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viernes, 21 de noviembre de 2014

Pessoa en Badajoz


Esta tarde, a las 20:00h y en la Librería Colón, Avda. Santa Marina de Badajoz, Antonio Sáez -poeta, traductor, profesor, ensayista... aunque no necesariamente en este orden-, en compañía de Luís Leal Pinto, presenta su traducción, basada en la edición de Jerónimo Pizarro, del "Libro del desasosiego", de Fernando Pessoa, uno de los libros fundamentales e imprescindibles de la literatura del siglo XX, publicado recientemente por la editorial Pre-Textos.


Recuperando una vieja tradición, a la finalización del acto los asistentes podrán degustar una copita, no del castizo "vino español", sino de un magnífico oporto, vinho al que el propio Pessoa no parecía hacerle ningún asco según puede apreciarse en la segunda fotografía.
Tomáos una a mi salud, amigos.


sábado, 8 de septiembre de 2012

Adiós, Cristóbal, adiós


Como de tantas otras cosas, a través del blog de Antón Castro acabo de enterarme de la muerte de Cristóbal Serra, uno de esos “raros” necesarios que, sumidos en su rincón, van destilando una literatura que no hace más que subir de valor según transcurre el tiempo.
Supe de él y de su obra -callada, tenaz- hace ya unos quince años gracias al entusiasmo de un amigo. Conseguí algunos de sus libros (Ars Quimérica, Efigies, Nótulas, Las líneas de mi vida…) y la lectura de todos ellos hizo que no tuviera más remedio que darle la razón a mi amigo, que, por otra parte, casi siempre la tiene cuando me recomienda algo.
Esos pocos volúmenes ocupan un pequeño hueco en mi biblioteca, pero no, desde luego, de los menos importantes y queridos.

Ya no podré enviarle esa carta que aún estoy escribiendo en mi mente y que nunca me atreví a llevar al papel para que sus manos la acogiesen.

Mis terrores

   A mí, morder la pulpa del membrillo, entre acidulenta y correosa, me produce siempre una especial dentera. Apenas he hincado el diente, la abandono, porque, además, la temo. Me da espanto su enorme poder astringente y su sabor paradisíaco me aterroriza, pues, me parece que, por ser algo fuera de lo terreno, me está vedado.
   Lo que admiro del membrillo es su acidez sin fondo, que ni azúcares ni mieles logran disipar. Hay acideces que no se palían y ésta del membrillo es una de ellas. Además, nada menos empalagoso que el membrillo: te deja la boca más limpia y menos áspera que la azarola.
   Hay escritores que tienen de membrillo y de azarola y en éstos la fragancia jamás es empalagosa.

(De "Diario de Signos". En Ars Quimérica, Bitzoc, 1996)

sábado, 24 de marzo de 2012

Tonino è morto


El pasado día 21, a los 92 años, murió en su pueblo natal, Santarcangelo di Romagna, el gran Tonino Guerra. El invierno se despedía de la forma más cruel.
Ya solamente por haber escrito los guiones de La noche, Amarcord, o La noche de San Lorenzo, Tonino Guerra tendría todo el derecho a ser considerado como una de las figuras de la cultura cinematográfica en el siglo XX. Directores de la categoría de Antonioni, Fellini, Angelopoulos o Rosi, entre otros, disfrutaron en múltiples ocasiones de su talento.
Pero es que además este italiano de Rímini era un grandísimo poeta. Libros como Los bueyes, La polvareda, La miel o Llueve sobre el diluvio, no me dejaran por mentiroso.
De La polvareda (1978), precisamente, es el poema que dejo aquí en su memoria y homenaje, un poema que a mí me conmueve y desasosiega a partes iguales con una rara intensidad.


Los dos hermanos

Uno estuvo prisionero en Alemania
y desde hace treinta años se queda mirando
el pan como si tuviera el hambre de entonces.
El otro hizo la guerra en África
y mira el agua del vaso
con la sed que tenía en el desierto.
Ahora viven encerrados en casa
y no quieren ver a nadie.
Duermen en la cama grande
dándose la espalda y hunden
las caras en las almohadas.
A veces salen de noche
y caminan por las calles
anchas y desiertas
uno delante del otro
como la Luna y la Tierra por el cielo
que van quién sabe adónde.


TONINO GUERRA (Poesía completa)
Universidad Popular S.S. de los Reyes, 2001
Traducción: Juan Vicente Piqueras

miércoles, 8 de febrero de 2012

3 palíndromos poéticos


JRJ
(Juan Ramón Jiménez)



RMR
(Rainer Maria Rilke)



WCW
(Williams Carlos Williams)

martes, 23 de agosto de 2011

2 del Far West



"En estas tierras, un hombre es una de estas tres cosas: rápido, duro o cadáver".

(George Montgomery en Masterson de Kansas,
de William Castle, 1954. Guión de Douglas Heyes)

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A propósito del cine del Oeste, Alfonso Reyes -el mejor prosista en lengua española del siglo XX, según Borges (abro un paréntesis para las disensiones)- le dijo en cierta ocasión a Carlos Fuentes -entonces un mozalbete de 18 años- después de invitarlo a una sesión triple y ante el escaso interés mostrado por éste por tal género cinematográfico:
-Te equivocas. El western es la épica contemporánea. Homero está ahora en el cine del Far West.



lunes, 22 de agosto de 2011

Un poema de Kavanagh leído en Portugal


Carretera de Inniskeen: tarde de julio

Las bicicletas pasan de dos en dos, de tres en tres.
Hay baile en el granero de Billy Brennan,
y el código de medias palabras del misterio,
y el lenguaje de guiños del encanto.
Ocho y media, ni un alma en una milla,
ni una sombra que pueda revelarse
como hombre o mujer, ni una pisada
que revele secretos de la piedra.

Tengo aquello que odian los poetas,
pese al discurso solemne de la contemplación.
Alexander Selkirk conocía el aprieto
de ser rey, gobierno y nación.
Carretera, una milla de reino: rey soy
de orillas y de piedras y de cada florecer.

P
atrick Kavanagh
(La hambruna y otros poemas)
Trad: Fruela Fernández

lunes, 13 de junio de 2011

13 de junio / Pessoa


Acabo de caer en la cuenta de que hoy es 13 de junio, festividad de San Antonio de Padua, patrón de Lisboa.

Pero sobre todo -y mucho más importante-, acabo de caer en la cuenta de que es el 123 aniversario de uno de los poetas más destacados y decisivos del pasado siglo XX -también llamado António en su segundo nombre-, patrón laico de tanto y tanto poeta cercado por la saudade y el desasosiego.

Y qué mejor manera de celebrarlo que con sus palabras.



