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martes, 25 de junio de 2013

La operación (8)



Dos meses después de pasar mi primera noche allí, una mañana me despertaron a deshora, quiero decir antes que al resto de camaradas de encierro y pesadumbres. La Asun, acompañada de un forzudo con bigote y rizos rubios al que nunca había visto antes (se daba un aire a Harpo Marx porque además tampoco hablaba) y mi madre, que me miraba llorando otra vez (lloraba cada vez que iba a verme, lo que no contribuía a levantarme el ánimo que se diga, que digo yo si no podía venir ya llorada de casa), me llevaron a otro edificio del hospital. El musculitos, sin decir ni pío, me arrancó de la cama como quien se saca un moco o se tira un pedo y me plantó en un santiamén en la camilla que traía con él. No me dejaron ni desayunar.

Nada más entrar en el nuevo pabellón me despojaron del pijama dejándome en cueros, me cubrieron las vergüenzas con una sábana tiesa, y hala, para adentro: yo, iluso de mí, pensaba en más radiografías, más análisis, más jarabes, pero cuando el tío del bigote y yo (los dos solos, que mi madre y la Asun se quedaron fuera) atravesamos una puerta en cuyo dintel se podía leer la palabra quirófano en letras bien gordas, con mis pocas entendederas comprendí que el día se me había torcido, pero bien. Es lo que tiene la rutina hospitalaria, que acabas sabiéndotelas todas: en cuanto te sacan de ella, y como no sea para darte el alta, las vas a pasar canutas, seguro.

Dentro del quirófano, de charleta amigable entre ellos, había un grupo de médicos y enfermeras que apenas desviaron la mirada cuando entramos mi mudo portador y yo. Harpo, haciendo otra vez gala de su poderío físico, me levantó de la camilla y me trasladó ipso facto a lo que luego supe que se llamaba “mesa de operaciones”. En cuanto aterricé en ella encendieron un potente foco circular con un montón de luces encima de mí, y uno de los de la bata verde se me acercó decidido mientras los demás tomaban posiciones ya embozados con las mascarillas y las enfermeras enredaban con el instrumental que había en una mesita auxiliar al lado. Con todos aquellos elementos alrededor casi me figuré encontrarme en una nave marciana y que los alienígenas que me rodeaban estuvieran a punto de diseccionarme. Decir que estaba acojonado es poco: me entró un desasosiego de intestinos que me costó un mundo sujetar. Era lo que me faltaba, vamos, cagarme en el quirófano delante de la peña. Más munición para la Asun.

-A ver, chaval, ¿sabes contar? -me interrogó el extraterrestre que tenía más cerca. Cuando asentí con la cabeza, porque la voz no me llegaba a la garganta ya que toda la fuerza la estaba empleando en sujetar el esfínter, supongo que como consecuencia del acojone ya citado, me dijo que contara para atrás desde cien cuando él me lo dijera. Sentí un pinchazo en el dorso de la mano y, casi al instante, el mandato de empezar con la aritmética al revés. Creo que no llegué ni al noventa antes de sumirme por completo en las tinieblas del sueño. No me dio tiempo ni de ponerlos a parir mentalmente.

Desperté horas más tarde muerto de sed, con la boca seca como un zapato (si serían cabrones, que pedí agua como pude con un hilillo de voz y me trajeron zumo de limón al natural, ni siquiera con un poquitín de azúcar, que no creo yo que les hubiera costado mucho echarle una cucharadita. Y encima tardaron un huevo) y una tirantez en pecho y espalda que casi me impedía cualquier movimiento que no doliera. De mi pobre cuerpo lacerado salían dos apéndices tubulares de goma (parecía un cyborg de esos de las pelis de ciencia ficción) que iban a parar a un asqueroso recipiente situado a la vera de la cama. A esas gomas sanitarias les llamaban drenajes, pero a mí, excepto en el color (marrón caguetilla contra naranja fosforito), lo que me parecían eran primas hermanas de las de la bombona de butano.

