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domingo, 22 de diciembre de 2013

Paisanaje (25) Adolfo



Si te llamas Adolfo, luego no te quejes. Las reclamaciones, al maestro armero, tú. Porque, vamos, a quién se le ocurre, le decíamos al tonto. Y es que compartir apelativo, aunque sea a la fuerza y sin querer, con el cabronazo del Hitler ese es lo que tiene: que a poco que te descuides nadie te hace aprecio. Y si encima no andas mu allá de luces, pues… menudo panorama. Esto, cuando no te sacuden un guantazo por si acaso a las primeras de cambio, o te toman por un pelele de trapo y paja sobre el que descargar las penas a palos o pedradas si es que no te mete lumbre algún gracioso para rematar la juerga como si fueras un muñeco de esos de las Fallas. Que se empieza por un sopapo o sacando la estaca de paseo y te vas calentando, te vas calentando… hasta que al final, claro, tenemos una desgracia.
Tal vez por ese apego nuestro a endilgar motes al primero que pasara por delante, o quizás por diferenciarlo un algo del tirano teutón, maldita sea su estampa, a este elemento improductivo del censo to el mundo en el pueblo lo llamaba “Fito”. Que ya me dirás tú a mí si no parece más nombre de gatuno borde o perrillo faldero, uno de esos renacuajos peludos y tocagüevos que se tiran to el santo día ladrando y ladrando y venga a ladrar, dando por culo al personal, y a los que sus amas (porque acostumbran a ser ellas las autoras del desbarre) les ponen lacitos de colores en las greñas y un gabán a cuadros pa´l frío, que te dan ganas de liarte a patadas con la dueña imbécil y el chucho repipi cuando te los encuentras de sopetón con esa pinta.
Pues este “Fito”, Gañán por parte de madre pa más señas (que del apellido paterno, y aunque algo se habló en su momento en voz baja y con insistencia de un posible incesto o coyunda ilícita entre parientes, nunca se supo a ciencia cierta. Pero cuando el río suena…ten cuidaíto, que te mojas), andaba siempre a la que saltaba, a verlas venir, a estilo me la cargué y aquí me las den toas: el andurrear papando moscas o tumbarse a la bartola tó lo largo que era y según le placía pa descabezar un sueñecito donde buenamente le pillara era casi toda la energía que gastaba de costumbre. Al trasiego frecuente y querendón de chatos de tinto o copazos de cazalla o coñá tampoco le hacía ascos, no. Pero es que ni uno. Apoyao en la barra del bar dale que te pego al antebrazo no parecía tan lelo, mira tú por dónde. Además, que por una o por otra siempre había quien le pagara unos tragos al tontito. Lo cierto es que tenía querencia de hacerlo, lo de la siesta, digo, y vaya usté a saber por qué, en los duros bancos de la iglesia. “A la buena de Dios… que ya proveerá”, decía el jodío con su media lengua y cierto salero. Que hasta que le cogió el aire al sitio y encontró la postura más cómoda, no fueron pocas las ocasiones en que le pegó un buen susto al curilla cuando se tropezaba de repente con el bulto roncando y hecho un gurruño.
¿Qué por qué le digo curilla y no don Senén como toa la peña? Bueno, esto es una cosa privá entre él y yo. Asuntillos pendientes de los que ya arreglaremos cuentas cuando se tercie. Pero vamos a llevarnos bien y volvamos a lo nuestro, no me tires de la lengua, “Bizco”, que te conozco.
Sin oficio respetable ni beneficio lícito conocidos, desde hacía un porrón de años el “Fito” se sustentaba más mal que bien de las escasas limosnas de los paisanos hábilmente combinadas por su parte con el producto resultante de una irrefrenable inclinación a arramblar con lo ajeno sin pedir permiso, o rapiñando hasta casi el expolio huertos en sazón y corrales bien provistos de animales de puchero. Al cepillo de la iglesia también le hacía frecuentes y provechosas visitas si el sacristán no andaba ligero con la recaudación del día. Un hereje. Mira que pecar contra el séptimo en la mismísima casa del Señor… Pero no vayas a pensar que estas aficiones le salían gratis ni de gañote. Ni mucho menos: su espalda y nalgas daban fe de los crudos escarmientos que con zurriagos y vergajos le propinaban de buena gana los legítimos cuando lo sorprendían practicando su hábito nefasto. Y lo pillaban con las manos en la masa nueve veces de cada diez. Ya te digo que muchas luces no tenía, no. El párroco no le sacudía estopa si lo entallaba en pleno hurto (que pegarle a un tonto seguramente cuenta como un pecao de los gordos si vistes sotana) pero, sin citarlo expresamente, lo condenaba al infierno tronando desde el púlpito domingo sí, domingo también. Al “Fito” la diatriba semanal del curilla se la soplaba bien soplá porque no aparecía por la iglesia más que a la hora de la siesta o en las bebecés. ¿Cómo que qué es esto? No jodas, “Bizco”, no me digas que no lo sabes. Me dejas asombrao, un tío como tú, con estudios y eso. Pues bodas, bautizos y comuniones: be-be-cé, coño, si está clarísimo, que parece mentira que seas de la capital. Venga, apúntalo pa la próxima, que yo le vea. Amás, que tampoco se hubiera enterao de las indirectas del curilla: si no sabía ni dónde tenía la mano derecha. O sea, que era reincidente en grado sumo. Cleptomanía, decía el pedante del Fermín que se llamaba eso, llevando las conversaciones al terreno de las patologías con su habitual y cargante labia.

