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miércoles, 12 de marzo de 2014

Casa de comidas



Igual que moscas a tarro de miel, tal que ruines especuladores a reclamo de recalificación en ayuntamiento playero, como ávidos carroñeros al arrimo del rico cadáver, empezábamos a acudir a sus mesas a partir de la una y media, después de dar de mano a la mañana de trabajo y echar cierres o bajar persianas. De lunes a viernes, allí íbamos recalando casi de seguido los habituales de sus manteles, a los que a veces se sumaba algún forastero de paso y con hambre arrastrando una maleta desde la cercana estación. Para llegar al local desde donde yo trabajaba, tenía que atravesar el Manzanares por un puentecillo tan mísero como sus aguas y recorrer un buen trecho por una avenida flanqueada de almacenes, talleres, garajes y algún pequeño comercio en una de las aceras y un parque municipal en la de enfrente. 
Los currantes formábamos una larga fila camino del local en medio de risotadas, varios cigarrillos echando humo a todo trapo en insana competencia negra y rubia y mucho palmeo de pecho y espalda entre colegas de oficio. Yo no, por supuesto: por aquel entonces no fumaba, apenas si tenía quince años, menos motivos aún para la risa, y si alguno de aquellos tipos me hubiese palmoteado en el pecho o la espalda sin previo aviso podría haber sufrido desviación de columna o fisura de esternón por lo menos. 
Oficios que un fisgón tampoco demasiado avispado podría deducir sin mucho esfuerzo por los atuendos de los viandantes en pos del papeo cotidiano: monos de albañil o mecánico, plomizas batas de impresores, trajes baratos de oficinista o contable, chaquetillas de camionero, digna y variopinta pobreza en los ropajes de los aprendices… No había que ser Sherkock Holmes, vamos.

El objetivo de nuestra marcha (“Manolo Casa de Comidas”, rezaba tal cual el cartelón de la fachada en letras rojo y gualda -en rojo las capitulares, en gualda el resto-), si no lo que se dice cómodo, si era, a su manera, acogedor y cálido. Bien es verdad que más por una cierta camaradería entre los comensales cimentada en el trato habitual (aunque no siempre, como luego se verá) que gracias a los pésimos modales del personal de servicio, dos mozancones gemelos y carigranados amén de desabridos, descorteses, ácidos incluso, o al mobiliario casi espartano, fastidioso, torturador, del que estaba dotado el lugar del condumio: mesas de patas metálicas en ángulo y formica marrón para cuatro donde cabían cinco, y hasta seis, si ello fuera menester; sillas duras e incómodas para que la cosa no se alargara más de la cuenta una vez satisfecho el trámite alimenticio y se renovara rápido el personal en aguardo de pitanza; manteles y servilletas de usar y tirar, aunque no siempre; palilleros de cartón ajado y ceniceros de lata con propaganda de alguna vetusta marca de bebidas o tabaco…

El mostrador, con tapa de un mármol lapidario y múltiples combates a cuestas frente a estropajos bien servidos de sosa caústica o lejía, tenía un fregadero de loza color mierda en una esquina y era de los de porte alto, pero alto; tanto, que algún parroquiano retaco pedía los quintos o los chatos con la gorrilla o la boina a la altura de la barra. Encima de la misma lucían unas cazuelas de barro desportillado con las únicas tres clases de aperitivos que allí se despachaban, a saber: sobras recicladas y frías del menú del día anterior, altramuces (también llamados "chochetes") salados como perros, y unos inciertos y un tanto vetustos pececillos (sardinillas en aceite decía el Manolo que eran, pero vaya usted a saber qué demonios serían) con un más que peculiar y poco fiable color en las escamas porque sardinas, desde luego, no parecían así a simple vista. Yo creo que aquellos “hijos de la mar”, como dice el verso, y fueran lo que puñetas fuesen, estaban momificados desde la inauguración del negocio porque jamás vi a ningún parroquino con ánimo de hincarles el diente. Si llevarían tiempo en calma chicha tierra adentro, náufragos al revés en aquella balsa de barro, marineros en tierra lejos de su líquido y salobre elemento, que ya había quien ya los saludaba como a viejos conocidos. Alguno, socarrón y osado queriendo hacerse el saleroso, incluso les preguntaba por la familia o se despedía hasta mañana de los peces mientras los camaradas de gremio se partían el culo de la risa bajo la suspicacia del Manolo, quien asistía a la bufonada con el ceño alerta, que la gracia a cuenta de los bichos de su mostrador no le hacía ni puta gracia. Y es que aquellos pescaditos de agua salada llevaban tanto tiempo brindándole compaña en la barra que ya los quería casi como a hijos.

En los estantes de los licores, decorados, por así decir, con mucho banderín del Atleti, tapetitos de ganchillo en las baldas y añosas fotos del pueblo (de la parte de Albacete, creo), puñetitas todas ellas bien servidas de humazo rancio y grasas varias, destacaban una roñosa lata de Cola-Cao que ejercía de bote para las propinas y una rústica estaca de alcornoque con nudos colgada de un gancho. Como muda y disuasoria advertencia contra los remolones al pronto abono de las consumiciones, la citada tranca llevaba grabada a fuego esta leyenda: "Si no pagas,me desculego". Porque allí no se fiaba ni al papa santo de Roma: comías, pagabas; comías, pagabas; comías, pagabas. Sencillo y efectivo, que no era el patrón amante de muchas sutilezas financieras ni empréstitos con pinta de difícil retorno.

El género del bebercio tampoco es que fuera de mucha fanfarria ni como para celebrar una boda: cuatro o cinco frascas de vino banco clarete y tinto de un origen nunca conocido, dos o tres botellas mediadas de Dyc acumulando polvo y excrementos de mosca, sifones y gaseosas con las burbujas casi extintas, algo de Soberano o 103 y anís Castellana… y poco más: vermú y orujo para los chelis, pipermín y anisete (-Manolo, ponle una “palomita” aquí a la señorita” -mandaba de vez en cuando, en ripio risible, algún rumboso con esperanzas) para las churris. De este estilo la coctelería de a pie. El café, si así puede llamarse, que tengo mis serias dudas al respecto, fijo que era de puchero porque cafetera nunca hubo; o hecho en la misma olla de los guisos, ya que la mitad de las veces el negro mejunje tenía unas más que inciertas y mantecosas irisaciones en la superficie en firme alianza con unos dudosos toques de sabor por los que más valdría no preguntar. Sabía como a petróleo para la estufa, no sé si me explico.

