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martes, 1 de abril de 2014

Los seres de Maralva (9)



Irsa del Norte

Las irsas se distinguen por las tres grandes plumas de la cola, largas y finas en las del norte y redondeadas en las del sur. El distinto color del plumaje varía según el hemisferio en el que se encuentren: si una irsa del norte va al sur, allí tomará el color de las del sur, y lo mismo les ocurrirá a estas, si vuelan hacia el norte. El color de las plumas en el ecuador es blanco, pero sólo durante el tiempo que tardan en cruzar esa línea imaginaria. En la oscuridad, si lo precisa, segrega un líquido que baña su penacho y lo hace resplandecer.

Texto e imagen: Javier Alcaíns

viernes, 23 de agosto de 2013

Los seres de Maralva (8)

Aril

También llamado avesable, por la forma de su pico, el aril suele acompañar a la tribu de los vanopios, nómadas que continuamente viajan hacia occidente porque creen que el sol es cada día uno distinto y debe haber un lugar donde se acumulan los de todos los días. Suelen cerrar la caravana, alimentándose de las sobras de la comida. No vuelan alto, pero su planeo es elegante y lento como el último baile de la noche. Cuando buscan pareja chocan su pico repetidas veces, haciéndolo sonar como las espadas de los duelistas. Los vanopios hacen con sus plumas abalorios para que se engalanen las muchachas de quince años.

Texto e imagen: Javier Alcaíns

jueves, 2 de mayo de 2013

Los seres de Maralva (7)


Grémilo

No hay un ser más extraño en toda Maralva que el grémilo. Primero es una piedra azul que echa raíces y de la que brota un tallo vegetal; cuando florece la planta, de la corola nace una nueva piedra azul. Las ramas, al principio leñosas, van transformando la savia en sangre al tiempo que toman forma animal. Este animal, ya crecido, se desgaja de la planta y vive de manera autónoma, aunque mantiene, naciéndole del cráneo, una rama con flor mineral. Finalmente, de su interior nacen pájaros que tienden hacia cualquiera de los tres reinos, según los casos. Por si todo esto fuera poco, un misterio más lo envuelve: nadie ha visto nunca un grémilo muerto.

Texto e imagen: Javier Alcaíns

sábado, 2 de marzo de 2013

Los seres de Maralva (6)



Fitocrucota

Fiero y astuto depredador de Larganda, capaz de cazar en solitario presas tres veces más grandes que él. En la espalda le crecen hojas de tirinata, de olor dulzón y penetrante, que le sirven para camuflarse en la espesura. Deja que el viento las mueva, y a ella van las presas golosas de verdura; mientras las muerden, muerde también el fitocrucota. Cuando ha comido mucho, en el espinazo le brotan flores de un rojo encendido y palpitante. Aunque aborrece a los hombres, las niñas tienen sabiduría para amansarlo.

Texto e imagen: Javier Alcaíns

miércoles, 10 de octubre de 2012

Los seres de Maralva (5)


Ferlibo
En las llanuras de Hir y de Nirve puede verse al ferlibo, un mamífero atípico que semeja ser ave. Su mismo comportamiento parece melancolía de vuelo: de la quietud emprende sin motivo una veloz carrera extendiendo sus grandes manos y chillando como un pájaro mientras mira, como desde lo alto, el cercano suelo. Para detenerse agita las manos como alas que frenaran el aire, inclina hacia atrás el cuello y clava los pies, imitando el posarse de las aves. Con hojas y ramas hace un nido en el suelo y, antes de tener crías, pone en él dos o tres piedras blancas de superficie redondeada y pulida. A pesar de todo esto, no se sabe de ningún ferlibo que haya intentado volar realmente, lanzándose al vacío desde algún lugar elevado. Los niños se entretienen con un juego que consiste en correr entre una manada de ferlibos imitando sus maneras.
Texto e imagen: Javier Alcaíns

lunes, 2 de julio de 2012

Los seres de Maralva (4)



