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martes, 1 de junio de 2010

Un calendario (Junio)

Junio
Lalo era para mí inmortal. Porque él se llamaba Libertario. Era libertario de nombre y de hecho. Si querías una bocanada de libertad, ibas a hablar con Lalo. Y sin embargo él también ha muerto. Le encontraron en sus campos, replegado sobre el sombrero, en posición de descanso. Murió allí, por la tarde, entre un enjambre de luciérnagas. Y a mí me queda su hijo, que escribe poesías y que me dice: ¿sabes una cosa, Antonio?, me he dado cuenta de que no llegué a hablar nunca lo bastante con Lalo.





Giugno
Lalo per me era immortale. Perché lui si chiamava Libertario. Era libertario di nome e di fatto. Se volevi un soffio di libertà, andavi a parlare con Lalo. Invece anche lui è morto. Lo hanno trovato nel suo campo, ripiegato sul capello, in posizione di riposo. È´morto lì, di sera, fra uno sciame di lucciole. E a me resta suo figlio che scrive poesie e che mi dice: sai una cosa, Antonio, mi sono accorto che non ho mai parlato abbastanza con Lalo.

Antonio Tabucchi

martes, 18 de mayo de 2010

Andrés Neuman (El jugador de billar)




El pasado día trece realicé un viaje a Badajoz con un objetivo muy concreto; volver a saludar a Andrés Neuman (a quien había conocido apenas tres semanas antes en el Instituto Cervantes de Madrid) y escuchar la lectura de sus poemas en su propia voz dentro de las actividades del “Aula de Poesía Enrique Díez-Canedo”, una actividad organizada por la Asociación de Escritores Extremeños desde hace casi veinte años. Por allí han pasado desde Antonio Gamoneda (quien inauguró el Aula en un ya lejano 1992) hasta José Hierro, desde Olvido García Valdés a Dulce Chacón, desde Fernando Pinto do Amaral a valter hugo mãe, desde Bernardo Atxaga a Joan Margarit…, entre muchos otros. 116 autores hasta el presente.
Lo mejor de la poesía en español y en portugués del último medio siglo.

Llovía a ratos esa tarde; cuerdas de tormenta entre calma y sol, súbitos chaparrones y una brisa cálida. Dando un paseo, y mojándome de tanto en tanto, me acerqué al hotel donde se alojaba para acompañarle hasta el lugar de la lectura. Hasta allí se acercó también mi querida Isabel Barceló, un lujo de presentadora.

Ya en el MEIAC, donde se realizan tradicionalmente las lecturas del Aula, eficazmente dirigida por Enrique García Fuentes y José Manuel Sánchez Paulete (tanto monta), de una sola tacada, como los grandes jugadores de billar, y entre sabrosas anécdotas, inteligentes comentarios y sabias apostillas, Andrés Neuman nos dejó carambolas como éstas:

Palabras a una hija que no tengo

Entornaré tus ojos si prometes soñarme.
Compréndeme, no es fácil velar por alguien siempre:
a veces necesito saber que tienes miedo.
Cuando sepas hablar, dame mi nombre;
diciéndome papá habrás hecho bastante.
En invierno no abrigues demasiado
tu cuerpo de princesa, más útil y más noble
es irse acostumbrando a resistir.
Acepta golosinas de los desconocidos
(no está el mundo como para negarse)
pero apréndete esto en cuanto puedas:
más frecuente es lo amargo, que te ignoren,
y no los caramelos.
Te enseñaré a leer fuera del aula
y llegada la hora quiero que escribas “mar”
sobre los azulejos del pasillo.
Cuando cruces por fin la calle sola
sabrás que el riesgo y la velocidad
perseguirán tus días para siempre.
No creas que en el fondo no soy un optimista:
de lo contrario tú no estarías ahí
cuidando que te cuide como debo.
Como ves, desconfío
de quienes no veneran el asombro
de estar aquí, ahora.
Existe la alegría, pero duele;
tendrás que conseguirla.
Y cuando la consigas tendrás miedo.

(De El tobogán)


Mujer leyendo

Admirar es el verbo
que dice en su doblez
lo que despierta en mí tu quieta pose.
Esa misma doblez está en tus pechos
porque elevas el libro y lo sostienes
juntando bien los brazos, plegando la atención.
Me tienta imaginar el personaje
al que estás abrazando, en qué adjetivos
prefieres detenerte. Me entretengo
calculando la pausa, la cadencia
con que pasas las páginas: sonrío
al comprobar que eres una lectora lenta,
con rodeos de asombro o de pregunta.
Quién pudiera recibir de ti esos ojos
con el mismo deseo, con idéntica hondura.
Eres lo que hace falta. Belleza meditando.
Carne en su temblor y sus sintaxis.
Ese lugar en que la inteligencia
y la sensualidad se hacen un nudo.

(De Mística abajo)


Un tipo magnífico, “Andresito”, como le llamaba nuestro querido Viñals, a quien, por cierto, él dedicó su primer libro de poemas, "Métodos de la noche".

Un detalle: delante de mí, compró y pagó de su bolsillo el volumen donde Acantilado Ed. recogió toda su obra poética: “Década (Poesía 1997 – 2007)”, para regalármelo dedicado.

Gracias, Andrés, por tu presencia, talento y generosidad.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Vacas (2)




VACAS

Mi madre siempre tenía una vaca. Morena o Marela solían ser sus nombres más frecuentes. Tenía un carro para una sola vaca, y en él íbamos casi todos los días a un prado, cruzado por un regato que bajaba hacia el valle desde lo alto de la montaña. Aparecía y desaparecía entre juncos y zarzas, y se remansaba primero al pie de un pequeño vado y luego en la espesura del bosque. Creíamos que era un bosque fantástico: mi madre me decía que en su interior había pájaros misteriosos y una dama encantada que irrumpía desnuda, con un espejo en la mano, al atardecer. Decía también que en la parte más oscura había una manada de lobos. A veces se oía su aullido interminable.


Mi madre dejaba la vaca con el carro y recogía la hierba. Volvíamos a casa, y yo siempre iba entre los haces frescos. Me decía: “Si tienes miedo, canta”. Y yo cantaba lo más alto que podía. El eco de mi voz se multiplicaba. Cuando llegábamos a las primeras casas, me decía: “El miedo ya ha pasado. Deja de cantar”.

Mi abuelo paterno era tratante de ganado y albéitar, curandero de animales. A él le gustaban, sobre todo, los terneros. En una ocasión, nos trajo una pequeña becerra azafranada. Era preciosa y menuda, pero muy rebelde. Cuando iba a entrar en el establo, se revolvió, se zafó de la cuerda y se marchó a las montañas. Y allá fueron varios hombres y mi abuelo, y yo con ellos. La buscaron durante varias horas: por las minas abandonadas, por la explanada de guijarros, por la floresta tupida, en el arenal de la playa de Barrañán. Dieron con ella y regresaron lentamente a casa. Miraba a mi abuelo Jesús con los ojos preñados de emoción. Aquel hombre silencioso y firme era mi héroe. Cuando entró en la cuadra, yo iba detrás. Intentó escaparse de nuevo, pero no lo logró. Lo que sí hizo fue soltarme una coz terrible con sus primeras herraduras que me impactó en el pómulo izquierdo, muy cerca del ojo. Empecé a sangrar. Mi abuelo me cogió en sus brazos, me llevó a la cocina y me aplicó agua. Cuando vio que ya se me había pasado el susto, me dijo: “Siempre tendrás una historia que contarle a tus nietos. Esa señal la llevarás de por vida”.