En las rarísimas ocasiones en que se quitaba la camisa (que era friolero de por sí y el aire frío a pecho descubierto, esto to el mundo lo comprende, procura catarros y desazones varias cuando no un reúma puñetero) si acaso le daba por bañarse en el río o enjuagarse en el abrevadero después de que algún alma buena lo empleara en limpiar zahúrdas, palomares o desvanes, la espalda del tontito lucía bien surtida de cicatrices y costurones: parecía mismamente el mapa del tesoro de alguna peli de piratas o de espías.
“Fito” era lo que vulgarmente se llama un tonto molesto, categoría que en el escalafón tontil equivale a lo peor de lo peor, a lo más bajo y miserable, a la hez de la hez: porque o lo eres, o no lo eres. Y si lo eres, no molestes, coño, que ya tiene la gente bastante con lo suyo propio de por sí. Lo que no puedes es ir por ahí ahora lo soy, ahora no lo soy, ahora sí, ahora no a tu conveniencia y capricho. Conque lo eres de nacimiento y baba, y entonces tienes rienda suelta para hacer lo que quieras amparao en tu tontuna (el tonto de nacimiento parece nacer con galones y libre de todos los cargos), o lo eres sobrevenío a causa de accidente, desgracia, o negligencia médica. Las dos primeras categorías tienen su poquito de respeto, su aquel. Luego está lo de los médicos metiendo la pata hasta el fondo, pero esto, más que respeto, lo que infunde en el perjudicao es una mala hostia que pa qué. Ahora bien: si optas por el otro camino, el de serlo na más que cuando te interesa, atente a las consecuencias. Que la gente, aunque muchas veces lo parezca, no se chupa el deo y las caza al vuelo.
Y hablando de molestar: si bien no ponía reparos ni a infantes ni a adultos en general, sin despreciar tampoco a los ocasionales forasteros, su blanco preferido eran las mocicas en agraz. ¡Qué castiguito les daba, pobrecinas mías! Aquí entraba en franca competencia con el Genaro, aunque éste, un poco más espabilao aunque tampoco mucho, las acosaba a distancia y na más que de boquilla. “Fito”, en cambio, en cuanto guipaba a alguna sola por la calle se le pegaba detrás como una lapa diciéndole incongruencias y gilipolleces sin cuento hasta aburrirla. Y alguna guarrada que también se le escapaba de vez en cuando alargando al tiempo la mano pa pillar cacho. Groserías y toqueteos que las mozas solventaban bien huyendo llorosas y avergonzadas, bien dispuestas a chivarse al padre, bien sacudiéndole un guantazo las más garridas, único lenguaje que “Fito” parecía entender a la primera.
Anduvo bastante tiempo detrás de una en concreto, se conoce que un tanto enamoriscao, pero la moza lo veía venir con intención de requiebro y se le caían de golpe los palos del sombrajo ante el lamentable aspecto del galán: la chaqueta raída y mugrienta, alpargatas de tercera mano por lo menos enseñando el deo gordo por un abujero, la boina en la nuca, el meñique de uña larga castigando lo oscuro de lo napia o las orejas como si estuviera buscando petróleo… Lo que se dice un partidazo, vamos. Estaba cantao que el romance no podía salir bien.
Una tarde llegó el curilla a la taberna a la hora del dominó y dio la voz de alarma: -Por cierto, -dijo el frailuno así a lo tonto mientras me ahorcaba el seis doble como quien no quiere la cosa.: ¿Habéis visto al “Fito” últimamente por aquí? Hace por lo menos una semana que no me lo topo roncando junto al confesionario -nos confesó con una cierta angustia en la voz.
Tres semanas después desde la última vez que le vimos el pelo, y mientras andaba con las cabras, lo encontró el Viriato enredao entre unas zarzas y abrazao a una gallina reseca y más muerta que él. A lo que parece, a algún propietario, o a algún padre o hermano se le cruzaron los cables de mala manera y se le fue la mano de cojones en el escarmiento, pero no dimos con el malhechor. Tampoco lo buscamos mucho, no voy a mentirte, las cosas como son, que había que segar el trigo y lo primero es lo primero.

