martes, 15 de septiembre de 2015

La faena



Temblando como un flan, con la taleguilla sospechosamente abultada por la parte donde se unen las nalgas, perseguido de cerca por el bufido y las astas del morlaco (mulato, bragao, veleto…) por todo el albero de la plaza para rechifla de la parroquia, se metió en el burladero a la carrera.

Sudando miedo todavía, nos echó a toda la cuadrilla esa gélida mirada mezcla de desprecio y reproche de cuando la faena no cuajaba en triunfo.

Como si nosotros tuviéramos la culpa de su impericia y cobardía.

Hasta la coleta nos tenía.

No tuve más remedio que hacerle un favor al escalafón de la tauromaquia: le asesté un estoconazo, es un decir, con el botijo del mozo de espadas en todo lo alto.

Rodó sin puntilla.

Dos orejas y rabo (con salida por la puerta grande) me merezco.

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