Y es cierto, aún la llevo y le cuento a quien quiera oírme que una vez me pateó una ternera, que se hizo vaca y que llevaba el carro al prado. Mi madre, con un palo, la refrenaba al grito de “Amodiño, amodiño, Marela”. Despacio, Marela. Despacio.


Antón Castro




Je me souviens d´un fromage qui s´appelait "la Vache sériuse" ("la Vache qui rit" lui a fait un procès et l´a gagné).

(Ed. Hachette, París, 1990)
Georges Perec




Me acuerdo de un queso que se llamaba "la Vaca seria" (la "Vaca que ríe" los llevó a juicio y ganó).

(Ed. Berenice, Córdoba, 2006)
Trad: Yolanda Morató



Foto ordeño vaca: Andrés Deinum

sábado, 1 de mayo de 2010

Un calendario (Mayo)


Mayo
Ha llegado mayo. Estalla con las glicinias en el emparrado del jardín. Son corolas violetas, como campanas violetas. Campanas de mi aldea, pregunto a las glicinias, ¿por qué no sonáis ya? Me responden las campanas de Metato, al otro lado del río, diciendo: delelén, delelén, adivina quién es. ¿Quién es?, pregunto yo. Y ellas responden: delelén, delelén, delelén, adivina quién es.




Maggio
Ecco arrivato ilmaggio. Scoppia col glicine nella pergola del giardino. Sono pigne violette, come campane violette. Campane del mio villaggio, chiedo al glicine, perché non suonate più? Mi rispondono le campane di Metato, dall´altra parte del fiume, che dicono: delelén, delelén, indovina chi è? Chi è?, chiedo io. E loro rispondono: delelén, delelén, delelén, indovina chi è?

Antonio Tabuchhi



domingo, 11 de abril de 2010

Cilleruelo y los tranvías



Casi desde que se creó este blog -y va ya para tres meses- tenía ganas de insertar esta entrada en homenaje a José Ángel Cilleruelo y la cálida acogida que me ofreció en el trayecto de sus tranvías. Y sin pagar billete para el viaje que comencé desde que descubrí, asombrado y feliz, esta maravillosa página hace ya dos años y medio.




Luego descubrimos más cosas en nuestro viaje paralelo por sus vías: grandísimos amigos comunes, aficiones y lecturas, el amor por Portugal y los mercadillos, la poesía y los charcos...

Pero estábamos hablando de tranvías, esos románticos dinosaurios casi extinguidos que han vuelto a circular por muchas ciudades después de su muerte anunciada por el progreso.

Es tan poética la palabra tranvía: cabe sin chirriar en cualquier texto -y cuando aparece de repente en alguno de ellos, como a la salida de una curva ciega, lo mejora sin duda-, ya sea éste poema, relato o novela.

Entrad en ella, echadle un vistazo, y veréis cómo os atrapa igual que hizo conmigo.
Estoy casi seguro de que no tendréis más remedio que darme la razón.

En un gesto de grandeza, un buen día me anunció, sin darle importancia, que me había nombrado "Tranviario de servicio".

El mejor título que he recibido hasta ahora.





No me resisto a colgar aquí un poema suyo donde esa palabra aparece:

Canción triste de cabaret

A menudo me veían pasear
junto al río y mirar hacia la ciudad
con tristeza. Sólo esas aguas,
sólo un aire verdoso en los días limpios
sustituía el temblor de una mirada
al cobijarse entre las manos.
Regresaba en tranvía al oscurecer
ajeno por la babia de escaparates
iluminados. Descendimos
en silencio los cinco eternos rellanos,
te diste la vuelta al llegar al portal,
ya nunca más olvidaré esas palabras:
Olha, rapaz, en não acredito
no amor, mas apenas nos corpos.


(De Alfama, Víctor Orenga, Ed. 1987)




Imagénes:
Javier Fernández de Molina.
Tranviarios de servicio.
Fotograma de
La vida por delante (1958).

jueves, 8 de abril de 2010

De la escritura y las palabras


"Cada palabra dice lo que dice
y además más
y otra cosa."

Alejandra Pizarnik
La palabra que sana, 1971



"Tengo miedo de escribir, es tan peligroso.
Quien lo ha intentado, lo sabe."

Clarice Lispector
Un soplo de vida, 1978

miércoles, 7 de abril de 2010

El gran Sanmartín (Fernando)

En este blog ya se ha hablado en un ligero apunte, escuetamente pero con emoción, de Fernando Sanmartín a propósito de “Heridas causadas por tres rinocerontes”, un hermosísimo libro transido de dolor y esperanza -así titulé aquella entrada compartida con otro escritor amigo suyo, Miguel Mena- que te golpea el corazón con su hermosura.
Hoy me he acordado de él y he vuelto a sus páginas en el silencio de mi biblioteca, y esa lectura ha hecho esplendoroso este día.



¿Verdad que tiene cara de buena persona? Porque lo es; en Fernando Sanmartín toma cuerpo el viejo axioma de que la cara es el espejo del alma. Amén de un magnífico poeta, un escritor con el alma limpia. De su pluma han salido algunos de los mejores libros que me ha sido dado leer de unos años a esta parte; libros delgados, de apenas cien páginas cada uno, pequeños libros grandes llenos de vida.

Dejadme que os cuente algo:

Yo había publicado un libro y tenía el capricho y la ilusión de presentarlo en Zaragoza, su ciudad, sobre todo porque quería conocer en persona a alguno de esos amigos que se hacen a través de los libros.
-Para eso, habla con Fernando -me aconsejaron. Y lo hice.
Él no me conocía; y sin conocerme de nada, sólo de hablar por teléfono, me dijo: -Quédate tranquilo, yo me encargo de todo.
Esto alrededor de las once de la mañana de un día cualquiera en que se me ocurrió molestarle en su trabajo con mi deseo. Un par de horas más tarde me llama para decirme que ya estaba todo arreglado: el sitio (una de las mejores librerías de Zaragoza, Antígona, con unos libreros encantadores, Julia y Pepito), el día, las notas de prensa con la convocatoria del acto…
Yo podría haber resultado un asesino en serie, o un escritor frustrado y envidioso que le hubiera tomado a él como blanco de mi venganza, o un mala sangre y un desagradecido que le haría la vida imposible el tiempo que estuviéramos juntos. Sin hablar de que podría dejarle una fama en su ciudad como para que sus amigos de siempre le retiraran la palabra. Al fin y al cabo, no me conocía.
Pero eso a él no le importó; alguien le pedía un favor, y Fernando se lo hacía.
Así de simple, así de sencillo, así de generoso.