Y amás, que un tonto de más o de menos… ¿Te vas a calentar la cabeza de mala manera? ¿Será por tontos?
En el entierro, que pagamos a escote con una colecta entre tós, y mira que me cuesta reconocerlo, la verdad sea dicha es que el curilla estuvo bien rezando un responso mu sentío. Que, a pesar de sus múltiples defectos, también era un alma del Señor, remató el fúnebre discurso.
Y lo que son las cosas, tú: con la guerra que daba el puñetero, y ahora hay veces en que hasta lo echamos de menos, que tiene mondongos la cosa.

martes, 1 de octubre de 2013

Paisanaje (24) Bartolo



Medio calvo, narigón, picao de viruela, patilargo, barba montaraz, generoso por demás de apéndices auditivos… Lo que se dice un cuadro. Y no de Velázquez precisamente. No siempre fue así, claro, pero el Bartolo, alias “Hamelín”, alias “Rampal”, se empezó a estropear a temprana edad por escasez de alimento, vitamina y cariño y luego la cosa no tuvo buen arreglo. Él, sin hacer demasiado caso a su más que lamentable aspecto, intentaba capear el temporal de su enfrentamiento a muerte frente al canon clásico de la belleza física con el arma sublime de la música.

-La Música -decía con tierna y firme convicción el simple-, es lo mío, a la vista está.

Lo que sí estaba cantao es que con ese nombre a cuestas no podía ser más que la flauta el instrumento del que se servía para darnos la tabarra, el latazo, la murga... Y sí, antes de que me lo preguntes, que ya te huelo las ganas y te veo venir con la tontería, te diré que, efectivamente, tal y como rezan la coplilla fiestera, el chascarrillo y el encabrone, con un agujero solo. El instrumento también era pa verlo, tal pa cual: te dolían los ojos al mirar a ambos en comandita. Como no tenía ni una perra, ya que doblar el espinazo pa sacarse un sueldecito decente no iba con él (-¡Bartolo -le decíamoscon recochineo- eres más vago que el Señor, que hacía los milagros tumbao!), con una madera vieja que se había encontrao por ahí se lo había fabricao él mismo “con la noble pretensión, argumentaba, de haceros gozar de la más excelsa y misteriosa de las Artes, esa sublime elevación del espíritu donde la abstracción, lo intangible, lo misterioso se hace belleza sempiterna, y alegrar al tiempo las veladas de paisanos y foráneos de visita en tascas y terrazas, en saraos y celebraciones. Y na más que por la voluntá, que conste”. ¡Alma de cántaro! ¡Menudo soplapollas!

