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martes, 29 de enero de 2013

Paisanaje (21) Agustín


Un sinsustancia, un pichafloja, un quiero y no puedo, un mierda de lechuguino, un capullo integral se mirara por donde se mirase y por mu temprano que se levantara, es lo que era el Agustín. ¡Menudo prenda!
Había heredao la casona donde vivía de su abuelo Camilo, coronel de Caballería en la guerra de Cuba, de donde tuvo que salir por patas y con el rabo entre las piernas ante el empuje feroz de los mambises. Y lo que son las cosas de la milicia, absurdas como pocas, que no hay cristiano que las entienda, con otra condecoración luciendo garbosa en la pechera del uniforme de gala. Según el acta de concesión de la quincalla honorífica, “Gracias a la astucia y valentía demostradas en el campo del honor con un repliegue táctico perfectamente ejecutado”. Sí, sí, táctico; ya, ya, repliegue; más bien, diría yo, una desbandá a toa leche al grito de “marica el último” y manchándose de marrón los pantalones, yéndose de barilla pero bien, que los quintos le temían más a los machetes indígenas que a tormenta de verano en descampao.
Una panoplia comía de carcoma con un sable oxidao, un fajín descolorío con borlones colgando y un sombrero de guano (“conquistao a los rebeldes desagradecíos con la Madre Patria” dejó escrito el Camilo en el informe del desastre, y que fue lo único que pudo conservar en la huida) a modo de prefacio o peana, escoltada por un horrendo loro de cerámica esmaltá producto de algún artesano con lobotomía y un toro de fieltro con banderillas con los colores de la “enseña nacional”, destacaba encima de la chimenea y debajo de un cuadro donde campaba a sus anchas el retrato del abuelo (la expresión feroz, altivo y seco, un mostachón espinoso camino de unirse con las patillas de hacha, la mano izquierda descansando sobre el sable apoyado en el suelo, tocado de gala bajo el sobaquillo de la diestra…) con mucho marco barroco, churrigueresco incluso. Y nunca mejor dicho lo de a sus anchas: porque un hipopótamo con bulimia, una ballena varada en la playa, una mole informe y grasienta parecía el tal Camilo embutío en el uniforme de gala. Como pa verlo desnudo, tú: te cagas en las bragas. Y eso que el artista del pincel se aplicó a base de bien con todo su talento (tampoco mucho, no te vayas a creer que el pintamonas era un Goya o un Velázquez) en estilizar la figura sin desmerecer demasiado del modelo.
Pobrecito del jamelgo donde el Camilo asentara las posaderas. Me lo imagino sable en ristre  cargando a galope tendido en las llanuras de Balaclava o asaltando Aqaba por la retaguardia con las tropas a camello de Lawrence de Arabia y me entran ganas de llorar a moco tendío por el sufrimiento de aquellos pobres animales. Aparte de que llegaba el último, fijo. Y no digamos ya en un bohío o en un pantano y “con el machete en la mano”, que dice el son montuno. Impensable, vamos. Sólo subirse a la grupa de la montura suponía casi una obra de ingeniería, un temerario desafío a las reglas más simples de la hípica y una afrenta escandalosa a la ley de la gravedad: escabel de tres peldaños, dos ayudantes al lao tirándole p´arriba de los sobacos y algún pobre desgraciao penando arresto que le empujaba el trasero a dos manos y aun con el hombro y castigando lumbares. Sin contar al que luchaba por sujetar como podía al equino, que ponía poco de su parte tratando de impedir a toda costa el castigo con galones que se le venía encima, intentando evitar que aquella masa amorfa, que aquella amenazante presencia en traje de faena, mas con tratamiento de usía, le partiera el espinazo de una sentada.
Entre el jolgorio por lo bajini de los ociosos y francos de servicio, convalecientes de pega, escaqueaos varios o cocineros echándose un cigarrito antes de ponerse con las perolas del rancho… sujetos que contemplaban la escena en plan vodevil sentaos a la sombra de las palmeras abanicándose ricamente con el paypay de jipijapa y dándole con alegría al ron viejo, el sargento de semana, tal que patrón de cofradía ordenando a los nazarenos la maniobra de izar el paso de su devoción, tal que capataz del carbón azuzando a los mineros, tal que cómitre sin alma largando látigo contra los galeotes, arengaba a los implicados en la faena tratando de infundirles arrojo para llevar a feliz término el ingrato cometido, aunque, y esto estaba más claro que el agua, con un cierto recochineo en la voz de mando:
-Atención, tropa: a la de una, a la de dos, y a la de tres. ¡Aaaarriba con él, mis valientes! ¡Semanita de permiso y un vale pa ir de putas si sale a la primera! -se regodeaba el suboficial de los pobres quintos. ¡Qué espabilao, el sargento! Más pieles que un lagarto tenía el chusquero. Engolosinaba a los soldaos con las piruletas del premio cuando bien sabía él que aquello era misión imposible, que la infame maniobra ecuestre no iba a salir a la primera ni a tiros.
Como sísifos modernos, a modo de atlantes tristones sosteniendo su pesada y eterna carga, igualito que picapedreros con perpetua de trabajos forzados -como si no tuvieran ya bastante con lo suyo de común-, los cuatro “edecanes” acababan tan reventaos tras los múltiples intentos para consumar la hazaña que, ya se ha dicho, nunca salía a la primera (-Hay que joderse, me cago en mi estampa, a tomar por culo el permiso y el polvete gratis-, maldecían su perra suerte los soldaos), que era ley no escrita, mas seguida a rajatabla, el ser rebajaos durante el resto del día de cualquier otro servicio con o sin armas. Y con pase pernocta y barra libre en la cantina para ahogar las penas y ver de reponer las sales y calorías perdidas en el suceso. O permiso para irse a la piltra a voluntad. Al arrestao, además, se le descontaban días de la pena, proporcionales, a criterio del chusquero, con el esfuerzo y entusiasmo empleaos en la penosa tarea, que tampoco hay porqué ensañarse más de lo que dicta el ya de por sí duro reglamento disciplinario de la milicia. Casos hubo (están documentaos en informes oficiales) de tener que pasar por la enfermería después del esfuerzo, perjudicaos algunos sorchis con hernias de las dos tipologías, tendinitis diversas, lumbalgias cabronas  y persistentes y lesiones musculares sin cuento; la tropa prefería, de todas, todas, la primera línea del frente a semejante condena, no te digo más.
Pero quienes peor lo pasaban en semejante aprieto, con diferencia, eran las pobres monturas del destacamento, dos yeguas alazanas y un macho castrao de capa marrón, sufríos cuadrúpedos que relinchaban histéricos cada vez que barruntaban al baranda rondando el establo con ganas y arrestos de patrulla. De común noblotes y tranquilos, la bulla de los animales en la cuadra (coceos, relinchos, bocaos a los encargaos de la remonta… casi un motín en toda regla) sólo podía explicarse por la peligrosa y dañina proximidad del Camilo. Con decirte que tenían correturnos en la cuadra pa no repetir el servicio de manera consecutiva…
Esto, claro está, no lo supimos por boca del Agustín, que, aun siendo un poco lelo, no lo era tanto como pa tirar piedras contra su propio tejao; esto nos lo soltó uno de un pueblo de aquí al lao, jurando en arameo ante nuestra suspicacia y cachondeo que a él se lo había contao su abuelo, número que fuera de aquella tropa de ganapanes y analfabetos, en una noche de borrachera y remembranzas. Y es sabido de antiguo que los borrachos no mienten.
Pues de semejante paladín, de semejante príncipe guerrero, descendía el Agustín, por buen mote, “El Marqués”. Hidalgo antiguo y de blasón (To p´alante… si se puede, era la divisa familiar), Don Agustín Lope de Aguirre y Castillo de Montánchez y Ledesma (así rezaba en la tarjeta con relieves y colorines que gastaba en las presentaciones, era muy de protocolo pa estas tontás) tiraba malamente con unas rentas escasas de olivares y alcornoques y unas fanegas de tierra con querencia al barbecho, que hasta pena daba verlas en su abandono. Rentas que se le esfumaban en su mayor parte en mantener el aviario tropical que se había montao en la casona: loros, cotorras, guacamayos, cacatúas, periquitos… Una fauna de pico y pluma impertinente y gritona, y guarra como ella sola, dicho sea de paso, que campaba a su libre albedrío dando el coñazo y descargando el vientre cuando les salía de ahí mismo por todas las estancias de la heredad. Si no había ochenta pajarracos, había ciento y la madre… No se libraba del guirigay y la peste de los bichos ni el váter. Una puta chifladura, no me digas tú a mí.
Hombre, bonitos sí que eran, no voy a decir lo contrario, le daban color al domicilio y tal, pero quitando eso… Los bichos formaban una escandalera de no te menees: to el puto día graznando y gritando, gritando y graznando (o lo que coño hagan estos pajarracos), que nos ponían la cabeza como sandías reventonas. Y en el centro del pueblo, en plena Plaza Mayor, pared con pared con el Ayuntamiento y el Casino y encimita mismo de la botica.
“El Marqués” los tenía a cuerpo de rey, mejor que si le hubiera puesto pisito a vicetiple ligera de cascos: bebederos de porcelana y nácar, cadenitas de oro y plata, alcándaras y columpios de ébano o palosanto acolchados en terciopelo púrpura… La rehostia en verso, tú. Las jaulas parecían catedrales barrocas en año jubilar. Y no te vayas a creer que de manduca les daba unas pipas o unos cañamones, y hala, ahí os apañéis. De eso nada, monada: anacardos, pistachos, maní del bueno, coquitos del Brasil, almendritas tostás… Lo más granao y selecto dentro de lo que es la industria del fruto seco y sus derivados era el menú habitual de aquellas bestezuelas gritonas y deslenguadas. Y frutitas de su tierra natal (aguacate, papaya, mango, chirimoya...) de postre. Si parecía que comían a la carta, joder, que no hay derecho, con el hambre y la necesidá que hay por el mundo. Por no hablar de lo que cagaba semejante piara de pico, tanto en cantidad como en calidad, con tal dieta rica en grasas y fibra: la capa de mierda con solera, que no era el Agustín tampoco mucho de escoba ni fregona, había alfombrao casi por completo el suelo de madera de la casona.
-Mis plumíferos volátiles paseriformes de tan singular y pictórico cromatismo -peroraba el imbécil con vomitiva pedantería cuando le preguntábamos por la tontuna- se merecen lo mejor de lo mejor, no me cabe duda alguna: me hacen mucha y muy necesaria compaña en la injusta soledad de mi antigua y noble y singular hidalguía, y la contemplación serena de sus volanderas acrobacias suscita en mí felices evocaciones (cafetales en flor, mulatonas guapas, ron añejo de caña, puritos habanos…) de nuestras extintas posesiones en ultramar; posesiones que, como ya sabrán ustedes, de más está señalárselo, fueron lamentablemente desgajadas del materno y espléndido tronco común por la fuerza de las armas gracias a la deslealtad e ingratitud de los nativos insulares en estrecha y anti natura alianza con la desvergüenza y codicia del imperio anglosajón de allende los mares.
Así, del tirón y como lo oyes. Ni quito ni pongo na.
Nuestros oídos no daban crédito. ¡El Agustín hablando de recuerdos de ultramar como si se hubiera criao allí chupando teta morena! ¡Pero si el mamón no había salío de la provincia en su puta vida!
El género pa la pitanza de los bichos se lo enviaban cada semana de un establecimiento especializao de la capital en un paquetón ex profeso con mucho sello y documento adjunto: paquetón que el cartero se negaba en redondo a cargar en su macuto -vete a saber el verdadero porqué de los motivos, aunque él argüía que aquello no era correo, correo, sino paquetería comercial, y que el reparto de la misma no entraba en sus competencias-, y que “El Marqués” recogía puntual tos los martes con un motocarro cochambroso y asmático. Que también era pa verlo a bordo del carruaje trirrueda: pantalón bombacho de franela a cuadros de colores (como de payaso tonto o jugador de golf antiguo), chupa de cuero con mucho bolsillo y cremallera, gorro de piel con orejeras de lana, gafas de piloto de los albores de la aviación… Con esa pinta hasta en pleno verano, que tiene mandanga la cosa si miras la mala hostia con la que sacude aquí el lorenzo. Un hidalgo en motocarro; le echas una foto, y clavadito al cartel de alguna peli cutre del Pajares y el Esteso: un espectáculo grotesco.
En fin… To mu fino, mu fino, pero había que oír lo que aquellas alimañas con plumas soltaban por el piquito. Porque, entre unos y otras, entre loros y cotorras, entre guacamayos y cacatúas, habían acumulao (iba a decir “a la chita callando”, pero como que no me cuadra) un vocabulario faltón y arrabalero que soltaban sin ton ni son a todas horas y a cualquiera que atinara a pasar por debajo de sus balcones. Y por allí pasábamos, un día sí y otro también, to el pueblo, que pa eso era la plaza.
Entre lo que habían copiao del Genaro y el Hipólito, sujetos ambos versaos de sobra en el dominio del lenguaje tanto pa un lao como pa otro, y lo que habían aprendío ellos solitos poniendo la oreja, es un decir, tú ya me entiendes, yo creo que habían inventao un nuevo idioma, una especie de jerga incomprensible que el lunfardo, y el cheli, y el caló, a su lao, lenguaje académico. Y no pa echar piropos precisamente.