Y encima nos regala a todos los lectores textos como éstos, donde la buena literatura, la de verdad, la que no esconde artificios, aquella donde la claridad asoma, se hace presente con talento y nobleza:




JAVIER DE LA HOZ era vecino mío. Tenía aire rupestre y en su personalidad existía un contrabandista, un chico misterioso y un rompecristales.
Alguna tarde estudiábamos juntos, en su casa, sobre una mesa con hule de cuadros. A mí me gustaba su hermana, una especie de arcángel que iba a un colegio de monjas un curso por encima del nuestro. Las hermanas de mis amigos eran como un texto sagrado. Las veía tumbadas en el sofá, secándose el pelo o estudiando más que nosotros. Y entonces sabía que aquellas niñas poseían su pequeño mundo, su afilada rutina, su secreto discurso.
Javier de la Hoz blasfemaba cuando algo se le torcía. A mí, al principio, me producía perplejidad porque mi alma cristiana todavía no estaba encapotada.
Una vez participamos en un concurso de cometas. Él le dibujó a la suya una calavera pirata. Parecía un loco furioso corriendo con la cometa de un lado para otro. Hasta que se le rompió el bramante. Luego siguió corriendo para ver, ya desprendida de su mano, hacia dónde se dirigía. Los perdí de vista mientras el viento bronco soplaba sin parar.
Con Javier de la Hoz conocí mañanas de niebla espesa, comí lentejas con arroz, leí el Nuevo testamento, supe que los deberes escolares son sólo el inicio de otros deberes que llegan luego, me aprendí el nombre de jugadores del Benfica y del Manchester United, empecé a dudar de la inocencia y conocí licores que me cepillaban la mediocridad.
Los dos, tras leer una revista de su hermana en la que sólo salían actrices y cantantes melódicos, tomamos la decisión de ser cosmopolitas. El problema fue, tras la decisión, que no sabíamos lo que aquella palabra quería decir.

(De “La infancia y sus cómplices”, Xordica Editorial, 2002)



ESCRIBIR un poema. O emplear el folio en otra cosa. Escribir un poema. O utilizar el folio para una carta de amor, para un deseo, para una amenaza firmada que propicie nuestra detención. Escribir un poema. O no escribirlo nunca. Saltar de un tren en marcha o a un río de aguas bravas. Y lastimarnos. Para de este modo propiciar lo que el poema puede ser: un ejercicio de supervivencia.

HE comprado en el rastro de Tiergaten una pequeña fotografía, muy pequeña, de un traje de buzo, con escafandra y zapatos de plomo. Es de los años sesenta. La he comprado para mirarla en casa, algunos días en los que baje a las profundidades de lo cotidiano.

(De “Hacia la tormenta”, Xordica Editorial, “2005)



LAVO LAS MANOS DE YORGOS. Lavo sus manos llenas de arcilla porque esta tarde ha hecho figuras con arcillas. Sus manos son transparentes. El niño enfermo también deslumbra. El niño enfermo se deja lavar las manos. Y yo derramo el jabón para que la arcilla de sus dedos se vaya por el desagüe. Por ese desagüe donde yo no soy arcilla para desaparecer.

(De “Heridas causadas por tres rinocerontes”, Xordica Editorial, 2008)

Ahora, después de todo esto, después de todo aquello, me precio de ser su amigo.
Gracias, Fernando.


Esta última foto de Fernando es de Víctor Juan Borroy 










jueves, 1 de abril de 2010

Un calendario (Abril)



Mi biblioteca particular se va pareciendo cada vez más, en su particular totum revolotum, a ese “taller del hechicero” del que hablaba el gran Aníbal Núñez en el hermoso título de uno de sus libros. En momentos determinados, pareciera que le gustara jugar conmigo y mi paciencia. Entre sus baldas y estantes, entre sus escondrijos y rincones -cabría decir entre sus retortas y matraces-, no me cabe duda de que ocurren cosas de las que no me entero, asuntos en los que no tengo voz ni voto, como esos tristes secretarios de los jurados de los concursos literarios.
Pondría la mano en el fuego apostando que tal volumen está en tal sitio -¡Pero si yo lo dejé allí!-, pero es seguro que me quemaría los dedos más de una vez.

Hoy, buscando un libro de poemas donde estaba seguro de haberlo visto por última vez -no estaba allí, por supuesto, era de esperar; y ahora mismo no tengo ni idea de dónde se encontrará agazapado, a buen seguro que riéndose de mí- tropiezo con unas ajadas fotocopias de textos de Antonio Tabucchi -“Campanas de mi aldea -Campane del mio villaggio”-, que ya no recuerdo cuándo ni de dónde saqué. Es un calendario de “prosas en prosa”, como él los subtitula; desdeño el esquivo libro que poemas que andaba buscando (del que ya no me acuerdo) y que me rehúye guasón -No hay mejor desprecio que no hacer aprecio, me digo para mí; El que no se consuela es porque no quiere, remato filosófico- y me pongo a releer estos textos que ya no recordaba. Y resulta que me gustan, me gustan mucho. Ahora entiendo por qué los guardé en su momento.

De golpe y porrazo, decido empezar a colgarlos en esta página coincidiendo con el inicio de cada mes.

Y me agrada pensar que a ese desagradecido libro de poemas -¿de quién sería?- se le borra la sonrisa de un plumazo.


Abril
La palabra, la palabra que me falta. El alma de las yemas de los árboles me ha arrebatado la palabra, y yo tropiezo como un niño entre las sílabas. Miro a través de las ventanas del jardín. Al fondo, un letrero que reza: domingo. ¡Ah, domingo de mis sueños, domingo de los deseos, domingo que sigue al sábado de mi aldea! Y he aquí a Laforgue que pasa en bicicleta por delante de mi puerta. Y tristeza y tedio se desvanecen como la niebla matutina, porque el spleen ha de ser ahogado en un guiso campesino.




Aprile
La parola, la parola che mi manca. L´anima delle gemme degli alberi mi ha taglieto via la aprola, e io inciampo come un bambino fra le sillabe. Guardo oltre i vetri del giardino. Sul fondo un cartello reca scritto: domenica. ¡Ah, domenica dei miei sogni, domenica di desideri, domenica che fa seguito al sabato del mio villaggio! Ed ecco Laforgue che arriba in bicicletta davanti al mio cancello. E tristeza e noia svaniscono come nebbia mottutina, perché lo
spleen va affogato in una zuppa contadina.

Antonio Tabucchi


Coda: Ya he averiguado de dónde saqué estos textos; fueron publicados como separata, en el nº 4 de Sibila, Revista de arte, música y literatura, en enero de 1996.

lunes, 22 de marzo de 2010

Pilar Galán, porque sí




Alguien -no diré quién, se dice el pecado pero no el pecador- me ha hecho notar la notoriedad de escritoras compinches que últimamente aparecen en este blog. Sí, bueno, ¿y qué?

Como decía Whitman acerca de quitarse el sombrero, yo también incluyo en él a quien me da la gana. Y no por capricho, líbreme Dios de ciertas veleidades, sino porque considero realmente que todas ellas son magníficas escritoras.