-Manolo, este café... -interrogaban fisgones los clientes más cachondos al mesonero día sí, día también, erre que erre, dale que te pego con la tontuna-, ¿lo has colado con un calcetín tuyo o con el sostén de la parienta? Es que no aprecio del todo bien los matices del aroma y el sabor -decían arrugando la napia y poniendo el piquito como si estuviesen degustando un borgoña gran reserva-. Pues cambiarlos de vez en cuando, hostia, que esto está más rancio que mi suegra, el señor la tenga en su gloria por los siglos de los siglos, amén, que algún día tenemos un disgusto y nos vamos todos al hospital de cabeza. Ponme un orujo doble, anda, a ver si cascan en serie los putos microbios -remataban la coña. Y se descojonaban los tíos a mandíbula batiente después de la patochada.

El Manolo, que estudios no tendría pero listo era un rato, se reía con ellos con la boca chica y los miraba como león en ayunas a cebra cojitranca mientras secaba los vasos o las cucharillas con una bayeta andrajosa y mugrienta

Por una especie de acuerdo tácito, cada gremio laboral tenía querencia por una zona determinada del local; solamente en caso de lleno absoluto, y conminado a ello por el dueño, uno de artes gráficas, pongo por caso, podía sentarse sin desdoro a la mesa de los oficinistas. O a la recíproca.

-Hacedle sitio, venga, que es para hoy -ordenaba escueto el hostelero señalando al solitario sin sitio. Y el Manolo, un tipo que bien podría haber sido el doble de Brando en la peli de “El Padrino” (daba el pego tanto en tipo como en ademanes), que había cumplido con la patria en el Tercio de Tetuán “domesticando moracos” como él decía (los tatuajes impresos en sus bíceps de A mí la Legión y Amor de madre, con dos puñales ensangrentaos en medio de los dos -las gotitas púrpuras, ya un tanto descoloridas, que le llegaban hasta el codo no dejaban lugar a dudas), era obedecido a la primera y sin rechistar por los comensales.

Las pocas chicas que acudían de costumbre (la de la farmacia, la peluquera, la de la droguería, la aprendiza de modista…) tenían bula para acomodarse a capricho y se sentaban por separado donde, como y con quien le salía de allí mismo. Porque entre sí, vaya usted a saber por qué ignotos conflictos femeninos, y en los que es mejor no meterse en medio si no quieres salir escaldado, no se hablaban. Algún oscuro o cerril asunto de amores, sospecho. Y cuando alguna de ellas se sentaba a su mesa, aquellos gañanes, entre los que me cuento, se transformaban de repente y como por ciencia infusa en caballerosos y versallescos (aunque con las uñas sucias, eso sí) hasta el más baboso de los empalagos: le rellenaban la copa o le pasaban la sal o el aceite a la dama cuantas veces fuera preciso, le retiraban la silla al levantarse, le cedían gustosos la vista de la ventana, le sujetaban el bolso o el abrigo… Y bien se veía que las muchachas disfrutaban de lo lindo con las insospechadas galanterías de aquellos galanes de medio pelo. Sin permitir avances indecentes, faltaría más: en cuanto alguno, rijoso, alargaba ligero la mano con lascivo propósito o tiraba de lengua más de lo necesario en dirección a las chavalas, al Manolo le bastaba con hacer amago de salir de detrás de la barra o echar mano a la cachiporra para que el insolente donjuán, el osado casanova, el imprudente paul newman de pacotilla se cagara patas abajo. De palabra, casi lo que fuera, aunque sin pasarse tampoco. Pero de tocar, nanay. Las tías lo adoraban al Manolo. Por cierto, que eran las únicas que dejaban propina de higos a brevas.

En el frontón  de conversaciones que se establecían de mesa a mesa entre tragos y bocados, entre piropos y cigarritos, entre chuflas y rechiflas, cruzaban el aire a su aire palabras como galeradas, carburador, pespunte, alcotana, mechas, percloroetileno, asiento contable, amoniaco, pistón, albarán, enfoscado, valeriana, bigudí… Términos éstos que, sabiamente combinados por algún lírico plumilla, podían dar lugar bien a algún descabellado poema futurista, bien a alguna literaria pesadilla sin pies ni cabeza.

Si era lunes, las conversaciones solían estar monopolizadas por expresiones como fuera de juego, penalti, entradón o menisco, amén de una surtida ristra de adjetivos, no precisamente elogiosos, antes al contrario, dirigidos con saña a la señora madre o los atributos varoniles de algún árbitro (también llamados colegiados y/o trencillas) que los comentaristas de radio y televisión siempre citaban, y aún citan, no por el nombre de pila sino por sus dos apellidos, como si aún estuvieran en la escuela a la hora de pasar lista. Era, con al menos dos cuerpos de ventaja sobre los demás, el día más peligroso de la semana: se podía liar la de San Quintín en menos que canta un gallo por un quítame allá ese gol, ese córner, esa tarjeta, esa barrera mal colocá... Y si el Atleti de su alma andaba de por medio en la trifulca llevando las de perder, el Manolo tomaba partido al punto estaca en ristre para llevar el agua a su molino: en más de una ocasión he visto yo allí platos de judías o cefalópodos fritos por el suelo y su buena brecha del diez en la cocorota de alguno a cuenta del puto fútbol.