Tal que cosa del demonio, oye, cómo le colocaban a cada uno lo suyo: que pasaba el Roque trotando su desgracia carnal, pues de gordo asqueroso p´arriba; la Encarni no se escapaba de mal follá; “El Panta” no bajaba de chulo putas; “El Barajas” de tramposo y tuerto pringao; el Ramón de calzonazos…
Y así, uno tras otro, otro tras uno, el resto del censo: tos retrataos a voz en cuello. ¡Qué cabrones los bichos, cómo tenían calao al personal!
Aquello no había quien lo soportara, la cosa pasaba ya de castaño oscuro, había que tomar medidas en serio, pero ya, ipso facto. Y como por lo legal no pudo ser (que el alcalde no veía cómo requisarle aquellas inmundas sabandijas o expropiarle el inmueble con la excusa sanitaria -algún buen agarre debía de tener el hidalgo en la Diputación-), pues hubo que improvisar; así que cuando “El Marqués” tuvo que ausentarse unos días pa tratarse de unas venéreas en la capital (cosa de ladillas tercas, según “La Prensa”), vimos el cielo abierto: igual que en Fuenteovejuna, y comandaos por el alcalde horquilla en mano abriendo la marcha como tiene que ser, mismamente porque así ha sío de toa la vida de dios, forzamos el candao de la entrada y, tras una batida a conciencia habitación por habitación, desde el recibidor hasta el balcón, desde la cocina al trastero, no dejamos bicho vivo ni pluma en su sitio. Qué descanso, tú. 
Después de la escabechina, se hizo un silencio relajante en el pueblo como hacía tiempo que no se recordaba. Y al día siguiente, ya limpias de pluma y paja las piezas cobradas, una comilona popular en la plaza. Que ya lo dice el refrán: “Bicho que vuela... pa la cazuela”. Un pelín correosa la carne, pero bueno, pasable, empujada buenamente por el tintorro y las cervezas. Que corrieron con alegría, también hay que decirlo, entre risotadas y cuchufletas. Y de remate de la francachela, castillo de fuegos artificiales como en la fiesta de la patrona, que la ocasión bien que lo merecía. Por aquí, ya lo habrás notao, aparte de lo que nos gusta poner motes, también somos mu refraneros y festivos.
¿”El Marqués”, dices? “El Marqués”… pues qué quieres que te diga. Hombre, con el chocheo empalagoso que se traía con los pajarracos, bien bien, lo que se dice bien, no se tomó lo de la cuchipanda con sus aves de plato principal, era de esperar. Se le abolló un poco la chola con el disgusto y se quedó más p´allá que p´acá. Alguna neurona de ésas que le haría catapúm dentro del coco por el tremendo sofocón que se llevó con la noticia mezclao con el champú pa las ladillas. Con decirte que se tiró una semana enterita dando vueltas por el pueblo con el motocarro intentando atropellar a todo el que se pusiera por delante.
Pero anda y que le den por donde amargan los pepinos.
Conque ahí está ahora: en la Casa de Salud, en amor y compaña con las hermanitas de la toca y “El Arao”.
Y lanzando algún graznido de cuando en cuando.

jueves, 21 de junio de 2012

Paisanaje (20) Genaro



El tío Genaro, ya se ha dicho en otro sitio pero no está de más recalcarlo, que nunca viene mal, era un fulano impresentable, un grosero y un zafio, amén de un guarro según la cuarta acepción del término en sentido coloquial, o séase, ruin y despreciable.
Gañán chapado a la antigua, con una costra de mugre que iba desde la boina hasta las alpargatas sin respetar camisa ni pantalones y un olor que tumbaba a los cerdos, su ordinariez entrenada durante muchos años, sobre todo en la delicada cuestión del trato con las hembras, nos hacía enrojecer de vergüenza a más de uno. y no vayas a pensar que por aquí seamos muy dados al arrebol en las mejillas ni mariconadas de esas. Pero es que su estilo chabacano y soez en materia de mujeres nos tenía acongojaos: lo más bonito que le oímos en su puta vida con respecto al sexo femenino eran sentencias de esta índole: -Las mujeres, pa que os vayáis enterando de una puñetera vez, si no pueden estar tumbás y debajo de uno, mejor colgás como las morcillas.
En cuanto entraban en su campo visual les soltaba unas burradas de espanto, unos obuses lingüísticos de grueso calibre: -Como vaya p´allá, potranca, te doy con la de mear. Otra que tal: -Moza, quien fuera vaca pa echarte una cagá. O, y ésta era tremebunda, horripilante, bestial: -Ca vez que te miro se me chasca el bolo; y es que te quiero, japuta.
Barbaridades así, disparates espantosos que le oíamos sin decir ni mu, y que después, en frío (nuestra conciencia nos pasaba factura), nos hacían enrojecer de vergüenza y cobardía.
Al Genaro, alias “La Peste Bubónica”, le daba lo mismo nuestra opinión sobre el tema, le importaba un comino, se la traía floja, se la pasaba, como suele decirse metafóricamente, por “el arco del triunfo”. Sin embargo, lo que él pensaba de nosotros, y no se recataba, no, en vocearlo a los cuatro vientos, es que éramos unos pusilánimes (bueno, él no utilizaba esta palabra, si no calzonazos, algo más gráfico y directo, un disparo en plena línea de flotación): -Calzonazos, que sois unos calzonazos, que no podéis ni con los güevos. Os daría un par de hostias pa espabilaros, pero ahora mismo me apetece más rascarme los dos amigos que me cuelgan ahí abajo que aplaudiros esas jetas de borricos que os gastáis.
Y nosotros, punto en boca, sin chistarle, callaos como muertos, si te he visto no me acuerdo. Pero es que, joder, cualquiera piaba, que vosotros no lo conocisteis, que el tío, además de ser más bruto que un alcornoque, con unas manos como martillos pilones y unas espaldas tal que la tapia del cementerio, tenía también un arranque muy regular y fastidioso.
Bien es cierto,¡hasta ahí podíamos llegar!, que nunca se propasó más que de palabra, entre otras cosas porque el tufo le delataba desde lejos y las víctimas de sus andanadas lúbricas tomaban las de Villadiego en cuanto lo presentían rondando cerca, por más que algunas solteronas desfilaran por delante de él meneando las caderas de manera indecorosa con más frecuencia de la aconsejable y, dada la edad provecta de algunas, con evidente riesgo de súbita rotura ósea. Si hasta parecía que le iban buscando, las tías guarras.
Pero el Genaro, qué se le va a hacer, tenía su gusto propio (-Ca uno es ca uno y como lo parió su madre -sentenciaba con la pringosa colilla de picadura entre los labios) y pasaba bastante de este género revenido ya que sentía una debilidad irrefrenable por las mocitas en agraz: en cuanto a alguna muchachina le empezaban a despuntar las teticas o se le rellenaba un poco el culete, el tío asqueroso empezaba a relamerse. ¡Qué miradas les echaba! Pa partir las piedras. Daba hasta miedo verle achicar los ojos fijando la vista en la presa, tensar las manos sobre la garrota de olivo, la hinchazón violácea en las venas del cuello y de las sienes… que se le ponían como sanguijuelas de las gordas. De ahí no pasaba nunca la cosa ("Perro ladrador, poco mordedor", ya se sabe, esto va a misa de domingo), pero los padres no le quitaban ojo a las chiquillas en cuanto barruntaban al tío Genaro por los alrededores con aviesas intenciones: los más de ellos no se andaban con tonterías ni pamplinas y se daban prestos a engrasar la superpuesta y tener los cartuchos a mano por si el asunto cogía pinta de ponerse serio y pasar a mayores. Que nunca es tarde pa empezar a cagarla.
Con la Encarni, la del Ramón, en cierta ocasión que todavía se celebra, se las tuvo tiesas una tarde por mor de la Esperancita, a quien tenía enfilada desde chiquinina, que hasta se relamía babeando cuando la mocica (que es verdad que estaba más buena que el pan con chocolate) entraba en su campo visual y su radio de acción. Se sacudieron el pellejo a modo, se dieron, como suele decirse, hasta debajo de las uñas y se mentaron malamente a la familia hasta, por lo menos, tres generaciones atrás. Como sería la cosa, que ni los civiles ni los municipales quisieron intervenir, no se fuera a escapar alguna hostia de las buenas en la dirección equivocá. Al no llegar a un acuerdo acerca de quién había ganado la trifulca, pongamos que la cosa acabó en empate y, al menos que se sepa, no hubo revancha. Para decepción de la parroquia, que, todo hay que decirlo, nos quedamos con las ganas de más, que por aquí espectáculos gratuitos y así de vistosos y entreteníos no es que se den tos los días. Y contemplar, sentaíto a la sombra con el chato de tinto al alcance y comentando las jugadas, una buena manta de hostias, siempre alegra la tarde, anda que no. Pero oye, mano de santo: la Encarni sería lo que fuese, vale que también tenía lo suyo, que había que echarle de comer aparte y que traía al Ramón por la calle de la amargura, pero la verdad es que fue la única que le plantó cara en condiciones al borde del Genaro y lo puso en su sitio. ¡Qué tía con dos ovarios! Yo la admiro y la temo a un tiempo. ¿Se me nota mucho?
Llevaría el susodicho una semana charlando con san Pedro, intentando convencerle de que le abriera las puertas (Si es na más pa echarle un ojo a las vírgenes, Perico, no seas así, hombre, enróllate, hazte el loco un ratino, anda majo), cuando la autoridá entró en su casa avisá de urgencia por un vecino: -Que an cá el Genaro hay un pestazo a cochiquera que tira p´atrás, bastante más que de costumbre. Pa mí que mañana no caga.
Y acertó el oráculo en su vaticinio: allí estaba el fulano sentao en la taza del váter, con los pantalones por los tobillos y una revista de esas guarras en las manos, trajinao de lo lindo por moscones y  gusanos, rodeao de mierda por todas partes y los ojos medio vueltos hacia el techo, un cementerio de bichos refugio de arañas y salamanquesas.
Oportuno fin, a fe mía, para tal cabestro. Lo que se dice un pilar de la comunidad, el Genaro.
Por petición popular, y previa consulta con la archidiócesis, no lo enterraron en sagrado.