Y además, son mis amigas. ¿Pasa algo? Pues eso.

Hoy quiero dedicarle esta entrada a Pilar Galán porque sí. Por lo ya comentado; porque es una magnífica escritora, una extraordinaria conversadora, una compañía impagable...
Y también, sí, porque tengo la suerte de tenerla como amiga.

Estos textos son sendos artículos publicados en el periódico "Extremadura" que ella me ha permitido reproducir aquí.

Gesto que yo le agradezco porque también considero que con ellos esta ventana recibe más luz.


Gestos

Los gestos marcan nuestra vida más que las grandes gestas. Se puede aparecer en los libros de historia por haber descubierto América, pero a lo mejor lo único que te importa es el recuerdo de una caricia o el sabor de una comida de la infancia. Existen gestos comunes a casi todos: el primer beso, la torpeza increíble de esos labios que no parecen tuyos, el primer amor y sus desdichas, el cigarro compartido que provoca náuseas a la puerta del instituto, sacarse la camisa por fuera y pintarse los labios en el espejo del ascensor para que no lo descubran tus padres, el tartamudeo del dedo recorriendo emes por la cuadrícula azul de un cuaderno olvidado. Más adelante aparecen otros rituales que conforman nuestra vida, como la primera vez que agarras un volante como si fuera una tabla de salvación, o ese momento en que agarras a alguien igual que en tu primera clase en la autoescuela. Gestos de ira, de cariño, caricias aprendidas por manos que firman hipotecas, declaraciones de amor, contratos de trabajo o cheques sin fondo. Gestos que compartimos o que son solo nuestros, o al menos eso creemos para sentirnos distintos y a la vez cercanos; gestos que marcan transiciones en la vida, como acunar un niño, teñirse las primeras canas, leer con miedo el resultado de unos análisis. Y por último, gestos que te enfrentan con el espejo, como esa noche, quizá ayer mismo, en que arropas con cuidado el cuerpo castigado por los años de quien te arropaba en tu infancia. Hay en ese momento un tributo callado al paso del tiempo, una entrega de testigos en la carrera agotadora, dichosa y extrañamente circular que constituye la vida.



Extremaunción laica

Justo cuando acabo de salir de un mes de comuniones profanas y bodas seglares, me entero de que existen los bautizos laicos. Hace tiempo que asisto alucinada al espectáculo de familias no creyentes que celebran por todo lo alto ritos que no comparten, que si por los niños, que si por la suegra, con la misma vieja excusa de las Navidades. A nadie le gustan pero todos acabamos por caer en la rutina impuesta de compras, comidas y cenas. He visto comuniones con pobres niños embutidos en trajes de esos que pican, rodeados de consolas, móviles y reproductores de música de última generación. Y novios que acudían a la iglesia riéndose de la ceremonia, aunque se habían dejado un sueldo en engalanar el sitio supuestamente despreciado. Y ahora, rizando el rizo, bautizos laicos, para dar la bienvenida al nuevo ciudadano a la sociedad democrática, como si nacer aquí no fuera ya suficiente fiesta con la que está cayendo en otros países. Si se trata de festejar lo que sea, se me ocurren otros motivos, el día de la suegra, el cuñado o la tía segunda, y así contentamos a todos. Pero si intentamos ser originales y mezclar churras con merinas, sacramentos y festines, yo propongo la extremaunción laica, por ejemplo, para que los seres queridos abandonen el mundo democrático con alegría y regocijo. Se elegirían padrinos, se recitarían poemas, y se vestiría al agonizante con mortaja de puntillas. Y se podrían regalar ataúdes de diseño, mientras comemos y bebemos, con la ventaja añadida de que no tener que aguantar discursos del homenajeado. Todo se andará, solo hace falta que una oveja empiece, y las demás formaremos rebaño.





Pilar Galán ha ganado, entre otros premios, el "Miguel de Unamuno", "Cuentos de invierno" y "Helénides". Ha publicado los libros de cuentos: El tiempo circular (ERE), Túneles (Alcancía), Manual de ortografía, y Diez razones para estar en contra la Perestroika, así como las siguientes novelas: Pretérito imperfecto, Ocrán-Sanabu y Ni Dios mismo (todos ellos en De la luna libros). Escribe una columna semanal -"Jueves sociales"- en el periódico "Extremadura". Textos suyos han aparecido en las antologías: Relatos relámpago, Sabor de amor, Ficciones, Relatos al atardecer e Ídolos; y en revistas como Turia, El espejo, Muchocuento, La luna de Mérida o Mangaancha.
Ha publicado también la obra de teatro Los pasos de la piedra y su última novela, Grandes superficies, acaba de aparecer en De la luna libros.

Coda: Obsérvese el gesto de la no besada, un gesto entre de envidia fastidiosa y "os vais a enterar no tardando mucho vosotros dos como que me llamo Marisa".

sábado, 20 de marzo de 2010

Irazoki en Badajoz



Conocí la obra de Francisco Javier Irazoki, gracias a la recomendación de Álvaro Valverde. Había leído de él, "Los hombres intermitentes", uno de esos libros que impactan en la primera lectura y no dejan de hacerlo cada vez que te acercas de nuevo a sus páginas, a sus versos, a esa prosa poética que estremece y emociona.
Y andaba ahora enfrascado con "La nota rota", un delicioso ramillete de biografías de músicos que él considera, por diferentes motivos, rompedores en su mundo.
Así que tenía esta fecha señalada en mi calendario desde hacía meses, cuando supe que el 16 de marzo estaría en Badajoz leyendo sus poemas en el MEIAC.
140 kms de ida y vuelta, 140 motivos felices por haber asistido a esa lectura y gozar, en compañía de otros buenos amigos (Quique, Paulete, Eduardo), de su presencia y conocimiento, de su palabra y abrazo(s).
Él se define como "un pequeño coleccionista de asombros, un atleta de la mirada".
Dejo aquí para vosotros, con su permiso, y como constancia de lo que digo, un par de muestras de su escritura, dos poemas de "Los hombres intermitentes":


Antes de los claveles

Aprendí el lenguaje de los sordos gracias a unos hombres que huían de la pobreza. Llamaban golpeando suavemente la puerta, y yo veía por una rejilla aquellos rostros asustados. A menudo enfermos, sus gestos dibujaban las lindes de Francia.
Los portugueses no nos pedían ayuda en verano; esperaban que un viento frío recluyese a nuestros guardias en los cuarteles. Y quienes no sabíamos predecir la conducta de ninguna nube nos orientábamos al distinguir en los montes la capa verde del agente o el tabardo descosido del inmigrante. Eran dos penurias enemigas que el contrabandista alumbraba con una linterna.
Sus visitas significaron para los niños el descubrimiento de la humildad y el rostro cetrino. Los adultos hablaban entre dientes contra dos tiranías y acordaban un precio antes de dirigirse a la frontera que explicaban con sus dedos. Mis parientes y vecinos los guiaban en expediciones nocturnas a través de los bosques, y con frecuencia debían cargar sobre los hombros el cuerpo de alguien herido.
A veces un prófugo moría en el río Bidasoa y cruzaba hinchado las pesadillas infantiles.
Años después conocí escritas las palabras que los visitantes no me dijeron, y soñé que acompañaba a mis familiares en el tráfico de perfumes, vituallas y hombres portugueses, y que escondía debajo de unas hojas secas el pequeño paquete de heterónimos.
Ahora veo a esos fugitivos en París, donde tienen fama de cabales y han construido casas. Me lo dicen en un idioma común, sin gestos, mientras cierran la vejez con sus llaves de conserjes.

