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martes, 10 de mayo de 2016

Ángel Campos Pámpano (59)


Hoy, 10 de mayo, mi querido amigo y maestro Ángel Campos Pámpano hubiera cumplido 59 años.
No pudo ser; la muerte, inclemente y terca, nos lo arrebató casi de golpe va a hacer ya ocho años.

Realicé este poema-objeto (una taba, una canica, una ilustración de tebeo, una chapa y una peonza sobre una base de madera) en homenaje a un verso suyo (Los niños del verano calle arriba) incluido en el que fue su primer libro, La ciudad blanca, toda una declaración de amor a la hermosa ciudad de Lisboa.

Lusista de corazón, él me hizo amar tan hermoso lugar y la literatura portuguesa; os podéis figurar sin temor a equivocaros que mi vida es mucho más rica desde entonces y que mi deuda con su generosidad y maestría es eterna.

Lo dejo aquí como homenaje y en su memoria.

Un abrazo, amigo.

sábado, 14 de abril de 2012

14 de abril (Homenaje a Robert Capa)


Me acuerdo de un miliciano que muere en una fotografía de Robert Capa. Y de que la novia del fotógrafo, Gerda Taro, murió aplastada por un tanque durante la batalla de Brunete.

jueves, 14 de abril de 2011

14 de abril



Memoria
(Huesos de taba, ceniza y madera).

Elías Moro

domingo, 20 de junio de 2010

3 haikus para mis tres mujeres

Imagen: Elías Moro
(Lacre, cera, pintura y barniz sobre cartón)



Haiku de tu voz
(Lali)

Ese sonido
acunándose dentro;
tu voz de miel.

* * *

Haiku de la mirada
(Sara)

Sara me mira.
La luz alumbra de golpe.
Acaba el dolor.

* * *


Haiku de las sonrisas
(Alba)

Sonrisas de Alba,
tan dulces y perfectas
como cerezas.



martes, 16 de febrero de 2010

No os lo perdáis


Esta preciosa y sugerente imagen es la carta de presentación de la exposición sobre poesía visual que Julia Otxoa inaugura este próximo jueves en San Sebastián.
Los que en esa fecha estéis por la "Bella Easo", no deberiáis perdéosla.
Yo no podré ir, así que a ver si alguien me lo cuenta.
Suerte, Julia.

sábado, 6 de febrero de 2010

El gran Gómez










El título de esta entrada quiere parafrasear aquel otro de la película de los Cohen, El gran Lebowski, una peli extraña -al menos para mí, que la he visto dos veces y todavía no sé si me gusta o me aburre- haciendo hincapié en el apócope gran.

Porque Antonio Gómez es un grande, no me cabe la menor duda; grande en sapiencia, grande en humildad y talento, grande incluso en su presencia física, con ese aspecto de oso bueno que tiene -mi mujer le llama “mi osito de peluche”, así que ya os podéis figurar a lo que me refiero-, y que no puede disimular. Desde que lo conocí en un ya lejano 1983, aposentado tras la barra del mítico “Alcandoria”, un bar que era el mejor centro cultural de Extremadura en aquella época -guarida de pintores, poetas, músicos y demás gente de mal vivir que se movían entre aquellos toneles de barro como peces en el agua- tampoco me cabe la menor duda de esto. De allí, al amor de una estufilla de butano y al rebufo de amistades peligrosas, entre vinos y cervezas, y pensadas por su cabecita inquieta, salieron ideas y proyectos tales como las “Hojas Parroquiales” -hoy, piezas de coleccionista casi todas ellas-, “La Pirámide”, “Caja de Truenos”, “Arco Iris”, o el mítico “Holo”, fanzine irrespetuoso e irreverente donde los hubiera y que no dejaba títere con cabeza. Todos proyectos colectivos donde recoger la obra y las ilusiones de un tropel de inquietos sin una mala publicación donde caerse muertos.
La labor de Antonio como dinamizador cultural en y desde Extremadura admite pocos parangones; gracias a él, el nombre de esta región y el quehacer de muchos de sus creadores es conocido en todo el orbe conocido, valga la redundancia.
Pero es su labor en solitario, callada y eficaz, de un enorme calado poético y de conciencia crítica la que más me interesa resaltar. Porque da la casualidad, mira tú por dónde, de que su obra dentro del terreno de la poesía experimental, es una de las más potentes y sugerentes surgidas en España en los últimos treinta años, si es que no me quedo corto. Sus múltiples exposiciones y publicaciones, su continuada presencia en encuentros y congresos de toda calaña y condición -desde los más altos palacios a las más pequeñas aldeas-, así lo atestigua. Su obra gráfica se encuentra presente en colecciones, museos y ferias de arte internacionales. Acaso sea también uno de los mejores coleccionistas de exlibris de este país, entre cuyas piezas se encuentran obras de algunos de los mejores artistas mundiales. También, en su gabinete de trabajo, acumula cientos de piezas de mail-art y hermosísimos libros-objeto de escaso tiraje que algunos envidiamos con la codicia del buscador de tesoros.
Y todo esto, ya se ha dicho, a la chita callando, poco a poco, con una paciencia y resolución de hormiguita tenaz, con una humildad de las de verdad de la buena, no con esa falsa modestia consustancial en los hipócritas, y que contrasta escandalosamente con esa velocidad de ahora en la que cualquier pintamonas echa una meada y se tilda de genio con una desvergüenza que da más pena que otra cosa.
Y con ser todo esto -¿os parece poco?-, Antonio es también un más que estimable poeta discursivo, un algo filosófico pero nada dogmático. También en este terreno sus breves poemas calan hondo en quienes los leen.
Títulos como Caminar por caminar, cansa, Agua, pan y cama, Sumo y sigo o Cruce de caminos no me harán quedar como un mentiroso.
Item más: en múltiples ocasiones él mismo utiliza en acciones y perfomances, con sutileza unas veces, con contundencia otras, su propio cuerpo como objeto poético.

Dejo aquí un par de preguntas, que a él no le gustarán, estoy seguro, pero que a mí me parecen de justicia, para quien corresponda.
¿Para cuándo una antológica de su obra, con un catálogo a la altura, en el lugar que merece?
¿Para cuándo, señores míos, la Medalla de Extremadura para Antonio Gómez?

Señoras y señores, con ustedes, el gran Gómez.