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sábado, 17 de octubre de 2015

martes, 1 de julio de 2014

"Prestigio" (un microrrelato)



No pudo soportarlo por más tiempo. 
Ante la súbita e inevitable merma de su bien ganado prestigio a ojos de sus colegas por su fallo garrafal en el diagnóstico, aquella eminencia de la medicina no tuvo más remedio que suicidarse cuando el muerto que había certificado sin dudar tuvo a bien experimentar una notable mejoría que le acarreó ser dado de alta de su ligera dolencia en menos de dos semanas.

viernes, 27 de junio de 2014

"Tuerto" (un microrrelato)


El pasado día 15 se falló en Zafra el "II Premio de Microrrelatos Colectivo Manuel J. Peláez".
A la convocatoria se presentaron más de 1.500 trabajos que tras una primera criba quedaron reducidos primero a 50 y luego a 5. 
El microrrelato ganador resultó ser el titulado Reconocimiento, de Ángel Pontones Romero.
Al igual que en la primera edición se ha publicado un libro que recoge esos 50 trabajos seleccionados.

Entre ellos este mío:

Tuerto

Poco después del accidente en el que perdió el ojo empezó a olvidarse de la mitad de las cosas que había visto hasta entonces, a no tenerlas en cuenta, a perderlas de vista, como si dijéramos.

De sus dos hijos solo se acordaba de uno, a su mujer la reconocía de frente pero no de espaldas, jugaba al fútbol con la mitad del equipo, se extraviaba de continuo por el barrio que antes del accidente hubiera podido recorrer con los ojos cerrados…

Los médicos se echan las manos a la cabeza sin encontrar explicación al fenómeno.

Tampoco el ojo de cristal (última tecnología alemana) ha servido para nada.

De vez en cuando, sin que nadie lo vea, el ojo bueno llora su desgracia con lágrimas que añoran a sus hermanas del otro lado, perdidas para siempre.


domingo, 6 de octubre de 2013

Almohada


Tengo frío. Desde que ella no está, echo en falta su calor, su abrazo, su perfume.
Cuando él me asfixia o me golpea, según su sueño o su rabia, tengo frío. Mucho.
Y me horroriza esta eterna funda negra que parece una mortaja para el luto de su ausencia.

domingo, 9 de diciembre de 2012

El nicho


Hoy he ido hasta el cementerio a ver el nicho que adquirí ni se sabe hace ya cuántos años. Como nadie se encarga del mantenimiento, su desastroso estado era de esperar. Por resumir: está hecho una pena. Los ratones y las arañas, amén de otra fauna menuda, aprovechando la coyuntura y la tranquilidad que allí se respira se han montado unos estupendos apartamentos con vistas a la montaña. Y sin pagar alquiler. Como okupas con gusto y de vacaciones.
En un momento de debilidad, y por hacerle un favor a un amigo que andaba buscando nuevos clientes para su cartera de lo mismo, cambié la póliza de decesos y elegí como forma de pasar a la posteridad el método de la incineración frente al de la sepultura para el día en que muriera, algo que, francamente, espero que todavía tarde bastante en llegar.
Como ya no lo necesitaba para nada puse el nicho en venta repartiendo carteles por los comercios del pueblo y hasta anunciándolo en la prensa local pensando, iluso de mí, que me lo iban a quitar de las manos. Pero entre la crisis económica, el aumento de la esperanza de vida y el proverbial “lagarto, lagarto” de los paisanos en todo lo que se refiera a la muerte -aquí no hay ni funeraria; y mira que es un negocio con clientela segura- estoy empezando a sospechar que me va costar horrores, sudores de muerte, recuperar lo que invertí.
No sé; estoy dándole vueltas a cambiar la póliza de nuevo -que le den por saco a mi amigo que, ahora que lo pienso, ni siquiera lo es, tan solo conocido- adecentar un poco el nicho -lo siento por los okupas multipatas- y volver a la situación anterior.
Entre otros motivos, porque tal y como están las cosas vete a saber dónde demonios tirarían mis cenizas estos desagradecidos que tengo por familia y están deseando heredar.

martes, 31 de julio de 2012

El fósforo


-¿No tendrás un cigarrito por ahí?  -me espetaba el fulano todos los días con esa cargante manera de preguntar algo de lo que se sabe de antemano la respuesta.
Después de aflojar el tabaco durante unos instantes (pinzaba el blanco cilindro con dedos nerviosos, como si lo pellizcara), volvía a la carga con otro pedido: 
-¿Y un fósforo? ¿No tendrás también un fósforo? -preguntaba, ya con el pitillo en los labios esperando que se lo encendiera. 
El tío no decía dame fuego o una cerilla o déjame el mechero, sino fósforo.
La primera vez que se lo escuché me sorprendí sorprendiéndome agradablemente con el añejo vocablo. ¡Ah, cuánto tiempo sin escucharlo! Yo creo que la última vez que lo oí salió de labios de mi abuelo un día que se quedó sin piedra en el chisquero y se puso a rebuscar nerviosito perdido una caja de cerillas revolviendo cajones por toda la casa, preguntando a voces que dónde coño estaban los fósforos, que lo íbamos volver loco entre todos. Mentira, claro, porque el viejo ya tenía la cabeza ida desde hacía tiempo. No os digo más que jugaba a la petanca en el salón y a las cartas utilizando como mesa la tapa del váter. La segunda me hizo gracia la repetición, como si fuera una manía inocente que no va a ir a más. Pero estas cosas, si no se matan desde chiquininas como a las cucarachas, siempre van a más, ya se sabe. Por eso mismo, a partir de la tercera su obstinación con el dichoso fósforo empezó a tener una influencia y efectos en mí que quién iba a sospechar. 
Me di cuenta de que la cosa iba en serio poco tiempo después. La gota que colmó el vaso se sirvió aquella reunión con los amigos donde nos íbamos contando, pisándonos sin compasión el turno de palabra unos a otros como tertulianos televisivos, nuestros destinos vacacionales, que también vaya ocurrencia. 
Yo había estado en Turquía, y mientras les relataba mi ocioso y espectacular periplo con pelos y señales (Estambul, la Capadocia, el gran Bazar, Santa Sofía, los enhiestos minaretes y el canto del muecín…) se me escapó de repente lo que a la postre fuera el detonante del desastre, la cruz que llevo a cuestas desde entonces:

