jueves, 30 de diciembre de 2010

Elogio(s) de la pereza



“No hagas hoy lo que puedas
dejar de hacer también mañana”.


Fernando Pessoa




“Trabajar es como estar enfermo.
En cuanto se te pasa, te pones contento”.


Iñaki Uriarte (Diarios 1999-2003)

martes, 28 de diciembre de 2010

Río



El agua pasa y permanece.
Siempre está ahí y, sin embargo,
nunca es la misma la que queda.
Como esa mujer, que miro pasar
y no comprendo.

lunes, 27 de diciembre de 2010

domingo, 26 de diciembre de 2010

Un epigrama



Me acuerdo de un epigrama de Ernesto Cardenal:

Me contaron que estabas enamorada de otro
y entonces me fui a mi cuarto
y escribí ese artículo contra el Gobierno
por el que estoy preso.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Iceberg



En general, la relaciones humanas, la percepción que los demás tienen de nosotros y de la cual se derivan inevitablemente las mutuas actitudes, podrían muy bien representarse con la figura de un iceberg: el que nos mira, el otro, sólo ve una mínima parte -y acaso sea mejor así- de lo que escondemos bajo de la superficie. 
"Y a la recíproca", que diría un castizo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Textos perrunos-Nana


Nana y yo

Imagen: Alba Moro Barroso


"Hasta que no hayas amado a un animal,
parte de tu alma estará dormida".*


Acabo de hablar por teléfono con mi amigo Jesús Aguado. Tiene en las librerías, recién salidos de la imprenta como quien dice, dos magníficos libros: Diccionario de símbolos (que compré hace un par de meses de segunda mano en la Cuesta de Moyano), en la Ed. Paréntesis y La astucia del vacío-Cuadernos de Benarés 1987-2004, en DVD Ediciones.

En este último, encuentro el siguiente texto con el que doy comienzo a una serie con el mismo título de esta entrada: tendrán cabida en ella todo tipo de textos -prosas, poemas, aforismos...- e imágenes en las que aparezcan perros.

Esta nueva etiqueta es también un íntimo homenaje a mi perra "Nana", que tuve que sacrificar con gran dolor hace un par de meses por una cruel enfermedad, tras trece años de convivencia mutua.

Todavía, cuando llego a casa, me parece notar que me está esperando, oigo sus ladridos, veo su última mirada con su cabeza apoyada en mi mano.


"Desde hace un año fotografío, con máquinas de usar y tirar, perros dormidos. Tengo cientos. En las escalinatas que bajan al río, detrás de bicicletas o debajo de tractores y coches, hundidos en montoncitos de arena, en medio de la basura, escondidos en agujeros, sobre un fondo de ladrillos rojos de una obra o de una montaña de guisantes verdes desenvainados o de las carretillas de los basureros o de la ropa tendida, solitarios o en parejas o en grupos, en canalillos de desagüe para refrescarse en verano o sobre cenizas tibias en invierno para calentarse un poco. Quiero saber qué sueñan, y si es conmigo, y entonces qué. Su sueño protege un secreto que me concierne. Cada vez que hago click me acerco un paso a donde está enterrado. Mis perros dormidos son autorretratos sin mí".

Jesús Aguado (La astucia del vacío)




*Anatole France

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Invierno



Hilar el humo húmedo de la hoguera.

martes, 21 de diciembre de 2010

El algodón no engaña (11)

El Lobo, ¡qué gran turrón!



Las muñecas de Famosa se dirigen al portal.



Ver
vídeo

domingo, 19 de diciembre de 2010

Lectura



Lo maté porque estaba harta de su mirada por encima del hombro para leer el periódico a mi costa.

Si he de serle sincera, al principio, la verdad es que no me molestaba en absoluto; es más, yo pensaba que el tío me miraba el canalillo. Y una, que ya va teniendo una edad, se sentía, cómo decirle... hasta un poco halagada de no haber perdido aún del todo cierto atractivo a ojos varoniles.

¿A qué mujer no le gusta sentirse admirada, cuando no algo más, usted ya me entiende?

La que le diga lo contrario, señor comisario, miente como una perra, hágame caso.

Pero, qué va, no iba por ahí la cosa: el tío capullo miraba el periódico. Un día, vale, me dije. O dos, me dije también al día siguiente. Pero tres meses seguidos soportando esa mirada insensible a mis más que evidentes encantos, y ese asqueroso olor a pies, y ese aliento fétido y repelente sobre el cuello entre Portazgo y Plaza de Castilla…

Un fulano que prefiere las noticias de Economía y Sociedad a este cuerpo que dios me ha dado, gloria bendita, que a la vista está.

Eso no hay quien lo soporte, no me diga usted a mí.


Así que hoy fui yo quien se puso detrás de él en el andén.

