El primer mar que vi en mi vida fue el Cantábrico. Desde el Mirador del Fito, en las abruptas e indómitas montañas de Asturias. Casi a tiro de piedra de la cueva donde se venera a la “Santiña” y muy cerquita también desde donde el rey Don Pelayo empezó a arrearles estopa a los sarracenos invasores antes de que nos echaran al agua con el furor de sus cimitarras e impusieran a los infieles supervivientes sus túnicas y babuchas, el cus cús y la poligamia, los camellos y el Corán, el té hirviendo y los dátiles con hueso.
Aunque así lo tengo registrado desde entonces en el desván infiel de la memoria, en realidad no podría jurar si lo vi o no desde allí, si aquella mancha difusa que se extendía inacabable en el horizonte levemente lechoso de la tarde era mar de agua o mar de nubes, espuma o niebla, realidad o imaginación, certeza o deseo. Pero fuera lo que fuese, moverse, se movía, eso seguro. Como estaba deseando echarle la vista encima, que ya era hora, me dejé convencer fácilmente por quienes argumentaban que sí, que sí que se veía, fíjate bien, me decían. Y después de tanto tiempo soñando con él y siendo el objetivo final de aquel viaje a pie a través de los Picos de Europa (Riaño-Gijón: veinte días de caminatas con la mochila a cuestas nos costó la ocurrencia), tampoco era como para ponerle más pegas de las necesarias, no era cuestión de despertar de la ilusión con un desengaño más, que bastante tenía ya con los sentimentales propios de la edad. Aparte de que un par de los camaradas que venían conmigo en aquel peregrinaje de tiendas de campaña, sacos de dormir, latas de conserva, bocadillos de mortadela y sopitas de sobre, ya lo habían visto antes desde aquel mismo lugar. O eso afirmaban ellos, vehementes y acalorados ante el recelo y cachondeo de la mayoría de la partida sobre su extraordinaria y fantasiosa capacidad visual. “Lince” y “Aguililla” son el sambenito que los susodichos cargan a cuestas desde entonces.
Por así decir, toqué mar por primera vez en la playa de Colunga. La verdad es que no hacía honor a su fama de impetuoso y terrible, a la imagen prefabricada y romántica que gracias a las pelis y los libros me había hecho de él. ¿Pero qué puñetas era aquello? ¿Para esta mierda de mar me había tirao veinte días con los pies hechos polvo, durmiendo entre "aromas" que me niego a describir, comiendo casi de prestao? Las olas llegaban hasta la arena con una parsimonia y como desgana que se me antojaron absolutamente impropias y decepcionantes. Por lo mansas y apacibles. Casi cobardes, diría. ¡Qué chasco me llevé! Nada de galernas ni tormentas asesinas, olas rebeldes batiendo contra los espigones con furia incontenible, barcos como cetáceos moribundos varados de costado sobre las rocas con los mástiles partidos y las quillas al aire, viejos lobos de mar hábiles con el arpón y torpes con las mujeres y una cicatriz de miedo y resolución cruzándoles el rostro de mirada torva…
Las que no faltaron a la cita fueron las gaviotas (siempre andan a la que salta, las puñeteras, no he ido nunca a ninguna costa por la que estas ratas del aire no anduvieran merodeando aviesas, agoreras, rapiñadoras); haciendo gala de todos sus “encantos” y planeando casi inmóviles en la brisa, suspendidas en el cielo de la tarde con las alas desplegadas como velas al viento graznaban su cargante y áspera salmodia esperando impacientes el momento propicio para abatirse como centellas sobre los despojos del pescado en el puerto cercano.
Para celebrar el acontecimiento, y con nuestros ya más que escasos dineros (que, en honor a la verdad, nunca fueron muchos), nos pusimos tibios de fabada y culines de sidriña con un remate glorioso de arroz con leche en un restaurante sobre un acantilado. Impresionantes: tanto el accidente geográfico como el plato típico, el néctar fermentado de la manzana y la delicia del lácteo postre con su etéreo manto de canela. Entre ese menú y, a pesar de su pinta asquerosa, el no menos memorable queso de Cabrales, al menos me traje de allí unos amores culinarios que nunca han dejado de quererme y a los que yo, en francos agradecimiento y correspondencia, les profeso una fidelidad sin tacha desde entonces.
Lo primero que hizo cuando llegué hasta él, dócil y sereno, fue obsequiarme con una brisa de espuma pulverizada y acariciarme los pies desnudos dándome la salobre bienvenida de su agua inmensa entre mis dedos.
Sentí frío. Y desconfianza. Y un difuso estremecimiento, como de traición por venir, que no he vuelto a experimentar en ninguna otra circunstancia.
Me sentí tan insignificante y desvalido ante su presencia que empecé a tenerle un miedo que todavía no he podido superar.