Fragmento 30

Me he creado eco y abismo, pensando. Me he multiplicado profundizándome. El más pequeño episodio -una alteración que sale de la luz, la caída enrollada de una hoja seca, el pétalo que se despega amarillecido, la voz del otro lado del muro o los pasos de quien la dice junto a los de quien la debe escuchar, el portón entreabierto de la quinta vieja, el patio que se abre con un arco de las casas aglomeradas a la luz de la luna-, todas estas cosas, que no me pertenecen, me prenden la meditación sensible con lazos de resonancia y de añoranza.
En cada una de esas sensaciones soy otro, me renuevo dolorosamente en cada impresión indefinida.
Vivo de impresiones que no me pertenecen, perdulario de renuncias, otro en el modo como soy yo.


Fernando Pessoa (Livro do desassossego)



Me acuerdo de que Pessoa -tan serio él, tan grave- caminaba a veces a la pata coja por la Baixa lisboeta.

martes, 3 de mayo de 2011

Sábato


"El hombre es el animal más siniestro".

No recuerdo cuándo ni dónde leí esta frase de Sábato, pero podría haber sido escrita o dicha perfectamente alrededor de 1983, cuando a solicitud de Raúl Alfonsín, primer presidente de la República Argentina elegido democráticamente después de los años de horror de las asesinas juntas militares, presidió la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) y cuyo informe, NUNCA MÁS, donde se recogían y detallaban muchas de las atrocidades cometidas por los uniformados contra sus compatriotas, sirvió para enjuiciar a muchos de ellos.

Sábato falleció este pasado 30 de abril. Su legado es su escritura (El túnel, Informe sobre ciegos, Sobre héroes y tumbas, Tango; discusión y clave, Hombres y engranajes, Antes del fin...) y su pintura, a la que también dedicó gran parte de su existencia.
Pero también, y sobre todo, su postura moral y cívica, su defensa de la dignidad humana.

Me acuerdo de Ernesto Sábato bajando a los infiernos.

La imagen que ilustra esta entrada lleva en uno de mis cuadernos de notas más de veinte años.
Su postura abatida, pensativa, está, me parece, en consonancia con las frases tanto del principio como del final de la misma.
Nunca más (Informe Conadep)

lunes, 25 de abril de 2011

A revoluçao (37 anhos)



Viagem

Há olhos que só olham o sonho; e, quando
o sonho se dissipa, ficam cegos.

Há pontes por onde não se passa, no inverno,
embora ninguém as guarde: pontes
sem arcos, abstractas como um arco-íris
e frias como a chuva da madrugada.

Un campo de erva que amadurece;
o feitiço fútil dos faróis quando a manhá
limpa as últimas névoas;
um bater de pálpebras como asas:

imagens que lembro

e me restituem os olhos
com que avisto a entrada da cidade.


Viaje

Hay ojos que sólo miran el sueño; y, cuando
el sueño se disipa, se quedan ciegos.

Hay puentes por donde no se pasa, en invierno,
aunque nadie los vigile: puentes
sin arcos, abstractos como un arco iris
y fríos como la lluvia de la madrugada.

Un campo de hierba que crece;
el hechizo útil de los faros cuando la mañana
limpia las últimas nieblas;
un batir de párpados como alas:

imágenes que recuerdo

y me restituyen los ojos
con que contemplo la entrada de la ciudad.

Nuno Júdice
Un canto en la espesura del tiempo (Calambur, 1996)
Versión de José Luis Puerto

jueves, 24 de marzo de 2011

Poe según Sawa


Leo que los americanos se aprestan a conmemorar, con un monumento grande, grande, tanto, que puedan suplir sus proporciones lo que en él falte de artístico, el primer centenario del natalicio de Poe.
No dirán esos fundadores de trusts, esos adoradores del raíl y la línea recta, no podrán decir de Poe, a pesar de la seguridad de sus datos biográficos, que era americano: aunque nacido en Richmond, Poe no era, no, americano. Grosero error de miopía el de suponer que el hombre es natural del país en que las entrañas de la madre se desencajan para crear. Y no porque el industrialismo yanqui mate en flor, cierzo de viles prosas, los mejores naceres artísticos, sino porque el temperamento de Poe era extemporáneo y extranjero, una y otra calificación moral en el país-pólipo donde le tocó nacer.
Longfellow y Walt Whitman, el uno ungido con gracia apolina, el otro alimentado con médula de leones, son americanos; sin embargo, Poe, no. Aun nacido en París, la ciudad del arte por excelencia, hubiera pertenecido al pelotón sombrío de los poetas malditos. Echado a la vida en el país de los magazins y del reclamo, Poe fue un aurífice saturniano venido al mundo para sufrir.
A su muerte, ocurrida en una noche maldita, formada, ¡como tantas otras noches suyas!, por horas homicidas de aburrimiento y de aguardiente, la Prensa americana, todo el caut sajón, echó a vuelo las campanas para aventar a los cuatro puntos cardinales de la tierra las más estrictas intimidades del poeta, los episodios rojos de su vida errabunda salpicada de sangre propia, su pasión triste por el alcohol, su agonía solitaria sobre un banco público de un square en Baltimore, la muerte, su muerte luego, horrenda de vulgaridad, entre las sábanas anónimas de un establecimiento hospitalario... M. Rufus Griswold, a quien el poeta, en previsión de la inminencia de su muerte, había confiado la revisión de sus manuscritos, lo difamó en un largo artículo; los más vastos periódicos de la Unión arrastraron su memoria, descuartizada por las galerías de sus sendas publicaciones: Israel, la mala, lo lapidó en figuración; Beocia, la que en la historia del mundo significa el reverso de Atenas, lo crucificó en efigie, y apenas si de entre el coro de sayones, mejor que de críticos, convertidos en jaurías, se muestran de pie ante la posteridad, que somos nosotros y que serán nuestros hijos, como espíritus justos y amigos del genio vilipendiado, las nobles y austeras figuras de MM. Villis y Jorge Graham, dos nombres cuya combinación silábica mi pluma transcribe en estos instantes con emoción no exenta de agradecimiento.

Alejandro Sawa (Iluminaciones en la sombra)




domingo, 20 de marzo de 2011

Perro y chimenea


El perro

Con este tiempo, a "Picudo" no se le puede sacar afuera y el agrio silbido del viento bajo la puerta le obliga incluso a abandonar su felpudo. Busca mejor acomodo y desliza su cabeza entre nuestros asientos. Pero nosotros nos inclinamos, apretados, codo a codo, hacia el fuego, y le doy un guantazo a "Picudo". Mi padre lo aparta con el pie. Mamá lo insulta. Mi hermana le tiende un vaso vacío.
"Picudo" estornuda y se va a la cocina en busca de compañía.
Regresa, atraviesa a la fuerza nuestro círculo arriesgándose a ser estrangulado por las rodillas y se instala en un rincón del hogar.
Tras dar varias vueltas sobre sí mismo, acaba por acomodarse junto al morillo y ya no se mueve. Observa a sus dueños con tan dulce mirada que no hay quien puede hacerle reproche alguno. Sin embargo, el morillo casi incandescente y las cenizas apartadas le queman el trasero.
Y a pesar de ello, ahí se queda.
Le abrimos paso.
-¡Venga, lárgate! ¡Serás tonto!
Pero se obstina. Cuando los dientes de los perros abandonados rechinan de frío, "Picudo", calentito, con el pelo chamuscado y los muslos asados, reprime su aullido y ríe de dientes afuera, con los ojos llenos de lágrimas.