Bastó un empujoncito como a lo tonto en el momento en que el metro entraba en la estación.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Carta a los Reyes ¿Magos?


A las buenas, señores Reyes:

Yo este año iba a pasar de escribiros porque nunca me traéis lo que pido, pero me ha dicho el padre Andrés que como no escriba la carta, me voy de monaguillo con él tó el curso y me quedo sin recreo por lo menos hasta Semana Santa. Chantajista.
Así que ya veis cómo empezamos, con un pelín de mosqueo. Pero como no quiero que me pille el toro de que el cura cumpla su amenaza, que éste no es de los que amenazan en vano, ahí va mi carta.

Eso sí; antes de pediros nada (que también ha dicho que pa eso son estas cartas, pa pedir lo que queramos), quiero que me expliquéis una cosa que no tengo yo mu clara: a ver, a vosotros, ¿por qué os llaman magos? Lo de reyes, bueno y pase, que no digo yo que no haya reyes raros por ahí que se chupen un montón de kilómetros montaos en camello y con el culo a cuadros de tanto traqueteo pa ver a un rorro cagón y llevarle oro, incienso y mirra (¿qué puñetas será la mirra?), pero magos… Magos ¿de qué? Venga hombre. A otro perro con ese hueso.
A mí nadie ha sabío darme razón de vuestras magias, ni se os ha visto nunca haciendo trucos de cartas o de manos, nada por aquí, nada por allá, ahora saco el conejo del sombrero, ahora los pañuelos de colores por la boca…
O lo de la monedita de detrás de la oreja, que eso sí que mola que lo flipas.

Porque pa mago, mago, pero de los de verdad de la buena, mi tío Paco, un figura más chulo que un ocho al revés que lleva en el paro desde que salió de la mili (y luego, de la trena, que le cayeron tres años por estafa, aunque él lo deja en apropiación indebía provisional porque pensaba devolverlo tó antes de que lo pillaran) que está siempre rodeao de tías macizas y tiene un Mercedes 500 plateao con los asientos de cuero y un apartamento en primera línea de playa en Torrevieja, Alicante. Porque ya me diréis si no: si esto no es magia, a ver cómo lo hace el tío, que nos tiene asombraos de cómo se lo monta sin dar ni golpe.

O el Tamariz ese, el de la tele, el de los pelos asustaos y el sombrero horroroso, que si no es por la magia a ver cómo se ha casao un tío tan feo, que lo tiene que tener prohibío de horroroso que es el menda. Aunque a lo mejor es que ha hipnotizao a la mujer, que me sé yo de magos que también te hipnotizan pa que hagas lo que ellos quieran, y mientras estás dormío te hacen perrerías de toas clases, y bien que se ríen de ti. Y luego, cuando te despiertas con una cara de gilipollas que pa qué, no te acuerdas de ná.

Pero bueno, a lo nuestro: como pedir es gratis, y a lo mejor este año suena la flauta, ahí va, apuntarlo bien apuntao, eh, a ver si se os va a olvidar: quiero un Exín Castillos, la caja grande de los Juegos Reunidos Geyper, el Madelman Policía Montada del Canadá, la equipación completa del Rayo Vallecano (con botas de tacos y balón de reglamento), el fuerte Comansi, un Scalextric de tres pistas y la escopetilla pajarera. También quiero el puñetero cubo de Rubik, que ya va siendo hora de que le meta mano en serio, que lo hacen hasta los parvulitos de mi cole en un pis pás y yo no paso del verde y el blanco mientras se me chotean en los morros los mocosos del babi.



¡Ah!, que se me olvidaba casi lo más importante: traerme también una Nancy Chinita (pero esto no se lo digáis a nadie). No pa mí, claro, no vayáis a pensar… Es pa dársela a la Chelo, que sé que le gusta mucho, a ver si así me deja verle las bragas de una vez. Que eso sí que sería un regalazo, anda que no. Si no os queda la Nancy, yo creo que con la Barriguitas también me apaño.


Me ha dicho el padre Andrés que en la carta también hay que pedir por los demás, los negritos del África, la paz en el mundo, que se acabe el hambre y las guerras y ésas cosas, pero yo le he oído bien clarito muchas veces que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Bueno, pues vale: pido también por los negritos, los chinitos, los esquimales y el sursum corda, que no sé lo que es, pero por si acaso. Pero me pido primer.

Y otra cosa os digo: como este año no me traigáis los regalos de una puñetera vez, os juro que me paso al gordo de las barbas y los renos con tó el equipo y perdéis un cliente pa los restos.
Así que vosotros veréis.

No os pongo la dirección porque ya la sabréis de otras veces ¿no?
Que sólo faltaba que la hayáis perdío.