Conque imagínate los arpegios y melodías que podían salir de un cacho palo soplao por un imbécil: como pa peerse sin ganas. No le gustaba ni un poco que le llamáramos Hamelín, personaje ("Ese fulano dañino", era su manera de referirse a él en tono despreciativo) al que tenía poco menos que por un embaucador y un delincuente. Bartolo prefería denominarse Rampal, decía que en homenaje y honor a un flautista gabacho, Juan Pedro de nombre, cuyas excelsas interpretaciones escuchaba sin parar en un disco antiguo que ponía en un tocadiscos a pilas por ver si se le pegaba algo. Y mucho escuchar, mucho escuchar, pero la verdad es que no lo aprovechaba, no se le pegaba na. Pero na de na. Ni una mijita, ni una puta nota. Al principio, pa qué te voy a decir otra cosa, le aguantábamos la tontuna musical mal que bien y muchas veces, si no lo digo reviento, a nuestro pesar. Pero si entre los paisanos no nos echamos una manica de vez en cuando, ya me dirás tú qué mundo sería éste. Que no queríamos quitarle la ilusión al muchacho de buenas a primeras. Ahora bien, las cosas claras: los acordes disparejos, por no decir atroces, que salían a voleo de la estaca aquella, era evidente que estaban hechos pa oídos recios y ya de vuelta de todo. Había que tenerlos así de gordos y pero que mu bien puestos (los oídos y los otros, tú ya me entiendes) para su disfrute. O simplemente pa soportarlos sin cometer un disparate con el intérprete. Pero un día tras otro, un día tras otro sufriendo el espantoso ruido nos fue mermando a pasos agigantados la capacidad de resistencia y las buenas intenciones con el vecino melómano y gilipollas.

-Creo que me voy a presentar p´al Conservatorio de la capital. Y voy a empezar con la Armonía y el Solfeo -nos soltaba el tío más ancho que pancho, convencío de su talento.

Así, a las bravas, sin anestesia ni na; como si estudiar Música fuera como hacer unas lentejas con chorizo o coserse un botón de la bragueta, no te jode el tío capullo con la jangá.

-Vamos a ver, tú, “Rampal”, escucha (como no le llamaras así no te hacía ni puto caso) -tratábamos de convencerle-, dedícate a otra cosa, hombre. ¿No ves que por ahí no vamos bien, que Euterpe, por los motivos que sean, no te ha llamao por ese camino?

Respondía con encono que él no conocía a ningún Euterpe, que qué mierda de nombre era ése y que quién coño le había dao vela al fulano en este entierro, si podía saberse.

-Que es una chica, burro -nos burlábamos en su jeta-. La musa de la Música, macho, entérate ya, que eres más ignorante qu´el pipo un silbato.

Si él no estaba presente le llamábamos “Hamelín”, porque cuando empezaba con la matraca (y le daba igual que fuera la hora de la siesta o las tres de la madrugá), las ratas eran las primeras que le oían, vaya si le oían. Vamos, yo creo que antes de oírle le olían las ganas. Pues no son listas ni na las cabronas. Pero en vez de seguirle el ritmo y el paso como perrillos falderos tal y como era de esperar según cuenta el cuento, salían de naja como alma que lleva el diablo en dirección contraria a los “dulces sones del caramillo”, como también le gustaba decir al gilipollas con empalago y cursilería al referirse a su música. En cuanto el Bartolo echaba mano al instrumento y tanteaba la boquilla después de humedecerse los labios dándoles unos recios lengüetazos, la rata vigía (que estaban bien organizás, las joías bichas) daba el “agua” y al punto se oía un murmullo subterráneo que salía por los imbornales, un rumor como de pánico de los roedores que huían en desbandá, disparás como locas en cualquier dirección por el primer abujero que encontraban para librarse de aquel tormento.