-Una maravilla, amigos, de verdad que os lo recomiendo. No os lo perdáis. Pero lo que más me gustó de todo (-Asia a un lado; al otro Europa -les informé pedante-) fue la travesía nocturna en barco del Estrecho del Fósforo -dije con toda la seriedad del mundo.  

Después de un ligero momento de estupor, la carcajada que soltaron mis colegas al unísono todavía retumba en mi cabeza. Menudo cachondeo se trajeron desde entonces y durante una buena temporada a cuenta de la dichosa palabrita. Hasta que rompí, claro, qué otra cosa podía hacer, con semejante panda de gilipollas.

Y todo por una simple letra: esa errata de cambiar la be por la efe sólo podía significar que aquella palabra ya estaba grabada a fuego para siempre en mi mente.

martes, 10 de julio de 2012

Collar


Collar 

Estoy a punto de cumplir mi condena, lo intuyo. La niña ronda más que de costumbre por la alcoba cerrada desde entonces desordenando armarios y revolviendo cajones, destripando joyeros. 
Con tal afán indagatorio es de esperar que dentro de poco descubra este oscuro rincón en el que languidezco desde hace años criando rencor y ansias de venganza.
Tiene un cuello precioso. Tierno y delicado, como a mí me gustan. Me recuerda bastante al de su madre, que en paz descanse.
Creo que le podré dar al menos un par de vueltas completas a su alrededor antes de empezar a apretar.

sábado, 5 de mayo de 2012

Noviazgo


Lo que más me gusta de ella es su elegancia, su errática gracilidad, esa manera casi etérea de moverse a mi alrededor atenta a mis miradas de deseo en ese ir y venir continuo que me provoca y me enaltece.
Hace apenas unos días que nos conocemos pero no me canso de su compañía, de sus ganas de jugar conmigo continuamente.
El único lunar en nuestra relación, que ella ignora, es que no dejo de pensar en que si mi novia hubiera sido como esta mariposa, aún seguiríamos juntos.

viernes, 6 de abril de 2012

Resfriado


El elefante, incapaz de controlar la agitación de sus orejotas y alargando la trompa al máximo, estornudó con un bramido que estremeció la sabana.
-Ya están aquí de nuevo las lluvias -dijeron, inquietas, las hormigas a sus pies.

sábado, 18 de febrero de 2012

Zapatos (2)


Zapatos

Nacimos el mismo día, tenemos idéntico color de piel, somos iguales hasta el último detalle, y sin embargo… ¡somos tan distintos!
Como es un cabeza hueca a él le encanta salir por ahí de jarana, que lo saquen a diario de paseo, pisotear alegremente parques, terrazas, avenidas... Y luego, claro, llega como llega, hecho un desastre, lleno de suciedad y barro, con colillas y chicles pegados a la suela (que luego no hay quien los quite) cuando no apestando a pis de gato o caca de perro.
A mí, en cambio, me gusta más quedarme tranquilito en casa, de charla con mis otros colegas, bien  a salvo de esas marranadas.
Tenemos nuestras buenas discusiones a cuenta de eso, porque siendo gemelos pareciera que siempre tengamos que ir juntos a todos lados, nos guste o no.
Podemos pasar horas porfiando sobre el asunto sin ponernos nunca de acuerdo, sin dar nuestro brazo a torcer.

Cuando estamos enfadados él mira hacia la derecha, yo hacia la izquierda.
Disputas y rencillas inútiles que quedan zanjadas de cuajo en cuanto llega ese tipo, nos calza a cada uno en su pie correspondiente y nos lleva a donde le da la real gana sin pedirnos opinión ni nada.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Polvo eres...


Tras un sueño que le pareció una eternidad, se levantó un poco perplejo, sin saber muy bien dónde estaba.
Se notó sucio y extrañamente ligero, como si hubiera perdido peso de golpe, y con un desconcertante sabor a arena en la boca.
Según se iba sacudiendo el polvo, su cuerpo se deshacía en aquellos lugares donde los huesos de la mano golpeaban los jirones de ropa.
A sus pies, entremezclado con algunos fragmentos esparcidos aquí y allá, un montón ceniciento iba creciendo lentamente.