Palabra de árbol

No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida.
Yo pasaba tardes enteras bajo el gris áspero de las hojas del árbol, esperando que naciesen los higos. Cogía al fin el fruto blando y tocaba su piel negra que después deshacía en tiras. Cada hilo era una puerta para adentrarme en mi hermano muerto y lo paladeaba al ritmo lento de un viajero antiguo. Luego rompía con los dientes las semillas menudas del interior. Ellas contenían palabras, voces que subieron por la savia de la higuera.
Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos.
Alguien quiso una ceremonia devota en aquel lugar. De la cartera de mi ojo derecho saqué una lágrima inmóvil. Una lágrima petrificada que se transformó en blasfemia de fuego cuando la deposité en la escudilla situada a los pies de los ídolos. 




Aquí, un interesante vídeo con su imagen y su palabra.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El gran Whitman (De rodillas)

"Canto a mí mismo"

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza
desenfrenada.

Versión de León Felipe




“A mi juicio, el mejor gobierno es el que deja
a la gente más tiempo en paz".

Walt Whitman





"Yo, antes de hablar de Whitman,
me pongo de rodillas".


Elías Moro




lunes, 15 de marzo de 2010

Cristina Grande (una chica de Huesca)



Aquella mañana de marzo había un estruendo de locos, un frenético trasiego de gente y maletas, de abrazos y despedidas, de ferroviarios y taxistas, en la cafetería de la estación de Atocha (“La Vieja Estación del Sur”) donde conocí a Cristina Grande; fue, como ella escribió poéticamente en la dedicatoria de uno de los libros que llevé para que me los firmara, un “feliz encuentro entre vías”.
Me encantó esa dedicatoria por la casualidad (esas casualidades amables e inocentes que surgen de cuando en cuando y tan felices nos hacen) de que yo procedo de un barrio de Madrid, El Pozo, que pertenece a otro que se llama, sí, vaya por Dios, Entrevías. Bueno, pertenecer acaso no sea el término exacto, que los de El Pozo somos muy nuestros y nos gusta presumir de independientes.
La vida ovilla tramas alrededor de las personas las más de las veces sin que nos demos cuenta, y no da, como suele decirse, puntada sin hilo.
Pero en realidad, y "para que el diablo no se ría de la mentira", como decía el tío Nicanor, un vecino del barrio que sólo hablaba con refranes y frases hechas (podía mantener así una conversación durante horas, era un artista), yo había conocido a Cristina (una chica de Huesca) varios años antes en la librería “El Buscón”, de Cáceres. Allí me topé una mañana en sus estantes con un título que atrajo mi atención de inmediato y casi a distancia: La novia parapente.

Un libro elegante, escrito con un estilo directo y lleno de sorpresas, de recursos como atrapar al lector en apenas unas líneas y con unos finales inesperados. Un libro lleno de pasión y sexo, de desamor y melancolía. Páginas que uno hubiera firmado a ciegas si natura le hubiese dotado de un talento mínimamente parecido al de Cristina.
Cuentos de apenas dos, tres, cinco páginas, de donde cuesta salir; es difícil no acabar el libro y desear empezarlo de nuevo. Setenta y cinco páginas apenas que contienen todo un mundo.
Cuatro años estuve esperándola desde entonces; quiero decir, que Cristina tardó todo ese tiempo en dar a la imprenta Dirección noche, otra espléndida colección de relatos en los que tirarse de cabeza como a una piscina en un tórrido verano haciendo tirabuzones desde el trampolín, gozando por anticipado el momento de entrar en el agua, salpicando de frescor, y cloro, los ojos del lector.

Y otros cuatro pasaron, lentos y vaporosos unas veces, turbios y enloquecidos otras, antes de conocer a Renata y su historia de familia. Esa Naturaleza infiel que es también la nuestra, la de esta España en las dos últimas décadas y que estamos olvidando a marchas forzadas, obligados por el día a día que nos roe y nos consume sin que nos demos cuenta, saltando, como en las casillas del juego de la Oca, de infortunio en fatalidad. Una historia orlada de humor y ternura, de lirismo incluso en algunos pasajes, pero cruda como la vida misma, donde no se nos ahorra el ponernos delante submundos (la droga, el rencor) que nos atemorizan y espantan. Y escrita con ese estilo directo (frases cortas, párrafos breves) tremendamente efectivo para envolver al lector.


Cristina nos tiene tomada la medida: nos pone delante los fantasmas de sus personajes (que siempre tienen algo de quien les da vida) para que veamos los nuestros en su reflejo misterioso. Algo muy necesario para que no nos olvidemos de quiénes somos, cómo somos, por qué así.
Y todo esto en apenas -contando los tres libros que he citado- trescientas páginas.
Hasta ahora, en que con todas sus fuerzas, y parafraseando la frase con la que acaba su último libro, “ha echado la persiana”.
¿Os he dicho ya que además es farmacéutica, que sabe descifrar caligrafías imposibles, que también ayuda a curar las penas del cuerpo, que atrapa sueños con su cámara?
Texto leído como presentación a Cristina Grande durante su presencia en el “Aula Delgado Valhondo”. Mérida, 17 de noviembre, 2M9 .

Ahora os dejo con dos muestras de su talento literario, dos artículos publicados en su columna de Heraldo de Aragón.

RECUERDO (CREO)

Vivíamos cerca de la plaza de San Miguel en el invierno de 1985. Solía apearme del 40 junto a una carnicería equina, donde ahora hay una tienda de telefonía. Tenía un bonito cartel de madera en la fachada, creo recordar, con una cabeza de caballo pintada de perfil. Siempre me quedaba mirando al interior y siempre la veía vacía, como nuestra nevera. Los domingos no había tiendas abiertas, sólo el asador de pollos de la plaza de San Miguel. Hacía muchísimo calor allí adentro. Las esperas habrían sido más llevaderas de haber sabido que en esa casa, quizá justo sobre nuestras cabezas, había vivido Goya entre 1768 y 1769. Pero eso lo descubriría José Luis Ona unos años más tarde, cuando ya nos habíamos mudado al barrio de la Magdalena. Y descubrió otras casas del joven Goya en el Coso Bajo (números 128 y 132), y en la plaza de San Pedro Nolasco. La casa de Goya en Burdeos estaba cerrada cuando fuimos a visitarla. Tampoco vi a mis parientes bordeleses aquel calurosísimo día de julio de 2003. La carnicería equina desapareció hace tiempo. Me dio un poco de pena, creo recordar, aunque nunca llegué a entrar en ella. Estaba justo frente a la casa de balcones vencidos en la que vivió Goya. La única de sus casas zaragozanas que sigue en pie. Apuntalada y con goteras, pero sigue en pie. Tiene dos balcones por planta, visiblemente inclinados todos ellos hacia un eje imaginario que partiría en dos la casa. En la planta baja, los pollos dan vueltas y vueltas, y nunca terminan de asarse. Ya no hace tanto calor allí adentro. Junto a la puerta del asador hay una discreta placa de metacrilato que recuerda a Goya, y que a mí, no sé por qué, me habla de las extrañas conexiones de la memoria.
 
