sábado, 14 de mayo de 2016

Solares


La maleza, esa dignidad de la tierra humilde que aún conservan algunos solares abandonados.

viernes, 13 de mayo de 2016

Del carácter


“Es una persona de carácter”, "tiene mucho carácter", "¡qué gran carácter!"... se suele decir con admiración de alguien queriendo resaltar con ello que posee una fuerte personalidad, digna de encomio.
¿Y eso qué? ¿Es que acaso no tenemos cada uno el nuestro, la nuestra, tan legítimos y respetables, tan ramplones y anodinos como los de cualquiera?
El carácter está muy sobrevalorado.

jueves, 12 de mayo de 2016

Calumnia



Calumnia. Embuste, falsedad, bajeza de quien se refiere de manera negativa a mis escritos y acciones, así como a las evidentes aptitudes y múltiples dones, tanto físicos como intelectuales, que me adornan en grado sumo y que bien a la vista están para quienes quieran comprobarlo de manera fehaciente sin dejarse llevar por envidias ni prejuicios. Ni por mis antecedentes penales.

Fig: Pariente cercana de la envidia cochina.

martes, 10 de mayo de 2016

Ángel Campos Pámpano (59)


Hoy, 10 de mayo, mi querido amigo y maestro Ángel Campos Pámpano hubiera cumplido 59 años.
No pudo ser; la muerte, inclemente y terca, nos lo arrebató casi de golpe va a hacer ya ocho años.

Realicé este poema-objeto (una taba, una canica, una ilustración de tebeo, una chapa y una peonza sobre una base de madera) en homenaje a un verso suyo (Los niños del verano calle arriba) incluido en el que fue su primer libro, La ciudad blanca, toda una declaración de amor a la hermosa ciudad de Lisboa.

Lusista de corazón, él me hizo amar tan hermoso lugar y la literatura portuguesa; os podéis figurar sin temor a equivocaros que mi vida es mucho más rica desde entonces y que mi deuda con su generosidad y maestría es eterna.

Lo dejo aquí como homenaje y en su memoria.

Un abrazo, amigo.

lunes, 9 de mayo de 2016

Donar

 
He ido a donar mi cuerpo... pero la Ciencia no estaba.

Cuaderno de bitácora


Cada palabra que escribas -ni siquiera, basta con que la pienses, la digas- es un renglón inscrito para siempre en el cuaderno de bitacora que registra el rumbo, y los tumbos, de tu existencia.

domingo, 8 de mayo de 2016

"Historia de una chapa" (carta a Luis Landero)



Hoy, revolviendo entre mis papeles en busca de uno que no he podido localizar -¡pero dónde se habrá metido el puñetero!-, me he topado con este antiguo texto que, a modo de presentación, escribí hace ya veinte años en honor a Luis Landero durante su presencia en el primer curso del Aula Literaria "Jesús Delgado Valhondo", que entonces dirigía en Mérida junto con mi amigo Antonio Gómez.

Y me ha podido, perdonadme, el impulso y la nostalgia.

Querido Luis:

