciones navideñas patrias.
Antes de este culinario y casi irremediable destino, dicho animal emite de común un gluglú monótono y cansino, ciertamente molesto para cualquier oído con un mínimo de sensibilidad, que incrementa muy mucho las posibilidades de hacerle picadillo por la vía rápida para silenciarlo de una vez.
Edad del. Período particularmente penoso en el que los adolescentes se vuelven más gilipollas que de costumbre. Algunos se ven tan profundamente afectados por sus síntomas que tal estado se vuelve crónico de por vida.

viernes, 16 de noviembre de 2012

El cuchillo de la abuela


La abuela manejaba el cuchillo con una destreza propia de sicario reincidente, de malevo porteño, de gurka al asalto, de matarife municipal con quinquenios de servicio a cuestas. Un cuchillo de cocina pequeño, casi insignificante, el más raquítico del lote, pero de una eficacia implacable, sin tacha alguna a la hora de pelar los tomates o las naranjas, de mondar las patatas o desnudar los ajos para el guiso… O, y vamos a lo que vamos, para cortarles el pescuezo a las gallinas y conejos de un certero tajo sin un pestañeo de más, sin escrupulosos titubeos ni zarandajas sensibleras. Aquel humilde cuchillito con ya añejas mataduras en las cachas era un arma letal como pocas en manos de la vieja, una, como si dijéramos, guillotina portátil y de andar por casa. La verdad es que patatas y tomates, cebollas o lechugas pelaba más bien pocos, que no era ella precisamente una forofa de tubérculos, forrajes ni hortalizas: 
-A ver, hijos míos -nos aleccionaba con esa vocecilla que tenía de no haber roto un plato en la vida-, sentaos aquí conmigo y hacedle caso a la abuelita, que nunca os ha mentido: De lo que come el grillo, poquillo. ¿Vosotros habéis visto algún bicho de esos que estuviera gordo? ¿A que no? Pues ahí lo tenéis. Blanco y en botella... Era también muy refranera, ya lo habréis notado.
Una santa, la vieja. Pero el día que tocaba ave o mamífero en el menú se apuntaba voluntaria la primera para suministrar la materia prima al puchero, limpita de polvo y paja. Ya desde primera hora de la mañana, y sabiendo el menú del día, le entraba una especie de comecome nervioso que no auguraba nada bueno para el censo de la fauna de corral. Una chispa con algo de sicópata, tirando a criminal, asomaba de repente a su mirada durante la sangrienta faena. No sé, pero siempre he sospechado que aquello le gustaba más de la cuenta, que disfrutaba de lo lindo con las domésticas matanzas. Las gallinas la veían aparecer por la puerta que daba al corral con el cuchillito en la mano y se arracimaban en el rincón más alejado cacareando histéricas y cagándose de miedo. ¡Y mira que ya eran guarras de por sí, sin amenazas en el horizonte ni nada parecido! Aunque de poco les valía, pobrecitas: la vieja, con una admirable pericia entrenada durante años y años, atrapaba a la infortunada a la que le hubiera echado el ojo mientras iba de camino (un poco al voleo, porque en el fondo le daba igual una que otra, todo hay que decirlo, ella lo único que quería era matarla), y entre la algarabía de pánico de las demás volátiles la sujetaba bien firme entre las piernas, le aplicaba un giro brusco en el cuello, y zas… a otra cosa, mariposa. A la desdichada plumífera no le daba tiempo a decir este pico es mío. Acto seguido le daba un corte en el pescuezo y la ponía boca abajo para facilitar el desangrado. A los conejos, en cambio, que se debatían como demonios tirándole mordiscos y zarpazos barruntando la putada que se les venía encima, temiéndose lo peor, los enganchaba por las orejotas para sacarlos de la jaula y los despachaba (como karateca con enaguas, como ninja de refajo y alpargatas, como monje saholín ducho en el acogote) de un golpe seco en la nuca con el canto de la mano antes de meterles la cuchillada de gracia para desangrarlos. Conseguido esto era digno de ver cómo, luego de hacerles unos livianos cortes a tal fin (aquí semejaba a una patóloga forense, tales eran la exactitud y maestría en la incisión), les quitaba la pellica entera sujetándolos por las patas y dando un seco tirón hacia abajo. Después de la expeditiva escabechina, porque con la maña que tenía aquello era un visto y no visto, un aquí te pillo aquí te mato, un vámonos que nos vamos, limpiaba la sangrante hoja de metal refregándola un par de veces en un viaje de ida y vuelta por el mandilón que se plantaba encima de la falda no bien se levantaba de la cama y que ya no se quitaba hasta la hora de acostarse de nuevo. A los tres o cuatro días, con toda la mugre de las faenas caseras acumulada en la tela y la sangre reseca, el mandilón se sostenía en pie por su cuenta y riesgo. Algunas plumas y pelos de sus víctimas se le pegaban también a las suelas de las zapatillas de paño e iban dejando un rastro delator del estropicio mortal allá por donde pasara.
El resto del día lo pasaba de manera más pacífica. Tú la veías frente al espejo peinándose con parsimonia su larga melena, yendo a su misa diaria con aquellos pasitos como de gorrión, desgranando su rosario monótono y vespertino, dando su paseíto apoyada en el bastón y chinchorreando sobre vete a saber qué con las comadres de su quinta, y parecía una ursulina de permiso. Un alma de dios, vamos. Con razón dicen que las apariencias engañan. Pero de cojones.
-Ay, Señor, Señor, llévame pronto -suspiraba de vez en cuando y sin venir a cuento en esos momentos en que parecía tomarse un respiro del hogareño trajín-. 
El Señor, claro, que seguramente tendría mejores cosas que hacer que llevársela con él, o simplemente que no le daba la real gana, no le hacía ni puñetero caso, pero la vieja, el día que le daba por ahí, porfiaba tercamente en su viajero deseo hasta ponernos la cabeza como un bombo. Cuando empezaba con la retahíla machacona había veces que nos entraban ganas de matarla para darle el gusto y que se callara de una puñetera vez.