Jules Renard (Historias naturales)


martes, 15 de febrero de 2011

Fernando Sanmartín, en Mérida



Hoy, si el tiempo y la autoridad no lo impiden, dentro de las lecturas programadas por el Aula Literaria "Jesús Delgado Valhondo", nos visitará Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959).

Poeta y narrador, viajero culto y discreto, autor de títulos como La infancia y sus cómplices, Los ojos del domador, Infiel a los disfraces o Apuntes de París, entre otros, aquellos de vosotros que queráis disfrutar de buena literatura en compañía de un magnífico escritor, no deberíais faltar a la cita.

Para muestra, un botón:



"ALGUNOS dan bastonazos a su infancia. Reniegan de ella como si fuera una pequeña celda de la que tuvieron que escapar jugándose la vida. La infancia es un cloroformo del que algunos desean alejarse. Pero esto no sucede conmigo. Porque uno, en parte, es lo que ha sido. Yo fui jugador de futbolín, se me daba bien golpear la bola con un preciso giro de muñeca. Y me gustaba ganar. Porque la victoria daba lustre, te perfilaba como triunfador. Al futbolín se jugaba en parejas. Y nadie quería tener de compañero al “viudo”. Ese sí que era un niño extraño. Su madre había muerto. Vestía siempre de negro. Y traía su bocadillo envuelto en hojas de periódico, en las hojas que publican esquelas mortuorias. Tenía aire y gesto de loco que se contiene. Luego supe que comenzó medicina, tal vez para terminar de forense. Pero le perdí la pista.

Yo fui menestral del futbolín. Usando las dos manos. Con la vista fija en el terreno de juego. Y el ruido que hacían las barras de los jugadores no se parecía nada. El futbolín, muchas veces, era una mezcla de salmo religioso y antibiótico.

Pero un día lo dejamos. Igual que otras cosas. Para no volver. Como el toro enviado a los corrales que ya nunca regresará a la plaza".

(De La infancia y sus cómplices, Xordica, 2002)


A las 20,30 h. en el Salón Capilla del Parador Nacional "Vía de la Plata".

Os esperamos.



Imagen Fernando Sanmartín: Patricio Julve

jueves, 10 de febrero de 2011

Somoza de Leiva



Ayer entré en una taberna en cuyas paredes colgaban doce estampas, impresas en 1899 en Berlín, en las que se contaba la historia de don Hernán Cortés y los amores del capitán con la lengua Marina. Y me acordé de Somoza de Leiva.
Este Somoza de Leiva -Leiva está en un alto, entre castañares, en Tierra de Miranda- sirviera al rey en el regimiento de Otumba, y desde entonces, porque a cada soldado le habían dado un pliego con la historia de la unidad y lo había leído varias veces- y además era la única historia que había leído en su vida, aparte las coplas del crimen del correo de Andalucía- le había entrado un grande amor por el señor marqués del Valle de Oajaca y sus andanzas mejicanas, y sabía todo lo de la Noche Triste. En Lugo compró esas mismas doce estampas que yo estaba viendo ahora en la taberna, y las tenía colgadas en las escaleras y en el comedor de su casa. Siendo yo mocito, fui allá a la fiesta de San Bartolomé, y Somoza, que ya entonces estaba algo cojo por la mordedura de una nutria en el vado de Siguiero, me leía el texto de cada episodio, y siendo bilingüe la literatura de a pie de estampa, me admiraba, que yo leía la parte francesa.
-¡Mira qué piernas más robustas!
Y guiñándome un ojo me mostraba las piernas de Marina, blancas y redondas. Marina se estaba mirando en un espejo que le regalara el señor capitán.
Somoza era memorialista, perito agrónomo de afición y picapleitos. De una estancia en Baños de Molgas, queriendo sacudirse allí un reuma que él atribuía al diente de la nutria, trajo a Leiva un perro raro, la capa amarilla con manchas negras, bragado en blanco, y que orinaba levantando ambas patas traseras, en raro equilibrio sobre las delanteras. Era un perro triste y callado, que comía las manzanas caídas en el prado, y si escuchaba zumbar las abejas, se ponía a pararlas, agachado, como si fueran perdices.
-¡Ese perro no vale nada!- le dijo mi primo de Trasmontes a Somoza.
-¡Pues es el perro propio para un letrado!- respondió éste.
Y le explicó a mi primo que era el más inteligente de los perros que nunca conociera, y que para un abogado famoso, no tendría precio.
-¡Es un perro que solamente le ladra a la parte contraria!
Si Somoza andaba corriendo con los pleitos de algún vecino, y llegaba alguien de consulta y el perro ladraba, era que el visitante venía, mañoso, suasorio, a enredar en el asunto. El perro daba los testigos favorables, y los contrarios o falsos. Nunca fallaba. Cuando el perro enfermó y cegó, Somoza lo llevó a Lugo al oculista de más fama, el señor Gasalla. Lo llevó metido en una cesta, muy envuelto en una manta zamorana. Iban por la plaza de Santo Domingo, y el perro, desde el cesto, ladró. Somoza se detuvo a ver quién pasaba por allí, y pasaba hacia la calle de San Marcos el guardarríos de Crescente, quien hacía un par de semanas le había puesto una multa.
Se me olvidaba decirles que el perro había sido rebautizado por Somoza con el sonoro nombre de Moctezuma.

Álvaro Cunqueiro (La otra gente)


lunes, 17 de enero de 2011

Presentación de Los bosques de la mirada


Mañana, en la Biblioteca Pública de Cáceres, los amantes de la buena poesía tienen la oportunidad de degustar, presentada por dos escuderos de lujo (Álvaro Valverde y Miguel Ángel Lama -autor del estudio introductorio con su rigor y sapiencia habituales-), una de las poéticas más sugerentes que a uno le ha sido dado leer desde hace años; la de Basilio Sánchez, que acaba de reunir en un esplédido volumen publicado por Calambur Editorial su poesía completa bajo el hermoso y seductor título de Los bosques de la mirada.





Un poema de muestra:

Primero fue el otoño cubriendo la obsidiana
de los parques vacíos.

Después, el hombre solo,
el hombre que camina
de espaldas a la luz y nada dice
porque nada confiere mayor veracidad a su silencio
que el ruido de sus pasos.

Es el hombre que escribe
en la última página del libro de las horas,
el que intuye palabras
como pulpa o diadema o roca o víspera,
pero no las pronuncia.