Sobra decir que nos conocíamos todos de sobra. Y lo mejor y más importante: se comía abundante, sabroso y barato. Menú de la casa. Jamás de los jamases, en los años en que comí allí cinco días a la semana, escuché a nadie demandar la carta. Las especialidades, escritas con tiza en renglones torcidos hacia abajo, se anunciaban en un cartel de pizarra junto a la puerta. Cuando llovía era casi imposible leerlas, pero tampoco es que hiciera falta. De hecho, no las leíamos; para qué, si nos sabíamos de memoria lo que había de sustento según el día de la semana que fuera, tanto el primer plato como el segundo, a saber: lunes, judías (pintas o blancas, a capricho de la patrona) con chorizo y calamares rebozados; martes, arroz a la cubana y pollo frito; miércoles, lentejas y boquerones; jueves, cocido, plato único; viernes, sopa de fideos (del caldo del cocido de víspera) y chuleta de palo… Postres también había nada más que tres, igual que los aperitivos: fruta del día (si plátano, plátano; si manzana, manzana; si naranja, naranja), flan casero y arroz con leche con un pequeño susto de canela por encima y un par de colines en el dulce mejunje dando el pego de barquillos. A mí el arroz con leche, sin colines, me gustaba tanto que lo pedía todos los días, martes incluidos. Arroz con arroz, comida de tontos, sí, ya lo sé ¿qué pasa?

Hace ya un tiempo, muchos años después, una mañana de ocio y nostalgia tuve el antojo de acercarme por allí. Me hubiera tomado unos cuantos botellines más que a gusto pegando la hebra con el Manolo. Y hasta me hubiera atrevido, quién sabe, temerario que es uno, con los pececillos momia para salir por fin de la duda. Los arenques no me disgustan y, si lo piensas un poco, son casi lo mismo. Pero me quedé con las ganas y de piedra: bajo la ausencia del cartel con el nombre, dos gruesos tablones clavados en aspa en el marco de la puerta vetaban el acceso al local. Los azulejos y ladrillos desprendidos de la fachada hechos añicos en la acera, junto a escombros y basuras de todo tipo amontonados en el interior y ventanas rotas, eran el anuncio palpable y desolador de su inminente ruina y derribo.
Me llevé un sofocón que para qué os cuento.

A la Blasa, parienta del Manolo, madre de los ariscos mancebos y chef eterna del negocio, no llegué a verle el pelo nunca.