Cuando le preguntábamos por aquella habilidad suya con la puntilla, de dónde le venía semejante maestría con el acero, digna de espadachín mosquetero, de esgrimista olímpico, de artista circense incluso, sonreía enigmática y no soltaba prenda. Daba un poco de miedo, la verdad. Había noches en que soñaba con ella paseándose a oscuras por la casa como una sonámbula y con la hoja del cuchillo brillándole en la mano bajo aquella sonrisa inquietante. En tales sueños, la ya septuagenaria madre de mi madre no parecía albergar las mejores intenciones durante sus  paseos de madrugada. A su lado, Jack Nicholsosn en El resplandor (y mira que acojonaba el tío pegando hachazos a las puertas con aquella expresión de demente), un bailarín con tutú, un decorador sarasa, un repartidor de pizzas primavera.
Mi única y penosa protección ante la feroz pesadilla de verme agujereado como un colador por el cuchillo de mi abuela consistía en taparme lo más posible con la manta o la sábana, convertirme en un bulto anónimo e inmóvil (entre otras poderosas razones porque el pánico me paralizaba las piernas), y rezar lo poco que sabía (que era exactamente eso, más bien poco) para que en la ronda nocturna cuchillo en mano no le asaltaran de repente instintos homicidas y me tomara por un gallo capón o algún gazapillo indefenso con los que seguir practicando su pericia de psicópata.
Normalmente era de moño. Pero los días de matanza y proteínas animales en el menú, vaya usted a saber por qué, sería una manía, se recogía la melena ya casi nívea, aunque todavía moteada de gris aquí y allá, en dos grandes trenzas que luego enrollaba en rodetes a los lados de la cabeza sujetándolos con horquillas. De tal guisa, parecía un trasunto andante y a medias entre la Dama de Elche y la Bicha de Bazalote. Aunque si la cosa urgía, con el moño iba que chutaba, que tampoco es cuestión de ser más papistas que el Papa.
Le gustaban mucho las crestas de gallo fritas, el vino de pitarra, las aceitunas machás y, esto siempre antes de acostarse, un buen mendrugo de pan migado en la leche calentita servida en un tazón de barro desportillado y casi tan rancio como ella.
Menuda elementa la vieja.
De más está decir que nunca le tuvimos demasiado afecto.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Cerrado por huelga


Pues eso.
Por ejemplo.

Imagen: Forges

martes, 13 de noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Escritores y escrituras (Pepe Melero)