Es el hombre dormido sobre un banco de piedra,
junto a las flores secas de los setos
y los vasos volcados
de la celebración.

Porque aquí está el origen, la razón de este otoño
que ahora deja sus hojas amarillas
en las proximidades del olvido.


(De La mirada apacible)


sábado, 15 de enero de 2011

Walser, paraguas y locura



“No vine aquí para escribir;
vine aquí para estar loco”.

“Es absurdo y grosero,
sabiendo que estoy en un hospicio,
pedirme que siga escribiendo libros”.

Robert Walser, a un visitante en el manicomio de Herisau.

Allí se había presentado para ingresar
voluntariamente en enero de 1933,
con sólo una maleta ("Una maleta es toda tu casa en este mundo",
dejó escrito en algún sitio.) en las manos.






Y acaso también con un paraguas;
hay varias fotografías suyas en las que aparece
retratado con un paraguas.





El día de navidad de 1956 lo encontraron muerto
en la nieve no lejos del manicomio.

Había salido a dar un paseo.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Aramburu en Extremadura



La próxima semana, dentro del programa de las Aulas Literarias organizadas por la AEEX (Asociación de Escritores de Extremadura), tendremos la oportunidad de contar con la presencia de un magnífico escritor: Fernando Aramburu.

Autor de obras de referencia como Fuegos con limón, Los peces de la amargura o su última y estupenda novela, Viajes con Clara por Alemania (todos publicados en Tusquets), acaba de ver recogida su poesía en Yo quisiera llover, publicada por la Editorial Demipage.

Estará presente, los siguientes días en las siguientes ciudades:

13 de diciembre: Don Benito-Villanueva de la Serena

14 de diciembre: Plasencia

15 de dicembre: Almendralejo


Como salutación de bienvenida desde este blog, inserto aquí un texto incluido en su libro de artículos El artista y su cadáver que él, amablemente, me ha autorizado a publicar.

Gracias, Fernando.

Y enhorabuena por anticipado a todos aquellos que se acerquen a sus lecturas.
Eso que saldrán ganando.

El primer libro

A la edad de once años, yo acudía a una escuela de chicos regida por frailes agustinos. El edificio, de nueva planta, adosado a una casona eventual, se alzaba próximo a la cumbre de una colina. Desde las ventanas de sus pisos superiores podía divisarse, al fondo de una sucesión de tejados, parte de la bahía de San Sebastián. Los frailes, ignorantes o acaso desdeñosos de los recursos suasorios de la ciencia pedagógica, fundaban sus métodos rudos de enseñanza tanto en el temor de Dios como en las virtudes disciplinarias del capón, del tirón de orejas y del reglazo en las yemas de los dedos. Francisco Franco aún no había comenzado a agonizar, pero ya iba faltando menos.
Especialmente temido por los niños era el fraile joven a cuyo cargo estaba la asignatura de lengua española. Rubio y adusto, no abrigaba en su corazón una mota de paciencia, de suerte que por cualquier pequeñez montaba en cólera. Tenía una forma penetrante de mirar que causaba escalofríos, y en la palma de la mano con que sacudía tortas a diestro y siniestro, una cicatriz larga y blanca. Entre mí me he dicho muchas veces que más le valdrá cuando se muera, si no se ha muerto ya, que no exista el juez de ultratumba con que a veces, a fin de amilanarnos, nos amenazaba.
A este fraile se conoce que un día lo iluminó su dios persuadiéndolo a que obligase a los alumnos a leer un puñado de libros, sin excepción monumentos literarios de la Edad de Oro de las letras españolas. Yo creo que el Omnipotente se le apareció en la celda y le dijo: “Usted, que es de Burgos, hágame el favor de enmendar el habla castellana de estos pobres chicos vascos. Me taladra la manera que tienen de atropellar la gramática”. En esto hay que reconocer que a dios no le faltaba su parte de razón.
Una mañana entró el fraile en el aula cargado con una pila de libros, con tantos libros como alumnos integraban aquel cuarto curso de bachillerato. Los depositó sobre la mesa y enseguida comenzó a pasar lista. Por razones alfabéticas fui de los primeros en ser llamado. Yo acudí con dócil prontitud, puse mi moneda de veinticinco pesetas encima de la espeluznante cicatriz, tomé un ejemplar y regresé a mi asiento. Mientras el resto de la clase pasaba por caja me dediqué a hojear el delgado volumen de tapas grises, e impensadamente llevé a cabo una acción que con el tiempo habría de convertirse en la más persistente de mis manías: olí el libro.
Terminada la distribución, varios alumnos leyeron en voz alta, por orden, las explicaciones impresas en la solapa. En esos momentos estoy tal vez oyendo unas líneas de Ramón Gómez de la Serna, al que por supuesto aún no conozco, pero de quien llegaré a saber un día que, sometido a las estrecheces del exilio, se ganaba parte de su sustento redactando aquellos exordios breves para la colección Austral. De todo lo leído entonces en el aula no entendí sino que la obra había sido compuesta en el siglo XVI y que contenía episodios de la vida de un niño infortunado. También entendí que teníamos un plazo para leerla, no recuerdo ahora cuál, y que una vez cumplido éste nos aguardaba un examen de los de echar humo por las orejas, según el dicho aciago del fraile.
Nunca antes había yo leído un libro; tan sólo tebeos y, por obligación, las lecciones de los manuales escolares. En la casa familiar no había biblioteca, una de las innumerables desventajas que entraña la pertenencia a las capas humildes de la sociedad. Ni siquiera me podía imaginar a mi padre dentro de una librería. Fábrica y bar eran su mundo: cocina e iglesia, el de mi madre.
A la falta de estímulo para la lectura se sumaba, en mi caso, la de un diccionario. Nadie en casa atinaba a explicarme los vocablos inusuales que salpicaban aquella historia del niño de Tormes, y desde los primeros renglones se me atragantó el estilo sinuoso y arcaico de la obra. Como tropezase con incontables dificultades, me limité a leer el episodio del ciego taimado y unas pocas páginas del hidalgo. Más no pude o no quise, y así de mal pertrechado me presenté al examen.
Me supe hombre muerto no bien el fraile, en jarras ante el encerado, anunció que la prueba consistía en resumir el libro de pe a pa. “Sin omitir coma ni punto”, recalcó en su peculiar tono intimidador. Acuciado por el miedo, me di a llenar las hojas con lo poco que traía aprendido, explayándome en trivialidades e incurriendo aposta en repeticiones, movido de la ilusa esperanza de achacar al toque de campana no haber podido resumir más allá de un capítulo y medio, lo único que había leído. La argucia fracasó. Para colmo de males, cometí el error horrible de afirmar que El Lazarillo de Tormes había sido escrito por Anónimo, como si éste fuera el apellido de alguien.
Días después, el fraile devolvió los exámenes corregidos y calificados. A tiempo de entregarme el mío, me llamó a su lado y sin mediar palabra me arreó un bofetón a mano llena que produjo un seco chasquido de carne golpeada. Me acordé al instante de Lázaro, de las tundas que recibía a menudo del malvado ciego. Aún me pregunto cómo es posible que yo haya acabado amando la literatura por encima de todas las cosas.


lunes, 6 de diciembre de 2010

La carta de la jorobada para el cerrajero



El pasado 30 de noviembre se cumplieron setenta y cinco años de la muerte de uno de los más grandes poetas del siglo XX: Fernando Pessoa.