Lo que recuerdo con más pavor del posoperatorio fue el día que me quitaron los tubos de cyborg (que pensé que me iba a desinflar como un globo cuando me los sacaran) y me cosieron los puntos para cerrar los boquetes. Con el de la espalda, chulo que es uno, es que ni me enteré, yo creo que silbé y todo. Pero el pespunte del de la tetilla todavía lo tengo presente como una de las experiencias más terroríficas de mi vida. En favor del personal sanitario debo decir que tuvieron el detalle de avisarme para que no mirara y pensara en cosas bonitas y agradables (menuda gilipollez: a ver quién es el guapo que se pone a pensar en esas memeces cuando sabes a ciencia cierta que te van a putear de lo lindo), pero yo no podía apartar la vista de aquella aguja curva que se acercaba inmisericorde a mi pobre cuerpecillo y de la que colgaba un siniestro hilo negro.

¡Virgen Santísima de las Angustias Divinas y el Consuelo Redentor, qué dolor más doloroso cuando la aguja hizo carne! Y encima, como no me estaba quieto, no acertaban con el sitio correcto y me pincharon qué sé yo las veces. Como lamentos de fantasma, como sonidos de ultratumba, como ulular de ánimas en pena aún deben de estar resonando por pasillos y consultas los espantosos gritos que pegué en aquella terrible mañana de diciembre.

Por buscar algo bueno al asunto, que el que no se consuela es porque no quiere, por lo menos no fue la Asun la encargada de la costura epitelial. Si la llego a ver avanzando hacia mí con la aguja doblada en ristre, a buen seguro que no estaría ahora aquí contando estas cosas porque fijo que me hubiera dado un infarto sin marcha atrás

Continuará...


lunes, 24 de junio de 2013

La operación (7)



Pero, si no eres un memo o un papanatas de nacimiento, que entonces no hay nada que hacer, es atributo esencial de la infancia rebelarse ante lo impuesto por la fuerza. Y a ello nos dábamos con ahínco en la medida de nuestras escasas posibilidades los ingresados allí. El hospital estaba dividido en dos secciones denominadas coloquialmente “la de los de pulmón y la de los de corazón”. Y como si los afectados por alguna patología de uno u otro signo fuésemos forofos acérrimos del Madrid o del Atleti un día de derby liguero, tampoco nos tragábamos mucho que se diga y nos liábamos a mamporros unos con otros a las primeras de cambio. Allí, claro, lo sabían perfectamente: las colas que se formaban todos los días a las mismas horas para suministrarnos las pastillas y los jarabes tenían que hacerlas procurando que no coincidiéramos en ellas los de uno y otro bando. Hasta en el comedor había turnos diferentes en desayuno, comida y cena para que la cosa de la pitanza transcurriera en paz.

Pero como la burricie y la estupidez también son consustanciales al género humano en todas las etapas de la vida, en vez de aliarnos contra nuestros kapos con bata, que hubiera sido lo de sentido común, gastábamos las energías en sacudirnos entre nosotros, en dirimir mediante absurdas batallas nocturnas una especie de guerra larvada. Batallas alimentadas durante el día en súbitas y ocasionales escaramuzas que, como golpes de mano bélicos, nos propinábamos unos a otros, ya se ha dicho, a la menor ocasión.

Las fuerzas numéricas entre pulmonares y cardíacos solían andar parejas, y aunque había veces en que gracias a las altas y permisos alguno de los bandos superaba ampliamente al otro, era este de la paridad de efectivos un factor muy a tener en cuenta si queríamos salir triunfantes, o al menos no malparados, en las trifulcas.

En nuestro ejército "pulmonar”, los que perdían el resuello a las primeras de cambio en las refriegas cuerpo a cuerpo (los asmáticos confesos, los enclenques de chicha, los gallinas de por sí…) eran destinados a labores de espionaje e información: localización de objetivos, vías de ataque y escape, posibles sabotajes en las trincheras enemigas para minarles la moral… Con toda aquella información a mano, la cosa se nos figuraba coser y cantar, un voy y vengo, un ve calentando la comida que enseguida estoy allí. Por riguroso turno enviábamos comandos noche tras noche para asaltar sus posiciones en busca de cualquier botín: ocultación de medicamentos, requisa o saqueo inclemente de ropa, zapatos y provisiones, embadurne de betún, empape de literas… Es evidente que no siempre salíamos con bien de todo aquello: los sufrientes de la víscera cordial se defendían con astucia y valor de nuestras acometidas e incursiones, cuando no eran ellos los que irrumpían en tropel en nuestras defensas con descaro y arrojo.