Curro.


jueves, 16 de diciembre de 2010

La partida



Jugar ceñudamente al ajedrez.* Demorar el enroque por si el rey debe batirse a campo abierto. Ubicar el caballo dama dominando los escaques principales. Lanzar ataques sin temor. Seguir jugando y, según llevemos blancas o negras, usar la Siciliana, el Volga, la Dragón, el Muro de piedra, la Española o la Pirc.

Dar el “mate de la coz” y parar el reloj al tiempo que saludamos al adversario.

Ensayar otra apertura, otra defensa más.


*Carlos Barral

Imagen: Fisher y Spaski en 1970

martes, 14 de diciembre de 2010

Celeste



Celeste


en la desesperación del repudiado por amor,
en el brillo ambicioso del diamante,
en la elegancia sinuosa de los cisnes,
en el cansancio de las enfermedades,
en la traición de los fieles a una causa,
en la vanidad de las orquídeas,
en la lealtad al juramente dado,
en la desgana del guardián de la noche.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Onagro, lobo, toro



Abstinencia. Cuando el asno salvaje vaya a beber a la fuente y encuentre turbia el agua, por mucha sed que tenga, se abstendrá de beber y esperará a que el agua se aclare.




Castigo. Cuando el lobo penetra cautamente en un establo y pone por acaso el pie en falso, causando ruido, se muerde el pie para castigar su error.




Locura. Como el toro salvaje odia el color rojo, los cazadores se valen de este ardid para vencerlo: envuelven el tronco de un árbol con un paño rojo; el toro atropella con gran furia, clavando sus cuernos en el tronco, y esto permite a los cazadores matarlo a mansalva.

Bestiario Leonardo Da Vinci

domingo, 12 de diciembre de 2010

Poesía para niños / Isla de Siltolá nº 3



En este blog ya se ha hablado en alguna ocasión de la editorial Isla de Siltolá, de su exquisito diseño y gusto tipográfico, de su pujanza editora en las diferentes colecciones a que da cabida.

En realidad, más que de isla, habría que hablar de todo un archipiélago poético y literario localizado a los pies del Guadalquivir en plena ciudad de Sevilla.

Hoy tengo que hacerlo de nuevo, alegre y feliz por la hermosa coincidencia de dos de sus últimas aventuras:

Poesía para niños de 4 a 120 años, una antología de autores contemporáneos al cuidado de Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez.
Este volumen inaugura la nueva Colección "Agua (Poesía para Chicos y Grandes)", cuya intención es acercar la gran Poesía a los niños de todas las edades.

Al mismo tiempo, aparece también el número 3 de la
revista Isla de Siltolá.

Y es para mí un honor aparecer en tan magníficas publicaciones rodeado de tal nómina de autores.

En un brevísimo espacio de tiempo estarán disponibles para todos los lectores.

No me queda más que dar las gracias a los responsables por su acogida y confianza.

Larga vida, amigos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Razón



Razón. Facultad de discurrir con sensatez, inteligencio o simple sentido común, habitualmente oxidada por falta de uso y el engrase adecuado. Es por esa roña perniciosa en las meninges, por ese orín fosilizado dentro del cráneo, que suele atascarse con frecuencia el engranaje del pensamiento y, de manera inevitable, formar unas peloteras de cuidado con esa otra facultad humana, también escasa y en caída libre, que es la comprensión lógica.

jueves, 9 de diciembre de 2010

La conquista del Oeste



Para Antonio Rivero Taravillo, "irlandés" de Sevilla.

Yo provengo de la dulce Erin,
donde nieblas y gaitas enmascaran
las miserias de la vida.

Salvé ríos y montañas
sobre un viejo carromato,
crucé territorio Lakota
con percances variopintos
y aquí estoy, casi llegando
al final de mi viaje.

Merezco el descanso de esta noche
y un cigarro junto al fuego.

Mañana, sobre mi carreta,
parto a buscar el Oeste.


De nómadas y guerreros (inédito)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Aramburu en Extremadura



La próxima semana, dentro del programa de las Aulas Literarias organizadas por la AEEX (Asociación de Escritores de Extremadura), tendremos la oportunidad de contar con la presencia de un magnífico escritor: Fernando Aramburu.

Autor de obras de referencia como Fuegos con limón, Los peces de la amargura o su última y estupenda novela, Viajes con Clara por Alemania (todos publicados en Tusquets), acaba de ver recogida su poesía en Yo quisiera llover, publicada por la Editorial Demipage.

Estará presente, los siguientes días en las siguientes ciudades:

13 de diciembre: Don Benito-Villanueva de la Serena

14 de diciembre: Plasencia

15 de dicembre: Almendralejo


Como salutación de bienvenida desde este blog, inserto aquí un texto incluido en su libro de artículos El artista y su cadáver que él, amablemente, me ha autorizado a publicar.

Gracias, Fernando.

Y enhorabuena por anticipado a todos aquellos que se acerquen a sus lecturas.
Eso que saldrán ganando.