Me ha llamado la atención el hecho de que en casi todos los blogs que suelo visitar a menudo, apenas nadie se hacía eco de la efeméride de la desaparición de aquel oficinista triste que levantó uno de los monumentos más importantes de la historia de la literatura.

En ese proceso -ya citado aquí en alguna ocasión- que se va alargando demasiado de recolocar y expurgar mi biblioteca, y traspapelada entre varias capetas con apuntes, artículos, recortes de periódico… caída al fondo de uno de los estantes y llena de polvo, viene a parar a mis manos el nº 23 de una antigua revista literaria, La Página, publicada en Tenerife en el ya lejano 1996.
(Es curioso, pienso que es antigua cuando veo su precio aún en pesetas).

Imagino que la compraría seducido por la portada que anunciaba -sobre una fotografía desenfocada de Pessoa- un dossier titulado “100 años de poesía portuguesa”.

En ella encuentro el siguiente texto del poeta que ni siquiera recordaba haber leído en su momento, un texto triste y desesperanzado que, no obstante, y también, lo es de amor.

Vaya en su homenaje y memoria.

La carta de la jorobada para el cerrajero

Señor António:

Usted nunca ha de ver esta carta, ni yo he de verla por segunda vez porque estoy tuberculosa, pero quiero escribirle aunque usted no lo sepa porque si no escribo me ahogo.
Usted no sabe quién soy, quiero decir, sí lo sabe pero no habrá caído en la cuenta, me ha visto en la ventana cuando pasa para ir al taller. Yo me quedo contemplándolo porque sé a la hora que usted llega y lo espero todos los días. Nunca le habrá dado importancia a la jorobada del primer piso de la casa amarilla, pero yo no pienso más que en usted. Sé que tiene una amante, es aquella muchacha rubia, alta y bonita: la envidio pero no le tengo celos porque no tengo derecho a tener nada, ni siquiera celos. Usted me gusta porque me gusta y ya está, y me apena no ser otra mujer, con otro cuerpo y otra hechura, para poder bajar a la calle y hablar con usted, aunque no me diese nunca la razón, pero me hubiera gustado conocerlo aunque sólo fuera de hablar alguna vez con usted.
Usted es lo único que ha aliviado mi enfermedad y le estoy agradecida sin que usted lo sepa. Yo nunca podría tener a nadie que me quisiera como se quiere a las personas que tienen un cuerpo bien hecho, pero tengo derecho a querer sin que me quieran y también tengo derecho a llorar, que eso no se le niega a nadie.
Me hubiera gustado morir después de hablar una sola vez con usted pero nunca tendré el coraje ni la forma de hacerlo. También me hubiera gustado que usted supiese que yo lo quería mucho pero tengo miedo de que si usted se enterara no le importase en absoluto, y me apena saber que es la única verdad por encima de cualquier otra cosa, que además no voy a procurar saber.

Soy jorobada de nacimiento y siempre se han reído de mí. Dicen que todas las jorobadas son malas pero yo nunca le he deseado mal a nadie. Además de eso estoy enferma y nunca tuve fuerzas, a causa de la enfermedad, para enojarme demasiado. Tengo diecinueve años y nunca he comprendido por qué he llegado a tener tanta edad, enferma y sin nadie que se apiadase de mí, a no ser porque soy jorobada, que es lo de menos, porque es el alma lo que me duele y no el cuerpo, ya que la joroba no duele.
Hasta me hubiera gustado saber cómo es su vida con su amiga porque como es una vida que yo nunca podría tener -y ahora menos, que ni vida me queda- me hubiera gustado saberlo todo.

Perdone que le escriba tanto sin conocerlo, pero usted no va a leer esto y aunque lo leyese no sabría que era para usted o, en cualquier caso, no le iba a dar ninguna importancia, pero me gustaría que pensase que es triste ser jorobada, vivir siempre asomada a la ventana, tener madre y hermanas a quienes también les gusta la gente pero sin que le gustemos a nadie, porque todo eso es natural, eso es la familia, y lo que faltaba es que ni siquiera eso le estuviera permitido a una marioneta con los huesos al revés como yo, que ya lo he oído decir.
Recuerdo un día que usted venía para el taller y un gato empezó a pelearse con un perro aquí enfrente de la ventana. Todos salimos a verlo y usted se paró al lado de Manuel das Barbas, en la esquina del barbero; después miró para mí, que estaba en la ventana, y me vio reír y usted también se rio para mí. Esa fue la única vez que usted estuvo a solas conmigo, por decirlo de alguna manera, ya que yo nunca podría esperar eso.
Usted no se imagina cuántas veces estuve a la espera de que ocurriese cualquier otra cosa en la calle, cuando usted pasase, para volver a verlo otra vez; tal vez usted mirara para mí de nuevo y yo me encontrara con sus ojos mirando directamente a los míos.
Pero no consigo nada de lo que quiero, nací así, y hasta tengo que subirme encima de un banquillo para poder estar a la altura de la ventana. Me paso todo el día viendo ilustraciones y revistas de moda que le prestan a mi madre, pero yo siempre estoy pensando en otra cosa, tanto que cuando me preguntan que cómo era aquella falda o quién aparecía en la foto donde está la Reina de Inglaterra, muchas veces me avergüenzo de no saberlo porque estaba imaginándome cosas que no pueden ser y que no puedo dejar que me entren en la cabeza y me alegren, para que después, encima, me den ganas de llorar.
Después todos me perdonan y piensan que soy tonta, sin embargo nadie cree que yo sea pequeña. A mí llega a no apenarme la disculpa porque así no tengo que explicar por qué estaba distraída.