Diglo

El diglo nació para asombro de los hombres, ya que su existencia no estaba prevista en la Naturaleza. Un feliz mentiroso lo describió una vez y luego hubo gente que afirmó haberlo visto. Los sabios se indignaron; escribieron sobre su inexistencia y quedó como uno de los muchos animales fantásticos que pueblan las leyendas. Una mañana, un brujo se presentó ante la multitud con un animal que nadie había visto antes: era un diglo. Una jaula de oro fue su hogar desde entonces, y parecía burlarse de los sabios desde ella. Sin que haya razones para apoyarla, existe la teoría de que el diglo comprende el lenguaje de los hombres.
Texto e imagen: Javier Alcaíns

domingo, 29 de abril de 2012

Los seres de Maralva (3)


Cribán
Habita toda la ribera del Fangana, desde su origen hasta que vierte en la Mar Tranquila. No se aparta de las orillas de este río más que para dormir, cosa que hace en las ramas altas de los árboles más cercanos a la orilla. Su único alimento son los peces del río, que pesca con la mano, siempre certero. Cuando el temporal enturbia las aguas retuerce los brazos como ramas seca y aguarda que los peces vayan a buscar cobijo en ellos. No todos los que pesca así son de su agrado. Una larga melena azul adorna el cuello de los adultos y rara vez estará sucia o descuidada, pues se esmeran en su aseo. Esta melena amarillea con la edad, siendo en sus últimos años de una blancura de nieve, lo que le da apariencia de fantasma, porque con la edad va cubriéndole todo el cuerpo. El cribán sabe de cestería: trenza tallos que escoge por su flexibilidad y construye con ellos cestas a las que luego no sabe o no quiere dar utilidad. Se complace un instante en mirarlas y luego, dejándolas sobre el agua, las mira alejarse corriente abajo.
Texto e imagen: Javier Alcaíns

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los seres de Maralva (2)


Bodén

A diferencia de casi todas las demás especies, el bodén no abunda: ocho o diez parejas habrá en total, todas ellas en Quima. Es un herbívoro de mediano tamaño y no hay dos que tengan el mismo color ni el mismo dibujo en la piel. Es creencia que trae buena suerte encontrarse con uno, aunque esto resulta poco menos que imposible, ya que se oculta de cualquier animal que tenga los ojos a mayor altura que él. No sirven trampas, en las que no cae, ni aguardar al acecho, pues sus sentidos son extremadamente agudos y olera, oirá o verá al perseguidor mucho antes de que él pueda ser visto. Deja huellas sutiles y aun tiene astucia para borrarlas, y su voz es un susurro que se confunde con el ruido del agua o de las hojas. Muda en el verano, quedando por completo descubierto de pelo, ahora sí todos iguales. Al comienzo del otoño le crece nuevamente, aunque distinto el dibujo. Los pelos de su crin son la moneda más estimada de la isla; su valor depende de su longitud. En el cielo de Maralva puede verse una constelación llamada Bodén dormido sobre las aguas.

Texto e imagen: Javier Alcaíns

lunes, 6 de febrero de 2012

Los seres de Maralva (1)


Abadano

Por su tamaño y fiereza, es el rey de las selvas de Tagunia. Supera en la cruz la estatura de un hombre y en la carrera alcanza al más veloz. Voraz a todas horas, comerá cuanto encuentre a su paso que pueda triturar su potente mandíbula, incluidas algunas piedras, aunque todo lo despreciará si encuentra su manjar preferido: tiernas flores amarillas. Las húmedas selvas de la isla ofrecen estas flores en contados rincones, y son las que espolean y fortalecen el órgano de la generación. Buscan pareja en primavera para aparearse, el resto del año lo pasan solitarios. Miden su territorio por el prolongado y potente mugido que emiten; si no escuchan el de otro congénere corren a sus anchas en cualquier dirección, pero si otro contesta se irán apartando hasta que ya no se oigan. El eco a veces engaña a los más jóvenes, pero tarde o temprano aprender a diferenciar. El abadano se duerme sin remedio cuando la lluvia lo toca, y durará el sueño lo mismo que el agua. Es un sueño profundo del que no consigue despertarlo nada; una erupción volcánica, una estampida de animales con miedo podrían acabar con él en ese instante. Es también cuando únicamente podría tajársele el cuerno, si su cuerno tuviera alguna virtud que justificara la codicia.

Texto e imagen: Javier Alcaíns