lunes, 30 de enero de 2012

Paisanaje (19) Mercedes



Una cuestión que me bulle en el magín, me persigue de continuo y casi casi no me deja reposo es la siguiente: ¿Vosotros os habéis preguntado alguna vez qué sería de nuestros pueblos y aldeas, de nuestras villas y ciudades sin esa figura señera y castiza de la cotilla, de la chismosa, de la correveidile? Pues ya os lo digo yo, no os canséis: que nos íbamos a aburrir como ostras en un acuario de juguete. Menos mal que aquí, en Cascajos de la Quinta (de la “quinta puñeta”, la prima del “quinto coño”, que dicen los malparíos de Porrones creyendo que tiene maldita la gracia), la tradición se mantiene firme y podemos presumir de una de las mejores de la comarca, cuando no de la provincia. Y no digo de la región pa que no me llaméis exagerao.

¿Qué sería de nosotros (me interrogo en mis soledades) sin los titánicos afanes de Mercedes, alias “La Prensa”, por mantenernos al corriente de asuntos que, si bien lo miras, nos importan un comino, pero sin los cuales, que así de contradictorios y puñeteros somos los humanos, nada sería lo mismo?

“La Prensa”, que a duras penas pudo acabar la primaria (o sea, que no se puede decir que tenga muchas luces), se erigió ella solita desde bien chica, sin que nadie se lo pidiera y siguiendo una tradición familiar que se remontaba a su tatarabuela (“De casta le viene al galgo”, que dice el refrán), en la investigadora y portavoz de cuanto suceso digno de mención - o no, que para el caso era lo mismo- aconteciese en nuestras calles y corrales, en nuestros comercios y minifundios, en nuestras alcobas y oficinas.


Mercedes Mochales Porrete, una pertinaz y muy digna representante de esa tradición oral de toda la vida (Sabes que… Oye, que me han dicho… Te has enterao de… Pues no que va y me dice…), añeja precursora del periodismo de investigación más chabacano y amarillista, también conocida como “la técnica de las tres ces”: cotilleo, chismorreo y chinchorreo.

Mira, la cosa va así, ahí van unos ejemplos pa que te quede claro: imagínate que tú compras unos olivos, vendes una cochina de cría, arriendas una parcela, te pillas un buga guapo, apalabras con el consuegro una boda o un bautizo… No sé, cosas normales, cotidianas, de andar por casa; pues antes de que vayas al registro, la sacristía o el concesionario de la capital ten por cuenta que ya está “La Prensa” voceándolo en tiendas, peluquerías, tabernas, colmaos, y demás negocios proclives al parloteo y la cháchara; que a ver cómo coño se entera la tía antes que nadie. Hay veces que parece medio bruja, o una vidente de esas que salen en las pelis, porque si no, no se entiende.

Y no digamos ya si le has dao una alegría reparadora y clandestina al cuerpo esperando que no se enterara tu marido o tu mujer: se relame con la perspectiva, la joía. Anda que no le dio juego ni ná, y, de paso, contento a nosotros, la escandalera con muerto de por medio del Manolito y la Pruden. Y el juicio. Y el fallo con la absolución.

“Por aquí, secretitos, los justos, que es de mala educación”, es su lema de batalla. Aunque puestos a buscar lo bueno que tiene el asunto, que algo bueno tendrá que tener, es que hoy te toca a ti pero mañana le tocará a otro. Y alguien tiene que hacerlo, nos guste o no, estemos o no de acuerdo, vamos, digo yo. Y que lo mismo le da esto que lo otro, aquello que lo de más allá, un dime que un direte. Por menuda y pueril que pueda parecer a simple vista, no te equivoques, amigo: cualquier cosa le vale a “La Prensa” como blanco y diana para ser puesta a caldo y en trance de despelleje: el traje de comunión del nieto de alguno (vaya mierda); la minifalda de la niña (un escándalo); la melena greñuda del imbécil del Cesáreo (valiente gamberro); la charca de purines (qué asco); el precio de las alubias (menudo robo); la moto nueva del vecino (a saber de dónde habrá sacao las perras el muerto de hambre ese)... Es que si no fuera por estas cosillas, esto sería un plomazo de no te menees.

Cierto es que pocas cosas hay (la romería de la Patrona, algún funeral señalao, el encierro de los toros… y para de contar) que unan tanto a vecinos y paisanos como lo que por estas tierras se denomina, con una cierta retranca, y en emulación del maestro Machado (don Antonio, que éste sí que es merecedor del don con toas las letras y por derecho propio), “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”. Pues “La Prensa”, con pelos y señales, del derecho y del revés, por arriba y por abajo, y por lo menos una semana antes, ya te cuenta cuál va a ser este año el vestío de la Virgen, el árbol genealógico del finao y la desgracia que lo llevó hasta el hoyo, o el hierro y la traza de los morlacos, que le quita toa la emoción. Como te lo cuento. Y no me preguntes cómo -ya te digo que tiene que ser medio bruja-, porque yo tampoco me lo explico, pero de tó se entera la jodía la primerita: Mata Hari, a su lao, una vulgar aficioná; el James Bond ese, un becario del montón; la Condesa de Romanones, una mindundi; Karla el enigmático, un párvulo con mocos... Estuvieron a puntito de ficharla los del Mossad, no te digo más.


Se la puede criticar, vale, que hay veces que se sienta a comer donde no le han dao cuchara o se pone un vestío que no es el suyo, pero lo que no se le puede negar es talento ni vocación. Porque hay que tener talento para sacarle punta por igual, y sin discriminar los temas, a los ricos menús de la Brígida, las andanzas nocturnas del sacristán (menudo pájaro) o el peculiar, por no decir fantasioso, parentesco entre el señor cura párroco y la lozana señorita con la que convive desde tiempo ha en la casa rectoral. Señorita, dicho sea de paso, que nos fue presentada cuando llegó como “Aquí, mi sobrina segunda”. Ya, ya, sobrina; sí, sí, segunda. Miau, miau, y requetemiau. A otro perro con ese hueso. ¡Ay, don Senén, don Senén!, que seremos brutos, pero no gilipollas, hombre, que no nos hemos caío de un guindo, ni nos chupamos el deo.