Todavía me acuerdo de aquel día que usted pasó por aquí para ir a lo de Domingo, iba con el traje azul claro. No era azul claro pero era de una sarga más clara que el azul oscuro que acostumbra a llevar. Iba usted que parecía el mismísimo día, que estaba lindo; yo nunca tuve tanta envidia de la gente como aquel día. Sin embargo no tuve envidia de su amiga, a no ser que fuera ella con la que iba usted a acostarse sino con otra cualquiera, porque yo no tuve ojos sino para usted, y fue por eso que envidié a todo el mundo. No lo comprendo pero lo cierto es que es verdad.
No es por ser jorobada por lo que siempre estoy en la ventana, es que además tengo una especie de reumatismo en las piernas y no me puedo mover; y así estoy, como si fuese paralítica, lo que es una molestia para todos aquí en casa. Usted no se imagina como siento que todo el mundo tenga que soportarme y aceptarme. A veces me desespero y quisiera poder tirarme de la ventana abajo, pero ¿qué figura tendría al caer? Hasta el que me viese caer se reiría de mí; la ventana está tan baja que ni siquiera podría matarme sino que sería una molestia aún mayor para los otros. Ya me estoy viendo en la calle como una mona, con las piernas al aire y la joroba saliéndose de la blusa, y todo el mundo queriendo apiadarse de mí pero sintiendo repugnancia al mismo tiempo, o riéndose si les viniera en gana, porque la gente es como es, no como tendría que ser.
Y, en fin, ¿por qué le estoy escribiendo esto si no le voy a mandar esta carta? Usted que anda de un lado para otro no sabe qué duro es no ser nadie. Me paso el día en la ventana y cuando veo a todo el mundo ir de un lado a otro, llevar un modo de vida, disfrutar y hablar con ésta y con aquélla, me da impresión de que soy un vaso con una planta marchita que dejaron aquí en la ventana para quitársela de en medio.

Usted no se puede imaginar, porque es lindo y tiene salud, lo que es haber nacido y no ser nadie, y ver en los periódicos lo que hacen las personas de verdad. Unos son ministros y andan de un lado para otro visitando todos los países, otros hacen vida de sociedad, se casan, celebran los bautizos, y cuando están enfermos los operan los mismos médicos, otros se van a las casas que tienen aquí y allá, unos roban y otros se quejan, unos cometen crímenes enormes, hay artículos firmados con nombres falsos, fotos y declaraciones de la gente que se va a comprar la última moda al extranjero… y usted no se imagina lo que significa todo eso para un trapo como yo, que se quedó en el parapeto de la ventana para limpiar la marca redonda que dejan los vasos cuando la pintura está fresca a causa del agua.
Si usted supiese todo esto a lo mejor era capaz de decirme adiós desde la calle de vez en cuando, me hubiera gustado poder pedírselo porque yo, usted ni se imagina, quizás no viva mucho más, qué poco es lo que me queda de vida, pero me iría más feliz para allá donde se vaya si supiese que usted a lo mejor me daba los buenos días.

Margarida la costurera dice que habló con usted una vez, que le contestó mal porque usted se metió con ella en la calle de aquí al lado, cuando me lo dijo sí que sentí envidia de verdad, lo confieso porque no le quiero mentir; sentí envidia porque cuando alguien se mete con nosotras significa que, al menos, somos mujeres y yo no soy ni mujer ni hombre porque nadie cree que yo sea nada, a no ser una especie de engendro que está aquí para rellenar el hueco de la ventana y para causarle repugnancia a todo el que me ve, válgame Dios.
El António (es el mismo nombre que el suyo pero ¡qué diferencia!), el António, el del taller de automóviles, le dijo una vez a mi padre que todo el mundo debe producir algo, que si no no tiene derecho a vivir, que quien no trabaja no come y que no hay derecho a que haya tanta gente que no trabaje. Y yo pensé: qué pinto yo en el mundo que no hago más que estar sentada en la ventana mientras la gente va de un lado a otro, sin ser paralítica y pudiendo encontrarse con las personas que quieren. Si yo fuera como la gente normal también produciría a voluntad lo que fuese preciso, y con mucho gusto.

Adiós señor António, no me quedan sino días de vida y escribo esta carta sólo para guardarla en mi pecho como si fuese una carta que usted me hubiera escrito, en vez de habérsela escrito yo a usted. Le deseo toda la felicidad del mundo y ojaló que nunca sepa de mí para que no se ría, porque sé que no puedo esperar nada más.

Ahí lo tiene, voy a llorar.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Un calendario (Diciembre)

Diciembre
Por fin ha llegado diciembre. Con sus pies planos deja un rastro en los campos. Un rastro plateado como un sonido de campanas. ¡Campanas de mi aldea! Pero mi aldea, que vive únicamente en mi cabeza, es un sueño que duerme. Y yo velo al caer la tarde. Mañana tal vez me despierte la angustia con el canto de un gallo. Y todo, en fin, es igual, y también el año es igual, sucederán muchas cosas en el mundo y muchas en mi alma, pero quedarán un calendario y las campanas de mi aldea. Aunque sólo sean un lugar común.





Dicembre
Eccolo arrivato, il dicembre. Con i suoi piedi piatti lascia una striscia sui campi. Una striscia argentata come un suono di campane. Campane del mio villaggio! Ma il mio villaggio, che vive solo nella mia testa, è un sogno che dorme. E io veglio alla fine della sera. Domani forse mi sveglierà l´angustia con un canto del gallo. E tutto infine è uguale, e anche l´anno è uguale, ci saranno molte cose nel mondo e molte cose nella mia anima, ma resteranno un calendario e le campane del mio villaggio. Opinione, comunque, chic.

Antonio Tabucchi

sábado, 27 de noviembre de 2010

José Viñals (Aniversario-2)



En el breve plazo de un año y dos días, mis dos maestros literarios y vitales, Ángel Campos Pámpano y José Viñals, me fueron arrebatados por la muerte.

Me fueron arrebatados sus abrazos, sus conversaciones, el fumarnos un cigarrillo, el tomarnos un café o un coñac, su voz a lo lejos o de cerca, sus enseñanzas directas...
Tantas cosas.

El sentimiento de orfandad sigue de estreno, presente como el primer día, terco como una mula con su carga de espanto y desdicha.

Me consuelo con su poesía, con su voz escrita, con esa caricia intemporal que siento cuando acaricio sus páginas y sus palabras -sabias, cómplices, cercanas- me miran, y me hablan, y me dan consuelo.

No se me ocurre ahora mismo mejor forma de celebrar su recuerdo que con su poesía.


Reloj de arena

Prodigioso mecano del olvido, mides las horas del silencio. Te acuso, lento artefacto, de hipocresía sagrada. Te pareces al alma, pero no eres el alma. Te pareces a la saliva, pero no eres la saliva, ni el llanto, ni la agonía de la que va a morir, ni el crecimiento de las uñas del muerto. En verdad no eres nada, y ni siquiera una clepsidra con agua del Jordán o del Éufrates. Estabas en la mesa del mago de Bruselas, el Michaux de las luces alucinógenas, aprendiz de Ecuador y otras especies enigmáticas. Estabas casualmente en el prostíbulo de madame Pepita, dejado por Baudelaire con su pipa de opio y su infectada gabardina. Y estabas conmigo, cuando yo era un tonto que quería descifrar los misterios del cosmos en la respiración de los suicidas, mis amigos, cadáveres tempranos. Cauto reloj de arena, no tengo prisa: igualmente a tu sombra habremos de morir.