Hoy voy a lamentar como pocas veces la cantidad de kilómetros que separan Extremadura de Aragón, Mérida de Zaragoza. Y es que desde que estuve en casa de José Luis Melero (Zaragoza, 1956) para conocerle, acompañado por ese embajador de los afectos que es Fernando Sanmartín -yo había ido a presentar mi libro El juego de la taba en “Los portadores de sueños” junto a Antón Castro-, y visitando de paso su espectacular biblioteca, nuestro contacto, epistolar y telefónico, libresco y cómplice, ha sido constante y amistoso; sin prisa pero sin pausa. Tal distancia física ha impedido de momento un nuevo encuentro personal.
Y de ahí mi lamento especial en el día de hoy.
Mas, parafraseando a aquel, “yo no he venido aquí a hablar de mi libro” sino del suyo: este Escritores y escrituras, editado con la belleza de siempre por Xordica Editorial y con una hermosa portada de Jorge Gay, que se presenta esta tarde a las 19:30 horas en el Teatro Principal de Zaragoza (C/ Coso, 57). Y lo hará acompañado, como no podía ser menos, por otros dos grandes: Luis Alegre e Ignacio Martínez de Pisón, compinches y, no obstante, amigos.
Escritores y escrituras recoge las columnas que Melero publica semanalmente en “Heraldo de Aragón”; columnas en las que, con su sapiencia y humor habituales, con su erudición exenta de pedantería, nos pone al corriente de las andanzas, de las venturas y desventuras de autores orillados de la literatura, nos desgrana anécdotas e historias en que se vieron envueltos escritores y artistas, muchos de ellos prácticamente desconocidos para el común de los mortales y hoy casi en el olvido. “Escritores preteridos por el canon y los manuales”, como bien dice la nota editorial que lo publicita.
José Luis Melero es muchas cosas: aparte de un magnífico escritor con una prosa amena y didáctica (“deleitar enseñando”, que se dice) -y ahí están, por ejemplo, Leer para contarlo, Los libros de la guerra o La vida de los libros (otra selección de sus columnas en Artes&Letras del “Heraldo”) para demostrarlo- y aragonesista ilustre, es también un tenaz investigador de estos asuntos que podríamos calificar con cierta retranca -tan mañica, por otra parte- como la “infantería y la logística” de la literatura. Pero es bien sabido que sin infantería y logística no hay batalla que se gane.
José Luis Melero -no quiero dejar de mencionarlo porque me consta de manera fehaciente- es también, y por añadidura, uno de los mejores bibliófilos de España (y un bibliófilo que lee con provecho, lo que no todos pueden decir en este gremio tan peculiar, tan resabiado, tan maniático…), amén de agitador cultural, tertuliano radiofónico, antólogo, pregonero, articulista, creador de revistas (Rolde, Crótalo…) y uno de los forofos más acérrimos y sufrientes del Real Zaragoza. Y por sobre todo esto, Pepe Melero es -y esto es algo reconocido por todos quienes tienen la suerte de tratarlo- amigo leal de sus amigos, acaso uno de los mejores destinos del hombre.
Yo, de vosotros, no dejaría de hacerme con este “librico” -como dice él con modestia-, con este Escritores y escrituras.
Como botón de muestra, y para abriros el apetito, nada mejor que copiar aquí uno de los textos del libro:

HERENCIAS
El escritor Enrique Gómez Carrillo y Raquel Meller se casaron en Biarritz en 1919 y aquel matrimonio sólo duró hasta 1922. En ese tiempo a Gómez Carrillo -que en realidad se llamaba Gómez Tible y era hijo de un comerciante de ultramarinos, por lo que Baroja lo llamaba “Gomeztible”- le dio tiempo a escribirle a su amada cupletista, en el viaje que hicieron de Londres a Buenos Aires, un librito, Confidencias, que firmó ella con su nombre sin pudor alguno. Lo fechó en julio de 1920 “a bordo del Reina Victoria” y es una pieza rara que tardé muchos años en encontrar. En 1926 nuestro “Gomeztible”, que era como todos saben un hombre de mundo y se pavoneaba de haber tenido en sus brazos a la mismísima Mata-Hari, contrajo nuevo matrimonio con la salvadoreña Consuelo Suncín, hija de terratenientes, caprichosa, excéntrica y voluptuosa, que, para no desentonar, sería amante, entre otros, de Rodolfo Valentino y José Vasconcelos. Aquella unión duró sólo once meses, pues Gómez Carrillo murió en 1927 dejándole a su viuda no poco dinero y una finca en la Costa Azul. La Suncín quería volar alto y quizá por ello se enamoró de Antoine de Saint-Exupéry, con quien se casaría en 1931. Durante 13 años, hasta la muerte del escritor y aviador en 1944, aquel matrimonio sufrió todos los vaivenes imaginables, que Consuelo relató en un libro de memorias -Memorias de una rosa- que no se publicaría hasta muchos años después de su muerte. A la herencia de Gómez Carrillo sumó Consuelo los derechos de El Principito, por lo que amasó una gran fortuna. Murió en 1979 y acabó heredándola quien había sido su chófer, mayordomo y jardinero, el español José Martínez Fructuoso, con quien al parecer también tuvo su correspondiente affaire. Si les hubieran dicho a “Gomeztible” y Saint Exupéry dónde iba a acabar su patrimonio, no se lo habrían creído.
(Publicado el 9-VI-2011)



Fotografía de José Luis Melero: Vicente Almazán

domingo, 11 de noviembre de 2012

Un poema de José María Cumbreño


La cerca de piedra

Mi abuelo puso una piedra
sobre la piedra
que había puesto su padre.