Al igual que las ratas, los paisanos, en cuanto lo barruntaban cerca (algo de poco mérito, la verdad, porque la murga flautil llegaba a cualquier sitio antes que él) se quitaban de en medio que perdían el culo: qué agilidad repentina, qué ligereza de pies, qué urgencia por resolver asuntos le entraba de repente al personal. Las calles se iban vaciando a escape (como si viniera el alguacil a cobrar la basura o el del Ocaso con el recibo) justo antes de que él hiciera acto de presencia con el concierto del palo. 

Con el coñazo que daba, insoportable donde los hubiera, vio tan mermá su forma de sustento que no tuvo más remedio que apañar el hatillo y tomar el portante.

Pero con este bien que metimos la pata, está visto y comprobao que no se puede acertar siempre: no hace ni un par de meses que se recibió en el ayuntamiento un sobre con un disco del Bartolo tocando con la Sinfónica de Londres y su retrato en la portada, y dentro del sobre una carta donde, vengativo, mandaba a to el pueblo a que nos dieran por donde amargan los pepinos que, por cierto, es por donde también se empiezan los cestos. A tomar por culo, por si no lo has cogío a la primera.

Al Blas, cuando abrió el envío y guipó el careto del Bartolo dándole a la flauta con aquellos gachós tan estiraos vestíos de pingüinos, casi le pega un telele.

Las vueltas que da la vida, "Bizco", te das cuenta, quien lo iba a sospechar de semejante pánfilo.




martes, 16 de julio de 2013

Paisanaje (23) Modesto



Si, tal y como afirma la sentencia popular, el nombre con que nos castigan en el instante de ungirnos en la pila bautismal imprime un carácter indeleble y tiende a ser un reflejo fiel de la personalidad del sujeto (aunque conozco yo a un tal Elías que no tiene nada de profeta; es más, no acierta ni cuando aventura las más peregrinas hipótesis), Modesto era la excepción que confirma la regla: altanero, orgulloso, ruin, despreciativo en grado sumo, prepotente con los débiles…

De origen humilde, casi mísero (su padre, zapatero remendón en un poblacho de la meseta; su madre, una mártir iletrada que no hacía carrera de semejante patán), luego de lo que se ha venido llamando toda la vida “dar un braguetazo de tres pares de cojones” y a matrimoniar de “penalti” gracias a una artera combinación de su buena facha, su fértil labia aduladora y sus malas artes en el acoso y derribo de la víctima elegida, devino en industrial de éxito en los negocios del ramo textil (telas y paños al por mayor, confecciones y mantelerías, ropa de baño y cama…) con el apoyo escéptico de su suegro forzoso, que lo soportaba a duras penas y no le perdonó jamás el bombo prematuro de la niña.

A él le gustaba titularse de sastre, se conoce que era una profesión que le infundía respeto, pero, vamos, ni por el forro. ¡Si no sabía ni coger unas tijeras! Ese tenía de sastre lo que yo de cura, que lo único que me gusta de eso es dar hostias.

A partir de aquel momento (desde el braguetazo, digo), su mayor objetivo en la vida era hacer alarde (y restregárselo de paso por el morro a los demás) de sus posesiones y riquezas, ya que no de buen gusto. De que éste brillaba por su ausencia su casa era la prueba más palpable, aunque no la única: granitos variados en la fachada, baños pintados de rosa, dorados y purpurinas en los marcos de puertas y ventanas, horrendos paisajes y bodegones de rastrillo de algún pintamonas de academia que él consideraba cimas de la pintura universal “decorando” las distintas estancias (hasta en el váter, que tiene bemoles la cosa), estrambóticos automóviles que ni siquiera sabía conducir criando polvo en el garaje…

Desde su estilo en la vestimenta, hortera y estrafalario, hasta sus abominables modales en la mesa a base de sonoros eructos de apestosos efluvios, palillos churretosos hurgando implacables en las caries entre plato y plato, lamparones de grasaza por la barbilla y la pechera… y pasando por una incultura supina en cualquiera de las nobles artes, pareciera que otro de los objetivos vitales del Modesto fuera el de convertirse en la antítesis bípeda de la estética. Y ya puestos, de la ética también. Hasta de la casualidad surgida de la combinación de su nombre y apellido, Lafuente, presumía a la menor ocasión sin recato ni vergüenza, demostrando a quien se le pusiera por delante, deneí y callejero en mano, que hasta una calle en la capital tenía dedicada.