José Viñals
(Del libro inédito Los prodigios)

jueves, 25 de noviembre de 2010

Ángel Campos Pámpano (Aniversario)



Hoy, 25 de noviembre, se cumplen dos años de la temprana e injusta muerte de uno de los mejores poetas extremeños: Ángel Campos Pámpano.

En su pueblo natal, San Vicente de Alcántara, y a través de la Asociación Cultural “Vicente Rollano”, se han organizado unas jornadas culturales alrededor de su figura.
Hoy habrá una lectura de sus poemas (la mejor manera de celebrar su memoria) realizada por un numeroso grupo de sus paisanos en un lugar precioso: la Ermita de Santa Ana, un espacio antaño religioso y recuperado ahora como centro cultural.

El pasado día 19 me llamaron para compartir con ellos el recuerdo del amigo, del maestro, del poeta.

Este es el texto que leí:

ÁNGEL

Me sorprende un poco y me emociona un mucho -a qué negarlo, si seguro que se me va a notar-, que hayáis pensado en mí para estar hoy aquí con vosotros, algo que os agradezco profundamente. Y digo que me sorprende porque Ángel tenía muchos amigos, también míos en muchos casos, con méritos más que sobrados para estar aquí en mi lugar hablándoos del amigo, del poeta, del traductor, del activista cultural en tantos frentes, del enorme ser humano que era Ángel Campos Pámpano. Y digo que me emociona porque para mí la amistad, la lealtad, son tesoros intangibles que uno debe compartir con los demás a la menor ocasión. Y Ángel, o Pámpano, como también le gustaba que le llamasen -siempre recalcaba y exigía en sus publicaciones el apellido materno con orgullo, algo fácil de entender si se conocía a la señora Paula-, ha sido sobre todo un amigo, mi maestro y mi amigo, con todo lo que de hermoso o conflictivo conlleva esta palabra, este sentimiento, este latido el alma.
Por eso hago mías -y sé que a él no le importará que las tome prestadas- las hermosas palabras que otro grandísimo amigo suyo, Luis Arroyo, publicó a propósito del homenaje que, un año después de que nos dejara, se le tributó en las páginas de Espacio/Espaço Escrito, que Ángel fundó y sostuvo con tanto entusiasmo como acierto hasta convertirla en la mejor revista hispano-lusa que haya existido: “A estas alturas de la vida, creo en la amistad, en el arte y en muy poco más”.

Cuando yo me encontré con Ángel por primera vez, apenas un año o año y medio después de llegar a Extremadura, a mí me faltaba, en distintos órdenes de la vida, lo que suele decirse, llanamente, “un hervor”. O dos, no nos quedemos cortos. Yo tenía una afición, digamos difusa, por la literatura: era sobre todo un lector; constante, sí, pero sin criterio definido, y también apasionado, pero, me temo, poco atento o capacitado para sacar el provecho que encerraban las maravillas que caían en mis manos casi por casualidad. Y esto hacía que no apreciara debidamente su valor. También, con esa osadía que otorga la juventud acerca de la bondad de sus empresas, emborronaba cuartillas con unos versos sacados de no se sabe dónde, y que en verdad no tenían, como poco después se encargó de dejarme claro Ángel, dónde caerse muertos, como también se suele decir.

A este respecto, quiero decir que en relación a mi conocimiento de Ángel, me gusta utilizar un símil donde yo me veo como ese minero que baja todos los días a las entrañas de la tierra y empieza a picar, lleno de sudor y polvo, sabiendo que sólo va sacar ganga, escorias, carbón de baja calidad y cansancio, pero que un día, pleno de suerte, oye un sonido distinto al de costumbre cuando golpea porque ha descubierto, con ese preciso golpe de pico y casi por casualidad, algo que va a cambiar su vida para siempre, la veta oculta de algún metal noble, el brillo de una gema en la oscuridad.
O como ese buscador de oro que lleva años a la intemperie, acuclillado o de rodillas bajo el frío o el calor, filtrando arena y agua con su cedazo, buscando un mínimo fulgor en los restos atrapados por la malla y que nunca encuentra. Hasta que lo encuentra.

Así Ángel para mí: ese hallazgo inesperado y feliz que te cambia la vida en un instante, y que al pronto a lo mejor no reconoces. Mi primer acercamiento a él fue, -como no podía ser de otra manera- en unas lecturas poéticas que se celebraban en Mérida hace ya demasiados años y a las que asistíamos ambos, sin conocernos aún, en calidad de oyentes. Alguna que otra vez estuvimos sentados juntos, atentos a la lectura de turno, pero sin saber quiénes éramos uno u otro, ni dirigirnos la palabra.
Palabra que él tomaba en cuanto acababa la lectura para someter al autor a una especie de interrogatorio acerca de lo que había estado escuchando. Claro, uno veía a aquel tipo grandón, hosco en apariencia, como un oso amable en busca de miel, someter al ponente a sus preguntas directas, requiriendo respuestas precisas y claras, y se preguntaba quién podía ser aquel tipo incordiante que casi nunca faltaba a esta clase de citas. Había veces, lo confieso aquí como se lo dije a él cuando ya teníamos una cierta confianza, en que me caía hasta mal.
Luego empecé a comprender el alcance de sus preguntas, la verdadera intención con que estaban formuladas: la de enriquecer ese momento con sus asertos, con sus pullas irónicas -la ironía es un arma que hay que saber utilizar muy bien y no siempre es bien recibida-, con sus preguntas y repreguntas que el poeta de turno se veía obligado a contestar estableciendo con ello un didáctico diálogo con los oyentes, que salíamos de aquellas lecturas sabiendo más de lo que sabíamos al entrar en ellas.

Y una vez, en virtud de una sustitución de última hora -entonces yo estaba en el banquillo de la poesía y todavía hoy, tantos años después, no me considero titular de nada- me tocó intervenir a mí, mira tú por dónde, en aquel ciclo de lecturas. Cuando me lo anunciaron con un par de semanas de antelación, mi mayor preocupación no era qué leer -en aquel entonces apenas guardaba una gavilla de textos dispersos, sin mucha relación entre sí, y que sólo con muchas dosis de buena fe podrían catalogarse de poemas-, o cómo hacerlo, sino si aquel tipo grandón, hosco, con bigote, iba a estar allí el día de mi lectura, y qué podría contestar yo a sus siempre inquisidoras -en el mejor sentido de la palabra- preguntas sin causar espanto entre quienes escucharan mis torpes respuestas.
Ya no recuerdo bien cómo salí del apuro, si gallardo o derrotado. Y además, no importa, qué más da. Pero sí recuerdo que aquella lectura fue el inicio de todo: veinticinco años de amistad y sabiduría que la muerte, injusta y torpe, nos arrebató tan a destiempo, tan a traición.