martes, 5 de noviembre de 2013

El libro


Para Isabel Sánchez, bibliotecaria y amiga, que hoy cumple años

Está bien, lo confieso, basta de rodeos, voy a cantar de plano: la primera vez que quien esto escribe osó pisar una biblioteca no fue para leer un libro sino para recoger un premio. El primero y, mal que me pese reconocerlo, uno de los pocos que he recibido en mi vida. Y aunque hace mucho tiempo de aquello, más del que me gustaría, todavía recuerdo bien el motivo: prefiero decir que quedé campeón, mas dejémoslo en que gané en la escuela un concurso de redacción, una de aquellas redacciones de antes sembradas de arteras trampas ortográficas y escollos gramaticales que se realizaban más que nada con la intención de pillarnos en algún renuncio para hacernos caer en el ridículo, y donde había mucha be camuflada en uve (y a la bicerveza, como dice un amigo mío tropezando la lengua con los dientes en cuanto se toma tres o cuatro seguidas), mucha hache intercalada, mucha diéresis y diptongos, muchas ges y jotas en revoltillo, prefijos y sufijos a tutiplén, la eme antes de la pe y la be, los dos puntos y el punto y coma... Vamos, como para escaparse vivo. Mucha mala leche es lo que había.
El caso es que, gracias a mi puntual pericia con las letras y a mi habilidad sorteando los tortuosos vericuetos del idioma, me iban a dar un premio (más que merecido, por supuesto), y durante la espera para recogerlo (que duró días interminables, semanas como anacondas de largas que se me hicieron, que más parecía escarmiento que recompensa, sanción que regalía, castigo que galardón) el mequetrefe que entonces era iba por los pasillos más ancho que pancho, orondo como globo de feria (yo, que siempre he sido escaso de carnes), y con unos humos más propios de Académico de la Lengua (con mayúsculas) que del mocoso desharrapado que deambulaba por aquellos pasillos a diario procurando pasar desapercibido y esquivando como podía collejas y varazos, escupitajos y zancadillas, coscorrones y sopapos. “Cantinflas” me apodaba mi padre, así que ya os podéis figurar lo apolíneo y elegante de mi estampa y lo inteligible y fundamentado de mi discurso.
¡Pero qué deliciosa sensación mientras duró, qué comecome más rico, qué regalado cosquilleo! Me sentía atacado por el gusanillo del orgullo y la vanidad, y la verdad es que la excitación me gustaba, disfrutaba despertando la envidia de mis compañeros de pupitres mientras no cabía en mí de gozo imaginando cuál podría ser la recompensa a mi excelencia con las letras: tal vez un balón de reglamento, acaso un traje de vaquero o pirata o, mejor todavía, maravilla de las maravillas, un coche teledirigido de la policía (o de los bomberos, en su defecto) con sus lucecitas chillonas y la sirena ululando a toda pastilla asustando la noche.
¡Mas oh decepción, oh tristeza y desengaño, oh pesadumbre y melancolía, oh llanto y crujir de dientes! Después del martirio de la espera, el premio soñado resultó ser... ¡un libro! ¿Os lo podéis creer? Pues vaya castaña de trofeo, pensé, con la soberbia de mis nueve añitos en el momento de enterarme del regalito que me esperaba. ¿Adónde, por las barbas de Satanás, habían ido a parar mi balón de cuero, mi pistola de mixtos o mi sable de abordaje, mi fantástico coche teledirigido, látigo de malhechores y pirómanos? A hacer puñetas, a las chimbambas, donde Cristo dio las tres voces cuando perdió el mechero, al quinto pino, a tomar por saco… Ahí habían ido a parar.
Un libro, toma ya. Cuando llegué a mi casa con el pestiño aquel bajo el brazo, cabreado como un mono y más serio que la bragueta de un guardia civil, mi padre, en otra muestra más de su peculiar dominio del lenguaje hablado pero en un prodigioso ejercicio de síntesis de la retórica, me lanzó sin rodeos su pregunta predilecta: -¿Qué? Le mostré el volumen sin decir ni pío, lo cogió, le dio un par vueltas entre sus manazas callosas sin ni siquiera abrirlo y, acto seguido, rebufó con desprecio: -Puff, vaya mierda que te han dao. Ponlo por ahí, anda. Pero que no estorbe mucho o acaba en la estufa en cuanto me lo tropiece fuera de sitio.
No especificó en qué sitio había que ponerlo, por lo que el libraco aquel nunca estuvo a salvo del todo en mi hogar, dulce hogar. Muchas veces llegaba a casa pensando que en vez de las páginas del trofeo me iba a encontrar con un montón de ceniza.
-Vaya cara de imbécil que pusiste -me mortificaban después mis compañeros de clase en tono de chunga, hurgando con saña en la llaga de mi decepción. 
-Bueno, no tanto, la de siempre, la de todos los días -se choteaban otros del ingrato episodio mientras aguantaba sus pullas y puñeterías tras mi efímero reinado.
Los recreos, en concreto, eran peor que una tortura china. Baste decir que llegué a cogerles manía durante una buena temporada.
No mucho después de aquello, aún no me explico cómo, alzándome con mis últimas fuerzas de la sima de la frustración y el descrédito cual ave fénix renaciendo de sus cenizas, todavía con una mezcla de cabreo y curiosidad y mientras convalecía de un percance de salud, comencé a leer (a ver qué iba a hacer para no morirme de aburrimiento, no había otra cosa) el puñetero libro. Mano de santo, oye. Como que le cogí un cierto gustito a la cosa esa de leer. Un tópico literario éste del enfermo que descubre el placer de la lectura, pero totalmente cierto en mi caso, que me muera aquí mismo si no es verdad.
Mas debo precisar, para que el diablo no se ría de la mentira, como decía mi madre, que a ese camino seguramente no llegué solo ni por propia voluntad aunque entonces no me diera cuenta: alguien, en algún momento, me mostró por dónde debía ir para llegar a él. Y es justo señalar que ese alguien atendía por Don Salvador (el don, y si con mayúscula mejor, era inexcusable para dirigirse a los mayores), un maestro que, aparte de Lengua Española nos daba también Dibujo y Gimnasia (las asignaturas, hasta las llamadas “marías”, también eran con mayúscula), y que sin embargo intentó inculcar en aquel pelotón de los torpes, en la tropilla de mocosos iletrados que entonces componíamos, la pasión por la lectura; didáctico empeño, todo hay que decirlo, al que nos resistíamos como leones en celo y con avispas en sus partes. Muy en serio, nos decía que había tres verbos que no admitían de ninguna de las maneras el modo imperativo: amar, soñar y leer. A lo mejor es que había leído a Borges. Seguramente sería algún “rojo peligroso”, uno de aquellos maestros represaliados por su afección a la República derrotada a sangre y fuego y obligado a impartir materias por las que sentía un, digamos, escaso cuando no nulo aprecio. De ahí, quizá, su andar cansino, su cartera raída, su infinita tristeza, su, en verso prestado por aquel otro profesor y poeta muerto de pena en el exilio francés, “torpe aliño indumentario”.
En la Gimnasia, por cierto, su esfuerzo y ahínco por fortalecer de paso nuestros enclenques cuerpecillos carecieron de fortuna. Era partidario del mens sana in corpore sano, pero sin fanatismos. Y nosotros tampoco es que le facilitáramos demasiado la labor: eso de correr por correr, sin un triste balón de por medio, pues como que no entraba en nuestros planes más inmediatos.
-Don Salvador -le decíamos recelosos y guasones-, no nos haga usted correr mucho, que correr es de cobardes.
En cuanto al tema del dibujo en ambas vertientes, artístico y técnico, yo, como diría Bartleby el escribiente, aquel personaje de Melville personificación arquetípica del insumiso pacífico, “preferiría no hacerlo”. Desde ya os digo que este es un tema que me resulta muy doloroso, mejor no meneallo: yo cojo un lápiz para dibujar y lo más que hago es rascarme la cabeza con él.
Pero a lo que íbamos, que empiezo a divagar y me pierdo en oscuros vericuetos que vaya usted a saber adónde nos llevarían y que tampoco vienen ahora al caso: el acto de entrega del “literario laurel” tuvo lugar en la biblioteca del Jesús Rubio, que era el colegio de mi barrio al que iba cuando era un crío. Se llamaba así en honor a un ministro de Franco, así que ya os podéis imaginar el académico panorama: disciplina y tentetieso a tutiplén, mucha religión e historia del imperio, izado y arriado semanal de bandera, formación del espíritu nacional (esta me niego a ponerla en mayúsculas) a marchas forzadas y alineación militar antes de entrar a las clases… Materias y actitudes éstas que intentaban meter con calzador en nuestras mentes imberbes acaso buscando hacer realidad en nosotros aquel caduco ideal de Falange de “mitad monje, mitad soldado”.