El primer libro

A la edad de once años, yo acudía a una escuela de chicos regida por frailes agustinos. El edificio, de nueva planta, adosado a una casona eventual, se alzaba próximo a la cumbre de una colina. Desde las ventanas de sus pisos superiores podía divisarse, al fondo de una sucesión de tejados, parte de la bahía de San Sebastián. Los frailes, ignorantes o acaso desdeñosos de los recursos suasorios de la ciencia pedagógica, fundaban sus métodos rudos de enseñanza tanto en el temor de Dios como en las virtudes disciplinarias del capón, del tirón de orejas y del reglazo en las yemas de los dedos. Francisco Franco aún no había comenzado a agonizar, pero ya iba faltando menos.
Especialmente temido por los niños era el fraile joven a cuyo cargo estaba la asignatura de lengua española. Rubio y adusto, no abrigaba en su corazón una mota de paciencia, de suerte que por cualquier pequeñez montaba en cólera. Tenía una forma penetrante de mirar que causaba escalofríos, y en la palma de la mano con que sacudía tortas a diestro y siniestro, una cicatriz larga y blanca. Entre mí me he dicho muchas veces que más le valdrá cuando se muera, si no se ha muerto ya, que no exista el juez de ultratumba con que a veces, a fin de amilanarnos, nos amenazaba.
A este fraile se conoce que un día lo iluminó su dios persuadiéndolo a que obligase a los alumnos a leer un puñado de libros, sin excepción monumentos literarios de la Edad de Oro de las letras españolas. Yo creo que el Omnipotente se le apareció en la celda y le dijo: “Usted, que es de Burgos, hágame el favor de enmendar el habla castellana de estos pobres chicos vascos. Me taladra la manera que tienen de atropellar la gramática”. En esto hay que reconocer que a dios no le faltaba su parte de razón.
Una mañana entró el fraile en el aula cargado con una pila de libros, con tantos libros como alumnos integraban aquel cuarto curso de bachillerato. Los depositó sobre la mesa y enseguida comenzó a pasar lista. Por razones alfabéticas fui de los primeros en ser llamado. Yo acudí con dócil prontitud, puse mi moneda de veinticinco pesetas encima de la espeluznante cicatriz, tomé un ejemplar y regresé a mi asiento. Mientras el resto de la clase pasaba por caja me dediqué a hojear el delgado volumen de tapas grises, e impensadamente llevé a cabo una acción que con el tiempo habría de convertirse en la más persistente de mis manías: olí el libro.
Terminada la distribución, varios alumnos leyeron en voz alta, por orden, las explicaciones impresas en la solapa. En esos momentos estoy tal vez oyendo unas líneas de Ramón Gómez de la Serna, al que por supuesto aún no conozco, pero de quien llegaré a saber un día que, sometido a las estrecheces del exilio, se ganaba parte de su sustento redactando aquellos exordios breves para la colección Austral. De todo lo leído entonces en el aula no entendí sino que la obra había sido compuesta en el siglo XVI y que contenía episodios de la vida de un niño infortunado. También entendí que teníamos un plazo para leerla, no recuerdo ahora cuál, y que una vez cumplido éste nos aguardaba un examen de los de echar humo por las orejas, según el dicho aciago del fraile.
Nunca antes había yo leído un libro; tan sólo tebeos y, por obligación, las lecciones de los manuales escolares. En la casa familiar no había biblioteca, una de las innumerables desventajas que entraña la pertenencia a las capas humildes de la sociedad. Ni siquiera me podía imaginar a mi padre dentro de una librería. Fábrica y bar eran su mundo: cocina e iglesia, el de mi madre.
A la falta de estímulo para la lectura se sumaba, en mi caso, la de un diccionario. Nadie en casa atinaba a explicarme los vocablos inusuales que salpicaban aquella historia del niño de Tormes, y desde los primeros renglones se me atragantó el estilo sinuoso y arcaico de la obra. Como tropezase con incontables dificultades, me limité a leer el episodio del ciego taimado y unas pocas páginas del hidalgo. Más no pude o no quise, y así de mal pertrechado me presenté al examen.
Me supe hombre muerto no bien el fraile, en jarras ante el encerado, anunció que la prueba consistía en resumir el libro de pe a pa. “Sin omitir coma ni punto”, recalcó en su peculiar tono intimidador. Acuciado por el miedo, me di a llenar las hojas con lo poco que traía aprendido, explayándome en trivialidades e incurriendo aposta en repeticiones, movido de la ilusa esperanza de achacar al toque de campana no haber podido resumir más allá de un capítulo y medio, lo único que había leído. La argucia fracasó. Para colmo de males, cometí el error horrible de afirmar que El Lazarillo de Tormes había sido escrito por Anónimo, como si éste fuera el apellido de alguien.
Días después, el fraile devolvió los exámenes corregidos y calificados. A tiempo de entregarme el mío, me llamó a su lado y sin mediar palabra me arreó un bofetón a mano llena que produjo un seco chasquido de carne golpeada. Me acordé al instante de Lázaro, de las tundas que recibía a menudo del malvado ciego. Aún me pregunto cómo es posible que yo haya acabado amando la literatura por encima de todas las cosas.


lunes, 6 de diciembre de 2010

La carta de la jorobada para el cerrajero



El pasado 30 de noviembre se cumplieron setenta y cinco años de la muerte de uno de los más grandes poetas del siglo XX: Fernando Pessoa.