-Y en uno de los mejores distritos -recalcaba el majadero con prepotencia.

Los más ilusos y crédulos, o los pobres desgraciados que forzados por las circunstancias laborales penaban bajo su férula, le palmeaban la espalda con entusiasmo (los primeros), o le reían la gracia a la puta fuerza (los segundos).

Pero la señorona de la balanza y la espada, que de vez en cuando se quita la venda de los ojos, tuvo a bien (por una vez y sin que sirva de precedente, eh, no vayamos a joderla, a ver si se nos va a caer el chiringuito con lo que nos ha costao ponerlo en pie) hacer su trabajo en condiciones, esto es, impartir justicia de la buena, y gracias a una serie de factores negativos concatenados en el espacio-tiempo (el desplome mundial de los precios de sedas y muselinas, la feroz competencia oriental de ojos rasgados (-Y desleal -recalcaba él con rabia sorda-. Putos chinos), la consabida y recurrente esquizofrenia bursátil, sumados a su desmesurada afición a las más onerosas casas de lenocinio y a los garitos ilegales, le abocaron a la ruina en menos que canta un gallo.

Y oye, visto y no visto: de un día para otro, y más pobre que las ratas, se le quitaron de golpe todas las gilipolleces.

Y es que ya lo dice el refrán: “No hay nada peor que un pobre harto de pan”. O, en su variante administrativa, “Si quieres conocer a fulanillo, dale un carguillo”.

Que de estos también hay unos cuantos por aquí.

domingo, 5 de mayo de 2013

Paisanaje (22) Pánico


Sí, sí, como te lo digo, has oído bien, no pongas esa cara que no te estoy vacilando: Pánico, se llamaba el tío. No Francisco, como quería ponerle su madre desde que se quedó preñá de primeras y barruntó que sería niño; ni Quico, ni Paco, ni siquiera Curro. Una cosa normal, vamos, lo que to el mundo entiende a la primera, nombres o apodos corrientes y molientes, de andar por casa.
Hombre, la verdad es que nos daba bastante juego el patronímico, pa qué nos vamos a engañar: “Ahí viene el Pánico”; “Yo no conozco el Pánico”; “Tranquilos, que no cunda el Pánico”; “Le he visto la cara al Pánico”… Así todo el santo día, choteándonos de lo lindo a costa del dichoso nombrecito en cuanto le echábamos la vista encima al interfecto.

Y es que entre su padre, que nunca anduvo mu allá de entendederas y se emperró en ponerle Paquino al chiquillo, así, en diminutivo coloquial, y el fulano del Registro, un inculto disléxico propenso al soborno y amante de darle al frasco que atentaba de manera sistemática contra las más elementales reglas de la ortografía y la sintaxis en cada anotación que hacía en los libros (de ahí el funesto error), le formaron al pobre muchacho un lío de tres pares de cojones, de toma pan y moja, de vámonos que nos vamos y salga el sol por Antequera.

La Petra, su madre, a la vista del desaguisao (que lo del antojo de ponerle Francisco era por el abuelo, o sea, su padre de ella, que el suegro atendía por Wenceslao, y eso sí que no, que ahí se cerró en banda y no hubo forma de que diera su brazo a torcer; menuda cabezona la Petra, pues no era nadie la señora cuando se emberrenchinaba), intentó ponerle remedio hablando con unos y con otros (el maestro, el alcalde, el diputao provincial… hasta el gobernador civil), pero aquello estaba firmao, sellao y timbrao como es de ley y no hubo na que hacer. Y eso que la buena señora se pateó con tesón y sin desmayo antesalas y despachos, y dio el coñazo a base bien, y meneó Roma con Santiago y los garbanzos en el puchero, como solemos decir por aquí. Pero na de na, ya te digo: al final, Pánico que te crió, como yo me llamo Manolo.