Yo, ignorante de lo que me esperaba al traspasar el umbral con la ilusión aún intacta y sin sospechar la encerrona que me tenían preparada, entré en aquella biblioteca por primera y también casi única vez libre de temores, altivo y condescendiente, pisando firme y ufano como un reyezuelo medieval el día de la coronación ante sus resignados vasallos. Y recalco lo de por primera y casi única vez porque aquel recinto, un cuchitril de mala muerte rudamente engalanado para la ocasión con cuatro banderitas desmayadas y un terciopelo raído disimulando la agonía de la mesa, y que se parecía a un templo del saber como yo a una monja de clausura, la mayor parte del tiempo estaba cerrado, como suele decirse, a cal y canto, con siete llaves, con diez cerrojos: parecía la habitación prohibida del cuento de Barba Azul. Y al igual que aquélla, el acceso gratuito o por capricho estaba estrictamente vedado a la infantería menuda. Para trasponer su quicio e ingresar en su seno había que tener un motivo poderoso. Y con la firma del director por delante. Allí no entraba cualquiera, ni a la buena de dios, ni como Pedro por su casa, que va; en aquel entonces, a los tiernos angelotes que allí estudiábamos, tanto a los zopencos como a los lumbreras, aquella puerta cerrada con un cartel mohoso al que le faltaban letras encima del dintel nos infundía un respeto bárbaro a la par que dos sensaciones encontradas: temor y misterio. Temor a profanar el ignoto territorio con nuestras zapatillas de goma o paño, llenas de barro o de polvo según la temporada, y un misterio que deseábamos desentrañar a toda costa, a ser posible corriendo alguna rocambolesca aventura con espadas ensangrentadas, dragones alados, magos maléficos y princesas cautivas de por medio. Motivos más que suficientes para querer asaltar como fuera semejante fortaleza. Y es que no hay mejor acicate para desear conseguir algo que el que te lo prohíban.
A donde quiero llegar con esta historia, que parece del abuelo Cebolleta, una batallita de la memoria, es a que la susodicha biblioteca no era, ni echándole toda la imaginación que los libros son capaces de prestarnos, lo que se puede entender como tal.
Aquel lugar no fue nunca ni parecido. Pero vamos, ni remotamente, no se le parecía ni por el forro. Os lo describo: según se entraba, “a la diestra mano” (¡toma ya cultismo!), una vitrina moribunda de color indefinido y magra de periódicos deshojados, revistas faltas de lustre e interés y libros de cuando el diluvio llenos de mataduras y humedades, todo ello revuelto con saña homicida por algún acérrimo enemigo de la alfabetización, recorría las sucias paredes del habitáculo. Cada tanto, dos puertas cristaleras con llave echada celaban en sus veteranos y enfermizos anaqueles el misterio mugriento de la letra impresa. Completaban el mobiliario, por llamarlo de alguna forma, cuatro sillas impedidas, quiero decir, cojas (y alguna incluso sin respaldo, degradada a mísero taburete), un par de mesas asediadas de manera inclemente y como a punto de rendirse por los ataques de la carcoma y, reinando en medio de la estancia, una chubesqui pestilente más predispuesta a la intoxicación de los improbables y ocasionales usuarios que a su primigenia función calorífica. Por no hablar de los amplios doseles de telarañas rancias que adornaban los rincones, las cagarrutas de ratón por doquier o el cuartel general que las cucarachas habían establecido en el recinto para planificar sus correrías nocturnas.
¡Ah, que se me olvidaba! Clavados en la pared había también dos cuadros con unos tíos retratados (uno mofletudo y rechoncho, con uniforme militar con bigotillo y otro sin él, éste con una especie de araña en la pechera de la camisa azul oscuro “que tú bordaste en rojo ayer”) que no nos quitaban ojo, y un crucifijo de hierro en medio de los dos que daban más miedo que otra cosa. A lo mejor era por esto lo de cerrarla con tanto empeño, no sé.
Un inhóspito almacén, un páramo infecundo, un paisaje después de la batalla… Y me quedo corto: aquel lugar más semejaba penal que biblioteca, reformatorio que sala de lectura, hospital de guerra que balneario. Los libros allí, en semejante escenario de pesadilla, parecían muertos de vergüenza, pedir clemencia a gritos por la penosa situación en que se hallaban a su pesar. Yo creo que ni los insectos papirófagos, esa pertinaz pesadilla de los bibliófilos, osaban aventurarse en tan desolador territorio. Vamos, que uno no podía entrar allí a su antojo, coger por las buenas el libro que le apeteciera en ese momento y salir indemne del trance.
Todo esto, claro, siempre y cuando hubieras sorteado, vete tú a saber merced a qué sutiles ardides y triquiñuelas, la férrea y tenaz vigilancia del Eugenio, apodado “el doberman”, un legionario algo jorobeta jubilado del Tercio y reciclado en bedel, estricto guardián de las llaves del reino, y al que temíamos más que a vara verde en manos de jesuita. O dominico. O salesiano. O… En fin, no sigo, que al clero muchas veces lo carga el diablo. El “lejía” se daba unas ínfulas que no veas, que parecía que le hubieran otorgado la Laureada por alguna heroica acción en sus años de servicio. Y no digamos ya de llevártelo a casa (el libro, digo, no al Eugenio) durante un par de semanas para leerlo tranquilo. Ya podías quitártelo de la cabeza: si a alguno de nosotros, llevado por su inocencia y candor, se le pasaba por la mente intentar semejante locura, el cancerbero bigotudo y chepa, que tenía unos brazos como paletillas de jabalí, unas manos como yunque de herrero y unas espaldas, con bollo y todo, como para jugar al frontón en ellas, le disuadía de inmediato con un par de coscorrones mientras se partía de la risa ante nuestra inocente pretensión:
-Jodío mocoso -escupía enseñando las caries-, mira que querer llevarse un libro. Valiente ocurrencia. Y a lo mejor es pa leerlo y tó, eh, barbián.
-Ah, infelice, que apurar cielos pretendes -se burlaba socarrón tirando de los clásicos. ¿Pero tú estás tonto o qué? Pues eso será por encima de mi cadáver. Está visto que aquí lo que hace falta es mano dura, pero de la buena. Hala, tira p´ahí, mentecato, si no quieres que te caliente el pellejo.
Y se quedaba tan pancho el tío, hurgándose los restos del condumio en los dientes pochsos con un palillo. O las orejotas con los meñiques a dúo. O rascándose los bajos a dos manos despatarrado en la silla de enea donde mataba las horas de servicio fumando un “caldo de gallina” tras otro. Incluso para unos chiquillos como nosotros, díscolos e iletrados, sujetos curtidos a base de bien en esa otra escuela de la calle y la penuria, de las peleas porque sí y el zurriagazo por sorpresa, el calamitoso estado de aquella biblioteca con semejante centinela a las puertas movía los resortes del alma hacia algo parecido a la piedad.
Todavía conservo aquel libro (lo tengo ahora mismo a mi vera mientras tecleo estas líneas) a pesar de su simpleza argumental: Invenciones e inventores, una hábil mezcolanza con pretensiones científicas y divulgativas perpetrada con alevosía por la pluma de un tal Ezequiel Solana, novedoso producto de la afamada editorial Escuela Española, y al que tiempo atrás hube de practicar, con más intención que maña, todo hay que decirlo, una cura de urgencia en el lomo y los costados a base de tela y pegamento. Ya os digo que el libro era un truño de órdago, pero qué queréis, soy un sentimental.
El mismo que, dejando aparte los obligatorios de la escuela (más que nada la Enciclopedia Álvarez, la de “el repelente niño Vicente” en la portada, ¿os acordáis?), fue el primero en entrar en mi casa. La Álvarez, por cierto, y que yo recuerde, tampoco la compramos: me tocó en un sorteo a principios de curso y, como en una especie de usufructo con el tiempo tasado, tenía obligación de compartirla en las clases con mi compi de pupitre y conservarla en buen estado hasta el final de curso.
Y hoy es el día en que no he parado de hacerlo. De leer, digo.
Tengo una cicatriz como prueba y el libro como fetiche.

