De una formación de
pájaros que pasa volando a media altura, de repente se ha desplomado uno de los
que iban en cabeza. Inmediatamente ha sido sustituido por otro en su lugar. El ave ha
caído casi a mis pies, pareciera que hubiese sufrido un infarto fulminante en pleno vuelo, una
fatiga invencible en las alas. O acaso era ya cumplida su hora vital.
Lo he recogido del
suelo y en apenas un par de minutos se me ha muerto entre las manos sin ni
siquiera un trino de queja, un gorjeo, un postrer aleteo. Lo he depositado junto a unas
piedras y unos matojos resecos a la sombra.
Los insectos, o tal vez algún gato
de esos medio asilvestrados que merodean por aquí darán buena cuenta de él.
La
bandada se ha perdido, indiferente al drama, batiendo alas hacia el
ocaso.