Coño, ni el cura, que al principio se negó en redondo a bautizarlo con ese nombre, pudo remediar el disparate. Y mira que el de la sotana también porfió lo suyo en el Arzobispao, que la Petra era una feligresa con carisma y liderazgo y lo que menos falta le hacía era que a cuenta de la gilipollez del marido la Petra le soliviantara de mala manera a las beatonas de la parroquia que lo tenían en palmitas. Cabreao como un mono, sí, que casi ahoga y manda al limbo al inocente con la cantidad de agua que le echó a mala leche por la cocorota y el cogote durante el sacramento, pero al final tuvo que bautizarlo como hay dios.

Y menuda ceremonia: más parecía un entierro que un bautizo, que siempre es ocasión de celebrar, aunque no digo yo que algún entierro que otro no haya que festejarlo también. Y bien a lo grande, ya puestos. Pues no, mira tú por dónde. Tenías que haber visto los caretos de funeral de la familia materna: parecía que les estaban sacando las muelas del juicio a lo vivo y sin anestesia. Y la madre… la madre, pa que te voy a contar: acabar la ceremonia del remojo, agarrar al rorro (empapaíto hasta los patucos, que iba dejando un reguero a su paso digno de ver) y tirar pa su casa con una mala hostia en el entrecejo que daba miedo, fue todo uno. Con decirte que la gente le abría camino y se apartaba corriendo por si un aquel. El padre, en cambio, a lo suyo, como unas castañuelas el tío, hecho un figurín (gorrilla de ante, clavel reventón en la solapa, pañuelo de seda asomando por el bolsillo de arriba de la chaqueta de rayas…). En cuanto los chaveas lo guipamos en la puerta de la iglesia con la sonrisa de oreja a oreja, satisfecho de haberse salío con la suya y empezamos con la cantinela de “padrino cagao”, se echó mano a los bolsillos y venga caramelos y chucherías, y venga chicles y cigarrinos de chocolate, y venga reales y pesetas. Hasta un durillo que otro apañaron los más espabilaos en la rebatiña. Y venga puros, y copas de sol y sombra, y porrones de tinto (esto ya pa los mayores) Ancá Tomás, que hasta se animó a tirar la casa por la ventana y le dio una mano de pintura al establecimiento (que buena falta le hacía ya, dicho sea de paso) p´al festejo. De traca fallera, vamos; si pilla el numerito el Valle-Inclán se marca un esperpento de antología.

To este follón del nombre, las múltiples gestiones pa intentar cambiarlo, la opereta chusca del bautizo… lo supimos después, porque nosotros pensamos desde siempre que lo de Pánico era un mote que le venía por lo horrorosamente feo que era. Porque el chaval era feo de concurso: de dar miedo, pero del de verdad, el de cagarse patas abajo, pa qué te voy a decir otra cosa. Como sería el bicho que cuando la Petra lo parió y le preguntó al médico que qué había sio, el cachondo de él le contestó que lo iba a tirar al aire, y que si volaba es que era un murciélago. Si hasta se hacía la despistá cuando tenía que darle la teta. Corría el rumor de que en vez de darle el pecho le daba la espalda. Y es que está el que sale guapetón desde chiquinino ("Pero mira qué ricura de crío".); el que, bueno, del montón ("Ni pa ti ni pa mí".), y luego está el que sale deslucío sin remisión ("La madre que parió al bicharraco: es feo pa aburrir".), objeto de juerga y cachondeo pa los restos. Y el Pánico era feo de cojones: una oreja despegá y la otra de soplillo (las dos iguales, vamos), los ojos juntito al tabique nasal (que parecían querer saltarlo y hacerse ambos uno solo, tal que un polifemillo del páramo), dientes escasos y desparejos  (como reñíos entre sí), morada del sarro más pertinaz y castigador que hayas visto, el mentón en brusca retirada hacia el gaznate… Talmente un zombi de ésos de las pelis de miedo. Pa galán no valía, eso seguro.