Me ha llamado la atención el hecho de que en casi todos los blogs que suelo visitar a menudo, apenas nadie se hacía eco de la efeméride de la desaparición de aquel oficinista triste que levantó uno de los monumentos más importantes de la historia de la literatura.

En ese proceso -ya citado aquí en alguna ocasión- que se va alargando demasiado de recolocar y expurgar mi biblioteca, y traspapelada entre varias capetas con apuntes, artículos, recortes de periódico… caída al fondo de uno de los estantes y llena de polvo, viene a parar a mis manos el nº 23 de una antigua revista literaria, La Página, publicada en Tenerife en el ya lejano 1996.
(Es curioso, pienso que es antigua cuando veo su precio aún en pesetas).

Imagino que la compraría seducido por la portada que anunciaba -sobre una fotografía desenfocada de Pessoa- un dossier titulado “100 años de poesía portuguesa”.

En ella encuentro el siguiente texto del poeta que ni siquiera recordaba haber leído en su momento, un texto triste y desesperanzado que, no obstante, y también, lo es de amor.

Vaya en su homenaje y memoria.

La carta de la jorobada para el cerrajero

Señor António:

Usted nunca ha de ver esta carta, ni yo he de verla por segunda vez porque estoy tuberculosa, pero quiero escribirle aunque usted no lo sepa porque si no escribo me ahogo.
Usted no sabe quién soy, quiero decir, sí lo sabe pero no habrá caído en la cuenta, me ha visto en la ventana cuando pasa para ir al taller. Yo me quedo contemplándolo porque sé a la hora que usted llega y lo espero todos los días. Nunca le habrá dado importancia a la jorobada del primer piso de la casa amarilla, pero yo no pienso más que en usted. Sé que tiene una amante, es aquella muchacha rubia, alta y bonita: la envidio pero no le tengo celos porque no tengo derecho a tener nada, ni siquiera celos. Usted me gusta porque me gusta y ya está, y me apena no ser otra mujer, con otro cuerpo y otra hechura, para poder bajar a la calle y hablar con usted, aunque no me diese nunca la razón, pero me hubiera gustado conocerlo aunque sólo fuera de hablar alguna vez con usted.
Usted es lo único que ha aliviado mi enfermedad y le estoy agradecida sin que usted lo sepa. Yo nunca podría tener a nadie que me quisiera como se quiere a las personas que tienen un cuerpo bien hecho, pero tengo derecho a querer sin que me quieran y también tengo derecho a llorar, que eso no se le niega a nadie.
Me hubiera gustado morir después de hablar una sola vez con usted pero nunca tendré el coraje ni la forma de hacerlo. También me hubiera gustado que usted supiese que yo lo quería mucho pero tengo miedo de que si usted se enterara no le importase en absoluto, y me apena saber que es la única verdad por encima de cualquier otra cosa, que además no voy a procurar saber.

Soy jorobada de nacimiento y siempre se han reído de mí. Dicen que todas las jorobadas son malas pero yo nunca le he deseado mal a nadie. Además de eso estoy enferma y nunca tuve fuerzas, a causa de la enfermedad, para enojarme demasiado. Tengo diecinueve años y nunca he comprendido por qué he llegado a tener tanta edad, enferma y sin nadie que se apiadase de mí, a no ser porque soy jorobada, que es lo de menos, porque es el alma lo que me duele y no el cuerpo, ya que la joroba no duele.
Hasta me hubiera gustado saber cómo es su vida con su amiga porque como es una vida que yo nunca podría tener -y ahora menos, que ni vida me queda- me hubiera gustado saberlo todo.