Heraldo de Aragón (febrero, 2008)

VERDE AUSENCIA

Fuimos a comer a Lanaja. En el suelo pedregoso del corral habían crecido muchas hierbas desde mi anterior visita. Ese verdor inusual delataba la ausencia de mi abuela. Su ropa seguía ordenada en el armario. Varios perfumes sobre el tocador. Tres pares de zapatos a un lado de la cama. El batín de mi abuelo colgado de la percha de árbol, casi petrificado. No me atreví a tocar nada, ni siquiera la chalina de seda de mi bisabuelo que antes solía anudarme a modo de corbata. En el jardincillo interior, noté la desaparición de unos helechos que mi abuela trajo sin querer en sus botas de montaña, hace más de treinta años. Nunca quiso arrancarlos. Le parecía un milagro lo de los helechos espontáneos en la tierra monegrina. La hacían sonreír. El níspero que una vez había plantado (y que salió de una pepita) estaba cargado de frutos. Seis o siete gatos medio salvajes huyeron al comprobar que quizás faltaba entre nosotros una oscura silueta. María Salillas me habló más tarde de unos tulipanes negros que mi abuela compartió con sus vecinas. Yo traje de Holanda, sólo para ella, aquellos extraños bulbos. A mi abuela le gustaba lo raro. Fumaba cigarrillos turcos. Todos eran rubios a su alrededor y ella, sin embargo, por llevar la contraria, se teñía el pelo de negro negro (negro ala de cuervo). Ya hace dos años que murió. El verde de los campos, los olivos esplendorosos después de la última poda, el tomillo en flor, las humildes rabanizas que crecen entre las vides, el romero y la ontina con que nos frotábamos los dedos, todas esas cosas, incluso el recuerdo de los tulipanes que no salieron del todo negros, me pusieron ligeramente triste. María Salillas me regaló una hermosa cala blanca.
 
Heraldo de Aragón (Huesca, 13-4-2008) 
CRISTINA GRANDE (Lanaja, Huesca, 1962)
Pasó toda su infancia en Haro, La Rioja, donde empezó sus estudios musicales. Estudió Filología Inglesa y Cinematografía en la Universidad de Zaragoza; también estudió Fotografía en la Galería Spectrum de Zaragoza, ciudad en la que vive.
Es columnista de Heraldo de Aragón.
Ha publicado tres obras: dos libros de relatos, La novia parapente (ed. Xordica) y Dirección noche (ed. Xordica), con el que fue finalista del Premio Setenil 2006; y una novela, Naturaleza infiel (ed. RBA), que ha cosechado elogios de la crítica. Esta tercera obra se tradujo a varias lenguas y su autora fue nombrada "Nuevo Talento Fnac".
Cristina Grande también ha participado en numerosas obras colectivas como Zaragoza de la Z a la A, Los Monegros, El reino de las luces, Éxitos secretos, Canfranc, o Elegías íntimas. Instantáneas de cineastas.Tiene en prensa, en Ed. Traspiés, el libro de artículos ilustrados Agua quieta.

(Foto: Cristina Grande)

lunes, 8 de marzo de 2010

Jordi Doce en Mérida




Mañana martes, día 9, Jordi Doce estará entre nosotros con motivo de su presencia en el Aula Literaria "Jesús Delgado Valhondo", organizada por la Asociación de Escritores Extremeños.
Hará una lectura comentada de su obra, seguida de coloquio con todos los asistentes, en el Parador Nacional "Vía de la Plata", a partir de las 20:30h.



Jordi Doce (Gijón, 1967) es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo y doctor por la Universidad de Sheffield (Inglaterra). Ha sido, asimismo, lector de español en la Universidad de Oxford y subdirector editorial de la revista Letras Libres. Actualmente coordina el Área de Edición del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Ha preparado ediciones bilingües de la poesía de W. H. Auden, Paul Auster, William Blake, T. S. Eliot, Geoffrey Hill, Ted Hughes, Charles Simic y Charles Tomlinson. Su última traducción -Desde una barca de papel. Poemas (1981-2008)- es del poeta estadounidense Reginald Gibbons y acaba de aparecer en la editorial extremeña Littera Libros. Es autor de varios poemarios, entre los que destacan Lección de permanencia (Pre-Textos, 2000), Otras lunas (Premio Ciudad de Burgos, DVD, 2002) y Gran angular (DVD, 2005). En prosa ha publicado Bestiario del nómada (Eneida, 2001), el libro de notas y aforismos Hormigas blancas (Bartleby, 2005), el ensayo Imán y desafío. Presencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea (IV Premio de Ensayo Casa de América, Península, 2005), el libro de artículos Curvas de nivel (Artemisa, 2005) y el diario La vibración del hielo (Littera Libros, 2008).

Su obra está incluida, entre otras, en las antologías La otra joven poesía española (Igitur, 2003) y Campo abierto. Antología del poema en prosa en España 1990-2005 (DVD, 2005). Ha colaborado como crítico de libros en ABCD las Artes y las Letras, Cultura/s de La Vanguardia y otras publicaciones, y ha coordinado con Andrés Sánchez Robayna el volumen de ensayos críticos Poesía hispánica contemporánea (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2005).

Mantiene desde hace cuatro años una bitácora literaria, http://www.jordidoce.blogspot.com/ donde va colgando textos propios y ajenos, así como traducciones de poetas anglosajones, muchos de ellos poco conocidos por los lectores.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Chile en el corazón


Acabo de hablar con mi amiga, la pintora-poeta Alexandra Domínguez.
Quería hacerlo desde hace días para preguntarle acerca de su familia y amigos de Concepción del Nuevo extremo, su ciudad natal, una de las más afectadas por el terrible terremoto que ha sacudido a Chile.

Con su amable autorización, cuelgo estos ejemplos de su talento tanto pictórico como poético en homenaje a ella y a todos los chilenos.
Aquí podéis seguir toda su trayectoria.