No te digo más que cuando íbamos de mozas en la cuadrilla quedábamos a sus espaldas procurando darle esquinazo pa que no se nos pegara a la chepa y nos espantara la caza mujeril, lo que ocurría de manera automática en cuanto las mancebas nos veían aparecer con el fenómeno de circo integrao en la comitiva. Si lo espantábamos pronto podíamos soñar con alguna posibilidad de achuchón con las chorvas; si no… la cagamos, tía Paca: como el Pánico fuera de la partida, las titis ponían pies en polvorosa como si quisieran batir un récord de velocidad en cuanto nos guipaban. Luego se tiraba dos o tres días sin hablarnos (una semana estuvo la vez que más), un poco mohíno y huidizo, pero como el fondo, ya que no el envoltorio, lo tenía bueno, al poco ya estaba otra vez de bromas y chanzas, vuelta la burra a la noria.

Y eso que llamarse Pánico no es ningún chollo, vamos, me parece a mí; más bien pa volverse loco de remate y echar mano a la repetidora pa hacer un descaste de imbéciles pero a base de bien. Me lo hacen a mí y no dejo títere con cabeza. Empezando por mi padre y el funcionario incompetente.

Pero Pánico era un tío legal, no se hacía mala sangre así como así. La verdad es que con tal parentela no nos explicábamos cómo había salío tan buena gente. Como estaba más que acostumbrao al recochineo desde la "escuela de los cagones", aguantaba mal que bien nuestra tontuna cotidiana y hasta se pagaba unas rondas y raciones en la taberna de cuando en vez, que no le quemaban las perras en los bolsillos, las cosas como son.

-Bah, pelillos a la mar, que esto son dos días y pa luego es tarde -decía espontáneo y despreocupao. Vamos a tomarnos algo, que yo invito.

Todo lo más que cuando se tomaba unos vinitos sin la tapita correspondiente y se ponía un poquito pintón, ya con la lengua medio al revés y los ojos turbios y como aguardentosos, nos decía masticando las palabras:

-Pisha, cucharme mamone: er día que me cabree de verdá, sus vai a enterá uztede vozotro, peaso joputas.

Acento incomprensible que nos maravillaba en sus labios habida cuenta de que era castellano de pura cepa: vallisoletano, para más señas, que allí tuvo la Petra el capricho de traerlo al mundo sin que acertáramos nunca a explicarnos a cuento de qué, porque aquello estaba a tomar por culo del pueblo. Lo achacábamos a algún efecto secundario y misterioso del alcohol. Lo del acento sureño, digo, no lo del antojo de la madre. Aunque tampoco pondría yo la mano en el fuego por esto último.

Pero, joder, no sabíamos cómo sería la cosa, qué coño se nos infundiría, que era oír aquellas palabras, ver la mirada acuosa y cortante que nos echaba (clavaíta a la de la madre cuando lo del jolgorio del bautizo; qué gran verdad eso de “de casta le viene al galgo”) y a quienes les entraba el pánico, pero el de verdad de la buena, ese que acojona y paraliza los miembros dejándote a merced de tu verdugo, era a nosotros. Poquitas bromas con el Pánico cuando se pimplaba, que ahí no conocía ni a la madre que lo parió.

Poco más se puede decir: Pánico era enjuto pero fibroso, achaparrao pero recio, borrachín a ratos pero siempre cumplidor. Así, a primera vista, ya te digo yo que engañaba.

Feo como un dolor, sí, mas, y a pesar de la que le había caío encima con la tontá del padre, buena gente como pocos en este pueblo.

A este no le pusimos mote, que bastante tenía ya el pobre con la gilipollez paterna.