martes, 24 de enero de 2017

Ascensor


Diez años viéndonos todos los días a la misma hora y en el mismo sitio, y ni siquiera sabíamos el nombre del otro.
Los dos siempre con cara de sueño, de hastío, con un fastidio antiguo que arrugaba incluso los trajes.
No sabría decir por qué precisamente hoy, pero cuando ha vuelto a romper el silencio con el mismo y soporífero comentario que le llevo escuchando impasible todos estos años (“Está fresca la mañana, ¿eh, vecino?”), no he podido aguantarme más.
Antes de llegar al garaje, su cuerpo exánime se me escurría de las manos después de estrangularlo.
Lo llevé a rastras hasta el trastero (a esas horas no hay nunca nadie por allí) y lo metí en el congelador.
Debajo de las bandejas de las verduras y los chuletones.
Para que estuviera tan fresquito como sus puñeteras mañanitas.

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