Algunas cosas para no olvidar

Los libros de jurisprudencia francesa que tenía mi padre sobre la mesa.
El mediodía en que vi abrirse las pequeñas granadas de la academia del espino.
El mapamundi verde donde no aparecía mi ciudad, Concepción del Nuevo Extremo.
El terremoto del 39 en que murió mi abuelo, el terremoto del 73 en que desaparecieron mis vecinos.
Cabo Farewell donde me supo a desobediencia por primera vez un beso.
El invierno que no estrené un vestido blanco, la primavera siguiente que leí una página con la confesión de Wilde.
Al vigilante de la noche que me acostó sobre un pensamiento del siglo diecinueve.
La mano de Vedova que me acarició las trenzas en Venecia.
Algo así como una estrella fugaz pero duradera más allá de mi propio futuro.
La ballenera donde íbamos con Mestre a pedirle perdón a los espíritus del mar.
El primer porvenir del fracaso y la contradictoria persistencia de la sonrisa del mundo.
El carpintero que me hacía los bastidores donde se desvaneció el miedo a la muerte.
El sonido blanco de lo impronunciable en el cementerio judío de Praga.
Un sobrecito de papel azul que no he de abrir hasta el día de la alianza.
Lo que significan exactamente las palabras pobreza, notario, árbol.
El maullido con el que se suman los gatos vagabundos a la revolución de los ángeles.

(De Poemas para llevar en el bolsillo)





Sobre el análisis subjetivo de los hechos que determinan la historia de mi tribu

De acuerdo a los informes enviados desde la frontera.
De acuerdo a lo que dicen los camaradas pájaros,
el Trile negro que vive en los pajonales de Atacama que es desierto,
la Loica de pecho rojo, el Chirihue amarillo de las islas.
De acuerdo a la última cosecha de piñones
en la reserva indígena de Trapa-Trapa,
este año no habrá harina para el Zorzal ceniciento,
no habrá estrellas para el Queltehue de las praderas húmedas.
De acuerdo al agua estancada en la represa de la Compañía Ecléctica
y las tierras mapuches inundadas por el río Bío-Bío,
este año tampoco habrá Chercanes en las vegas,
Chincoles color canela en los manzanos silvestres de esta parte del mundo.
De acuerdo a los servicios gratuitos
prestados por Neruda a la corona sueca,
a la corona española,
a la corona de la Virgen del Carmen patrona de Chile.
De acuerdo al estado de los templos y las logias
destruidas por el terremoto del año en que hubo terremoto.
De acuerdo a lo dicho por los que han abandonado
las casas y los campos usurpados por los usurpadores.
De acuerdo a los pinchos del erizo de púas
que se ha metido en la cama sin ponerse la blusa de hojas.
De acuerdo a los colonos que levantaron cercas para el ganado,
cercos de alambre para las personas, redes para la Loica
y el Zorzal ceniciento y el Queltehue de las praderas húmedas.
De acuerdo a los más optimistas informes meteorológicos
este año tampoco vendrá la salvación del cielo,
habrá barro en todo el territorio de todas las provincias,
barro en las iglesias pentecostales, barro en las oficinas del correo.
De acuerdo a todo esto, nadie debe deducir que vaya a llover,
de acuerdo a todo esto, lo más probable es que continúe la sequía.
De acuerdo a las hormigas que pagaron tasas indebidamente
y a la cigarra de las colinas a la que nadie devolverá debidamente nada.
De acuerdo a los que desaparecieron y dejaron como única señal
un pañuelo atado al árbol con brazos que hay en el cruce de los caminos.
De acuerdo con lo que piensan y no piensan los súbditos,
los Perros Quiltros que vagan por las carreteras,
el perro de la autoridad que está detrás de las vallas,
el perro que cuida las piscinas, el perro de siete aguas de la ley.
De acuerdo, hermano Quirquincho,
hermano Puerco Espín, hermana Comadreja.
De acuerdo con los cuatreros que roban ganado
y amargan la Nochebuena a los dueños de fundos.
De acuerdo con que por aquí está prohibido pasar
y por allí también está prohibido pasar.
De acuerdo con las invasiones de termitas y escarabajos
que arruinarán las cosechas durante el próximo siglo.
De acuerdo con los bustos
de todos los que han perdido batallas.
De acuerdo con la batalla campal entre los gatos de tejado
y los ratones grises de granero.
De acuerdo con la voluntad del supremo gobierno de la república
y su presidente, el principal residente de esa misma república.
De acuerdo con el rito de comer carne de animales,
comerse unos a otros, festejar las hazañas de los matarifes.
De acuerdo con alguien que no conozco
me retiro a los valles del otro lado de la montaña
antes de darles por última vez las buenas noches
al ceniciento Zorzal y al Chercán de las vegas,
buenas noches Trile negro, Loica de pecho rojo,
buenas noches Queltehue de las praderas húmedas.

(De La conquista del aire)



viernes, 26 de febrero de 2010

Una poética


Creo que fue Pessoa quien dijo aquello de que el primer verso es un regalo de los dioses. Bien, aceptémoslo.
Pero, ¿y el resto del poema? ¿Y el último?
Ah, el último verso, ese bribón escurridizo.
Puedes pagarlo con sangre, sudor y lágrimas y, aún así, no estar nunca seguro de que sea ese el exacto, el necesario.

sábado, 20 de febrero de 2010

Fernando Assis Pacheco (1937-1995)



Me acuerdo de Assis Pacheco una mañana de verano en Lisboa. Nos habíamos citado por teléfono, y cuando mi mujer y yo llegamos a la redacción de la revista donde trabajaba -era en un viejo edificio con una fachada herrumbrosa y bella y escalones de mármol desgastados por el uso- estaba escribiendo para nosotros qué lugares visitar, dónde comer barato y bien, aquello que nos convenía evitar…
Me dio un abrazo de oso con ese afecto poderoso y suyo que avasallaba y fuimos a tomar café a una típica adega regentada por un matrimonio gallego que le trataba de don.

Meses después llamó Ángel para decirme “ha muerto Fernando”, y yo sentí de nuevo todos mis huesos bajo su abrazo. Luego comentó que el infarto le sobrevino en una librería y esa circunstancia, por extraño que parezca, me sirvió de consuelo.

Y sé que algún día me parecerá increíble cómo hace diecisiete años, mientras redactaba este texto, se me empezaron a agitar con pánico los huesos de la mano derecha.


Este homenaje a su persona se publicó en el nº 14-15 de la revista hispano lusa Espacio/Espaço Escrito y en La tabla del 3 (de la luna libros, 2004).


Los textos en cursiva del último párrafo son versos suyos y pertenecen a poemas sin título del libro “Memória do contencioso”.


Transcribo a continuación -de manera bilingüe- el poema de donde está sacado el primer verso en cursiva del texto, traducido por Ángel Campos Pámpano, en la Antología de Poesía Portuguesa Contemporánea “Los nombres del mar” (ERE, 1985).

4:
é inacreditável como há dezassete anos
comecei a geraçao contigo
num ferry-boat sobre o moliço

lembro-me do jeito romantik
da cena: os lenços
os lenços brancos as lágrimas

e eu de pé na popa como se um deus
malicioso me escolhesse
para troféu do verão


4:
es increíble cómo hace diecisiete años
empecé la descendencia contigo
en un ferry-boat sobre las algas

recuerdo el tono romantik
de la escena: los pañuelos
los pañuelos blancos las lágrimas

y yo de pie en la popa como si un dios
ladino me eligiera
como trofeo de verano

W.B.Yeats - J.E. Pacheco

Fin de semana poético.
Ahora -sólo porque sí, porque me apetece- les toca el turno a dos maestros en estas lides. Anglosajón, uno; latino el otro.
A pesar de las diferencias formales entre uno y otro, estos dos poemas -me parece- alientan de la misma manera, nos hablan de lo mismo: de lo inasible, de lo intangible, de aquello que el destino nos tiene reservado sin que nosotros podamos intervenir en esa decisión.