Volviendo a la Merche, que los asuntos del clero tienen mucho peligro; lo más sorprendente es su respuesta cuando le preguntamos por su empeño en meterse donde no la llaman, si no tiene miedo a que le aplaudan la cara en las dos direcciones (p´acá y p´allá) o le partan las piernas o, puestos ya en algo más gordo, que le peguen fuego a su casa con ella dentro y el candao en la puerta. La tía responde sin inmutarse que “asume el riesgo, que lo hace por nosotros, y en aras del sacrosanto derecho del ciudadano a una información veraz”. Veraz, dice la tía. Que lo pone en la Constitución y que para legal, legal, la hija de su madre. Y que si no nos gusta, ya sabemos el viejo remedio: ajo y agua, a joderse y a aguantarse, que a ella le da igual el orden porque no altera el producto. Y que no piensa tirar por la borda una tradición familiar de tanta solera “por los escrúpulos hipócritas de cuatro cantamañanas”. Ahí queda eso. Con dos ovarios como dos castillos y sin temblarle la voz.

-No nos olvidemos -afirma rematando la monserga cuando le cuestionamos sus métodos (y aquí se pone misteriosa de la muerte haciendo una pausa dramática) que la información es poder. Sí, poder joder a los demás cuando le salga del pepe, no te amuela la reportera intrépida.

La verdad es que la mayoría hacemos el paripé de sentirnos muy ofendidos, y a su derecho a esa “información veraz” que no se le despega de los labios como supremo argumento de sus cotilleos le oponemos, bien que con la boca pequeña y sin mucha convicción, el nuestro a la intimidad y la propia imagen.
-La cosa no está clara: al no haber jurisprudencia clara, y/o definitiva al respecto, no sabemos a ciencia cierta cuál de tales derechos prevalece sobre cuál -dictamina.
Que no piensa bajarse de la burra está claro, y además, aquí entre nos, y llegados a este punto crucial, yo creo, la verdad, que la tía tiene las de salirse con la suya. ¿Qué por qué digo esto, que parece que me pongo de su parte? Pues porque en el fondo todos llevamos un cotilla oculto, que sí, no pongas esa cara, "Bizco", que te lo digo yo, cojones; nos gusta, es más, nos encanta estar al cabo de la calle y que nos lo den todo masticao. Y eso ella lo hace como nadie, hay que reconocerlo. Hombre, bien es cierto que no todo el mundo se toma a buenas eso de que metan las narices en sus asuntos sin venir a cuento y menos sin haber dao motivo; que más de un sopapo y algún tirón de pelos se ha llevao por pregonar, pongamos por caso, el absurdo color y diseño de las bragas de alguna, o los calzones con “palomos” de otro, la impotencia de aquel o la ligereza de cascos de aquella.
-Porque vamos, Merche, coño -le digo yo cuando se tercia-: eso ya es vicio y mala leche, no me digas tú a mí.

Y en esas estamos y así pasamos el rato: que tú me levantas un falso, pues yo te mato al perro; que tú malmetes en mi contra, pues yo te parto la boca; que me ofendes a la madre, pues yo me cago en toa tu parentela pasada, presente y futura. O viceversa.
O como le dije en otra ocasión: -Ahora en serio, Merche, de verdad te lo digo: si te atreves con mi suegra, nos vamos las dos de compras un finde  a la capital. Yo invito.

Un toma y daca, que se dice.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Paisanaje (18) José María


El “Chemari”, que ya desde chiquinino era un culo inquieto, una mosca cojonera, un puto rabo de lagartija, salió una tarde de casa poco antes de entrar en quintas (-Voy a dar un garbeo antes de la cena -dicen que dijo), y ya no hubo forma de encontrarlo: desapareció del mapa, se borró del censo, adiós muy buenas, ahí os quedáis, panolis.

¡Joder con el paseíto! Ni la Interpol dio con él, no te digo más. Y mira que rebuscaron por los siete mares y los cinco continentes, que estos tíos cuando se ponen a lo suyo se lo toman en serio de cojones y echan el resto en las pesquisas. No como otros que yo me sé y que van de verde y con tricornio, con capote y mosquetón. Y no me gusta señalar.

Cuando, a la vuelta de los años -ya fiambres la Filo y el Eusebio, los pobres, que yo creo que la diñaron antes de tiempo por el disgusto y el sofocón que se cogieron con lo de la fuga del retoño-, regresó al pueblo por sorpresa vestido de la guisa de los indianos antiguos (traje de lino blanco crudo, zapatos rejilla de dos colores, sombrero panamá con cintillo marrón, bastón de caña… que parecía un colibrí), se le había pasao de largo el tiempo de la mili, y como ésta ya se había suprimío en virtud de una ley, votada, me parece recordar que de forma unánime, ver para creer, el paseante de antaño salió limpio de polvo y paja del cargo de prófugo, más contento el tío que unas castañuelas, cantando habaneras y boleros, silbando cumbias y valsecitos, tarareando danzones y vallenatos, bailando tangazos y chacareras... En fin, todo el repertorio musical al compelto de nuestros colegas de allende los mares y como choteándose a lo fino de los quintos que no pudieron escaquearse a tiempo de la caja de reclutas.

Él se las daba de listo e iba paseando la percha más chulo que un ocho al revés, luciendo palmito, mirándonos por encima del hombro porque se había hecho una fortunita mu apañá en ultramar, aunque nunca supimos gracias a qué oscuros negocios. Así que alardeaba de lo lindo en un intento infructuoso de que olvidarámos que de chico se comía los mocos pa merendar y se quitaba los piojos a puñaos

Pero en este pueblo, "Chemari", le dijimos, pa que te vayas enterando, el que no ha hecho la mili en Artillería o en Regulares (o en la PM, vale, Ramón, no des más la vara, que mira que eres pesao con el temita, coño) no es un hombre de verdad, con lo que hay que tener. Aquí, pa que lo sepas, el género con barba (dejando aparte a la Pruden, ésa no cuenta aunque también se afeite día sí día no) se divide entre los de Artillería, primero, los de Regulares después, y los que no. ¿La Marina y la Aviación, dices? Quita, hombre, eso no es mili ni es : un año en barbecho para niños de papá, una beca de estudios, ni chicha ni limoná, ni fú ni fá. Vamos, lo que viene siendo una mariconada.

Pero a lo que íbamos: la indumentaria tropical y las equívocas maneras del “Chemari”. Al principio dio el pego, no voy a decir que no, a qué negar lo evidente: las mocitas y solteranas, las viudas y las casás insatisfechas -y algún seminarista que otro de vocación indecisa- suspirando por las esquinas, rondando su reja florida y haciéndose cruces por su elegancia caribeña, por su mirada lánguida, por sus exquisitos modales en la mesa (él, que partía las nueces a cabezazos y mataba las ranas a mordiscos cuando mocoso) y en el trato -mucho mantel y vajilla, mucho besamanos y genuflexión, mucho por favor y disculpe, mucho me permite y faltaría más…-. Pero espérate, querido, a que llegue octubre, a que sople una semanita el vientecillo ese del norte que parece que no pero que sí, que parece que se va pero que vuelve, y te vas a enterar tú de lo que vale un peine: te vas a comer el panamá con papas. Y el bastoncillo marica lo vas a utilizar de astillas pa la chimenea.
Por aquí somos (-"Que parece que se te ha olvidao con tanto trópico y bañador" -le dijimos también) más de gorrilla de pana y boina sin capar. O de pasamontañas de lana, que abriga de lo lindo y le da contento a las orejas, el mejor remedio jamás conocío pa prevenir los sabañones. O de estar de palique al amor de su buena lumbre de encina y sarmientos, echando unos cigarros, pegándole al porrón unos tientos largos y tranquilos pa pasar el pestorejo y las morcillas. Y no por vicio, eh, no, no: más que na, por aquello de calibrar la graduación de la pitarra y el aliño de la matanza pa darle el visto bueno.

Bueno, sigo con la crónica que se me va el santo al cielo: la cosa es que se presentó con la tontuna de que le tratáramos de don: Don José María, quería que le llamásemos, así, de buenas a primeras y sin anestesia. Y con mayúscula en el don, con recochineo del fino, toma castaña y átame esa mosca por el rabo que a mí me da la risa. Al principio, claro, nos partimos el culo con la tontuna ultramarina. ¡A quién se le ocurre! Pero cuando empezó a dar el coñazo de mala manera, que el tío hablaba en serio, tuvimos que ponerle en su sitio y dejárselo pero bien clarito:


-Ese don, “Chemari” -le dijimos cuando empezó a tocarnos los bolondros más de la cuenta con el asunto-, entérate ya, cojones, hay que ganárselo a pulso. Y los que tocaban en el pueblo ya están tos adjudicaos: el alcalde, el páter, el notario, el maestro… No lo tiene ni el comandante de puesto. Como pa irlos repartiendo al primer imbécil que lo pida por su cara bonita. Así que ya te puedes figurar por dónde nos pasamos tu pretensión. -Amos, hombre… Tú estás tonto -le dijimos.
¡Ay, Señor, Señor, cuánta gilipollez y disparate, hay que ver cómo es la gente! Cada vez que me acuerdo del careto que se le quedó al figurín con la respuesta se me afloja la vejiga. Que me meo de la risa, vamos.

Y cómo hablaba, por favor, qué lenguaje más sospechoso: que si querido por aquí, que si cariño por allá, que si encanto por acullá…
-Sírveme un ronsito, mi amol -le espetó al Tomás, de entrada y en frío, la primera vez que pisó la tasca. Al Tomás, cuando oyó lo de mi amol, se le pusieron los ojos como dos platos bajeros llenos de salsa picante. Cogió tal rebote con la frasecita y el tonillo con que fue dicha, que saltó de sopetón por encima del mostrador bufando como un tractor con el remolque a tope de remolachas por la Cuesta de las Pozas, y más que dispuesto a sacarlo a hostias del local o medirle las costillas a base de bien con la picha de toro que escondía junto a las garrafas de vino y las bolsas con los panchitos. Menos mal que anduvimos prestos y entre unos cuantos pudimos agarrarlo hasta que se le pasó el cabreo, que a puntito estuvimos de tener un disgusto de los gordos. Y tampoco era cuestión que por una tontería como esa nos cerraran el bar. Ahí donde lo ves, cuidaíto con el Tomás, no te creas: que parece un retaquillo y una mosquita muerta, pero cuando se enciende… ojito con él.