Yo no nací en Alburquerque sino en Madrid, exactamente en un barrio formado por un aluvión de emigrantes andaluces y extremeños: El Pozo del Tío Raimundo. Con este origen y unos progenitores de Fuente del Maestre y La Albuera, comprenderás que sienta un cierto orgullo y cariño por esta tierra, de la que al fin y al cabo provengo y tantas cosas hermosas me ha dado.
Dirás que a qué viene esto y no te faltará razón, pues lo que yo quería en realidad era hablarte de fútbol. Verás: sé que eres del Madrid y que uno de tus mayores deseos hubiera sido escribir "la crónica deportiva todos los domingos". Y quería decirte también que yo "me hice" -provisionalmente, aclaro, uno es de verdad y para siempre del equipo de su barrio, esto es, del Rayo Vallecano- del Madrid en 1966 cuando ganó, ay, su última Copa de Europa. Tenía siete años, aquel invierno estrené pantalones largos, mi padre dejó de fumar por primera vez...
A mi casa, igual que a la tuya unos años antes, en aquella época de no hace tanto tiempo aunque a veces parezca que sí, también llegaban paisanos del pueblo a buscarse la vida en la capital. En mi barrio, Luis, de albañil, sobre todo de albañil. Algunos traían como presente para corresponder a la hospitalidad pasajera paquetes informes envueltos en un papel de periódico sucio y grasiento -el Pueblo, el Ya- atados con una cuerda de pita que, una vez abiertos, mostraban su contenido sangriento: chorizos, tocino, morcilla... Otras veces eran unos kilos de garbanzos, o miel, o café portugués de contrabando empaquetado en unos cilindros de cartón multicolor con un camello pintado en el centro. Creo que me estoy yendo por las ramas otra vez.
El fútbol, Luis, en aquellos años invadidos de miseria y esperanza, era nuestro juego predilecto, nuestro afán más inmediato. Y como raramente teníamos no ya un balón sino ni siquiera una pelota -que no es lo mismo aunque parezca igual-, jugábamos con vulgares chapas de cerveza o refrescos en las que pegábamos la imagen de algún futbolista de postín previamente recortada de los cromos que venían con las tabletas de chocolate. Los que por ventura poseían alguna chapa de Cinzano o Canada Dry se pavoneaban como presidentes de club que hubieran fichado a un talento extranjero y solían ponerlas a jugar en la delantera. Pintábamos el campo con tiza, sorteábamos el saque echándolo a pies y poníamos algunas piedrecitas para marcar las porterías. 
El esférico podía ser una canica de barro, una bola de miga de pan, un chicle masticado mil veces y endurecido a la intemperie...
Yo jugaba de chapa-portero. El ídolo entonces era Iribar, apodado El Chopo, que era el guardameta del Athletic Club de Bilbao y de la Selección Española, pero a mí el que me gustaba de verdad aún sin haberlo visto jugar, nada más que por el sobrenombre, era el de Rusia: Lev Yashin, La Araña Negra, un magnífico arquero que años después murió con una pierna de menos. 
De un viejo periódico del 64 que glosaba hasta la náusea el haber derrotado al equipo rojo en la final de la Eurocopa con un legendario gol de Marcelino, recorté su rostro y lo pegué con mimo en la mejor de mis chapas. Y no era fácil, no, marcarme un tanto: se me rifaban los equipos, aunque me esté mal el decirlo.
El lujo era el futbolín de Casa Manola: un soberbio mueble de madera y bronce, con ceniceros de cobre, los jugadores del Madrid y el Barça y el campo pintado de verde simulando el césped, que a nosotros se nos figuraba el mismísimo Maracaná. 
Y no te digo nada, Luis, si por ventura caía en nuestras manos unos de aquellos balones llamados de reglamento queriendo significar con ello que era auténtico, de cuero, y no de la goma triste, como de suela de alpargata, habitual en los que rifaban las tómbolas en la feria de mayo.
Poco acostumbrados a la dureza y reciedumbre de aquel material, al acabar los partidos -que solían durar varias horas, toda la mañana o la tarde, mientras nuestras madres se desgañitaban llamándonos a la mesa- terminábamos con la cabeza dolorida de tanto remate y los pies llenos de ampollas. Al llegar a casa, maltrechos y sudorosos, podía suceder que encima nos zurrasen la badana por la tardanza y desobediencia, amén de castigarnos a no tocar otra pelota hasta vaya usted a saber cuándo. Aunque, en honor a la verdad y en defensa de las madres, he de decirte, Luis, que este último castigo casi nunca se cumplía: un beso a tiempo, hacer un recado, una lágrima o un abrazo obraban el milagro.
Lo peor era perder; perder contra el equipo de la otra calle -entre nosotros no contaban las derrotas, eran como un entrenamiento-, perder, digo, suponía una humillación insoportable que traía consigo una retahíla de burlas y desprecios que había que reparar lo antes posible. Nuestro orgullo de niños era sagrado y, como tú bien has dicho en alguna ocasión, "no hay nada más serio que un niño cuando juega".
Y así, Luis, entre partido y partido, entre derrota y victoria, establecimos vínculos y actitudes que aún perviven en algunos casos y adquirimos un legado feliz que activamos con la memoria. Después crecimos. Y llegó el amor, la torpe desesperación ante unos ojos que te miran y te sacuden por dentro sin que sepas por qué, el alzar el vuelo y pelear por la vida con armas que desconoces. Y aprendes la lealtad y la ternura, la tolerancia y la amistad, y descubres esa otra pasión que es la lectura y un amigo que un día te regala un libro de Luis Landero. 
"Un libro estupendo", te dice. "Un tipo magnífico", te dice.
Por eso, después de leer tus libros y artículos con la pasión febril que se pone en lo que amamos y saber lo del Madrid y lo de la crónica deportiva, se me ha ocurrido escribirte estas líneas.
No me preguntes cómo pasa el tiempo, Luis. Sospecho que nunca transcurre enteramente a la medida de nuestros deseos y que va a su aire y que le importamos un pimiento. No lo sé. Pero lo que sí sé es que entonces, cuando lo de las chapas, el futbolín y los cromos del chocolate era feliz y que ahora, mientras te leo esta carta sentado a tu lado también lo soy y por eso te doy las gracias.
Un abrazo, Luis.