Otro amigo, Luis Felipe Comendador expresó su dolor con una sola y certera frase: ¿No le pesa a la muerte tanto daño?

Desde aquel momento, y de alguna imprecisa manera que él nunca explicitó -su elegancia le impedía la vanidad- me tomó bajo su implícito tutelaje. Y yo bien que me aproveché: durante sus años en Mérida, se podría decir que yo estaba casi como medio pensionista en sus casas: primero en la Travesía de la Rambla; después, en la calle Morerías donde, por cierto, vive ahora alguien que era para él casi un hermano: Javier Fernández de Molina, un extraordinario pintor con quien realizó alguno de los libros más hermosos que uno haya tenido nunca en sus manos.
Allí, en esas casas romanas, le vi escribir el que sería su primer libro, La ciudad blanca, y con el que me enamoré para siempre, sin conocerla, de la ciudad de Lisboa: sólo a través de sus versos, de sus palabras, de las cosas que me contaba sobre ella.

O Cais

La tarde enciende las luces del puerto.
Huele a tierra mojada en la raíz del muelle.
Levemente hacia el mar,
La estela de un barco rasga el agua:
territorio desnudo que en las sombras
pierde el nombre, el día, los colores…

Escribir es recuperar su ausencia:
esta sabia costumbre de los ríos
de morir en el agua o en el aire.

De allí, de aquellas casas, salía hacia la mía cargado siempre de algún libro de su biblioteca, ante la que yo deambulaba embobado, sacando un libro, hojeando otro, sorprendido siempre de la belleza que encerraban aquellas baldas, casi combadas por el peso de los volúmenes. Casi todos, claro, de poesía.

De la de la Travesía de la Rambla saldría también, creo recordar que una tarde primaveral, y después de barajar y desechar muchos de ellos, el título de mi primer librito de poemas: Contrabando, un pequeño puñado de poemas que de alguna manera obtuvieron su beneplácito para ser publicados en la colección de “La Centena”.
Por cierto, en ese librito están -me lo dijo muchas veces, y todavía no sé si en serio, como un escueto elogio, o en broma, para picarme- los que para Ángel eran mis mejores versos de siempre, un dístico sin metro ni rima:

frente al mar, sobre una duna / el mágico milagro de un junco sólo.

Y allí está también el primer poema que le dediqué, surgido de una anécdota de mi primer viaje a Lisboa y donde íbamos a coincidir:

Escrito en Lusitania

amo el mar que sacude Lisboa,
el puente veinticinco de abril
y aquel felino rabicorto
que acechaba a las gaviotas
enredado entre las algas

y la Praça do Rossio,
donde no acudiste a la cita

Me descubrió infinidad de autores y libros, formas poéticas desconocidas para mí hasta entonces (haikus, tankas -que a él tanto le gustaban, y que tanto reflejo encontraron en su poesía…), me recalcó lo importante del esmero y el rigor y el reposo necesario para que los textos maduren, a no dar -al menos a intentarlo- gato por liebre.
Me enseñó a tener confianza en mí mismo, a no dar más importancia de la necesaria a mi falta de estudios o titulación a la hora de escribir.

La palabra que intento haceros llegar y que resume todo esto, es maestro: porque eso es lo que Ángel fue, y sigue siendo, para mí. Ese maestro -y qué hermosa palabra es ésta- que tantos y tantos no tienen la suerte de encontrar en toda su vida.
Me apropio de sus versos para condensar de mejor manera a cómo yo lo haría, mi relación con él: Siquiera este refugio / esta orilla secreta / donde todo es más fácil.

Como así era todo en su compañía.

Yo, debo confesarlo, siento una debilidad especial por dos de sus libros: ese primero que antes citaba de La ciudad blanca, cuyos poemas -yo lo entiendo así- no dejan de ser una declaración de amor, y el último de La semilla en la nieve, esa estremecedora elegía escrita a la muerte de su madre.
Quien lea este hermosísimo libro y no sienta que el corazón se le encoge, es que lo tiene de piedra.

Su recuerdo como persona, el valor de su obra poética, permanecen indelebles. Un ejemplo: dos años después de su muerte, en Mérida, Suso Díaz, un chico gallego que ni siquiera lo conoció personalmente, le rinde homenaje todas las semanas en un programa de radio dedicado a la poesía y la cultura; programa al que le ha puesto como nombre el título de uno de los libros de Ángel: La voz en espiral, y que inauguramos un grupo de sus amigos.

Esa espiral sin fin del trabajo bien hecho con la que nos envolvió para siempre, esos hilos invisibles que nos unen en la distancia y el afecto a tantos y tantos que tuvimos la suerte de caminar junto a él.

Ahora, veintisiete años después, creo tener la madurez para suponer que hubiera cometido uno de los mayores errores de mi vida si no me hubiera atrevido a acercarme a Ángel Campos Pámpano, que de lo único que presumía de verdad era de ser sanvicenteño.

Hasta aquí el texto leído.

Pero quiero acabar esta entrada con un poema de su gran amigo (y otro de mis maestros) José Viñals, que lo cedió para ese nº de homenaje en Espacio/Espaço Escrito ya citado antes.

V

En el tiempo lejano de la pobreza, en el tiempo cercano de la miseria, en las vísperas del silencio, junto al río negro, sonríe la cabecita del ruiseñor viendo que nosotros sonreímos apenados al cielo opaco de la aldea.

En las vísperas del silencio, sí, del silencio sin tretas, extenuada la fuente del orgullo, viendo cómo claudican las normas altas de la vida.

En la casa del hermano cuyo joven hijo acaba de morir de leucemia. En lo incomprensible, en lo terrible. En el doble fondo de los poemas de Gamoneda. En las ruinas de la casa antigua. En la ciudad vacía. En el alma atestada de visiones oscuras. En la sencillez de la pradera raquítica de bienes, torva sencillez de la orilla del mundo en donde estamos solos.

En tus brazos amables, en el beneplácito leve de tu mirada sin asombro. En las naranjas amargas que cocinas a fuego lento. En el perrillo tendido en la sala. En los hijos dormidos. En el barco que va a llevarnos de Lisboa a Barcelona con Sebastián jugando al caballito blanco. Haciendo el amor en el camarote que nos regalaron. En la Aduana donde se perdieron aquellos tapices dorados.

En las estrellas taciturnas que iluminaron la vejez y las escasas certidumbres del ciclo de la vida. En la maravillosa bandada de pájaros que nos dejan sin aliento a estas horas de la tarde.

En los caminos que hemos hecho o que aún nos quedan sin hacer. En el fuego de leña que no hemos encendido. En la austeridad de la sobremesa con los amigos de la noche, con Guillermo, con Andrés, con Benito. En la copa de brandy español que beberemos a cuenta de la muerte.

Y ya no más. La noche.

José Viñals
(Del libro inédito Antes del silencio)