El “Chemari”, entretanto, sonreía displicente junto la puerta esperando la entrega del mandao y la resolución del esperpento, aunque ojo avizor, y dispuesto, por si venían mal dadas, a poner pies en polvorosa en caso de que el mesonero se nos escapara. La cosa, al cabo, quedó en humo de pajas y no hubo que lamentar ninguna desgracia digna de reseñar, pero ya te digo que faltó esto pa que el mesonero le pusiera la cara en la nuca de un revés o le midiera los lomos a conciencia con el vergajo.

Cada vez que lo veía aparecer por su negocio, el tío cogía un mosqueo de tres pares y procuraba no darle mucho la espalda, el culo siempre bien arrimao a la pared o el mostrador en cuanto el “Chemari” entraba en el local… No le perdía de vista ni pa despedirse. Ni volvió, que sepamos nosotros, a dirigirle la palabra como no fuera pa pedirle el monto de las consumiciones. Género fino, eh, eso sí: ginebra Bombay, ron añejo, vino de Oporto, whisky de malta, el pippermint o el Marie Brizard para las señoras que se dejaban invitar…. Que ahí el “Chemari” no escatimaba, las cosas como son. Se conoce que venía bien acostumbrao de las islas en la cosa del bebercio.

Porque en lo demás, vaya que vaya; pero en lo tocante al parné, el Tomás no le pasaba ni una a dios bendito: el “Hoy no se fía, mañana sí”, que colgaba como aviso en un azulejo mugriento y cagado con saña por generaciones y generaciones de moscas, era ley para él: como un juramento de sangre, como una promesa hecha a la madre en su lecho de muerte.

Al “Chemari” se le hizo tal vacío en el pueblo por su displicencia y tendencias poco claras, que acabó por no salir (tal que anacoreta de su cueva, tal que topo de su galería, tal que reo con la perpetua...) de la casona que se construyó en la falda del monte.

Vamos, hombre, menudas ínfulas, habrase visto.
Pues con tu pan te las comas, don “Chemari”.

martes, 12 de abril de 2011

Paisanaje (17) Ladislao


Este Ladislao era un alma cándida, un dechao de virtudes, un primo hermano de la inocencia y la bobería, la víctima perfecta pa alguna suegra de faca y faja, no sé si me explico. Lo único, que de mujeres casaderas no quiso nunca ni oír hablar; ni hubo manera de emparejarlo como Dios manda por más que algunas celestinas de fama, de colmillo retorcío, invirtieran todo su talento y empeño en el asunto. Sintiéndose tocás en su orgullo visto lo inútil de sus esfuerzos y maniobras, y para vengarse, las casamenteras alcahuetas difundieron con inquina y a conciencia el rumor de si Ladislao no sería por un aquel de la acera de enfrente, si perdería aceite, si probaría braga y sostén en la intimidad,  y empezaron a llamarlo "El Simple":

-Es más simple que el asa un cubo; es más simple que el mecanismo un chupete; es más simple que el culo una pelota... -iban diciendo por ahí, despechás y retorcías. Pero que va, el problema de Ladislao con las mujeres era mucho más sencillo: no es que no le gustaran (que yo sé que sí que le gustaban; como que se iba de putas cada dos semanas a la capital), sino que con la madre y las dos hermanas gemelas que le cayeron en suerte en la rifa familiar -que parecían las del cuento de La Cenicienta de puñeteras que eran, lo tenían en un sinvivir cuando chico- tuvo más que de sobra con respecto al lao chungo del género femenino y no le quedaron muchas ganas de arriesgarse con otras ni intimar más de lo necesario.
Inveterado solterón y dependiente desde siempre del más afamado comercio de la villa (Ultramarinos y Coloniales "La Sirena". Calidad a su servicio desde 1908), donde era considerado parte esencial del establecimiento, las clientas se rifaban sus atenciones, y no precisamente por su buena estampa -que era más bien chaparro y no lo que se dice un adonis- sino por ver de aprovecharse de su natural cándido y timorato en la transacción comercial. Menudas brujas las del bolso de la compra y la melena cardá.

Pero una noche, aciaga en su memoria, y que le produce pesadillas desde entonces, le aconteció un suceso que cambió para siempre su fe en la posible bondad de la especie humana. Bueno, para ser precisos, no le ocurrió a él, sino a lo que más amaba: un Seat 600 precioso, negro y con una raya dorada que viajaba por el capó hasta el parabrisas y desde éste hasta casi la matrícula que proclamaba bien a las claras su origen soriano.
Y es que para Ladislao, aquel “rechoncho ingenio de la mecánica patria”, como él lo denominaba con una labia insospechada en semejante pánfilo, era la niña de sus ojos, la novia que nunca tuvo, el amor que no pudo ser, y donde volcó toda la ternura a la que su escaso esqueleto podía dar cabida.

El caso es que cuando el día de autos, nunca mejor dicho, se levantó por la mañana y bajó, como todos los días, a echarle el vistazo de costumbre al suyo antes de irse detrás del mostrador a etiquetar latas de morrones, o colgar los lomos de bacalao, o pesar el pimentón, o empaquetar las alubias y lentejas en los cartuchos de papel de estraza..., el cuadro que se encontró ante los ojos hizo que se le cayese el alma a los pies: algún bárbaro había apedreado su amado vehículo hasta casi reducirlo a chatarra, había dejado su rastro cruel e irracional sobre aquella carrocería querida. Viéndolo de aquella guisa, destartalado y moribundo, ciego de los faros, los cristales hechos añicos, las puertas con múltiples mataduras, los asientos destripados y las ruedas rajadas, las llantas hiriendo el asfalto y el motor violado, no pudo evitar ponerse a llorar amargamente, incapaz de entender aquella brutalidad gratuita y sin sentido. Y por entre la catarata de lágrimas que corrían por su rostro con un desconsuelo que daba grima (que parecía contra natura ver llorar así a un hombre), le pareció entrever que el coche (que semejaba estar desangrándose sin remedio -un charco de aceite y líquido de frenos adornándole los bajos camino de la alcantarilla más cercana, la gasolina derramada pintando iridiscencias en el asfalto mojado-) también lloraba implorando, a partes iguales, consuelo y venganza antes de hundirse para siempre en el siniestro pozo de los desguaces y el oscuro y laberíntico y doloroso mercado de las piezas de segunda mano.

Tras aquella funesta jornada, Ladislao "El Simple", aquel espíritu otrora cándido y bondadoso, feo, católico y sentimental, se transformó (de un día para otro, como quien dice, y para escándalo y pesar de beatas y meapilas) en un sujeto soez, deslenguado y rijoso, que se despachaba a gusto con quien fuese, no pasaba ni una por alto, y siempre andaba enredado en broncas y trapacerías. Desde entonces ("De perdidos al río", que dice el dicho) se dio al puterío con entusiasmo, a la bebida sin freno y al ateísmo militante a las bravas. No dejó pecado sin buscarle las costuras. La cosa ya pasaba de castaño oscuro, los líos del Ladislao estaban entrando de cabeza en la categoría del escándalo público. Llegados a este punto sin retorno, no hubo más remedio que despedirlo de La Sirena, negocio serio donde los hubiera y que no podía permitirse sin menoscabo de su prestigio tal ejemplo incívico en su plantilla de probos dependientes. Y todo por una mierda de coche, que hay que estar zumbao de la chaveta.

Semejante cambio de actitud en tan íntegro ciudadano hasta aquel fatídico momento, tras múltiples denuncias y alguna estancia nocturna en el calabozo de los cuartelillos, ora consistorial, ora picoleto (ya sabéis lo de los granos de arena: se van juntando unos con otros, así como a lo tonto y, en un pis pas, visto y no visto, abracadabra, hacen una montaña donde antes no había nada), llegó a ser debatido en el orden del día del pleno municipal.

Pleno que sirvió, a la postre, para la aprobación por unanimidad (lo nunca visto en este ayuntamiento, oiga) de un notable incremento en la plantilla de guardias urbanos.

viernes, 18 de febrero de 2011

Paisanaje(16) Urbano


“El Barajas”, le decían. Urbano “El Barajas”, como si el alias hubiese anulado el apellido legítimo. Claro que si se lo llamaban era por algo, que por aquí no ponemos los motes a humo de pajas, ni por capricho, ni al tuntún, sino casi obligaos por las circunstancias y las actitudes de cada cual. Y el Urbano, un tío educao y agradable (como pa no hacerle un feo al nombre) y que no había pegao un palo al agua en su vida (más vago que la chaqueta de un guarda, el tío), tenía obsesión por los juegos de cartas: el mus, la brisca, el subastao, las siete y media, el cinquillo, la cuatrola, el guiñote, el hijoputa… eran modalidades del tapete a las que no podía resistirse. Hasta en el póker, el bridge y el bacarrá, juegos foráneos y cosmopolitas con mucho prestigio entre los cantamañanas, era un fiera “El Barajas”, aunque, como buen farolero, se hiciese de nuevas cuando le hablaban de ellos. Tantas horas de asueto es lo que tienen: que te pones, te pones, y así como a lo tonto te da tiempo a aprender de tó. Y, por lo común, ná bueno ni de provecho. Pero eran los naipes patrios de la acreditada firma de don Heraclio Fournier los que no tenían misterios para él: tú le enseñabas un mazo de cartas, así como al desgaire, como diciendo “Huy, perdón, ha sío sin querer”, y al Urbano los dedos se le volvían huéspedes, los ojos le hacían chiribitas, le dabas una alegría de tres pares de cojones. Oros, copas, espadas y bastos eran sus dioses tutelares, sus cuatro jinetes del Apocalipsis, sus puntos cardinales, los mosqueteros de la Reina…

En las destartaladas mesas de formica de An ca Tomás, la taberna con más solera de la plaza (o sea, la más vieja y cochambrosa), le podías encontrar todos los días de ocho de la mañana a diez de la noche (con el ínterin de la siesta, eso sí, que la siesta pa él era sagrá) dispuesto a echar unas manitas con quien se terciara: 
-Pa pasar el rato, saben ustés, que cuando uno no tié ná entre manos, los días se hacen eternos. Y con algo hay que entretenerse, ¿no les parece? -decía el jodío a sus oponentes con una cara de ingenuo que pa qué. Un truco de lo más barato, más viejo que el mear de pie y que como el timo de la estampita (que mira que se ha hecho veces y la gente sigue erre que erre, venga la burra al molino, queriendo pegársela al tontito) parecía mentira que le siguiera funcionando.

