Escoba
Desde que tuve aquel percance, todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo en que ya no soy el mismo. No les negaré la razón. Lo cierto es que a partir de ese momento adopto precauciones que rayan con la paranoia, cuando no me niego en redondo a realizar semejante tarea.
Pero es que cuando me puse a barrer por debajo de la cama y saqué la escoba, y solamente salió el palo de madera con marcas como de mordiscos, me dio un ataque de histeria. Por supuesto, el conjunto de cerdas de plástico azules y grises nunca apareció. Desde entonces, esta es la situación.
Y cuando mi mujer me dedica su mejor mueca de desprecio tildándome de cobarde sin decir palabra mientras me arranca la escoba de las manos y enfila el camino de nuestro dormitorio, albergo la secreta esperanza de que no regrese de la habitación y así sepa lo que es bueno.
Toallas
-Un cierto olor a moho ha empezado a adueñarse de mi superficie. Hace días que voy de mano en mano sin consideración alguna y, entre sudores de unos y humedades de otras, mi elegante aroma a lavanda ha desaparecido por completo. Yo, que hasta hace nada era tersa y suave como una caricia, he llegado a un estado deplorable de lasitud y abandono. Tengo la horrible sensación de que en esta casa todo el mundo me falta al respeto, de ser usada como si mi vida les importase un pimiento. Incluso vosotras, que os decís mis amigas y con las que estoy todo el día de palique, me rehuís sin disimulo, con un mohín de asco.
Ayer, sin ir más lejos y ante mi ya lamentable aspecto, fui usada para lo más bajo que se puede caer dentro de nuestro gremio: para secarse los pies.
-La verdad, no sé de qué te quejas tanto -le dijo con su vocecita infantil su colega del bidé-; si yo te contara….