domingo, 25 de agosto de 2013

De bicis y de chicas / Cumpleaños de Antón



Para Antón Castro, que hoy me alcanza la edad
Para ser sincero, tengo que comenzar diciendo que mi trato con las bicicletas nunca ha sido de íntima amistad. Tal vez porque de crío nunca fui propietario de ninguna y tuve que aprender a montar en una ajena, de color túnica de obispo y con guardabarros, timbre, y un faro medio ciego con el borde cromado. Una bici de chico, por supuesto, faltaría más; las de chica, que se diferenciaban de las nuestras en que les faltaba la barra horizontal que hermana manillar y sillín, solían llevar también una cestita de mimbre o tela basta y estar pintadas en colores, digamos, poco varoniles (rosa chicle, verde pastel, amarillo chillón, lila damisela…), eran, pues eso, de chicas, o de “lilas”; en todo caso, no aptas para que machotes como nosotros fuéramos vistos pedaleando alegremente encima de cualquiera de ellas bajo ninguna circunstancia.

Los chaveas del barrio las alquilábamos por horas en el negocio que un listillo tenía montado medio de extranjis, en plan clandestino, en el patio de atrás de su casa. O eso creía él. Porque allí todo el mundo sabía que el trapicheo que se traía el espabilado aquel con las bicis mercenarias no era más que una tapadera para otros asuntos de más enjundia y beneficio. Todos, faltaría más, tipificados más que de sobra en el Código Penal.

Mi escasez de trato con las bicis acaso provenga de una aciaga tarde de domingo en que tuve la brillante idea de gastarme la mayor parte de mi paga semanal alquilando la que más me gustaba para darme un garbeo extramuros del barrio a mi aire, en plan chulillo. Dos horas de pedaleo para mí solito, sin compinches pedigüeños dando la tabarra alrededor como moscones. Gloria bendita, pensaba yo. Pero ya, ya. No, si bien dice el refrán que a perro flaco todo se le vuelven pulgas y que la avaricia… ya se sabe. 
Bueno, a lo que íbamos, que se me calienta la lengua y la lío. Llevaría unos diez minutos dándole a los pedales como gregario en contrarreloj, igual que rodador en solitaria escapada, tal que velocista olfateando el esprín y el triunfo de etapa, cuando me interné en una zona poco explorada aún por nosotros. Al no conocer bien el terreno, salí a toda pastilla de unas curvas que parecían un sacacorchos y, casi sin darme cuenta, me encontré por sorpresa con una pronunciada y cabrona cuesta abajo que según me deslizaba por ella más cabrona se volvía. Claro, que al que tuviera que enfrentarla hacia arriba tirando de riñones no le arriendo tampoco las ganancias.

Cuando eché mano de los frenos para intentar evitar el desastre que se veía venir resultó que ellos también sabían que era domingo y estaban de fiesta por ahí; quiero decir, que no estaban en absoluto. Y lo peor es que ya no había vuelta atrás que valiera. Podría haber intentado desmontar a la carrera y que la bici se las apañara sola con la cuestecita de los huevos, pero me acojoné, lo confieso, porque pense que podía ser peor el remedio que la enfermedad: semejante acrobacia se la había visto hacer cientos de veces a mis amigos con una naturalidad sorprendente pero yo, que queréis que os diga, nunca me atreví con ella. Cobardón y torpe que es uno.

El caso es que ante su descortés falta de respuesta a mis múltiples, y ya cercanos al histerismo, requerimientos, intenté frenar a la desesperada con la también temeraria maniobra de introducir el zapato entre el cuadro y la rueda trasera tal y como hacíamos otras veces sin pensar ni por un momento en el peligro que aquello suponía; más que nada, porque te podías joder el pie por dos o tres sitisos en lo que chasqueas los dedos o te sorbes los mocos. El recurso de urgencia no funcionó ni de coña: con la suela del zapato echando humo igual que un tubo de escape acabé estrellándome de frente y a toda leche contra un bordillo. La montura, como era de esperar, se resintió malamente y, como si producto del rabioso tropezón se hubiera convertido de repente en alazán indomable en un rodeo, me descabalgó sin miramientos ni respeto alguno por encima del manillar. Me pegué un batacazo morrocotudo contra la valla de chapa de un almacén (y había sus buenos tres o cuatro metros entre uno y otra, entre bordillo y valla, distancia que atravesé volando en décimas de segundo) que para qué os cuento. Lo que sí voy a relataros son los detalles, harto desagradables, os lo aviso, de la zurra que me propinó mi madre en cuanto me vio entrar por la puerta con la camisa de salir y el pantalón nuevecito (de tergal azul, no se me olvidará nunca) hechos unos zorros y medio descalzo, o sea, con un solo zapato. Cómo iría de hecho polvo, que de este último pormenor os juro que no me di ni cuenta hasta llegar a casa. Yo creo que tuve hasta conmoción cerebral con pérdida temporal de la memoria.