-Tomás, hijo, espabila -apremiaba al mesonero-, que estás como alelao. Ponles unos orujos aquí a los paisanos y los vas apuntando en mi cuenta. Y a mí me traes un cafelito con un chorrino de eso que tú sabes, a ver si me entono, que me parece que hoy tengo el día torcío.

El Tomás, un tipo simple y cachazudo poco amigo de los líos, ya sabía cómo iba a acabar aquello, lo había visto infinidad de veces, pero como era un profesional de lo suyo (“Ver, oír, callar y servir lo que te pidan”, le habían enseñao de chico, y él seguía estos preceptos a rajatabla), ponía el carajillo o el vermú o el chato de tintorro, según la hora y la comanda del cliente, y se retiraba a su mostrador, callao como un muerto, a seguir espantando moscas, rellenando los palilleros, fregoteando cucharillas o aplastando chapas de refrescos pa la cortina del verano.

Lo cierto es que nunca faltaron incautos que le siguieran la corriente y, de paso, le engordaran la cartera:

-De fuera, eh, que quede claro, que aquí en el pueblo ya estamos pero que bien escarmentaos -decía el Nico, uno de los mayores damnificaos por las mañas del artista con los naipes. Su fama había traspasado fronteras (¡Joder, qué ganas tenía de soltar esta frase!), y derrotarle en alguna partida, levantarse de una timba con “El Barajas” después de unas cuantas horas con el culo pegao al asiento y las ganancias en el bolsillo, era ya para algunos una cuestión de honor. Pero no había caso: el paisano, que era más listo que el hambre, les daba carrete al principio, tal que a las carpas peleonas, y se dejaba ir perdiendo algunas manos menores, más que na pa encelarlos y abrirles la cartera; luego, cuando menos se lo esperaban y estaban los ilusos con la sonrisilla en la boca, encendiendo el farias, pidiendo otra ronda “pa toa la concurrencia”, con las pujas en todo lo alto, los billetitos unos encima de otros formando un montón mu aparente, los primos prometiéndoselas muy felices con la mano que llevaban... Urbano tiraba del sedal ejecutando su famoso golpe de muñeca, clavaba el anzuelo en el gaznate del infeliz, recogía carrete, y catapúm chimpúm: arrastro, las cuarenta, las diez de monte, envido, quiero, órdago a la chica, full, póker, escalera de color… y los desplumaba sin compasión. Eso sí: como un señor, sin descomponer el gesto ni hacer leña del árbol caído (que eso está mu feo), apañaba la pasta del tapete con la elegancia y parsimonia propias de un tahúr del Mississippi o de croupier mariposón del casino de Montecarlo. Lo que se dice engordar para matarlos. Menudos pardillos.

Era vox populi que tamaña potra no podía ser normal, ahí tenía que haber gato encerrao. Y sí que lo había, sí. Y bien gordo y lustroso. Pero como dice el refrán, “Tanto va el cántaro a la fuente que a todo cerdo le llega su San Martín antes de que las golondrinas vengan p´al verano”, o algo así, no sé, no me hagas mucho caso, que todavía tiemblo al recordar el suceso, y el tembleque me sacude como un sonajero las meninges del recuerdo y el entendimiento, y las descoloca y confunde, las enreda y difumina.

Equivocarse como el Urbano lo hizo en aquella timba con tratantes de ganado (mayormente, de bestias de arreo: mulas pardas, bueyes, rucios renegríos… género así, de pezuña recia y coz fácil) es lo que tiene: que como te pillen el truco, la pagas, vaya que si la pagas. Pero a base de bien y toas juntas. Así que cuando “El Barajas”, con su estilo inmutable y pachorrón, y como si le importara un pimiento, descubrió su full de ases sietes con dos ases de tréboles en la mano, se le acabó de golpe la suerte, el rostro sereno, y el mirar derecho por los dos ojos. Que uno de ellos acabó tras la refriega, y luego de hermanarse con colillas resecas, cabezas chupás de gambas salás como perros y pipos de aceituna que andaban de gira por el suelo, en el cubo de la basura.

En cuanto el más espabilao de los forasteros se dio cuenta de la trampa, burda y chapucera, impropia de gente de ley, y antes de que el fullero pusiera pies en polvorosa, le faltó tiempo pa arrear a los colegas en venganza del agravio. No en vano, ya se ha dicho, eran tratantes de ganado, y lo que es arrear, arreaban de lo lindo. ¡Madre mía, qué espanto! ¿Tú sabes lo que es que se te vengan encima cuatro tíos como cuatro castillos, encabronaos por la pirula, con unas manos tal que palas de cocer el pan y dispuestos a hacerte picadillo? ¿No? Pues hazme caso, mejor que no lo sepas.

Le dieron una ristra de hostias “como pa demoler el silo”, que dijo un espectador en un arranque poético (el espontáneo se ganó el apodo de “El Espronceda” desde entonces y bien que presume de ello, el puñetero), y recitando una tras otra, palo tras palo, toas las cartas de la baraja. Y si tocaba figura, doble ración. Un tentetieso, un pim pam pum, un saco de entrenamiento parecía el tramposo en el cuadrilátero que formaron aquellos cuatro energúmenos hasta que el árbitro, Paco “El Municipal”, llegó a la carrera avisao de urgencia por algún soplacirios con ganas de joder la marrana, e hizo valer sus galones y autoridad poniendo fin a la refriega con un par de tiros al aire y algún viaje que otro con la porra de servicio en costillas forasteras.

Todavía se pueden ver los agujeros (calibre 9 mm, el reglamentario de las fuerzas del orden, para los amantes de los datos y los suspicaces) en el techo de la venta. Para el Tomás, esas marcas de los proyectiles en el cielo raso de su local son como las del Congreso cuando lo del Tejero y los guardias saltaventanas: un símbolo intocable.

Después de aquello “El Barajas” nunca volvió a su ser: se conoce que algún golpe mal dao le removió algo en la chola, y tú ahora le enseñas, un poner, la sota  de bastos (por la parte del ojo bueno, que en el lugar del otro lleva un parche tapando el hueco) y es como si le practicaras un crucifijo hecho con ajos al conde Drácula: empieza a echar espumilla por las comisuras mientras se mea patas abajo con una abundancia y diligencia pasmosas.

Nefasta jornada aquella en la que el Tomás perdió para siempre a su más fiel parroquiano, humillao por manos foráneas y convertío ahora en un pelele para mofa y escarnio de mocosos y zangolotinos, para comadres y ociosos, que no pierden ocasión de hurgar en la herida, que hay que ver qué mala leche tiene la gente.

No hemos tenío más remedio que quitarle el mote (algo que nunca había ocurrío en los anales de este sitio) y aunque le estamos buscando otro (el de “El Tuerto” lo hemos descartao por evidente y facilón, no tiene ningún mérito), es este un asunto más arduo de lo que parece. 


Venga, "Bizco", a ver si a ti que eres de la capital y tienes estudios se te enciende la bombillita, hombre.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Paisanaje (15) Viriato



Llamarse Viriato y acabar currando de pastor tampoco es que sea tan raro; si me apuras, yo diría incluso que puede ser una consecuencia. Y es que hay nombrecitos que se las traen, no me digas tú a mí.

La verdad es que el muchacho traía el destino escrito en la frente. Máximo, su padre, un viudo tarambana sin oficio ni beneficio que andaba a la que saltaba y gran amante y celebrador del fruto destilado de la vid en sus dos variantes básicas, aunque la verdad es que no le hacía ascos a cualquier otro brebaje siempre y cuando no anduviera escaso de la graduación apropiada, lo tuvo en la escuela el tiempo justo para aprender las primeras letras y números y coger las fuerzas necesarias con vistas a aguantar las duras jornadas a la intemperie al cuidado de cuadrúpedos rumiantes.

Y el jodío del Viri, en contra de todos los augurios y pareceres, que se le veía dispuesto al chiquillo para la cosa del estudio, acabó cogiéndole el gusto al ramoneo errante y solitario por los montes: los pocos amigos que iba haciendo en el pueblo terminaba perdiéndolos unos tras otros porque todo su tiempo lo dedicaba, con su mayor empeño y afán, a lo que él denominaba, un tanto pomposamente (que era mu redicho el Viri), “mi cabaña ganadera”. Cabaña ganadera, anda qué... Ya ves tú: un puñao de cabras de mirar atravesao y con una mala leche de no te menees (en sentido figurao, entiéndaseme, que la de las ubres bien rica que estaba. Y menudos quesos, oye: pa bailarles jotas). Eran cabronas como ellas solas. Ya podías andarte con ojo si las bichas triscaban cerca: como te pillaran descuidao por la retaguardia, topetazo que te crió.


Lo de "mi cabaña ganadera" nos sirvió el mote en bandeja: "El Domecq". Por aquello de las ganaderías y tal. ¿Lo pillas?

La cosa es que él, de todas, todas, prefería salir con su hato de chivos a dar patadas a la pelota, el ordeño vespertino y plácido a perseguir muchachas (-Total, pa tocar tetas, éstas dan bastante menos trabajo, son mucho más agradecías y me salen más baratas -decía el tío sin que en el fondo, y si lo piensas, le faltara razón), el limpiarles las pezuñas y los cuernos a ir a la tasca con el resto de mozancones y gañanes a verlas venir toa la tarde… Y claro, con semejante filosofía vital por divisa y estandarte no había modo de cimentar ninguna relación en serio: ni con los amigos, ni con las mocitas, que siempre andaban correteando a su alrededor (como cabras locas, nunca mejor dicho; tú no les hagas caso y ya verás cómo se interesan ellan solitas por el asunto) y se hacían las encontradizas en los callejones más oscuros tanto a la ida como a la vuelta, enseñando más de lo que la decencia aconseja. Pero él, ni caso. Que hasta murmuraciones sobre “la acera de enfrente” hubo, cuando no otras más escabrosas (algo de actos contra natura con las hembras del rebaño; nada en firme, eh, que quede claro, yo ahí ni entro ni salgo, pero por murmurar y malmeter que tampoco quede) y de las que ahora no es este el momento ni el lugar para extendernos en pormenores ni viene a cuento entrar en más detalles de los necesarios.