A mí, lo confieso, me emocionan de parecida manera.
Agradezco a Jordi Doce su amable permiso para publicar su versión del primero.

un aviador irlandés prevé su muerte
W.B. Yeats
(Versión de Jordi Doce)

Sé que en algún lugar entre las nubes
he de hallar mi destino;
no odio a quienes son mis enemigos,
no amo a quienes debo defender;
mi país es Kiltartan Cross,
mis paisanos los pobres de Kiltartan,
ningún posible fin ha de quitarles nada
o hacerles más felices de lo que eran.
Ni leyes ni deberes me ordenaron luchar,
ni estadistas ni masas entusiastas,
un solitario impulso de deleite
me empujó a este tumulto entre las nubes;
todo lo sopesé, de todo hice memoria,
los años por venir me parecieron vano aliento,
vano aliento los años transcurridos
en igualdad con esta vida y esta muerte.





Alta traición
José Emilio Pacheco

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

martes, 16 de febrero de 2010

Las tribulaciones de un extremeño en La Plata

Con esta crónica viajera y literaria empiezan hoy en este corro de jugadores una serie de colaboraciones que iré pidiendo a algunos compinches de cuando en cuando.
Para que la culpa no sea sólo mía.

El primer valiente en comparecer es Francisco Rodríguez Criado, a quien no puedo dejar de agradecer su rapidez en contestar a la llamada.


No sé si será cierto, como dicen algunos, que el asesino siempre regresa al lugar del crimen. Lo que sí es cierto es que determinados viajeros suelen volver a las ciudades que les impactaron en su primera visita. Soy uno de esos viajeros sentimentales. Prueba de ello es que acepté sin pensármelo dos veces la oferta que me hicieron los responsables del proyecto Leer Extremadura de viajar a Buenos Aires para hacer una lectura sobre mi novela "Historias de Ciconia" (delalunalibros, 2008). El acto literario tuvo lugar el 3 de octubre de 2009 en la Casa de Extremadura de la ciudad de La Plata, a una hora en coche desde la capital argentina, donde yo había levantado mi cuartel para una estancia de seis días.
A Buenos Aires fui solo en 1999, y solo he ido ahora, diez años después. No me quejo, ni mucho menos, porque es esa soledad de viajero la que me ha permitido patear la ciudad tal como me gusta: andando mucho pero sin prisas y sin más obligaciones que las dictadas por los deseos del momento.



Pensar en Buenos Aires es pensar en el Barrio de San Telmo, Puerto Madero, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, el Obelisco o el mítico estadio del Boca, y, cómo no, en Corrientes, esa calle bohemia, nervuda y atiborrada de librerías sin puertas que suponen una tentación irresistible para los amantes de los libros. Y pensar en su hermanada ciudad de La Plata, a la que nunca había ido antes, es pensar en su lujosa catedral neogótica, la más grande de América, y en el soberbio Palacio de la Municipalidad, donde tuvo lugar la lectura.
El decimonónico Palacio de la Municipalidad no es solo soberbio. Es, además, frío, muy frío. Por suerte, como me advirtió Stella Maris Velazco (¡qué gran mujer!), cabeza visible de la organización del acto junto a Luis Algaba, no tardaría mucho en caldearme gracias al calor humano. Y así fue.
Citaría, aparte del frío, la extrañeza. La extrañeza de encontrarme tan lejos de mi hogar para hablar de mi pequeño mundo. Este contratiempo también logré vencerlo. Poco a poco me fui acostumbrando, conforme avanzaba la lectura, a que los asistentes, todos extremeños o descendientes directos de extremeños, conocieran los lugares descritos en "Historias de Ciconia": El Santuario de la Montaña, la Sierra de la Mosca, la Plaza de América, el Parque de Cánovas (camuflado bajo el nombre del Parque de Asturias), la Plaza de Italia… Dejó de resultarme extraño, digo, que personas de otro continente, por muy vinculadas que estén con Extremadura, sintieran cercanos los lugares que yo había retratado en la novela. Durante algunos momentos tuve la sensación de estar no en La Plata de Argentina sino en la propia Ciconia.
Al final del acto, los organizadores y amigos de la Casa de Extremadura, tuvieron a bien llevarme a un pequeño y típico restaurante argentino, donde cenamos bifes de ternera y otros platos típicos de Argentina acompañados de la no menos típica compañía musical de tangos cantados en directo.
Fue una velada estupenda, llena de tipismos, entretenida conversación y buena compañía.
Regresé a Buenos Aires cuando ya había caído la noche, en un remix –una suerte de taxi– que se encargó de dejarme a las puertas de mi apartamento, ubicado en la periferia.
De esta segunda estancia en Argentina me he traído –como ocurrió en la primera– un grato recuerdo por las experiencias vividas por un lado, y por otro, el sutil empeño por olvidar los inevitables efectos secundarios: el agotamiento físico tras los duros viajes en avión, el azote del jetlag y mi falta de adaptación al horario argentino.
Fueron, en definitiva, seis días –siete, si contamos el viaje– en los que me sentí un humilde embajador de las letras extremeñas en un país, Argentina, siempre tan orgulloso de su inmensa tradición cultural.

Ciconia, noviembre 2009

Francisco Rodríguez Criado es escritor y gestiona el blog de literatura http://www.narrativabreve.com/.


No os lo perdáis


Esta preciosa y sugerente imagen es la carta de presentación de la exposición sobre poesía visual que Julia Otxoa inaugura este próximo jueves en San Sebastián.
Los que en esa fecha estéis por la "Bella Easo", no deberiáis perdéosla.
Yo no podré ir, así que a ver si alguien me lo cuenta.
Suerte, Julia.

sábado, 13 de febrero de 2010

Volando en buena compañía

Para José María Castrillón y Jordi Doce, comandantes de la nave.

"Las razones del aviador" revista virtual de creación y pensamiento, empezó sus trayectos hace apenas cuatro meses. En este tiempo de vuelo poético han ido tomando asiento, en orden de llegada a su puerta de embarque, pasajeros tan ilustres como Giorgos Seferis, José Luis Mesa Toré, Alceo de Mitilene, Juan Manuel Macías, Jaime Luis Martín, David Huerta, Eduardo Moga, Francisco León, y José María Castrillón -que gusta de abandonar su puesto a los mandos y conversar con el pasaje-.
Ayer ocupé, gracias a la hospitalidad de sus comandantes, uno de los asientos libres, y no podía pedir mejor compañía para este periplo.

Esta es la razón social:
http://lasrazonesdelaviador.blogspot.com

El aviador tiene razones
que el capitán de navío no entiende.