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sábado, 15 de marzo de 2014

Un perro de Molina Foix

Delos

(Rue de Bellechasse)

A dog´s sublimity is never news
(“Un perro sublime no es noticia”)
Mark Strand

Yo también conocí a mi propio perro
en esta triste vida
sin animales domésticos.

Abrí la puerta y supe,
nada más verle, que aquel era el perro
que mi destino
me reservaba,
si hubiera sido yo un hombre
hecho
para la convivencia canina.

Nunca le oí ladrar,
fuera de aquella noche
en que llegué a la casa
de su dueña,
y el animal más manso
me saltó encima
ladrando.

Te he visto envejecer y callar,
comer
del sucio plato perruno dejado para ti en la cocina,
y comer de mi mano humana,
que, sin que nadie me viera,
te daba canelones y pavo frío,
y hasta una noche
un trozo de langosta.

Por esos ojos tuyos, Delos,
que miraban al mundo
sin recelo, he confiado en ti
más de diez años.
Los años en que habría podido ser tu dueño
si hubiera yo nacido
para los perros.

(De La musa furtiva)

sábado, 11 de enero de 2014

"Platero" cumple 100 años


Para Javier Sánchez Menéndez, "ramoniano" de pro, ahora convaleciente.

Este 2014, tan pródigo en aniversarios varios (Julio Cortázar, Nicanor Parra, Octavio Paz, Bioy Casares, el inicio de la Gran Guerra...), también se cumplen 100 años de la primera edición de "Platero y yo", un libro fundamental en la trayectoria literaria de Juan Ramón Jiménez y de varias generaciones de lectores.

A modo de homenaje, copio aquí uno de sus capítulos, concretamente el XXIX:

El perro sarnoso

Venía, a veces flaco y anhelante, a la casa del huerto. El pobre andaba siempre huído, acostumbrado a los gritos y a las pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba otra vez, en el sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.
Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El pobre perro, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia.
Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizá, daba largas razones no sabía a quién, indignándose, quriendo -sin poder- acallar su remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado. Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban más reciamente que el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el camino de oro, sobre el perro muerto.


 

Imágenes: 
1. Portada de la primera edición.
2. Portada de la edición que manejo, de 1947, ejemplar raído en sus bordes, prácticamente deshojado, rescatado de un baratillo mísero donde languidecía casi sin esperanza.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Un mero perro

Perro

un mero perro
caminando solo por una acera caliente de
verano
parece tener el poder
de diez mil dioses

¿cómo es eso?

Charles Bukowski (1920-1994)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Acerca de perros

 
Para Marta Agudo, que los ama.

Hace exactamente un año (bueno, y un día, para ser precisos) me tropecé con estas frases en el blog Los evangelios de la risa absoluta
Los guardé en mi "archivo perruno" hasta encontar el momento de compartirlos.
Ese día es hoy, uno tan bueno como otro cualquiera.

"El perro sabe, pero no sabe que sabe."
Pierre Teilhard de Chardin

"Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro."
Franz Kafka

"El perro es el único ser que te quiere más que tú mismo."
Fritz Von Unruch

"El perro ha hecho del hombre su Dios; si el perro fuera ateo sería perfecto."
Paul Valéry

"El perro es un caballero. Espero llegar a su paraíso, y no al del hombre."
Mark Twain

"En algún lugar bajo la lluvia, siempre habrá un perro abandonado que me impedirá ser feliz."
Aldous Huxley

martes, 24 de septiembre de 2013

El perro de Sebastián Miranda


Cuando Julio Camba se marchaba de viaje el escultor Sebastián Miranda le cuidaba su perro. Tanto les gustó a Miranda y a su madre -que pasaba temporadas con él- la experiencia de vivir con un perro tan extremadamente inteligente como era el de Camba, que decidieron comprarse uno al que llamaron Landrú. A Landrú, como a su dueño le pasaba con las mujeres, le gustaban mucho las perritas. Y un día se fue detrás de una y desapareció. El perro de Miranda había superado en inteligencia al de Camba: exigía que lo bañasen todos los días y él mismo preparaba la esponja, el jabón y la toalla. Una cosa le molestaba sobremanera: que le llamaran “lechuzo”. Cuando semanas más tarde un amigo de Miranda lo encontró por la calle sujeto por una correa tirada por un nuevo dueño, pudo demostrar quién era su legítimo propietario: advirtió que si lo llamaba “lechuzo” aquel animal, pacífico y cariñoso, se transformaría de pronto en una fierecilla peligrosa y comenzaría a gruñir amenazadoramente. Así sucedió en efecto y Landrú pudo regresar a casa del escultor. Sebastián Miranda y Julio Camba eran muy amigos. Y lo fueron también Domingo Ortega, Juan Belmonte y Antonio Díaz-Cañabate. Tanto, que Miranda tenía intención de legar a Camba y al “Caña” en su testamento una cantidad de dinero en metálico. Enterado Camba de las intenciones de Miranda, un día le dijo muy serio: “¿Es cierto que tienes el propósito de dejarnos al “Caña” y a mí en tu testamento 20.000 duros a cada uno? “Cierto”, respondió Miranda. “Pues te propongo una combinación muy ventajosa para ti. Tú me das en el acto cincuenta mil pesetas y te perdono el resto”. Sebastián Miranda, que además de excelente escultor escribió mucho en ABC, contó estas y otras anécdotas en su libro Recuerdos y añoranzas, que Prensa Española le publicó en 1972, tres años antes de que muriera en Madrid a los 90 años.