Con semejante dedicación no era de extrañar que las suyas fueran las cabras más apañás y envidiás de los contornos. Con mucha mala follá, vale, de acuerdo, que sí, pa ti la perra gorda, Tasio, pero tan relimpias y lustrosas, que hasta daba gusto verlas calle abajo en formación de a dos casi marcando el paso al ritmo de las esquilas y dejando su rastro oscuro de cagarrutas. ¿O no llevo razón?

Por aquello de no aburrirse más de la cuenta durante las salidas al monte (-La verdad es que las puñeteras cabras se cuidan solas, menudas son, más listas... -decía el Viri con sincera admiración), le dio por el rebusco de hierbas salutíferas (que utilizaba para todo tipo de dolencias y enfermedades, tanto en tisana como en emplastes), la artesanía de la navaja con lo que se iba encontrando por ahí (y le quedaban muy chulas, las cosas como son: unas facas de cachas oscuras, livianas en mano, y tan finas y certeras en el corte que los paisanos se las rifaban, mayormente pa la degollina del gorrino), y la lectura.

Dentro del zurrón, y en singular y amable compañía con el queso (o el tocino o la morcilla o el chorizo… lo que tocara de chacina ese día), el pan y la bota de vino (ésta última, herencia del padre), nunca faltaba algún libro. Muchas horas dedicaba el cabrero a estos oscuros menesteres de descifrar y comprender los secretos de la letra impresa fiado en que el agudo instinto de los chivos les librara de cualquier percance dañino.

 
Desde que don Merodio contó en la clase aquella historia del caudillo Viriato y lo de “Roma no paga a traidores”, y toa la mandanga, y ésta llegó a sus crédulos oídos, durante su jornada laboral se dedicó casi en exclusiva, dejando en segundo plano la cosa de la botica naturista y las navajas, a empaparse de textos clásicos latinos, muy en particular de aquellos que hablaban de la Hispania y la Lusitania. Gracias a ellos, y pian, pianito, se fue haciendo de una cultura que se dejaba ver bien a las claras en su manera de hablar y expresarse, ciertamente pintoresca en boca de cabrero. Como muestra, un botón: si alguien, para referirse a su noble y antiguo oficio soltaba en su presencia la palabra pastor, o cabrero, se le encendían las alarmas, carraspeaba a lo bruto para atraer la atención de la concurrencia y, más serio que la bragueta de un guardia civil, corregía ipso facto al interlocutor: -Querrás decir, fulanito, Técnico Auxiliar de Ganadería-. Y se quedaba tan fresco el tío, recalcando las mayúsculas ante el pasmo de los parroquianos, mientras atacaba a modo la copa de cazalla.

El Viri, que se refería a su legendario tocayo como “mi antepasado héroe”, fue en nuestro pueblo un nefasto precursor de esos eufemismos que, en su descontrolada expansión por el territorio patrio como virus malignos y recurrentes, tan nocivos han resultado para el lenguaje comprensible del común de las gentes.

De todo aquello destacaban, por encima de las demás, dos manías: la de nunca, pero nunca y en ninguna circunstancia, salir de jarana con otros tres amigos: o menos, o más, pero jamás tres: 


-Es que no me fío, que mira lo que pasó la otra vez -razonaba cabezón-, y su odio profundo, tenaz, irreductible, a cualquier clase de traición.

Por lo demás, buen tipo. Noblote y leal.

Murió soltero y, a lo que parece, sin conocer hembra. Para desconsuelo de algunas que yo me sé.

Y no me tiréis de la lengua, que la lío.


Imagen: Juan Carlos Cruces

viernes, 8 de octubre de 2010

Paisanaje (14) Donato



Al Donato, todo el mundo en el pueblo, principiando por el alcalde y pasando por mocosos y comadres hasta llegar al cura párroco, que según las malas lenguas fue quien se lo puso una tarde de julepe y vinazo, lo llamaba “El Tío Calambres”. Era éste el título de una tonada muy popular el año que Donato vino al mundo, una aterradora y cargante melodía cantada por un tipo grandón y desgarbado que nos vino, en mala hora, del otro lado del charco a dar la matraca a base de bien, y cuyas señas más distintivas no eran, que digamos, su exquisita ni embriagadora tesitura vocal y tipo apolíneo sino unas corbatas horrorosas -a cual más espeluznante- que le llegaban hasta la bragueta y unos mofletes fofos y repelentes en desplome continuo, como dados de sí, perfectos para arreales un buen pellizco a mala leche. O una hostia en condiciones, a ver si se callaba de una puta vez el vocalista ultramarino con la cancioncita del copón. Ya te habrás dao cuenta que en este pueblo -bueno, como en casi todos, creo yo, que levante la mano y tire la primera piedra el que esté libre de pecao- somos muy de poner apodos. Y aunque las monjitas del hospicio -unas brujas, dicho sea de paso, no te fíes ni un pelo de ellas, yo te aviso- lo habían bautizao Donato por el santo del día en que apareció en el torno “berreando como un descosío y cagao hasta las trancas”, como aseguró, implacable y cotilla, la hermana tornera), y Expósito Expósito -éstos por desconocerse el apellido de los progenitores que, según todos los indicios, acaso fueran una pareja de temporeros que apareció por aquí para lo de la vendimia; y vista la tripa con la que ella llegó y lo esbelto de su figura cuando se marchó, no andaría muy desencaminado el rumor aunque “seguro, seguro, la muerte”, que decía mi abuela-), a tenor de la maña que se daba el mocoso con todo tipo de herramientas y utensilios apenas levantó dos palmos del suelo, con “El Tío Calambres” se quedó para los restos. Ya le podías llamar Donato catorce veces seguidas que el tío ni se inmutaba, no se daba por aludido, “pasaba de ti”, como suelen decir los mozos de ahora con su labia insulsa.
Hasta el cartero (un lumbreras, el Ginés, que éste también es para traca) devolvía la correspondencia que le llegaba con su nombre legal, tal era la fuerza del alias. Como no pusiera bien clarito en el sobre “El Tío Calambres”, carta p´atrás, como que mañana es domingo. Coño, no le entregaba ni las del banco, que más de una vez estuvo la tontería a puntito de costarle al Donato algún disgusto de los gordos.

-Pero vamos a ver, Ginés, me cago en la leche que mamaste, que me tienes ya hasta los güevos -abroncaba el Donato al cartero cenutrio en cuanto se topaba con él-. ¿Es que no me conoces de sobra? ¿Sí, verdad? Entonces, ¿por qué coño, me cago en tal, no me entregas las cartas como a cualquier hijo de vecino? Como sigas así, un día la vamos a tener tú yo. Y de las gordas. De las de salir en los papeles. Que tú a las malas no sabes cómo me las gasto. Avisao quedas delante de testigos.
El Ginés, que era más bruto que una acequia, tozudo como una mula y más simple que el mecanismo de un chupete se le quedaba mirando como si le escuchara, pero vamos, en el fondo como quien oye llover o piar a un gorrión: no le hacía ni puto caso. Tu veías la atención que prestaba al discurso -ni parpadeaba el tío mientras el otro le echaba la bronca, que era digno de ver, parecía tal que una estatua cagá por las palomas- y se podría pensar que sí. Pero quiá; pa mí que "El Tampón", como también era conocío el funcionario postal, andaba rumiando en sus cosas -la partidica de dominó de por la tarde en la taberna, el rumor de una próxima subida de sueldo -que ya era hora cojones-, comprar otro par de borregas, darse un revolcón con la Pruden en la era a espaldas del Mariano...- mientras el Donato gastaba saliva en balde soltándole la filípica semana tras semana. Tú sigue, sigue, parecía pensar "El Tampón", que ya haré yo lo que me salga del mondongo y las criadillas. Se dice por ahí, aunque no está confirmao del tó, que lo de escamotearle las cartas era una sutil venganza por el estropicio que el Donato le hizo a un transistor japonés cuando se lo llevó a reparar, que le jodió sin remedio la FM, y al de la saca de cuero se le acabó para siempre el Carrusel Deportivo. Y hasta ahí podíamos llegar, se supone que pensaría el cartero: tú me jodes la radio, pues yo te dejo sin correo. Empate.

Como ha quedao dicho, ya desde bien pequeñito el Donato apuntó más que maneras en el apaño certero de la mecánica minúscula y en la electrónica de andar por casa, en la reparación y ajuste al por menor de los más diversos objetos: desde las varillas de un paraguas a estañar unas sartenes, desde un ventilador a una muñeca, desde una bicicleta a un tirachinas, desde una singer al pomo de una puerta... Todos estos, y más, eran asuntos y cachivaches que no tenían misterio alguno para él. Minucioso y paciente hasta el extremo, no había cacharro, artilugio o doméstico dispositivo que, tras una hábil y precisa manipulación con la herramienta apropiada, no le entregara sus más íntimos secretos como doncella inocente y tontaina seducida por galán bragao. Aunque de vez en cuando, que ya se sabe que el mejor escribano echa un borrón, la cagaba. Mira lo del Ginés y su radio, por ejemplo.

Pero esto, que pudiera parecer escaso de mérito, tiene más intríngulis de lo que a primera vista se barrunta: a ver quién no se ha topao más de una vez con problemas inesperados e irresolubles en el quehacer casero aparentemente más sencillo: colgar un cuadro, cambiar una bombilla, arreglar una ventana o un cajón… Y digo aparentemente porque tós sabemos que estas gilipolleces están sembrás de trampas arteras, que en cuanto te descuidas un poco te machacas un deo o te pegas un porrazo desde la escalera y te descalabras los riñones. Ahora, de donde le viniera al Donato esa afición y habilidad es cosa que se desconoce a ciencia cierta. Sería un don de natura, porque en un convento, como no fuera bordao o repostería (cosa fina, oye, el obrador de las brujas: ¿has probao sus pestiños? ¿No? Pues ya estás tardando, macho. De rechupete, tú, bocatto di cardinale, te lo digo yo, es lo único que hacen bien las joías) o tocar la campana en maitines o vísperas, para lo que no se necesita mucha ciencia, ya me dirás tú lo que iba a aprender el pobre.