Perdone que le escriba tanto sin conocerlo, pero usted no va a leer esto y aunque lo leyese no sabría que era para usted o, en cualquier caso, no le iba a dar ninguna importancia, pero me gustaría que pensase que es triste ser jorobada, vivir siempre asomada a la ventana, tener madre y hermanas a quienes también les gusta la gente pero sin que le gustemos a nadie, porque todo eso es natural, eso es la familia, y lo que faltaba es que ni siquiera eso le estuviera permitido a una marioneta con los huesos al revés como yo, que ya lo he oído decir.
Recuerdo un día que usted venía para el taller y un gato empezó a pelearse con un perro aquí enfrente de la ventana. Todos salimos a verlo y usted se paró al lado de Manuel das Barbas, en la esquina del barbero; después miró para mí, que estaba en la ventana, y me vio reír y usted también se rio para mí. Esa fue la única vez que usted estuvo a solas conmigo, por decirlo de alguna manera, ya que yo nunca podría esperar eso.
Usted no se imagina cuántas veces estuve a la espera de que ocurriese cualquier otra cosa en la calle, cuando usted pasase, para volver a verlo otra vez; tal vez usted mirara para mí de nuevo y yo me encontrara con sus ojos mirando directamente a los míos.
Pero no consigo nada de lo que quiero, nací así, y hasta tengo que subirme encima de un banquillo para poder estar a la altura de la ventana. Me paso todo el día viendo ilustraciones y revistas de moda que le prestan a mi madre, pero yo siempre estoy pensando en otra cosa, tanto que cuando me preguntan que cómo era aquella falda o quién aparecía en la foto donde está la Reina de Inglaterra, muchas veces me avergüenzo de no saberlo porque estaba imaginándome cosas que no pueden ser y que no puedo dejar que me entren en la cabeza y me alegren, para que después, encima, me den ganas de llorar.
Después todos me perdonan y piensan que soy tonta, sin embargo nadie cree que yo sea pequeña. A mí llega a no apenarme la disculpa porque así no tengo que explicar por qué estaba distraída.

Todavía me acuerdo de aquel día que usted pasó por aquí para ir a lo de Domingo, iba con el traje azul claro. No era azul claro pero era de una sarga más clara que el azul oscuro que acostumbra a llevar. Iba usted que parecía el mismísimo día, que estaba lindo; yo nunca tuve tanta envidia de la gente como aquel día. Sin embargo no tuve envidia de su amiga, a no ser que fuera ella con la que iba usted a acostarse sino con otra cualquiera, porque yo no tuve ojos sino para usted, y fue por eso que envidié a todo el mundo. No lo comprendo pero lo cierto es que es verdad.
No es por ser jorobada por lo que siempre estoy en la ventana, es que además tengo una especie de reumatismo en las piernas y no me puedo mover; y así estoy, como si fuese paralítica, lo que es una molestia para todos aquí en casa. Usted no se imagina como siento que todo el mundo tenga que soportarme y aceptarme. A veces me desespero y quisiera poder tirarme de la ventana abajo, pero ¿qué figura tendría al caer? Hasta el que me viese caer se reiría de mí; la ventana está tan baja que ni siquiera podría matarme sino que sería una molestia aún mayor para los otros. Ya me estoy viendo en la calle como una mona, con las piernas al aire y la joroba saliéndose de la blusa, y todo el mundo queriendo apiadarse de mí pero sintiendo repugnancia al mismo tiempo, o riéndose si les viniera en gana, porque la gente es como es, no como tendría que ser.
Y, en fin, ¿por qué le estoy escribiendo esto si no le voy a mandar esta carta? Usted que anda de un lado para otro no sabe qué duro es no ser nadie. Me paso el día en la ventana y cuando veo a todo el mundo ir de un lado a otro, llevar un modo de vida, disfrutar y hablar con ésta y con aquélla, me da impresión de que soy un vaso con una planta marchita que dejaron aquí en la ventana para quitársela de en medio.

Usted no se puede imaginar, porque es lindo y tiene salud, lo que es haber nacido y no ser nadie, y ver en los periódicos lo que hacen las personas de verdad. Unos son ministros y andan de un lado para otro visitando todos los países, otros hacen vida de sociedad, se casan, celebran los bautizos, y cuando están enfermos los operan los mismos médicos, otros se van a las casas que tienen aquí y allá, unos roban y otros se quejan, unos cometen crímenes enormes, hay artículos firmados con nombres falsos, fotos y declaraciones de la gente que se va a comprar la última moda al extranjero… y usted no se imagina lo que significa todo eso para un trapo como yo, que se quedó en el parapeto de la ventana para limpiar la marca redonda que dejan los vasos cuando la pintura está fresca a causa del agua.
Si usted supiese todo esto a lo mejor era capaz de decirme adiós desde la calle de vez en cuando, me hubiera gustado poder pedírselo porque yo, usted ni se imagina, quizás no viva mucho más, qué poco es lo que me queda de vida, pero me iría más feliz para allá donde se vaya si supiese que usted a lo mejor me daba los buenos días.