Mi padre puso una piedra
sobre la piedra
que había puesto mi abuelo.

Límite. Linde.

Yo tengo una piedra en la mano.

(De La parte por el todo, La Isla de Siltolá, 2011)

Imagen: José Vicente Ferrández

sábado, 10 de noviembre de 2012

Rimbaud


Me acuerdo de que Rimbaud, después de revolucionar la poesía de su tiempo, de iluminarse durante una temporada en el infierno, de escapar de la muerte a manos de Verlaine, se hizo traficante de armas en la exótica Abisinia, en el cuerno de África.
Rimbaud es el primero a la izquierda de la fila de arriba.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Otoño (2)


Acaba de entrar el otoño diciendo “aquí estoy yo”: agua a mansalva, pero una temperatura que invita al paseo, nubes grises y amenazantes que, no obstante, recuerdan una elegancia antigua.

Imagen: Alex Howitt

jueves, 8 de noviembre de 2012

Canto II (Tonino Guerra)



Canto segundo

Esta mañana, nada más salir al jardín,
ya me parecía haberme dejado algo en casa.
Dos pasos hasta el albaricoquero
y vuelta a entrar.

Ahora que ya no tengo nada que hacer
estoy sentado frente a la ventana
y me pregunto: ¿quieres esto? ¿quieres lo otro?

He quemado las páginas de los libros, los calendarios,
los mapas. Para mí, América
ya no existe. Australia nada,
la China es un olor,
Rusia es una telaraña blanca
y África un vaso de agua que soñé.

Desde hace dos o tres días voy detrás de Pinela, el campesino,
que va buscando la miel de las abejas silvestres.

(La miel, 1981)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Carmen Camacho en Cáceres



Esta tarde, a las 20:30 horas y en la Sala Dos del Gran Teatro de Cáceres, Carmen Camacho, sevillana de Jaén, poeta y activista cultural, ofrecerá una lectura-representación de su último y reciente libro de poemas: Campo de fuerza (Editorial Delirio).

Carmen, autora de libros como Arrojada, 777 o Minimás -este último una deliciosa recopilación de aforismos, greguerías, máximas y proverbios-, ha paseado su obra y su persona por múltiples encuentros y festivales por toda la península y aún del extranjero, como antes se decía.
Todavía no tengo el libro, con esa tan sugerente imagen de portada, pero la vi actuar este verano en Morille y aún repica en mis oídos su palabra y gozan mis ojos con el espectáculo presenciado aquella noche.

Yo de vosotros no me lo perdería.

martes, 6 de noviembre de 2012

Tropezar con la misma piedra


Me la encuentro todos los días en el mismo sitio, plantada firme y desafiante en medio del camino, pase yo por allí a la hora que sea.
Me ve avanzar hacia ella arrastrando estas zapatillas que me aprietan, tirando de esta vida que me pesa.
Está allí siempre, fija e inmutable con su quietud de siglos, como anclada a la tierra con unas raíces sin fondo. En realidad no es más que un estorbo, pero me obliga a rodearla sin siquiera dirigirme una mirada, con un vanidoso desdén que acentúa mi fragilidad y mi rabia.
Tengo la horrible sensación de que esa roca me odia.

lunes, 5 de noviembre de 2012

poema sin título


frente al mar, sobre una duna,

el mágico milagro de un junco solo

domingo, 4 de noviembre de 2012

Avaricia


Avaricia. Saco de tela gruesa y basta que, de manera contraria a lo que se piensa, nunca se rompe.
Su capacidad para expandirse hasta límites insospechados sin riesgo de fractura, debería ser objeto preferente de investigación por parte de la comunidad científica para ver de aplicar su inusitada capacidad de resistencia a otras utilidades más beneficiosas para todos.
Prima hermana de la codicia, otra que tal.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Ahab


Me acuerdo del capitán Ahab rumiando su venganza a bordo del Pequod; la pata de madera que arrastraba por cubierta le negaba el olvido y el perdón.

viernes, 2 de noviembre de 2012

2 preguntas 2


¿Qué sucede con ellas, a qué lugar van a parar las sombras huérfanas de los muertos?

* * * * *

¿A qué puerto de qué abismo arriban los submarinos hundidos?