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lunes, 7 de agosto de 2017

"[...] de haber vivido tanto".


Pocas cosas despiertan
mi alegría
como el brincar gozoso 
de algún perro
que me ha salido al paso.

Pocas cosas remueven
algo profundo en mí
como el mirar de un perro
fatigado
de haber vivido tanto.

Todo el amor del mundo
que tú ansías
y la desolación que sientes
asoman a los ojos
de un perro que te mira, 
interrogándote.

José Corredor-Matheos

lunes, 3 de octubre de 2016

Panorámica canina


Chucho mendigo. Perro policía.
Gozque radar, de caza, lazarillo.
¡Tuso, cabrón! Listillo de cursillo.
Can de socorro. Chusma de jauría.

Petardo mártir de artillería.
Nazi. Titiritero. De colmillo
vengador. Enamoradizo pillo.
Lugarteniente de la tiranía.

Hidrófobo, hidatídico, sarnoso.
Fonda de pulgas y otros delincuentes.
¡Ladrón! Amor. Sagaz. Tonto del higo.

Rastrero con el déspota y odioso
con los enclenques y los indigentes.
Fiel y cruel. Amigo y enemigo.

(Del Bestiario Baonza/Romero, Universidad Popular S. S. de los Reyes, 1991).



domingo, 10 de abril de 2016

"Fábula" (soneto perruno)




Un perro viejo percatose un día,
al hallar toda esquina ya meada,
que la jodienda le era arrebatada
por tanta competencia como había.

Aquí pongo una gota, se decía,
con esperanza firme y denodada
y allá que va la otra destilada
en furia más ardiente todavía.

Se vació el buen can lleno de anhelo
y con tesón marchito pero altivo
repartió por doquier todo su celo.

En provincias se ve poeta divo
que orina en oficinas con desvelo
por medrar en cultura putativo.

miércoles, 2 de marzo de 2016

"Tris", el perro monaguillo



Tris fue un perro monaguillo. Quizá el único perro monaguillo que haya existido jamás. El mejor perro que tuvimos, si le preguntara a mi padre. Oía misa cada domingo desde el altar, a la derecha de Don Ovidio, mientras contemplaba con pereza los rostros de los bancos. Cuando empezó a adoptar la costumbre algunas ancianas trataron de sacarlo de allí, pero fue Don Ovidio, ya un cura anciano que había perdido la cabeza, el que decidió que se quedara.

El perro acompañaba los jueves a mi hermano mayor a casa de Don Ovidio, donde jugaban al ajedrez, aunque ninguno de los tres sabía jugar al ajedrez. Y repetía la costumbre los domingos en misa de once. La iglesia de San Lorenzo de Piñor, en la provincia de Ourense, se encuentra en mitad de una grieta en la parte más baja del pueblo, como una piedra enterrada en el barro. Todo el pueblo recuerda a Tris y a mi hermano atravesando la niebla en muchos inviernos de hierba mojada, como si caminaran en un caldo de hielo. Mi hermano se colocaba a un lado de Don Ovidio para ayudar a misa, y Tris al otro. Ese es uno de los últimos recuerdos de mi infancia, que a veces tengo que completar con una foto que invoca a un perro mediano, sin raza, pelaje canela y patucos blancos.

En aquel tiempo Don Ovidio empezó a llenar sus bolsillos de ferretería. Olvidaba partes de la homilía, gritaba a voces que solo oía en su cabeza y que interrumpían sus oraciones, se marchaba a su casa en mitad de la misa a realizar alguna tarea que había olvidado, y poco a poco la parroquia se fue desplazando cinco kilómetros al este, para oír la misa del sanatorio psiquiátrico, donde hoy los locos pasean alrededor de la reja del helipuerto como una temporada de The Walking Dead. Las abuelas enlutadas que no llegaban hasta el sanatorio seguían yendo a Don Ovidio, donde rezaban solas como laboriosas hormigas recorriendo por su cuenta el sendero de la salvación.

Mis padres y mis abuelos no iban a misa de Don Ovidio. Y nosotros solo íbamos por Tris, cuya presencia llegó a representar el veinte por ciento de los feligreses. El cura y el perro se fueron la semana del día de los enamorados. No sé dónde fue a parar Don Ovidio, ni si es verdad como dicen que llegó a oír misa en el sanatorio psiquiátrico. Pero Tris, acostumbrado a vagar por el pueblo, murió envenenado. Agonizó un par de días a los pies de un rosal mientras el blanco de sus ojos se fue tiznando de amarillo. Le enterré envuelto en una toalla de playa junto a un cerezo, y me inventé una cruz. Debió ser por aquel entonces cuando se me pasó por la cabeza la idea de hacerme cura.


Texto encontrado aquí y reproducido con el permiso expreso de su autor, a quien doy las gracias.

jueves, 25 de febrero de 2016

Epitafio a un mastín del siglo VXIII



Jules Klein en su obra La Mesta (1936) afirmaba que en los tiempos antiguos cada rebaño de ovejas era guardado por cinco mastines. Eran cuidados con el mayor esmero y se les suministraba la misma cantidad de comida que a los pastores. Los mastines extraviados no podían pasar a posesión de pastor o ganadero alguno sin la autorización del Honrado Concejo. Klein consideraba que algunos de los perros pintados por Velázquez pertenecían a esta raza. Vivieron con los rebaños, custodiaron los vellones, honraron apriscos y majadas, recorrieron las tierras de España por cañadas, cordeles y veredas, lidiaron con lobas pardas, soportaron en sus guardas calores, tormentas y escarchas.Fueron la silenciosa compañía de los pastores y compartieron el pan, de trigo y cebada, con sus hermanos los careas, y ennoblecieron los horizontes del paisaje ibérico. Mucho le es debido a estos perros, criaturas de romance viejo.

Por cierto, el Diario de Madrid, de 16 diciembre de 1796, publicó, sin firma, este Epitafio a un mastín que no puede ser leído sin emoción.


Aquí descansa, ó caminante, un perro,
de quien jamás el mundo tuvo quexas;
defendió de los lobos las ovejas
con robusto vigor y hábiles zancas.
Sus dientes y carlancas
fueron defensa al tímido rebaño,
y atronando los vagos horizontes
con fiel ladrido en las nocturnas horas,
ahuyentó de los montes
las bestias carniceras,
y a los hombres más fieros que las fieras.
Hizo bien a su grey, a nadie daño
con intento maligno.
Agradeció leal parco sustento,
y vigilante a su deber, y atento
no a ambición, no a interés, no a gloria vana,
no a delicia liviana
le ajustó; más a sola la obediencia
de obrar, qual le dictó la Providencia.
Bien tan gran perro de epitafio es digno;
o si no lo confiesas, caminante,
búscale entre los Héroes semejante.  

Texto encontrado aquí


jueves, 4 de febrero de 2016

El deseo



(A Darío Canton)

Veo a unos cuantos perros en la calle
que andan a la siga de una perra en celo.
Se le pegan como las moscas a lo dulce.
Nunca supe lo que se siente ser deseado
por el entusiasmo de tantos admiradores.
La felicidad podría terminar siendo una
carga por imposición, no por elección.
Yo daría tres ladridos y unos cuantos
mordiscos para evitar un amo a quien
responder y una mano de quien comer.


Juan Carlos Moisés

Poema encontrado en el muro de Irene Gruss