A mi madre no le ablandó ni un poquito mi aspecto sanguinolento, como de chuletón poco hecho, gracias a una hermosa brecha en la cabeza, un ojo a la funerala, el brazo izquierdo desollado desde la muñeca hasta los aledaños del codo, las rodillas a la miseria, y así como ausente: parecía un ecce homo. Quien me viera por la calle con esa pinta, pensaría que en un descuido del sacristán el cristo de la parroquia se había descolgado de la cruz por su cuenta y riesgo con ganas de darse un garbeo y haciendo de paso un milagro que otro para no perder el hábito. Pero fue llegar a casa y de milagros nada de nada. Es más, mi madre ya estaba sobre aviso acerca del origen de mi penosa facha (las malas noticias vuelan) y, vestida con su traje de combate (bambo de flores, zapatilla en la mano, palo de escoba cerquita por si acaso…), presta a tomar medidas punitivas. Como le gustaban las cosas por orden y era gente de costumbres, la autora de mis días no se anduvo con pamplinas ni rodeos: sin darme ocasión para abrir la boca y soltarle alguna milonga mínimamente creíble con vistas a aplacar su segura furia justiciera, en cuanto me echó la vista encima con aquellas pintas aplicó de inmediato sobre mi maltrecha anatomía su habitual correctivo ante mis también frecuentes desmanes, voluntarios o no: primero me sacudió la badana a modo, que parecía que quisiera rematarme de cómo me atizaba (como si se arrepintiera de haber parido semejante incordio), y luego, ya más tranquila y relajada, empezó con las preguntas pertinentes al caso aunque de vez en cuando todavía se le escapaba algún guantazo en el cogote durante el proceso de interrogatorio (que digo yo que para qué tanta pregunta si ya sabía la respuesta de boca de las cotillas. Y seguro que con algún “adorno” de más), me limpió un poco el estropicio sangriento antes de castigarme a la cama sin cenar, sin paga durante tres meses como mínimo (yo creo que tasó al vuelo el coste de pantalón y camisa mientras me lustraba el pellejo) y, como postre, lanzarme la manida amenaza de “ya verás cuando venga tu padre y se lo cuente”. Pues vale, mama. Para cenitas estaba yo después del percance mecánico y la tunda parental, no te digo. Por cierto, que mi padre, después del chivatazo materno con exhaustivo despliegue de pruebas incluido (la camisa sanguinolenta, el roto del pantalón, el zapato viudo…) pasó ampliamente del tema. Menos mal y ole por él. Porque el cabeza de familia sacudía muy raramente, que vendría cansado del tajo el hombre, pero cuando lo hacía, uf, válganme la Macarena, la Pilarica y la Blanca Paloma juntitas y en amor y compaña. Un respeto con el viejo cuando sacaba la mano a pasear y atinaba en carne. De pronóstico reservado para arriba.

¡Qué trauma, tú! No os digo más que tuve que dejar de seguir la Vuelta y el Tour por la tele porque era ver una bici y, cual perro de Plavov con el reflejo bien condicionado, empezaba a bizquear producto de las migrañas.

Todo esto después de devolvérsela al dueño, al que se le puso la cara como un traje de payaso (parecía una sepia en celo cambiando de color a cada instante) cuando vio el lamentable aspecto del velocípedo: la rueda delantera como un tirabuzón, el manillar y los radios al bies, el faro colgando y hecho añicos, sin pedales, la cadena arrastrando por el suelo… Talmente una escultura cubista salida del caletre de un sujeto que no estuviera en sus cabales: lo único que medio funcionaba era el timbre. Siniestro total, que dicen los de los seguros. ¡Qué cabreo se cogió el tío cuando vio el estado de la bicicleta! ¡Pues ni que fuera la del Eddy Merckx, no te jode! Y tampoco me parece a mí que fuera para tanto escándalo. Un accidente lo tiene cualquiera ¿no?

Al barruntar el cariz que podía tomar el asunto de ahí en adelante (los cambios de color del careto del fulano eran ya como de fuegos artificiales en feria pueblerina el día grande), me faltó tiempo para cortar en seco las explicaciones, soltarle la chatarra de mala manera en la puerta del patio y salir a escape mientras aquella fiera corrupia descargaba sobre mí y mi árbol genealógico al completo toda la sarta de barbaridades que se le venían a la boca del tirón: de hijoputa para arriba pensad las que queráis y acierto seguro. Arrancó a correr tras de mí con una mala leche que daba miedo. Afortunadamente, como el tipo era rengo de los de zapatón de un palmo y esprintando daba poco de sí ya que el engorro del artefacrto pedicular le lastraba más de lo que hubiera deseado en ese preciso momento, desistió al poco de la persecución y lo dejé atrás en un santiamén. Porque si me llega a entallar me desloma allí mismo con la cadena del trasto aquel. Cuando miré hacia atrás sin aflojar la velocidad de las zancadas lo vi con la bisagra doblada, las manos en las rodillas y resollando congestionado como un fuelle de chimenea con un ataque de asma.

Algún tiempo después, cuando me pareció que la cosa se había enfriado lo suficiente y mi madre reinstauró la paga, volví a intentarlo, pero el cojo, que de pies no andaría sobrado pero tenía memoria de elefante y era un tanto rencoroso, se negó en redondo a alquilarme otra bici nunca más. En el breve tiempo que estuve por allí no vi mi favorita colgada de su gancho en la pared. Imagino que no hubo manera de arreglarla y la desguazaría para repuestos. Espero que no hiciera también algún apaño chapucero con los frenos traidores, aunque no me extrañaría ni un pelo dada la sórdida catadura del sujeto.

Algo más tarde de todo aquello, todavía convaleciente de las lesiones, fui con mis tres compinches al lugar de los hechos para que dejaran de darme la matraca con el suceso: -Aquí, aquí fue donde me pegué el hostiazo -les decía ufano con el brazo en cabestrillo, como si aquello hubiera sido una hazaña digna de estatua en la plaza mayor y no algo que, entre el accidente y mi madre, estuvo en un tris de llevarme en volandas al otro barrio por gilipollas y egoísta además de cobardón.

-Joé, tú -preguntó uno. ¿Y hasta aquí volaste? ¿Pues a cuánto ibas, macho?

-Pues sí señor, hasta aquí, hasta aquí -confirmé yo señalando con el brazo bueno el punto exacto del topetazo (un bollo más que aparente en la valla lo confirmaba) mientras nos echábamos unas risas.