Lo peor, con todo, no eran esas refriegas a deshora de las que a veces salíamos trasquilados y con el rabo entre las piernas: lo peor era sortear indemnes una especie de zona muerta, de tierra de nadie, un terreno desmilitarizado, un, diríamos, checkpoint Charlie donde estaba el cuarto de guardia de las enfermeras como puesto fronterizo entre las dos secciones. En aquellos pasillos desolados era casi una temeridad aventurarse de noche, pues reinaba en ellos una oscuridad amenazadora que apenas lograba mitigar el minúsculo resplandor aportado por los globos de cristal traslúcidos que colgaban de los techos: lámparas que daban una luz de pena, pobretona y sucia, con un asqueroso color como de mantequilla calentada de sopetón, como de calzoncillo con muchas puestas seguidas, algún "adorno" indeseado y falto de agua y jabón.

Las enfermeras, sabedoras de nuestra inquina mutua (ellas también tenían servicios de información; y muy buenos, por cierto), solían estar vigilantes. Había que pillarles muy bien las vueltas para esquivar su ojo de lechuza, su olfato de sabueso, su radar de murciélago. Pero había noches en que, aburridas, aflojaban el celo en la alerta, yo sospecho que a propósito, para divertirse un rato a nuestra costa y hacer más entretenida la guardia forzosa.  Pasado este punto ya no había vuelta atrás, había que completar la misión sí o sí, retroceder no era una opción porque el repliegue hubiera significado encontrarnos entre dos fuegos y con los flancos al descubierto.

Uno de los botines preferidos de las razias nocturnas en campo contrario eran los suministros que las madres aportaban con generosidad, y aun exceso, los días de visita. Todos los domingos, las madres (pelo recién cardado, exceso de carmín y colorete, colonia a granel…) llegaban en manadas bien surtidas de provisiones: tabletas de chocolate, alguna muda limpia, magdalenas caseras, rodajas de chorizo o jamón… Esto último estaba prohibido, pero la mayoría de ellas estaban más que versadas en pasar los controles sin que les detectasen el fiambre de contrabando. Y, sobre todas estas viandas tan caras al paladar infantil, los también muy necesarios soportes "espirituales" tan propios de la edad: cromos, canicas y tebeos, muchos tebeos. ¡Me habré leído yo pocos Pumbys, Jabatos y tebeos del TBO! Y de gorra y por la cara, porque lo que es mi madre no me llevaba ni uno. Ella era más de yogures y jerséis, de calcetines y bufandas. En cuanto las mamis se iban, empezábamos con el mercadeo a lo pobre: te cambio esto por eso, te doy diez bolindres por media tableta, el bocata chorizo por un Guerrero del Antifaz

Ahora que lo pienso, veo que aquello fue como una especie de entrenamiento para la mili, donde también se las tenían tiesas de común veteranos y “conejos” y las escaramuzas nocturnas eran bastante más cruentas. 

Continuará...

sábado, 22 de junio de 2013

La operación (6)



La Asun (así la llamábamos todos, la Asun, por lo menos a sus espaldas, que a la cara no había huevos en todo el hospital ya que vis a vis exigía tratamiento de doña o señorita de manera indistinta y sin excepción y con el nombre completo, nada de diminutivos) era una virago implacable. Coño, ni los médicos con más mando en plaza se atrevían al tuteo con ella. Por su aspecto siniestro y sus retorcidas prácticas sanitarias no me extrañaría ni un pelo que hubiera sido la ayudante de cámara favorita del doctor Mengele. O, en otra vida anterior, una becaria aventajada del Marqués de Sade. O la compinche desconocida de Jack "el destripador", que alguna sospecha hubo en su momento de haber recibido ayuda femenina para alguno de sus desmanes. 
Ya me gustaría a mí ver a un marine o un legionario de esos que presumen tanto de hombría y valor enseñando pecho y pelambrera en los desfiles mientras la Asun les sacaba sangre para un análisis: se iban a jiñar como un mirlo harto de ciruelas. Cancerbero, a su lado, no pasaría de chihuahua, de yorkshire, de perrito pequinés. Estoy seguro que de haberse tropezado con ella en algún momento, y por si las moscas, el chucho guardián de los infiernos no hubiera dado ni un ladrido y, renunciando al cargo ipso facto, se hubiera escaqueado a la carrera, cobardón y tiñoso, aullando lastimero con el rabo entre las patas.