Margarida la costurera dice que habló con usted una vez, que le contestó mal porque usted se metió con ella en la calle de aquí al lado, cuando me lo dijo sí que sentí envidia de verdad, lo confieso porque no le quiero mentir; sentí envidia porque cuando alguien se mete con nosotras significa que, al menos, somos mujeres y yo no soy ni mujer ni hombre porque nadie cree que yo sea nada, a no ser una especie de engendro que está aquí para rellenar el hueco de la ventana y para causarle repugnancia a todo el que me ve, válgame Dios.
El António (es el mismo nombre que el suyo pero ¡qué diferencia!), el António, el del taller de automóviles, le dijo una vez a mi padre que todo el mundo debe producir algo, que si no no tiene derecho a vivir, que quien no trabaja no come y que no hay derecho a que haya tanta gente que no trabaje. Y yo pensé: qué pinto yo en el mundo que no hago más que estar sentada en la ventana mientras la gente va de un lado a otro, sin ser paralítica y pudiendo encontrarse con las personas que quieren. Si yo fuera como la gente normal también produciría a voluntad lo que fuese preciso, y con mucho gusto.

Adiós señor António, no me quedan sino días de vida y escribo esta carta sólo para guardarla en mi pecho como si fuese una carta que usted me hubiera escrito, en vez de habérsela escrito yo a usted. Le deseo toda la felicidad del mundo y ojaló que nunca sepa de mí para que no se ría, porque sé que no puedo esperar nada más.

Ahí lo tiene, voy a llorar.

domingo, 5 de diciembre de 2010

sábado, 4 de diciembre de 2010

Cementerio Alemán (12)



CAMPO DE CRUCES

Al pie de Yuste,

la Muerte pasa lista

cada mañana.



Alfredo J. Ramos (Inédito)

viernes, 3 de diciembre de 2010

La señorona (Ñ)



Ñ. Miembro endémico de número del abecedario latino, sección de español, que se las da de señorona -ñoña, tacaña, gazmoña- con esa ridícula pamela.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Paisanaje (15) Viriato



Llamarse Viriato y acabar currando de pastor tampoco es que sea tan raro; si me apuras, yo diría incluso que puede ser una consecuencia. Y es que hay nombrecitos que se las traen, no me digas tú a mí.

La verdad es que el muchacho traía el destino escrito en la frente. Máximo, su padre, un viudo tarambana sin oficio ni beneficio que andaba a la que saltaba y gran amante y celebrador del fruto destilado de la vid en sus dos variantes básicas, aunque la verdad es que no le hacía ascos a cualquier otro brebaje siempre y cuando no anduviera escaso de la graduación apropiada, lo tuvo en la escuela el tiempo justo para aprender las primeras letras y números y coger las fuerzas necesarias con vistas a aguantar las duras jornadas a la intemperie al cuidado de cuadrúpedos rumiantes.

Y el jodío del Viri, en contra de todos los augurios y pareceres, que se le veía dispuesto al chiquillo para la cosa del estudio, acabó cogiéndole el gusto al ramoneo errante y solitario por los montes: los pocos amigos que iba haciendo en el pueblo terminaba perdiéndolos unos tras otros porque todo su tiempo lo dedicaba, con su mayor empeño y afán, a lo que él denominaba, un tanto pomposamente (que era mu redicho el Viri), “mi cabaña ganadera”. Cabaña ganadera, anda qué... Ya ves tú: un puñao de cabras de mirar atravesao y con una mala leche de no te menees (en sentido figurao, entiéndaseme, que la de las ubres bien rica que estaba. Y menudos quesos, oye: pa bailarles jotas). Eran cabronas como ellas solas. Ya podías andarte con ojo si las bichas triscaban cerca: como te pillaran descuidao por la retaguardia, topetazo que te crió.


Lo de "mi cabaña ganadera" nos sirvió el mote en bandeja: "El Domecq". Por aquello de las ganaderías y tal. ¿Lo pillas?

La cosa es que él, de todas, todas, prefería salir con su hato de chivos a dar patadas a la pelota, el ordeño vespertino y plácido a perseguir muchachas (-Total, pa tocar tetas, éstas dan bastante menos trabajo, son mucho más agradecías y me salen más baratas -decía el tío sin que en el fondo, y si lo piensas, le faltara razón), el limpiarles las pezuñas y los cuernos a ir a la tasca con el resto de mozancones y gañanes a verlas venir toa la tarde… Y claro, con semejante filosofía vital por divisa y estandarte no había modo de cimentar ninguna relación en serio: ni con los amigos, ni con las mocitas, que siempre andaban correteando a su alrededor (como cabras locas, nunca mejor dicho; tú no les hagas caso y ya verás cómo se interesan ellan solitas por el asunto) y se hacían las encontradizas en los callejones más oscuros tanto a la ida como a la vuelta, enseñando más de lo que la decencia aconseja. Pero él, ni caso. Que hasta murmuraciones sobre “la acera de enfrente” hubo, cuando no otras más escabrosas (algo de actos contra natura con las hembras del rebaño; nada en firme, eh, que quede claro, yo ahí ni entro ni salgo, pero por murmurar y malmeter que tampoco quede) y de las que ahora no es este el momento ni el lugar para extendernos en pormenores ni viene a cuento entrar en más detalles de los necesarios.

