sábado, 5 de marzo de 2016

Un tranvía con Elías dentro



Tranvía

El gusano de cables
va hilando su camino

Y sobre la bitácora
un experto marino
juega a los barquillos en la rosa náutica

Las estrellas medrosas
deshojadas y rotas
huyendo del huracán
vienen a refugiarse en nuestras gavias

Se oyen morir extáticas las olas
en la playa desierta

De repente notamos
que alguien nos ha robado
Buscamos la memoria y no la hallamos

No tengas miedo

Sobre las nubes
imantadas de relámpagos
Elías cruza en su tranvía
eléctrico

Gerardo Diego (de Limbo, 1951)

viernes, 4 de marzo de 2016

Cosecha del 59 (13)

Afochilindrinas


Solo me recreo en las palabras, una de las pocas maneras de reconstruir un mundo a la deriva.

La fragmentación del mundo se reconstruye en la mirada poética.


Cuando el mundo mira, la mirada construye y reconstruye.


Sueño que respiro, y respirando ronco; ansío la esperanza y se trueca en ilusión. Solo deseo el respirar de un sueño.


Cuando soñé respirar, respiraba soñando («y soniando tu chugas / con un luzero / implendo d'alegria / lo firmamento»).


¿Cuánto estúpido leyendo los posos del café? Así la vida: miradas al pasado que desprecian el mañana.


Las siluetas se desdibujan en el lienzo de la noche.


La noche ya clarea. Tiempo de silencio: silencio del tiempo.


He recorrido todos los rincones por los que intuía tu presencia y solo atravesé sombras de tu ausencia.


Cuando la noche se quiebra, tiemblan los corazones, ahítos de misterio.


Pienso en las mentiras de la memoria y se me confunde la historia.


En cuatro por cuatro, se expone la armonía; se arrumba el misterio; se descubre la miseria; se deslumbra la coherencia.


Una vez, en un día sin tiempo, la verdad se escondió en la noche y la noche delató su infortunio. No fue nada: la vida volvió a su constante gañido.


La primavera, de noche, es oscura, negra como la culpa de un católico arrepentido.


Cuando la noche llora, el día se retarda. Los bisiestos se resienten.




jueves, 3 de marzo de 2016

Magdalenas



A pesar de la percepción general acerca de su autoría, Proust no inventó las magdalenas; es casi seguro que fue alguna abuela.

miércoles, 2 de marzo de 2016

"Tris", el perro monaguillo



Tris fue un perro monaguillo. Quizá el único perro monaguillo que haya existido jamás. El mejor perro que tuvimos, si le preguntara a mi padre. Oía misa cada domingo desde el altar, a la derecha de Don Ovidio, mientras contemplaba con pereza los rostros de los bancos. Cuando empezó a adoptar la costumbre algunas ancianas trataron de sacarlo de allí, pero fue Don Ovidio, ya un cura anciano que había perdido la cabeza, el que decidió que se quedara.

El perro acompañaba los jueves a mi hermano mayor a casa de Don Ovidio, donde jugaban al ajedrez, aunque ninguno de los tres sabía jugar al ajedrez. Y repetía la costumbre los domingos en misa de once. La iglesia de San Lorenzo de Piñor, en la provincia de Ourense, se encuentra en mitad de una grieta en la parte más baja del pueblo, como una piedra enterrada en el barro. Todo el pueblo recuerda a Tris y a mi hermano atravesando la niebla en muchos inviernos de hierba mojada, como si caminaran en un caldo de hielo. Mi hermano se colocaba a un lado de Don Ovidio para ayudar a misa, y Tris al otro. Ese es uno de los últimos recuerdos de mi infancia, que a veces tengo que completar con una foto que invoca a un perro mediano, sin raza, pelaje canela y patucos blancos.

En aquel tiempo Don Ovidio empezó a llenar sus bolsillos de ferretería. Olvidaba partes de la homilía, gritaba a voces que solo oía en su cabeza y que interrumpían sus oraciones, se marchaba a su casa en mitad de la misa a realizar alguna tarea que había olvidado, y poco a poco la parroquia se fue desplazando cinco kilómetros al este, para oír la misa del sanatorio psiquiátrico, donde hoy los locos pasean alrededor de la reja del helipuerto como una temporada de The Walking Dead. Las abuelas enlutadas que no llegaban hasta el sanatorio seguían yendo a Don Ovidio, donde rezaban solas como laboriosas hormigas recorriendo por su cuenta el sendero de la salvación.

Mis padres y mis abuelos no iban a misa de Don Ovidio. Y nosotros solo íbamos por Tris, cuya presencia llegó a representar el veinte por ciento de los feligreses. El cura y el perro se fueron la semana del día de los enamorados. No sé dónde fue a parar Don Ovidio, ni si es verdad como dicen que llegó a oír misa en el sanatorio psiquiátrico. Pero Tris, acostumbrado a vagar por el pueblo, murió envenenado. Agonizó un par de días a los pies de un rosal mientras el blanco de sus ojos se fue tiznando de amarillo. Le enterré envuelto en una toalla de playa junto a un cerezo, y me inventé una cruz. Debió ser por aquel entonces cuando se me pasó por la cabeza la idea de hacerme cura.


Texto encontrado aquí y reproducido con el permiso expreso de su autor, a quien doy las gracias.

martes, 1 de marzo de 2016

Estamos perdidos


Una frase, oída mil veces, sobre todo en las películas, y que no tiene ningún sentido: “Maldición, si nos encuentran, estamos perdidos”.

Argumento del lógico: “¿Cómo vamos a estar perdidos si nos encuentran?”.

(Sopa de Ganso, de los Hermanos Marx, 1933)