Cuando le daba la gana, la doña podía parecer un angelito para que te confiaras como un pardillo, pero ya os digo yo que de angelito nanay. Bette Davis la llamaba alguna de las compañeras de profesión a sus espaldas, no os digo más.

Gracias a sus métodos dignos de la inquisición más cerril, supe de primera mano lo jodidamente doloroso que puede llegar a ser un pinchazo asestado con saña y a traición y aprendí de corrido (como en la escuela las tablas de multiplicar o los ríos de España y sus afluentes principales), sufriéndolas cruelmente en mis carnes, las mil y una formas, modos y maneras, a cual más cabrona y amarga y humillante de propinar una colleja o un capón. Con deciros que no conocí cura ni sacristán que llegara a su maestría, creo que os lo digo todo. Y mira que estos menestrales de la curia estaban más que entrenados a conciencia en colegios, sacristías e internados y tenían más que sobrada práctica en tan puñetero menester.

Eso por no hablar de cuando nos tomaba la tensión: como la vieras acercarse enfilando hacia ti con el artefacto en las manos y una sonrisilla de lado en los labios, ya te podías ir preparando y encomendándote a toda leche a tus dioses tutelares y la corte celestial en pleno: nos inflaba el brazo casi a punto de reventar con la presión del aparato sólo por el gustazo que le daba ver la cara de pánico que poníamos.

¿Y cuándo nos cambiaba los apósitos? ¡Madre del amor hermoso, qué momento terrible! Todavía, cuando me acuerdo de los tirones que nos daba mirándonos hipnóticamente como serpiente a ratoncillo sin escapatoria, como mantis hembra copulando con el macho incauto y vicioso antes de zampárselo, como león hambriento a gacela coja… ora de golpe, ora poquito a poco y como recreándose en la suerte para arrancar el esparadrapo y las vendas pegadas en las heridas, se me saltan las lágrimas de rabia. Luego, con aquello palpitando a cien como un pollito recién nacido, te echaba un buen chorro de alcohol en la carne viva (-El agua oxigenada es para cobardes -argumentaba risueña la muy cabrona ante nuestros gritos y lagrimones) y te atenazaba en su regazo con un abrazo de luchador de sumo para que no te movieras ni un milímetro mientras el líquido cabrón nos hacía la puñeta a las bravas y supieras de primera mano lo que era bueno y quién era la que mandaba allí.

Y de las inyecciones… qué os voy a contar de las inyecciones que ya no hayáis imaginado vosotros solitos. Pues os quedáis cortos: era mucho peor que todo eso. Disculpadme, pero no me encuentro con fuerzas de entrar en detalles acerca del brutal refinamiento que había adquirido en la tortura con la aguja aquel basilisco con faldas.

¡Menuda hija de la gran puta, la Asun! Si la hacen a propósito no sale tan bien acabada
Para más inri, hablaba una especie de jerga propia en un tono cortante y frío y desagradable a más no poder y de la que no entendíamos casi nada a la primera, que se nos quedaba una cara de pasmarotes… Pero era mejor intentar descifrar cuanto antes lo que decía y hacerle caso rapidito, creedme, eso lo aprendí pronto.

Si os digo que hasta las monjas la rehuían peco de escaso por un extremo y de generoso por otro: alguna hermanita había que incluso se santiguaba y agarraba el crucifijo con disimulo y más fe de la habitual buscando, de manera inconsciente y como en un acto reflejo, protección divina cuando se cruzaba con ella por los pasillos, tal si hubiera visto a alguna hija bastarda de Satanás o a la suegra de Belcebú.