Con semejante dedicación no era de extrañar que las suyas fueran las cabras más apañás y envidiás de los contornos. Con mucha mala follá, vale, de acuerdo, que sí, pa ti la perra gorda, Tasio, pero tan relimpias y lustrosas, que hasta daba gusto verlas calle abajo en formación de a dos casi marcando el paso al ritmo de las esquilas y dejando su rastro oscuro de cagarrutas. ¿O no llevo razón?

Por aquello de no aburrirse más de la cuenta durante las salidas al monte (-La verdad es que las puñeteras cabras se cuidan solas, menudas son, más listas... -decía el Viri con sincera admiración), le dio por el rebusco de hierbas salutíferas (que utilizaba para todo tipo de dolencias y enfermedades, tanto en tisana como en emplastes), la artesanía de la navaja con lo que se iba encontrando por ahí (y le quedaban muy chulas, las cosas como son: unas facas de cachas oscuras, livianas en mano, y tan finas y certeras en el corte que los paisanos se las rifaban, mayormente pa la degollina del gorrino), y la lectura.

Dentro del zurrón, y en singular y amable compañía con el queso (o el tocino o la morcilla o el chorizo… lo que tocara de chacina ese día), el pan y la bota de vino (ésta última, herencia del padre), nunca faltaba algún libro. Muchas horas dedicaba el cabrero a estos oscuros menesteres de descifrar y comprender los secretos de la letra impresa fiado en que el agudo instinto de los chivos les librara de cualquier percance dañino.

 
Desde que don Merodio contó en la clase aquella historia del caudillo Viriato y lo de “Roma no paga a traidores”, y toa la mandanga, y ésta llegó a sus crédulos oídos, durante su jornada laboral se dedicó casi en exclusiva, dejando en segundo plano la cosa de la botica naturista y las navajas, a empaparse de textos clásicos latinos, muy en particular de aquellos que hablaban de la Hispania y la Lusitania. Gracias a ellos, y pian, pianito, se fue haciendo de una cultura que se dejaba ver bien a las claras en su manera de hablar y expresarse, ciertamente pintoresca en boca de cabrero. Como muestra, un botón: si alguien, para referirse a su noble y antiguo oficio soltaba en su presencia la palabra pastor, o cabrero, se le encendían las alarmas, carraspeaba a lo bruto para atraer la atención de la concurrencia y, más serio que la bragueta de un guardia civil, corregía ipso facto al interlocutor: -Querrás decir, fulanito, Técnico Auxiliar de Ganadería-. Y se quedaba tan fresco el tío, recalcando las mayúsculas ante el pasmo de los parroquianos, mientras atacaba a modo la copa de cazalla.

El Viri, que se refería a su legendario tocayo como “mi antepasado héroe”, fue en nuestro pueblo un nefasto precursor de esos eufemismos que, en su descontrolada expansión por el territorio patrio como virus malignos y recurrentes, tan nocivos han resultado para el lenguaje comprensible del común de las gentes.

De todo aquello destacaban, por encima de las demás, dos manías: la de nunca, pero nunca y en ninguna circunstancia, salir de jarana con otros tres amigos: o menos, o más, pero jamás tres: 


-Es que no me fío, que mira lo que pasó la otra vez -razonaba cabezón-, y su odio profundo, tenaz, irreductible, a cualquier clase de traición.

Por lo demás, buen tipo. Noblote y leal.

Murió soltero y, a lo que parece, sin conocer hembra. Para desconsuelo de algunas que yo me sé.

Y no me tiréis de la lengua, que la lío.


Imagen: Juan Carlos Cruces

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Un calendario (Diciembre)

Diciembre
Por fin ha llegado diciembre. Con sus pies planos deja un rastro en los campos. Un rastro plateado como un sonido de campanas. ¡Campanas de mi aldea! Pero mi aldea, que vive únicamente en mi cabeza, es un sueño que duerme. Y yo velo al caer la tarde. Mañana tal vez me despierte la angustia con el canto de un gallo. Y todo, en fin, es igual, y también el año es igual, sucederán muchas cosas en el mundo y muchas en mi alma, pero quedarán un calendario y las campanas de mi aldea. Aunque sólo sean un lugar común.





Dicembre
Eccolo arrivato, il dicembre. Con i suoi piedi piatti lascia una striscia sui campi. Una striscia argentata come un suono di campane. Campane del mio villaggio! Ma il mio villaggio, che vive solo nella mia testa, è un sogno che dorme. E io veglio alla fine della sera. Domani forse mi sveglierà l´angustia con un canto del gallo. E tutto infine è uguale, e anche l´anno è uguale, ci saranno molte cose nel mondo e molte cose nella mia anima, ma resteranno un calendario e le campane del mio villaggio. Opinione, comunque, chic.

Antonio Tabucchi