JoséLuis Melero (Escritores y escrituras, Xordica, 2012, pág. 84)

domingo, 1 de septiembre de 2013

Milonga al amigo fiel



Milonga al amigo fiel

Horacio Guaraní


En mi largo andar y andar
un perro supe tener;
tan humano que, a mi ver,
solo le faltaba hablar.
Además, en mi rodar,
un cariño tuve yo,
pero pronto se cansó
de mi sentida pobreza
y se fue con su belleza…
pero mi perro quedó.

Tuve un amigo a quien di
lo mejor de mi amistad:
le entregué sin falsedad
lo mejor que vive en mí.
Pero pronto comprendí
la crueldad con que pagó
pues cobarde se llevó
mi perro en su cobardía;
él no ha vuelto todavía…
pero mi perro volvió.

Muchos amigos vinieron
otros amores también;
y por mi mal o mi bien
como vinieron se fueron.
Muchas penas me trajeron
y mi ser ensombreció;
mas la suerte tuve yo
de ver que todos pasaron
y solito me dejaron…
pero mi perro quedó.


domingo, 18 de agosto de 2013

Domingo "de perros"



El domingo

Estas apacibles mañanas de domingo dan mucho juego en provincias. Los pensionistas aguantan un rato más en la cama esperando a la misa de once, y, sentaditos en el banco de la iglesia, cabizbajos, soportan el chaparrón del cura en lo que levanta la niebla para ir a la solana de la plaza.

Ellas, en lo que el marido vuelve del futin (que ha ido a correr con los amigotes), y en lo que se ponen con la comida (que luego vienen ellos con la prisa del partido de la tarde) sacan, por tiempos, a los perritos, porque juntos no pueden estar, que se celan y se muerden. El de ella es un caniche lameconas y el de él un pastor alemán, que, como apenas lo sacan por falta de tiempo, tiene la esquizofrenia del perro doméstico: la locura del balcón.

Al pastor alemán, como está loco, tiene que sacarlo con bozal (el marido lo deja suelto sin él) y cadena, pues se tira a todo lo que se mueve, y como tiene tanta fuerza, es el perro quien saca a pasear a la señora, que va, la pobre, hecha unos zorros, corriendo de zancajos por donde el perro quiere. Destrozadita, vuelve a casa, lo encierra en el balcón y coge al lameconas de sus entretetas, muy amorosa, y, aunque tufe a pis, lo besa con mucha ternura en los hociquitos y le dice: nos vamos, chichí, mi cielo. Y el lameconas, embutido como un chorizo en su jerseycito de lana, para que no se resfríe, mueve el rabo y el sale un guau-guau melifluo, como el suspirito de un maricón.

Los perros de las ciudades, lo primero que hacen cuando salen a la calle es alzar la pata y mear, o encoger las ancas, arrugar el culo y ciscarse a su antojo y libre albedrío. Lo malo no es que falte un guardia municipal que le haga comer la mierda (a él o al dueño, tanto da) que otros han (hemos) de pisar; lo peor es que las ecológicas y verderonas dueñas de los lameconas son, por lo general, gordas como cebonas por san Martín, y, ni pagan más impuestos por las cochinadas de sus chichís ni por ocupar el doble de acera que los demás.

Con que, en la próxima declaración, deberían exigirles un plus a la contaminación por escape (¡pobre ozono!) y un impuesto especial para que, cuando salgan a la calle, circulen por el carril del bus.


Manuel Díaz Luis (El domingo, artículo publicado el 16 de noviembre de 1995 en “Tribuna de Salamanca” y recogido en Obra completa, Edifsa, 2009, pág. 440)

domingo, 7 de julio de 2013

Perro y carro


Junto a la segunda fase de unifamiliares del Irvi hay un perro encadenado a un carro. Es un perro cabezón, con molde de bóxer y trazas de perro callejero. Tiene la piel marrón, un poco atigrada y una pechera blanca que le baja por las patas hasta ponerle calcetines. Resulta a la vez fiero y doméstico: fiero porque está encadenado al eje del carro, doméstico porque no hace nada. Pero lo que más me llama la atención es su mirada: tiene una mirada tan radicalmente triste que no asusta. Jamás me ladra, pero nunca me acerco demasiado. Y no por miedo, sino por lástima. A veces, cuando me ve pasar, se sube al carro, y otras ni tan siquiera levanta su enorme cabeza de las patas. Nunca hasta hoy he sentido ganas de liberarlo del carro y la cadena. Esta mañana, sin duda un poco blando por la desproporcionada caminata que me he metido, la lástima me ha invadido y esa idea se me ha cruzado por la cabeza. Afortunadamente me ha pillado en negativo: seguro que si me acerco a soltarlo me muerde la mano.

José Ignacio Foronda (Días bajo el sol, Pepitas de calabaza, 2011)

Imagen: Josep Bou