Pero no todo fue tan cutre en mi relación con los vehículos de dos ruedas, radios, cadena y pedales: también, y aunque os parezca mentira a tenor de lo dicho hasta ahora, hubo lugar para la poesía, el erotismo y la sensualidad. En un ya remoto verano, una de las ocupaciones preferidas de mi pandilla para matar el tedio era ver pasar a “la chica de la bici”. De lunes a viernes, sin faltar ni una, todas las tardes aparecía aquella diosa del ciclismo por la acera de enfrente a la nuestra unas veces montada en su bicicleta, otras caminando con parsimonia junto a ella. Los fines de semana, libraba. ¿De dónde había salido semejante belleza? ¿Por qué sólo aparecía las tardes laborables? ¿En qué afortunado lugar se metía por las mañanas y los sábados y domingos? ¿De dónde venía o hacia dónde iba semejante belleza dejando a su paso aquella estela casi física de sensualidad y deseo? Ni puta idea. Lo extraño, lo he pensado muchas veces desde entonces, es que en una de esas no se nos ocurriera seguirla con lo cotillas y puñeteros que éramos. Pero así fue: juro con una mano encima del Decamerón y la otra en el Kamasutra que nunca la seguimos. Por estas. Eso sí, no le quitábamos ojo desde que doblaba la esquina por la que aparecía hasta la otra, distante apenas treinta o cuarenta metros, por donde se esfumaba hasta el día siguiente. O hasta el lunes, si acaso era viernes. Durante el breve tiempo que duraba el paseíllo de la bella misteriosa frente a nuestro asombro, nos resultaba imposible quitarle la vista de encima a tan sublime aparición. Ella ni nos miraba, claro, pero esto es de comprender; si yo hubiera estado en su lugar, desde luego no hubiera perdido ni un segundo en posar la mirada sobre la cuadrilla de ganapanes que formábamos: cuatro imberbes en pantalón corto agachados en cuclillas comiendo pipas o mascando chicle con la boca abierta; o sentados en el suelo con las rodillas dobladas y los ojos como platos. Estábamos como hechizados, coño: parecíamos marionetas de cartón piedra en el descanso de la función de un titiritero loco.

La chica, que como en el clásico chiste de la disputa y el viejo medio sordo ya no lo era tanto (nos sacaría sus buenos seis o siete añitos, que a esa edad entre la adolescencia y la juventud son todo un mundo por explorar, una trinchera casi insalvable, un acantilado cabrón como campo de minas), nos traía a mal traer, cada uno con su particular condena a cuestas: si a uno le gustaba su culo (no el trasero ni los glúteos, no, que eso no son más que pamplinas y cursilerías modernas, sino el culo culo de toda la vida), el otro bebía los vientos por sus labios de mora o fresa; si el otro se quedaba atontado fijándole las tetas en su punto de mira como un francotirador que no tiene ojos para nada más, el uno se embelesaba con la finura y elegancia de las manos; si este bizqueaba mirándole el doble y dulcísimo tobogán de las piernas, el que aspiraba a poeta todavía sin saberlo no paraba de dar bombo al ámbar dulce de sus ojos y el embrujo de su mirada, sus elegantes y sinuosos movimientos de gacela o el temblor de seda y oro de sus cabellos a merced de las cambiantes y embriagadoras luces del crepúsculo. El poetilla en ciernes un día hasta le escribió (bueno, la verdad es que lo copió de un libro del cole pero le quedó fetén) un poema de lo más cursi con la secreta esperanza de atreverse a dárselo algún día. De un tal Darío, creo recordar, aunque no pondría la mano en el fuego por el dato exacto. ¿Será por poetas cursis? No hubo tal, porque tan solo de pensar que para dárselo tendría que acercarse a ella ante la mirada zumbona de los demás y el pasmo, o la sorna, de la muchacha, le entraba una flojera en las tripas y las piernas hasta extremos difícilmente imaginables. Dejando aparte, claro, que si los colegas llegan a enterarse de lo del poema les hacen picadillo a los dos allí mismo. A él y al poema. Pues anda que no eran cazurros el Tasio, el Anacleto y el Manolo. Bueno, y aquí entre nosotros, guardadme el secreto, yo también, pero tampoco voy a ir por ahí tirando piedras contra mi tejado ni dándole tres cuartos al pregonero. Los versillos plagiados acabaron pudriéndose en el bolsillo del pantalón corto perdidos entre canicas, chapas, munición para el tirachinas, plumas de verderón o jilguero, el zumo churretoso de alguna golosina hecha papilla…

Ignoro si desde entonces el resto de la panda se habrá ido de la lengua en algún momento, aunque espero que no porque los pactos son para cumplirlos, pero lo que es yo no pienso contar aquí, que hay niños despiertos, las maniobras orquestales en la oscuridad con las que me solazaba a diario en cuanto le echaba el pestillo a la puerta del servicio o en la oscuridad de la madrugada en la cama, y me ponía a imaginar cositas ricas, o guarras, con la solitaria rodadora encima del sillín como principal protagonista. Esto ya os lo podéis imaginar vosotros solitos. Pero que conste en acta que yo no lo he dicho. Entre nosotros sí que nos contábamos con todo tipo de detalles, con pelos y señales, los pecados contra la carne que cometíamos a diario. Y no sólo pensando en ella, aunque justo es reconocer que se llevaba la palma ya que era la que teníamos más “a mano”: en el saco de Onán entraban también en revoltillo, sobre todo los fines de semana, actrices, cantantes, esa joven amiga de nuestras madres o hermanas, profesoras del cole, alguna monjita de las de la guardería de los mocosetes… Cuando nos poníamos con el tema no se nos escapaba ni una.

Lo más curioso de todo es que antes de aquel verano a la chica de la bici no la habíamos visto jamás por el barrio. Ni volvimos a verla después nunca más, sola o acompañada, con o sin la bici, fuera verano o invierno. Simplemente se esfumó: un día no apareció como de costumbre y hasta ahora. Por no saber, no sabíamos ni cómo se llamaba. Su efímera y turbadora presencia en nuestras vidas fue como un súbito fogonazo para espabilarnos las hormonas y sacudirnos la estival modorra que penábamos como galeotes.

Aquella chica, estoy convencido, tenía algo especial que nos impedía comportarnos hacia ella con las habituales desvergüenza y burricie con las que acosábamos a las demás muchachas del barrio. Como si fuera un puerto de primera categoría inalcanzable para ciclistas aficionados.

Con deciros que ni siquiera nos atrevimos nunca ni a silbarla.

Imagen: Nina Leen