Y esta es la hora, más de cuarenta años después, que se dice pronto, en que aún sigo padeciendo los efectos secundarios de aquella terrible relación: cuando veo alguna mujer con un lunar con pelillos en la cara me asaltan de súbito tembleques y escalofríos y se me pone la piel como de gallina desplumada y a punto para el caldo. Yo creo que me da hasta fiebre. Y esa noche, lo más seguro es que tenga horribles pesadillas donde soy perseguido sin tregua ni desmayo por un batallón de lunares peludos con cofia y armados con agujas hipodérmicas gigantes buscando mi tierno culete o mi brazo indefenso. O que me mee de miedo en el catre, lo que, como es lógico, no suele dejarme en buen lugar ante mi mujer.

Continuará...

viernes, 21 de junio de 2013

La operación (5)



Cuando vi llegar a la enfermera a la consulta como haciéndose la tonta y como si yo, además de por el hecho de ser un crío tuviera que ser también imbécil (delataban sus funestas intenciones una jeringuilla de cristal asomando amenazante por el bolsillo de la bata y un lunar piloso y repelente en el pómulo derecho), empecé a temerme lo peor. En efecto, no me equivocaba, era lo peor: por decirlo suavemente, aquella enfermera y yo no acabamos de caernos simpáticos en los casi cuatro meses que permanecí en aquella santa casa.

Nos llevábamos a matar, la verdad sea dicha. Fue como un flechazo de antipatía mutua lo que hubo entre ambos en cuanto nos echamos la vista encima y sopesamos casi al vuelo las mutuas habilidades y posibles puntos flacos, lo que podíamos esperar el uno de la otra y viceversa. Un flechazo (y no asestado por Cupido precisamente)  que nos atravesó de parte a parte y provocó de buenas a primeras destrozos irreparables en la obligada relación que tendríamos que mantener a partir de entonces bien a nuestro pesar. Sobre todo, el mío.

Yo era pequeño, vale, pero astuto y bravucón, curtido en los sinsabores y códigos de supervivencia callejeros; lo malo del asunto es que ella era arisca y robusta (a ojo de buen cubero, calculo que andaría entre sus buenas siete u ocho arrobas, aunque puede que me quede corto en la valoración) y más matona todavía, con una experiencia y antigüedad en el ramo de varios quinquenios a cuestas. Así que las hostilidades, estaba cantado, empezaron casi de inmediato y sin tregua: una blitzkrieg, una guerra relámpago como la de los alemanes cuando invadieron Polonia sin previo aviso. Y al igual que en el 39, y como era de esperar, el panzer teutón (ella) llevó casi siempre todas las de ganar en su desigual enfrentamiento contra la romántica caballería polaca (yo).

Eso sí, en tan aciago día, y para ir marcando territorio frente a aquella amenaza con bata, no me rendí de buenas a primeras, no, menudo era mi menda: para lograr su propósito, mi madre tuvo que emplearse a fondo y suministrarme una variada ristra de tortazos y soplamocos hasta derrumbar mis defensas (y aunque era una experta atizadora, aquella vez lo hizo muy a su pesar, lo sé. Más tarde lo negaría, pero puedo jurar que entonces vi asomos de lagrimillas en sus ojos azules mientras me sacudía a modo el pellejo para que la soltara de una puñetera vez) porque yo me agarraba como un poseso a lo que fuera (a ella, a la mesa del médico, al armatoste de hierro con el archivo de los historiales, a los marcos de las puertas…) resistiéndome con ahínco y fiereza a la reclusión forzosa en el hospital y a caer en poder de la harpía. La tal, entretanto, parecía afilar el pico y las garras y relamerse de gusto ante su nueva y tierna víctima contemplando el grotesco espectáculo, el dramático sainete que estaba teniendo lugar en el despacho del galeno. Igual que el médico con mis pulmones, se conoce que ya me barruntaba yo algo chungo con aquella tía

Continuará...