Se emancipó de la tutela monjil con la mayoría de edad y, después de regresar de la mili en Regulares (adonde marchó voluntario para escapar cuanto antes de las garras de las sores), con unas perrillas que tenía ahorradas fruto de las propinas de las almas generosas, puestas a buen recaudo de la rapiña de las hermanas con la complicidad de una mocica a la que le tenía echado el ojo -y ella a él-, abrió sin tardanza una modesta industria dedicada a, como él publicitaba con una cierta retórica grandilocuente en un cartelón pintao a mano, "Arreglos y componendas al por menor de todo tipo de género técnico y manual".

Sus señas de identidad eran tres: peto azul mahón sobre camisa de manga larga a cuadros de franela hasta en verano, que ya tiene mérito la cosa con lo que sacude aquí el lorenzo, boina sin capar de la acreditada firma Elósegui y, de manera que nadie se atinaba a explicar cabalmente, un lápiz de carpintero plantao en la oreja derecha durante toda la jornada laboral. Porque como no fuera para rascarse la cabeza o sacarse la cerilla de las orejas con la punta de la mina, nadie, nunca, jamás, le había visto hacer uso legítimo de él.

Dadas su destreza y laboriosidad, amén de su honradez y cumplimiento en los plazos de reparación y entrega del chirimbolo de turno, que vistos los tiempos que corren no es que sean cualidades de mucho éxito (y si no, fíjate en la cantidad de "chapuzas lamentables" que prosperan de manera fulgurante e incomprensible a nuestro alrededor), tuvo su pizca de suerte, esa puñetera casquivana, y no le fue del todo mal en la vida.

Casó con la Lutgarda, muchacha humilde y prudente que nunca dio motivos a las alcahuetas más dañinas para ponerla de vuelta y media, y mira que le tenían ganas desde lo de las perrillas del convento, y fruto de la feliz unión les nacieron tres retoños a los que incluso dio estudios en un colegio de la capital, uno de esos que enseñan oficios y admiten internos.

Le salieron fresador, secretaria y peluquera, por este orden, y de mayor a menor. Nada del otro mundo, que tanto de uno como de otras los hay por ahí a patás, pero honraos a carta cabal. Y que no presumía ni ná el tío de sus vástagos.


La palmó malamente una tarde ventisca cuando se cayó del tejao de la Amparo intentando arreglarle la antena porque decía que no veía el UHF, que sólo salían rayajos y puntitos.

Y qué quieres que te diga, "Bizco"; desde entonces esto, sin él de acá p´allá con su cajina de herramientas a cuestas, no es lo mismo: cualquier día se nos cae el pueblo a pedazos. ¿Pero no ves cómo está tó de abandonao?

Imagen: Matías Vieira 

domingo, 12 de septiembre de 2010

Paisanaje (13) Pantaleón



Pantaleón otra cosa no, que los demás vicios y pecaos no le tiraban lo más mínimo, decía que eran vulgares, pero el tema de la lujuria era para él, sin pararse un momento a pensar en el aparente contrasentido, sagrao:
Los fines de semana, ni caza, ni fútbol, ni misa, ni hostias, ni na. Yo, a lo mío, que pa eso me ha dao Dios esta maravilla -decía el verraco mientras se atusaba el bigote de cosaco que le enmarcaba las comisuras y se tanteaba los bajos con la mano sobrante.


En doscientos kilómetros a la redonda, todos los puticlubs, burdeles, casas de citas y similares locales del ramo (los tenía anotaos por orden alfabético en una libretilla mugrosa de la que no se separaba nunca, una especie de cuadrante para saber en cada momento a cuál de ellos tenía que acudir el próximo fin de semana, turno que respetaba a machamartillo) recibían a intervalos regulares sus visitas. Y qué visitas, señores: de ésas de “echar el candao, tirar la llave, y no asomar la jeta hasta el domingo de anochecía”.
-Y que no falte de , no me seas rata, fulanita, o menganito -encarecía el Pantaleón a la madame o al chulo, según el caso, en cuanto traspasaba con los colegas las puertas del lupanar.

El “Panta” y su grupito de gorrones (“Los Satélites” les llamaban por ahí porque siempre estaban girando a su alrededor) llegaban al antro que tocara ese día y se bajaban del 850 apestando a Varón Dandy, las patillas de hacha, la melena rizada, la camisa floreá abierta hasta el ombligo, medallón al pecho, el pantalón campana de mercadillo… El equipo completo, el uniforme de combate del perfecto lolailo. Se pasaban el peine, se olían los sobaquillos, se estiraban la pechera, se acomodaban la entrepierna con ese gesto tan nuestro y hala, p´allá que tiraban, listos pa correrse la juerga padre con las titis del local. Vamos, el colmo de la elegancia y el saber estar.

En el pueblo que hubiese tocao ese fin de semana, las conversaciones del lunes en las tabernas y corrillos de la plaza no versaban sobre otro asunto que la visita de rigor del “Pantaleón y Los Satélites”. Quien no estuviera avisao del tema podría pensar, a tenor del apodo de los susodichos, que éstos fueran acaso algún grupo de músicos principiantes, de esos que maltratan con una furia homicida el bajo, el saxo y la batería en las fiestas de los pueblos, con un vocalista penoso, dos epilépticas rubias de bote bien servidas de tetamen haciendo los coros de la melodía destrozada, y cobrando, cuando cobraban, unas miserables perrillas. Esto, claro, en el caso de no desagradar más de la cuenta a la concurrencia, que si no, lo más probable es que salieran del pueblo corridos de mala manera a gorrazos y pedradas, pies pa qué os quiero, y perdiendo en la desbandada, cuando menos, las baquetas y la dignidad. O sea, cobrando también, pero no en moneda de curso legal.

Un lunes por la mañana, Pantaleón no regresó al pueblo con “Los Satélites” como de costumbre, lo que, vista su disciplina espartana para estas cosas, nos extrañó un güevo. Interrogaos sus compinches, aseguraron, como quien no quiere la cosa y haciéndose los locos, “haberlo dejao echando el último con una negrita nueva en el negocio, cosa fina, y que ya vendría después, que no nos preocupáramos”.

Sí, hombre, lo que nos faltaba, preocuparnos nosotros por ese imbécil descerebrao. Como si no tuviéramos otra cosa mejor que hacer. Lo que pasa es que aquí siempre hemos sio mu curiosos, gente con la mente abierta a nuevas experiencias y conocimientos, que el saber, como ya dijo hace un porrón un sabio mu sabiamente, no ocupa lugar (aunque da mucho la lata, eso también), y la curiosidad intrínseca al espíritu del ser humano es lo que ha hecho avanzar el mundo desde el principio de los tiempos, que esto todo el mundo lo sabe, vamos, es de cajón.

Pasó el tiempo, y hete aquí que cuando ya lo dábamos por perdío pa los restos, Pantaleón regresó una tarde de sopetón, hatillo al hombro, más suave que un guante, abrochao hasta el gaznate, rapao como si hubiera pillao piojos (las orejas de soplillo, huérfanas de la antigua melena, mostraban una acusada tendencia a desabrocharse más de lo normal), y contando un cuento un tanto... ¿cómo diría?, difícil de tragar, para explicar tan súbita y prolongada ausencia.

Que había estao por las selvas del Perú enrolao en una milicia, pacificando indígenas de los de flecha y cerbatana y el rabo al aire, y “cogiendo”, que dicen por allí, de cuando en cuando con la flor y nata de las “visitadoras” tropicales. Huy, qué fino, “cogiendo”; huy qué exquisito, “visitadoras”: follando con putas como siempre, querrás decir.
Y una mierda como el sombrero de un picador. Una trola. Una castaña. Un camelo. Un cuento chino que no te lo crees ni tú, “Panta”.
No me apeo de la burra de que esta milonga la había sacao de alguna novela, que me suena una historia parecida en un libraco de un tal Bragas Rosas. O algo así; pero no me hagas mucho caso, porque, como leo poco (vamos, que no leo), me lío con los nombres. Aunque no me imagino yo al figura éste con novelas en la mochila. El “Playboy”, o el "Lib", como mucho. Pero bueno, quién sabe, pudiera ser, dicen por ahí que  la gente cambia. Y cosas más raras se han visto, ¿verdad?


Mas sé de buena tinta que la historia del “Panta” era mentira de principio a fin porque el Martín (alias “El Everest”, un artista en la cosa del escalo y el allanamiento de morada), un colega de parranda algo botarate, pero no mentiroso, eh, eso sí que no (que sólo le mentía al cura cuando iba a confesarse después de hacerse alguna pajilla, y el día que se casó cuando le dijo el “Sí, quiero” a la Rosi -y todos sabíamos que no quería, que nos lloraba en el hombro como un crío en la despedida de soltero; no te digo más que hubo que darle unas hostias bien dás pa espabilarle la tontuna y que cumpliera como un hombre-), me contó que coincidió con él una temporadita en la “Modelo”. Que también, vaya nombrecito para una cárcel. Parece de recochineo, coño. ¿De verdad que no había otro?

-Ni indios, ni selva, ni polvos, ni gaitas, ni pollas en vinagre. Valiente zumbao, el “Panta”. Nos tenía la chola como un bombo. Los libros, seguro, que le han comío el coco a base de bien y lo han vuelto majareta perdío. Pero ya te digo yo que lo de este tío fue un asunto feo, cosa de bronca de chulos con su poquito de sangre, escándalo público, y resistencia a la autoridá, que el “Panta”, ya sabes, siempre tuvo un arranque fácil (se ponía a cien en esiete segundos, como los ferrarris) y un freno pelín más complicao -me dijo el Martín cabeceando con firmeza para apuntalar su versión.

¿Y a quién vas a creer, eh, di, a quién? ¿A un colega o a un gilipollas?

Pues eso.