lunes, 22 de julio de 2013

2 "me acuerdo" con olor a ajo



Me acuerdo de que Julio Cortázar abominaba del ajo porque le provocaba unas jaquecas espantosas.
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Me acuerdo de que Unamuno llevaba ajos en los bolsillos. Los comía como si fueran caramelos.

domingo, 21 de julio de 2013

Callejero


Estoy seguro de que habrá hermosos nombres de calles por ahí, en cualquier ciudad o país, en cualquier latitud o meridiano. Pero también lo estoy de que pocos lo serán tanto como este bellísimo octosílabo -Tránsito de las ballenas- que ennoblece con sus cuatro palabras una de las esquinas, cara al puerto deportivo de la ciudad, de un pasaje cercano a la antigua fortificación militar del cerro de Santa Catalina en Gijón.

Un octosílabo huérfano que merece la compañía de otros en un poema que quizás, tal vez, algún día me vea capaz de escribir sin menoscabar demasiado su belleza para no incurrir justamente en la ira cetácea y marina. O en la terrestre y humana.

sábado, 20 de julio de 2013

Invisible


Ojalá me dieran a mí, siquiera de vez en cuando, y como decía Thomas Mann, “ataques de ser invisible”.
No estaría nada mal, no señor.
Se iban a enterar algunos.   



viernes, 19 de julio de 2013

2 greguerías "vampíricas" de Rivero Taravillo


"Murciélagos: aéreas gárgolas de sombra entre los focos."

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"El sol, gran vampiro de lo suyo, el amarillo."


Encontradas en el blog del autor

jueves, 18 de julio de 2013

Ten paciencia



Ten paciencia, no te apresures más de la cuenta en subir al ring; lo que haya de caerte, ya te caerá a su debido tiempo, no lo dudes.

miércoles, 17 de julio de 2013

Se están perdiendo las formas



Lo maté porque siempre se marchaba sin pagar.

No había cena, comida, o unas simples raciones en cualquier tasca en que no me hiciera siempre lo mismo.

Y yo, aguantando como una tonta.

¡Cuánta razón tenían mis amigas al decirme que tuviera cuidado, que “ese tipo” (así se referían a él con desprecio) se estaba aprovechando de mi inocencia y candor!

Con los más peregrinos motivos, y como dándome a entender que me estaba haciendo un favor, a la hora de pagar desaparecía con cualquier pretexto en los labios:

“Voy a buscar tu abrigo al guardarropa”. “Voy a acercar el coche a la puerta”. “Voy un momentito al servicio”.

Excusas baratas.

Y mientras, el camarero allí, firme como un garrote a mi lado con la factura en la bandeja de alpaca bien a la vista, con todos los comensales del local pendientes de la escena.

Esto no lo hace un caballero.

Y lo mire usted por donde lo mire, semejante comportamiento es absolutamente intolerable.

Una dama jamás debería verse en esta situación.

Lo peor, sin embargo, ha sido tener que darles la razón a mis amigas.

Cualquiera las aguanta a partir de ahora.

martes, 16 de julio de 2013

Paisanaje (23) Modesto



Si, tal y como afirma la sentencia popular, el nombre con que nos castigan en el instante de ungirnos en la pila bautismal imprime un carácter indeleble y tiende a ser un reflejo fiel de la personalidad del sujeto (aunque conozco yo a un tal Elías que no tiene nada de profeta; es más, no acierta ni cuando aventura las más peregrinas hipótesis), Modesto era la excepción que confirma la regla: altanero, orgulloso, ruin, despreciativo en grado sumo, prepotente con los débiles…

De origen humilde, casi mísero (su padre, zapatero remendón en un poblacho de la meseta; su madre, una mártir iletrada que no hacía carrera de semejante patán), luego de lo que se ha venido llamando toda la vida “dar un braguetazo de tres pares de cojones” y a matrimoniar de “penalti” gracias a una artera combinación de su buena facha, su fértil labia aduladora y sus malas artes en el acoso y derribo de la víctima elegida, devino en industrial de éxito en los negocios del ramo textil (telas y paños al por mayor, confecciones y mantelerías, ropa de baño y cama…) con el apoyo escéptico de su suegro forzoso, que lo soportaba a duras penas y no le perdonó jamás el bombo prematuro de la niña.

A él le gustaba titularse de sastre, se conoce que era una profesión que le infundía respeto, pero, vamos, ni por el forro. ¡Si no sabía ni coger unas tijeras! Ese tenía de sastre lo que yo de cura, que lo único que me gusta de eso es dar hostias.

A partir de aquel momento (desde el braguetazo, digo), su mayor objetivo en la vida era hacer alarde (y restregárselo de paso por el morro a los demás) de sus posesiones y riquezas, ya que no de buen gusto. De que éste brillaba por su ausencia su casa era la prueba más palpable, aunque no la única: granitos variados en la fachada, baños pintados de rosa, dorados y purpurinas en los marcos de puertas y ventanas, horrendos paisajes y bodegones de rastrillo de algún pintamonas de academia que él consideraba cimas de la pintura universal “decorando” las distintas estancias (hasta en el váter, que tiene bemoles la cosa), estrambóticos automóviles que ni siquiera sabía conducir criando polvo en el garaje…

Desde su estilo en la vestimenta, hortera y estrafalario, hasta sus abominables modales en la mesa a base de sonoros eructos de apestosos efluvios, palillos churretosos hurgando implacables en las caries entre plato y plato, lamparones de grasaza por la barbilla y la pechera… y pasando por una incultura supina en cualquiera de las nobles artes, pareciera que otro de los objetivos vitales del Modesto fuera el de convertirse en la antítesis bípeda de la estética. Y ya puestos, de la ética también. Hasta de la casualidad surgida de la combinación de su nombre y apellido, Lafuente, presumía a la menor ocasión sin recato ni vergüenza, demostrando a quien se le pusiera por delante, deneí y callejero en mano, que hasta una calle en la capital tenía dedicada.

-Y en uno de los mejores distritos -recalcaba el majadero con prepotencia.

Los más ilusos y crédulos, o los pobres desgraciados que forzados por las circunstancias laborales penaban bajo su férula, le palmeaban la espalda con entusiasmo (los primeros), o le reían la gracia a la puta fuerza (los segundos).

Pero la señorona de la balanza y la espada, que de vez en cuando se quita la venda de los ojos, tuvo a bien (por una vez y sin que sirva de precedente, eh, no vayamos a joderla, a ver si se nos va a caer el chiringuito con lo que nos ha costao ponerlo en pie) hacer su trabajo en condiciones, esto es, impartir justicia de la buena, y gracias a una serie de factores negativos concatenados en el espacio-tiempo (el desplome mundial de los precios de sedas y muselinas, la feroz competencia oriental de ojos rasgados (-Y desleal -recalcaba él con rabia sorda-. Putos chinos), la consabida y recurrente esquizofrenia bursátil, sumados a su desmesurada afición a las más onerosas casas de lenocinio y a los garitos ilegales, le abocaron a la ruina en menos que canta un gallo.

Y oye, visto y no visto: de un día para otro, y más pobre que las ratas, se le quitaron de golpe todas las gilipolleces.

Y es que ya lo dice el refrán: “No hay nada peor que un pobre harto de pan”. O, en su variante administrativa, “Si quieres conocer a fulanillo, dale un carguillo”.

Que de estos también hay unos cuantos por aquí.