sábado, 7 de mayo de 2016

Ruta de la Plata (dos últimos libros)


No quería dejar pasar este sábado sin hacer referencia  a estos dos estupendos libros -ambos con un hermoso título, por cierto- que, desde dos lugares distintos (Salamanca / León) de la antigua Ruta de la Plata, han sido los últimos en llegar hasta mi buzón en Mérida gracias a la generosidad de sus autores y, no obstante, amigos.

El silencio escribe con tijeras, de Luis Arturo Guichard, está signado con el nº 14 de la colección "Aforismos" que hace apenas un año puso en marcha el poeta y editor Javier Sánchez Menéndez en la ya más que consolidada Ediciones de la Isla de Siltolá.

Uno conocía a Luis Arturo como magnífico poeta gracias a los buenos oficios de nuestro querido y común José María Cumbreño -otro de sus editores y también sin embargo, amigo-, pero hasta hace unos meses no la de aforista.
Con este libro, que tuve la fortuna de leer antes de su publicación, cuando aún estaba armándose, el autor mexicano, profesor de Filología Griega en la Universidad de Salamanca, demuestra que no le tiembla ni el pulso ni la sabiduría en ninguna de estas dos facetas de la escritura.

Juegos de artificio, de Antonio Toribios, aparece en la "Serie Verde" de Los Libros de Camparredonda, una espéndida colección, de bellísima factura formal, que fundó y dirige Gregorio Fernández Castañón en tierras leonesas.
El libro es una colección de microrrelatos, ilustrados en esta ocasión con una serie de fotografías de María Gómez donde la máscara (el artificio), es la protagonista.
A Antonio Toribios le sigo la pista desde hace años a través de su blog Almanaque (un santoral apócrifo al hilo de los días) que hace mis delicias como lector cada vez que publica una nueva entrada; la última, de hace ya unos meses, con el título de Evencio (lo de los más que curiosos nombres del "santoral" de Antonio también es para nota).

Ando ahora con Camba y Pessoa entre manos, pero espero dar buena cuenta de ambos en breve. Y disfrutarlos de lo lindo.
Y si se me ocurre algo potable que decir y que no desmerezca en demasía del talento de los autores, en esta misma ventana tendréis cumplida noticia de ello.
Pero vamos, que lo mejor será que os hagáis con ellos cuanto antes y disfrutéis de su lectura a vuestra manera.



3 refranes de los de toda la vida con una manita de retórica imbécil



A equino donado no le periscopees el incisivo.




Más vale plumífero volátil en cavidad metacarpiana que el cuadrado de diez surcando los espacios estelares a su libre albedrío.



A palabras pronunciadas por laringes incoherentes, las trompas de Eustaquio permanecen en estado letárgico.